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{Relato mensual} La ciudad en el desierto.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

{Relato mensual} La ciudad en el desierto.

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Vie Abr 06, 2018 11:07 am


LA CIUDAD EN EL DESIERTO.
«Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, idefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo esa, puede que sea la más feliz o la más amarga de tus horas. Quiero... anhelo creer, que este infrecuente e inenarrable suceso fue lo que carcomió tus pensamientos, lo que emponzoñó tu ligero corazón hasta la médula, aquello que te impulsó a recoger tus pertenencias esa lúgubre tarde de otoño y desaparecer por la puerta como si jamás hubieras puesto entre sus cuatros paredes un fragmento de tu inagotable energía y voluntad. Oh... puedo escribir los versos más tristes esta noche. Te quise, y estoy seguro de que, a veces, tu también me quisiste. Mi corazón de verano siempre te busca, se empeña en perseguir la sombra de tu presente ausencia; de repente, creo que puedo distinguir tus uñas, oblongas, vivas, sobrinas de un cerezo. En otras ocasiones, es tu pelo el que pasa, y creo ver tu imagen, una hoguera, ardiendo en las hórridas aguas de los ríos que surcan el infausto infierno. Vuelvo la vista atrás y me siento ingenuo, absurdamente infantil, por haberme dejado arrastrar por tus sonrisas bañadas en oro, por tus candorosos juegos de palabras y el veneno adictivo que manaba de tus pálidos labios. Pensaba que, efectivamente, siempre seríamos tu y yo, solos en el mar para empezar una nueva vida. Cuando te marchaste, busqué y busqué entre el gentío a alguien que pudiera reemplazar tu inabarcable posición... pero nadie tenía tus ritmos, tu luz, el día sombrío que trajiste al bosque, nadie tenía tus pequeñas manías. Yo, que había amado tus pies sólo porque, como tú misma me dijiste, habían andado sobre la tierra y sobre el viento y sobre el agua para encontrarme, humillado y dejado atrás por, precisamente, esas mismas condenadas piernas. Y, aún a pesar de tu traición, todavía espero por ti como una casa vacía hasta que me veas de nuevo y vivas en mí. Hasta entonces, mis ventanas dolerán

Aquel enrevesado fragmento no era nada más, ni nada menos, que la apertura de su nuevo y modesto relato. Su caligrafía, pulcra, elegante y sofisticada, le devolvía una mirada serena desde las entrañas de su inadecuada cárcel de papel. Beretta se pasó una mano por el rostro y, por primera vez en casi un lustro, volvió la vista atrás. ¿Quien dominó el agujero negro que solían conformar sus pensamientos? Petra. La recordaba al detalle: ¿cómo no hacerlo, si, en su día, había sido ella misma su avatar? La inspiración la había pillado por sorpresa, completamente indefensa. Ante el incontrolable torrente de taciturnas evocaciones y traicioneros recuerdos que se desató en los confines de su apreciada memoria, una encantadora sonrisa se asomó a la comisura de sus labios como el impredecible viajero que, finalmente, regresa a su hogar a pasar la Navidad. Beretta contoneó la pluma entre sus gráciles manos, absorta en un vaivén de experiencias pasadas a las que, en su momento, no les había dedicado el debido y merecido mimo. La insulsa Petra se merecía un testimonio fidedigno, un final de cuento. ¿Feliz? oh, no prometía nada.

¿Quién eras, Petra?—entrecerró los párpados, inclinando la cabeza en un gesto comedido y respetuoso, tal que si ante sus ojos estuviera desfilando una presencia de valor incalculable. Escudriñó la figura que se esbozaba, a mano alzada y con precariedad, en el lienzo en blanco de su memoria. La chiquilla que habitaba bajo su propia piel había sido, en vida, una abeja blanca, ausente, que se empeñaba en zumbar alrededor del alma de los demás porque hacía tiempo ya que había perdido la que le correspondía por derecho de nacimiento. Resucitaba en el tiempo, delgada y silenciosa... Lo siento, querida, quizá me equivoco, ¿verdad? Borrón y opinión nueva: Petra fue la palabra sin ecos, la que lo perdió todo, y la que todo lo tuvo. Al igual que una enredadera durante el otoño, se apegaba a tus brazos y no te dejaba marchar hasta que ella misma decidía irse.—Cruel sin saberlo, qué delicia.bajó la mirada unos instantes, en un movimiento de fugaz e intenso juicio. La encantadora señorita había representado uno de los mayores estereotipos en la historia de la narración: el idealismo. Se le llenaba la boca con retazos de una verdad codiciosa, alardeaba de ser un alma soñadora, más dedicada a nutrir su espíritu que su cuerpo; decía que moría lentamente quien no viajaba, quien no leía, quien no disfrutaba de la música, quien no hallaba encanto en sí mismo. Sí, moría lentamente quien destruía su amor propio y no se dejaba ayudar en el proceso. '¿Por qué se suicidan las hojas cuando se sienten amarillas?' La pregunta le sonó tan viva, tan real, que, por un brevísimo instante, Beretta temió haber resucitado a una muerta.—Oh.—pronunció la exclamación como si paladease con gusto un placer prohibido, un alimento que no debería estar ni siendo tanteado por su aparato digestivo. Vislumbraba a la que había sido Petra, henchida de un amor veraniego, cruzando el bosque, bajando a la orilla del puerto y allí encontrándose, según se había profetizado, el barco de su queridísimo comerciante presto a soltar amarras. El hombre yaciendo sentado, con las piernas cruzadas, sobre la blanca cubierta, siempre corría a recibirla de inmediato envuelta en un velo insensato de afecto desmedido y baja autoestima. Contuvo un displicente gesto hacia el recuerdo de aquel tipo mundano, demasiado corriente hasta para una señorita anodina como Petra.Mariposa de sueño, eras similar a mi alma, y similar a la palabra melancolía.—canturreó, acompañando sus particulares versos de una melodía apacible. La pluma se inclinó sobre el papel y, un instante más tarde, ya había hecho una nueva adición al imborrable recuerdo de Petra. La asaltó una desvaída sensación de culpa: a fin de cuentas, aquel asesinato descansaba sobre sus hombros.

Aunque, claro, ¿se la podía culpar, acaso, por haberse aburrido de las anécdotas acerca de malencarados marineros beodos? ¿por cansarse de las idas y venidas por un mar que no entendía de matices y jamás variaba ni un ápice su comportamiento? Al cabo de un tiempo a su lado, otras historias habían comenzado a despertar sus inmaculadas atenciones; también moría lentamente quien evitaba una pasión y su correspondiente torbellino de emociones. La muerte de Petra se había pronosticado mucho tiempo atrás, casi desde el momento en el que había dado luz a semejante personaje; ¿en qué momento le había parecido un buen planteamiento aquel miserable transcurrir de los días? siempre las mismas pautas, siempre las mismas mortíferas instrucciones que seguir al pie de la letra jornada tras jornada. La tarde que la sensible Petra vio extinta su existencia, verde era el silencio, mojada era la luz, y el mes de noviembre temblaba como una mariposa.
No obstante, jamás se debía olvidar, que de cada crimen nacían balas... que un día buscarán en tu interior, donde yace el corazón. Silencio.
PAÍS DE LA LUNA - GETSUGAKURE NO SATO.




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Kuroda Yukimura
Getsu Genin

Re: {Relato mensual} La ciudad en el desierto.

Mensaje por Kuroda Yukimura el Vie Abr 06, 2018 10:23 pm

TEMA CERRADOPuntos otorgados a Beretta.

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