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{Entrenamiento semanal} I'm the poison in your veins.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

{Entrenamiento semanal} I'm the poison in your veins.

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Lun Abr 09, 2018 4:09 pm


I'M THE POISON IN YOUR VEINS.
A Beretta, el fuego siempre le había parecido la máxima expresión de peligro. Engullía con sus lenguas ardientes cuanto se le acercaba, se alimentaba del más mínimo detalle que quedara al alcance de sus sórdidas garras y, como único testimonio de sus insolentes crímenes, tan sólo dejaba un rastro de ceniza que a ninguna parte conducía. No todos los caminos llevaban a Roma. Aunque fuera el único elemento que no podía existir por su propio pie en la naturaleza, nadie se atrevía a quitarle su puesto como el más temible y cruel de todos ellos; su lugar en el primer vértice del clásico esquema romboide que acostumbraba a ilustrar el magnético concepto de las fuerzas elementales que sometían la tierra y el universo a su veleidoso yugo. Oh, pero a Beretta la intrigaba mucho más la vieja hipótesis del indolente Hipócrates; el fuego representaba la sangre que corría por nuestras venas, formaba parte de nuestra identidad, nos abrasaba las entrañas y nos recordaba esa ingrata sensación de estar vivos. Daba igual con que otro elemento quisiera coexistir, siempre terminaba abriéndose camino y predominando sobre él. El fuego combinado con la tierra originaba sequías: hermanado con el aire, incendios. La aspirante a novelista deslizó la mirada hacia su propio cuerpo, hacia aquellos miembros que conformaban su cárcel de vísceras, huesos y piel; ardían. Las lenguas de fuego ascendían por sus carnes con inusitado fulgor, buscando roerla, carcomer su envoltura sólida hasta que tan sólo el espíritu tuviera algo que objetar.—Mírame, Kyoren.—una descarnada sonrisa bailoteó en la comisura de sus labios, al tiempo que comenzaba a dar vueltas sobre su posición con ambos brazos extendidos hacia el piadoso hombre que frente a ella se alzaba.—Mi alma en carne viva.—oh, qué delicioso se sentía aquel dolor inspirado, falso.—¿No te prometí un desnudo integral? aquí lo tienes, cielo.—una risilla anodina se escapó de entre sus pálidos labios, lo rodeó en un encantador abrazo de boa constrictor y fue a morir en algún punto lejano tras su espalda. Al igual que el viento, su risa tampoco se dejaba atrapar.

Un loco enamorado sería capaz de hacer fuegos artificiales con el sol, la luna y las estrellas, para recuperar a su amada. Por más que el sacerdote no quisiera admitirlo, no era diferente a los demás.—¿A qué clase de macabro juego pretendes ahora arrastrarme, Beretta? no contestas a mis misivas en meses y, cuando lo haces, tan sólo me haces llamar para esto.—el quisquilloso monje apenas realizó un ademán del rostro para señalar la tortura en ciernes. Oh, qué soso lo habían vuelto las misas.—Esto, queridísimo Kyoren, es uno de mis más infantiles deseos. ¿Le negarías a una niña ver su cuento de hadas hecho realidad? no te recordaba tan cruel, qué pena más grande.—hizo un verdadero esfuerzo por hablar, pues la situación en la que se hallaba no se prestaba, precisamente, a la conversación. No se atrevió a apartar la mirada de las sórdidas llamaradas que mordían su piel al son de una fúnebre marcha improvisada por el desagradecido Kyoren. Encima de que se tomaba el tiempo de citarlo, ¿se atrevía a cuestionar sus decisiones? ¡justo él, que se había entregado a los brazos de los dioses para que eligieran el rumbo de su vida en su lugar! Un lúgubre escalofrío le recorrió la espina dorsal: la intensidad de la ilusión logró que sus extremidades se retorcieran en un espasmo de inocuo sufrimiento.—Si se ve real, y así se siente, ¿crees que importa si verdaderamente es real?

Pasas demasiado tiempo inmersa en tus libros, has llegado a formularte una idea claramente errada de lo que la vida es.—a pesar de sus reproches, Kyoren no deshizo el agarre frenético de su ilusión. Quizá, en lo más hondo de aquellas pupilas huecas, encontraba satisfactorio descubrir a Beretta consumida por las mismas llamas que lamían sus entrañas durante sus noches más nostálgicas.—Las novelas, las historias en ellas narradas, no son auténticas. Lamento decirte, amiga, que un libro no es, ni será jamás, el reflejo de una persona.—de no haber sido pronunciadas con aquella gentileza infausta, Beretta no habría podido contener la indignación que centelleó, furibunda, a través de sus pupilas. Entreabrió los labios, dispuesta a tener la última palabra en aquella funesta conversación, mas el ardor en su espíritu la atenazó desde dentro y la dobló por la mitad, sesgando de pleno sus ganas de guerra. Luger no andaba mal encaminado: las heridas más profundas, las que te quitaban el sueño y descuartizaban tus esperanzas, eran, precisamente, las invisibles al ojo corriente.—Yo no veo la diferencia, amigo..—masculló entre dientes, haciendo acopio de todas sus fuerzas para sobreponerse al engaño e ignorar las centellas incandescentes que acariciaban su ser.—Los libros tienen los mismos enemigos que el hombre: el fuego, la humedad, los animales, el tiempo y su propio contenido.

Las llamas murieron como si respondieran a sus pensamientos.—Tienes razón, estoy equivocado.—el hombre arrastró sus ásperas palabras con pesadez, permitiendo que sus sílabas se alargaran con inmaculada exageración y apático dramatismo.—Con quien desperdicias las horas es... con Luger.—la manera en la que el nombre de su amado alabastro fue pronunciado le recordó al ruido que emitían las flores al ser cortadas... no, sesgadas.—¿Por qué te detienes, Kyo?—muy lentamente, Beretta fue recuperando su gracia, su arte, su numen.—Me he cansado de verte corretear por las calles con semejante espécimen: mírate, deseando ser consumida en lugar de purificada. Esa errónea concepción del fuego tan sólo te la ha podido pegar él.—oh, qué rencor se percibía en sus soberanas notas, en el timbre rasgado y muerto de su voz. Beretta no pudo sino alzarse en su casi metro setenta de altura y, a paso solemne, acercarse a su posición. Lo atravesó con el desvaído velo de ceniza que vibraba sobre sus iris: sus manos trazaron el sello adecuado, la realidad comenzó a transformarse a su son y veleidad.—No tienes ni idea de sobre quién estás hablando, Kyoren.—le regaló una sonrisa marchita, cargada de mil y una connotaciones que tan sólo el mismo Luger podría haber pillado al vuelo.—Él es... un gran fuego envuelto en una brizna de hielo, un bello juego relleno de falacias y engaños; es un despecho, una guerra, una tregua, un largo pensamiento, una palabra breve.—el mobiliario de su modesta habitación tembló ante sus intentos por deformar su composición: las paredes se fueron tiñendo de exquisitas sedas y añejas reliquias.
De un momento a otro, su inmundicia se disfrazó de abundancia y derroche; la podredumbre se contrajo sobre sí misma y se vistió con las mejores galas que la ilusión podía permitirles. ¿Un cuarto? no, ahora se hallaban en el interior de un magnánimo salón de baile.

Kyoren...—susurraba al tiempo que sonreía con picaresca, relajando los hombros e invitándole a acudir. El sacerdote se acercó a su posición justo como solía hacer en el pasado: casi se sintió tres años atrás, cuando su alma todavía se mantenía fiel a su papel de espectadora. Alzó su diestra y, en un gesto dulce y comedido, acarició la mejilla del monje roída por un pensamiento oscuro.—Nunca serás como Luger.—musitó contra su oído, al tiempo que apoyaba la mano sobre su hombro y se dejaba mecer por un tempo insostenible y una cadencia repugnante.—Tarde o temprano, lamentarás haberte dejado caer en sus brazos en lugar de en los míos, chiquilla. La experiencia me enseñó cuán equivocado me encontraba... y no hay nada que más odie de mi pasado que el haber desperciado mi tiempo en vuestra compañía. Os aprecio, pero mirad en lo que nos hemos convertido.—replicó con un timbre hastiado, añejo y picado hasta límites insospechados. Antaño, la voz de Kyoren le había recordado a un buen vino... ahora, tan sólo le inspiraba sentimientos monocordes y asquerosamente contradictorios.—La experiencia no tiene valor ético ninguno, es simplemente el nombre que le damos a nuestros errores.—contraatacó, dando una vuelta entre sus brazos mientras se esforzaba por mantener aquella pantomima viva, resplandeciente.—Y, para bien o para mal, querido Kyoren, por ahora no he cometido ninguno.

¿Y qué harás cuando los vientos giren y las situaciones cambien? ¿seguirás negando entonces lo evidente? ¿sostendrías las mismas opiniones que ahora incluso cuando se demostrara lo contrario?—añadió aquel monje decadente que apenas entendía la fe sobre la que balbuceaba cada domingo en el monasterio. Beretta contuvo un suspiro de exasperación: comenzaba a sentirse algo cansada. Giró, giró y giró alrededor de la estancia envuelta en un compás que no acertaba a comprender del todo.—Cuando las circunstancias cambian, Kyoren, yo cambió de opinión con ellas. Ese es mi secreto, ¿cuál es el tuyo?—una levísima carcajada se escapó de lo más recóndito de su pecho, llenando la fantasía, sus pulmones y el espíritu nefasto que flotaba, como una capa onírica, sobre sus inmarcesibles presencias. Oh, que tremendo contraste existía entre el crepitar del fuego en su comienzo y la paz de la ceniza.
PAÍS DE LA LUNA – RESTAURANTES.


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Yûgen Hotaru
Renegado B

Re: {Entrenamiento semanal} I'm the poison in your veins.

Mensaje por Yûgen Hotaru el Mar Abr 10, 2018 3:56 am

TEMA CERRADOPuntos otorgados a Beretta .

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