Últimos temas
» Red Lights [Afiliación élite]
Hoy a las 7:43 am por Invitado

» Red Lights [Afiliación élite]
Hoy a las 7:40 am por Invitado

» [Petición] Peticiones especiales
Hoy a las 6:04 am por Haru Uzumaki

» (Futuro) Mucamas del terror | ft. Sasumi
Hoy a las 5:55 am por Selassie

» [Petición] Auto-Misiones
Hoy a las 4:57 am por Satoshi Nara

» Prueba de fuego. [Auto-misión Rango D]
Hoy a las 4:52 am por Satoshi Nara

» Hyun Nendo ID
Hoy a las 4:42 am por Akatsuki-

» [Misión rango D] ¡Mesa para dos!
Hoy a las 4:34 am por Nejire Minami

» Kirigaya ID | Kuro No Sabaku
Hoy a las 4:25 am por Akatsuki-

Afiliados
Limpieza 05 - 08 - 18

Boku no Hero ROLVelmegunLoving PetsCrear foroOne Piece Legacy

[Entrenamiento Semanal] Contundente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

avatar
Cositas y más cositas
Pokémon

[Entrenamiento Semanal] Contundente

Mensaje por Cositas y más cositas el Miér Ene 10, 2018 4:46 pm

Contundente
TOTSUKI AKIRA
Getsugakure no satoResidencia TotsukiInvierno
El silencio se comía las paredes en esa humilde casa de la esquina. Hazuke no estaba, víctima del horario laboral del día a día. Solo Akira alimentaba la atmósfera con su calor corporal, haciendo gala de total solitud en el centro de la sala de estar. Habiendo apartado los pocos muebles en posesión de los hermanos, yacía inverso, meditabundo. El extremo de su cabeza era la única porción de su cuerpo que, con extrema presión, le daba apoyo sobre la alfombra en el suelo. El cuello poseía los músculos que más fuerza debían hacer, manteniendo sobre ellos el balance perfecto de todo el cuerpo. Los hombros, con ganas de rendirse gobernados por la gravedad, eran disciplinador por el albino para mantener una formación recta, paralela al suelo. Esto era más complicado de lo que se podría adivinar, dibujando en su rostro colorado por la sangre un dejo de esfuerzo que iba y venía. Los brazos se mantenían cruzados, por más que le gustaría extenderlos para aumentar su equilibrio. Pero no, sería el cuello que haría la mayor parte de la labor, acompañado de la zona abdominal dura cual muro de roca. El torso en general estaba entumecido, descubriendo dolorosamente músculos que ni sabía que tenía. La cintura temblaba de vez en cuando, empujada por una ínfima corriente de aire suficiente para joderle la vida, pues se olvidó la ventana abierta. Sobre ella se cernía todo el peso de las piernas, y ahí residía la complicación. Flexionaba las mismas constantemente, hacia arriba y hacia abajo, con los pies unidos. Y sobre las plantas de los pies, sostenía una pila de platos.

Debía mantener la respiración durante un minuto, y respirar una sola vez lo más profundo posible cuando el tiempo se cumpliera. Porque sí, porque así lo quiso imponer. En parte los pulmones llenos le otorgaban fuerza y esperanza al cuerpo entero, pero a su vez le quitaban lucidez al cerebro que tenía que mantener esa orquesta funcionando. La respiración volvía a encender las chispas de su mente, pero también relajaba el físico dándole a creer que la tortura había terminado. Pero no era así, y debía concentrarse en mantener la postura de estatua bandalizada. El balance era continuo, y el caos junto a este también. Una vaivén incesante, alimentado por su resistencia que poco a poco mermaba. Ya había respirado ciento setenta y ocho veces, por lo que casi llevaba tres horas así. Con los ojos cerrados dejó transcurrir el tiempo paciente, completando las últimas dos respiraciones. No solo nutría la fuerza y resistencia de su cuerpo, sino también su temple.

Con cuidado flexionó el cuello para que los omóplatos también se apoyaran contra el suelo. Y flexionó las piernas, pegándolas al pecho y así acercar los pies. Era una esfera humana que se transformaba lentamente. Todo para alcanzar los platos, tomándolos con ambas manos de la base y movilizándolos sobre su cabeza hasta dejarlos en el suelo. Ya asegurada la herencia de la abuela, extendió el cuerpo entero, quedando recostado sobre la vieja alfombra. Pero no se dejó tragar por el sueño, y de un salto a espalda encorvada se puso de pie.

Caminó hacia una pequeña mesa redonda. En sus pies saboreó el frío de la madera, chillona por su edad. Y al llegar a la mesa, tomó de la misma sus nuevos juguetes gemelos. Dos tonfas de constitución metálica, completamente negras, de buena longitud y peso. El herrero cercano a la tienda de abarrotes de las había forjado, por un promocional precio que tranquilamente podía pagar gracias a su doble empleo.
Sujetó cada una por el apéndice pardo que se separaba a un cuarto de su extremo, notando su ergonomía. La textura del mango o empuñadura le permitía agitar las manos con paz de mente, sabiendo que no saldrían volando por accidente incluso si tenía palmas sudorosas—que era el caso en ese momento. Con un movimiento de sus dedos, como amasando un rollo de masa en cada mano, hizo girar el cuerpo de las tonfas para alinearlo con sus antebrazos. El largo del metal era el adecuado para protegerle toda la extremidad, y sobrar una porción por delante para dar un extra contundente a sus puñetazos.

Hora de poner las chicas a prueba.

Todavía descalzo, de pantalones cortos, y sin camiseta, salió al abrazo del frío invierno. La helada briza chocó contra la herviente transpiración de su piel, evaporando la humedad a su alrededor y soltando visiblemente un aura de vapor. Se encontraba en el jardín frontal, espacio entre la salida y el camino, vallado por bajas tablas de madera blancas que le daban la más mínima sensación de propiedad. Allí no tenía flores, ni duendes de jardín para recibir a las visitas. Solo había un tronco de entrenamiento. Así lo llamaba él, sin molestarse a averiguar el nombre real. No se trataba de un tronco per se, sino una madera cilíndrica pulida, con salientes en varias direcciones que simulaban brazos. Estaba dividida horizontalmente y era articulada, por lo que impactar en un brazo hacía girar los sectores de manera asincrónica, lanzando golpes con sus ramas de manera no tan predecible. A esa maquinaria rústica se acercó, cuerpo a cuerpo, en guardia con sus tonfas acompañándole a los lados. No las había cambiado de modo de agarre.

Comenzó como era habitual, con una palmada recta a una de las extensiones. Rápidamente el giro de la madera le devolvería el golpe del ángulo contrario, y ansioso por probar su armamento lo bloqueó con el metal de la tonfa. La madera rebotó y contraatacó por la dirección inicial, y las otras secciones también empezaban a moverse. Al mismo tiempo que realizó un codazo diestro, tuvo que elevar la rodilla para detener una madera inferior. El movimiento al unisono dio fuerza a la máquina entera, que con todas sus porciones se movió en contra de las agujas del reloj. Fácil hubiera sido tensionar el cuerpo en esa dirección, pero en cambio bloqueó todos y cada uno de los ataques recibidos con una parte distinta del cuerpo. El brazo era el que menos sufría, protegido por su herramienta, pero debía mejorar.
Continuó el entrenamiento lanzando ataques y recibiéndolos por igual. Aprendió, mediante el dolor de sus piernas, que podía rápidamente hacer girar la tonfa para dejar el extremo más largo hacia adelante, y así extender el brazo hacia abajo defendiendo sus extremidades inferiores. Con la misma velocidad debía volver a la posición original, y lanzar un puñetazo al frente que haría una profunda marca en el tronco gracias a la punta de hierro.
Su objetivo fue una hora, y con cada minuto que pasaba la velocidad de sus movimientos se hizo más fluida. No necesariamente violenta, sino natural. Predecía los movimientos más azarosos del oponente mecánico, y los aprovechaba como aperturas en su defensa. No solo bloqueando, sino rodeándolo al mismo ritmo que se movían sus piezas de manera simultanea. Y recién cuando se vio capacitado y con una ventana de tiempo amplia como para lanzar una ráfaga de golpes al frente, se dio por satisfecho y detuvo el entrenamiento sujetando al monigote violento con las manos.

Se quedó parado respirando, solo, mirando el barrio a su alrededor. Cuando sintió que pudo, regresó al interior de la casa.

Ese entrenamiento no era por diversión, sino con un claro foco. Había un pergamino también en la mesita redonda, uno que nunca antes había visto en su vida. Una misión de Rango B, oportunidad única para probarse a sí mismo, y más importante aún, a su aldea. ¿Probarse qué?, que podía ser alguien, que podía formar parte de la fuerza que rescataría a la colorada. Esa noche no dormiría, o al menos no en casa. Tenía que prepararse para el día siguiente.

Con el pergamino en mano se dirigió a la habitación, dejándolo sobre la cama. El encargo parecía ser sobre el agua, y dado el clima actual se podía esperar mucho frío. Aun así no iría con su típico abrigo pesado, pues en caso de empaparse elevaría demasiado su peso y ralentizaría sus movimientos. Se desnudó, despojado de esas ropas malolientes, para darse una ducha tibia. Al salir abrió su armario de par en par. A la derecha se encontraba la vestimenta, y a la izquierda el armamento. Sacó todo, dejándolo en el suelo ordenado por categoría.

Equipamiento

Su vestimenta superior sería: una musculosa blanca fina, una camiseta manga larga ajustada al cuerpo color negro, y un sweater también relativamente fino de color negro. Este último era más mullido en los codos y hombros, simulando algún tipo de armadura ligera. No dejaba de ser mera ropa, pero le aportaba a la movilidad y se veía bien. Su vestimenta inferior sería: ropa interior hasta el muslo, ajustada. Pantalones largos hasta encima del tobillo; finos, elásticos, y ajustados a la piel. Sobre estos sus pantalones normales; apenas holgados, de tela, y de color gris oscuro. Finalmente calcetines largos para tapar los tobillos que la segunda capa no alcanzó, y sobre estos sandalias de madera. No usaría sus botas porque quería un calzado fácil de quitarse en caso de tener que nadar.
Al hombro izquierdo se aferró la cinta con la banda metálica de la aldea, y sobre todo la capa también local. Era la primera vez que la calzaba sobre sus hombros, y no estaba del todo mal. Mirándose a sí mismo, intuyó que cubriría convenientemente las armas que faltaban por equipar. Bajo la capa, una mochila vacía y aplastada.

Arrodillado en el suelo y con soberbia extendió primeramente su pergamino de almacenaje. Sobre el mismo apoyó sus recipientes esterilizados, sus manoplas metálicas... sus manguitos, bañador y colchoneta. Con un sello de manos todos se convirtieron en sus respectivos kanji, repartidos en la tela. Tras aquello plegó el papiro, y lo aferró a la baja espalda, sujeto a un cinturón que acabaría por ponerse. También se colocó otro cinto a debajo de los pectorales. Debajo del mismo calzaría las dos tonfas, casi en las axilas. Incluso sin usarlas le servían de protección para los laterales. De su cintura colgó un solitario kunai, con una nota explosiva en su extremo; esta iba sin embargo oculta entre el cuero del amarre y su ropa. En el muslo derecho guardaría un kunai con un hilo atado al final y cuidadosamente enrollado en la empuñadura para no enredarse en su interior. Del mismo modo ataría los últimos cuatro, metiéndolos en la mochila. En el único bolsillo de su pecho guardaba las dos píldoras del soldado, bien al fondo para no perderlas. En su oído calzó el comunicador esencial. Por último, en su espalda a nivel de la cintura, la espada corta de modo horizontal.
Terminó el ritual con guantes en las manos, y se reincorporó. Recuperó el pergamino oficial de la aldea, saliendo con el mismo de su hogar. Armado hasta los dientes iría a meditar en el sitio destinado, el tiempo que fuera suficiente.


Última edición por Totsuki Akira el Miér Ene 10, 2018 10:13 pm, editado 1 vez

Volver arriba Ir abajo

avatar
Fuji Raikomaru
Renegado B

Re: [Entrenamiento Semanal] Contundente

Mensaje por Fuji Raikomaru el Miér Ene 10, 2018 9:26 pm


TEMA CERRADO.
Puntos otorgados a Akira Totsuki.


  • Mediante post: 9 PN.

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.