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Rokujō Nanto
Getsu Genin

| Entrenamiento Semanal | Rotting Corpses

Mensaje por Rokujō Nanto el Lun Abr 09, 2018 5:16 pm


Rotting Corpses

Cada paso que reverberaba en aquella noche detestable resultaba mas anodino, mas repugnante y bestial que su predecesor. Caminando sin objetivo, con las manos prendadas de sus bolsillos y el semblante adusto de quien no sabe queriendo hacerlo, Luger se dirigía a ninguna parte. Camino tanto como pudo, tan parsimoniosamente como le resultaba agradable y aún entonces no halló respuesta alguna en aquel tiempo de discernimiento, que tan solo le convenció de que, o bien era un necio con ínfulas o su problema le superaba ¿Y que problema era ese? ¿Acaso se preocupaba por su posición? ¿Un amor salvaje y voraz que era reprimido? ¿La sensación de ahogarse en un pozo de tierra húmeda y estrecha donde ni siquiera era posible luchar por una vida? Luger no podía saberlo, pues era un mal que reptaba, se hallaba sin encontrarse y aún entonces podía sentir su lengua de escarnio empapar sus sienes a cada bocanada de aire. Inhalaciones que se volvían pesadas, dolorosas y punzantes a cada intento por el pesar indescifrable, al tiempo que el particular hedor de aquellos arrabales hacía el resto. Era tarde, demasiado incluso para alguien como él, y cruzando la mirada con quien tuviera los redaños de sostenerla, Luger se encontró aún mas perdido en aquel lugar. Una oda a la podredumbre en vida; carne que se pudre sin llegar a morir del todo, que agoniza pero no es capaz de sanar con ayuda o sin ella. Pobreza, prostitución, rechazo, mofa, miseria sin límites en un estado que parecía empeorar año a año sin  vislumbrar un final ¿Aquello siempre había sido así? ¿Un barrio de decadencia en espiral que jamás cesaría? ¿Nunca acabaría? Y con ello no pudo evitar razonar, mucho más de lo que le habría gustado hacer sobre una vida que parecía escaparse. Corroerse, corromperse y muchísimo peor que todo aquello: desperdiciarse en un vergel insano y repugnante como aquel.

Enfureció, como tu o como yo mismo cuando terminó por comprender que aquella angustia que lo paladeaba en unas fauces descolgadas y rotas no era otra cosa que sí mismo. Un rumbo sin él, una falta de objetivo... ¿Era tan simple? Lo desechó cabeceando, sintiéndose aún más estúpido y reafirmándose en un furor que comenzaba a aullarle en los oídos. A cada despojo inservible con el que se cruzaba, le gritaba, le exhortaba, casi hizo que su mano se moviera para acabar con todo eso. Prender fuego al cáncer irredento e infausto que contaminaba aquella aldea. Fuego a todo aquello, luz donde la oscuridad hizo su reino y cenizas donde antes hubo una vida detestable. Y tuvo que luchar con una fuerza que perdía interés a cada latido, con una sangre que hervía ansiando una violencia que deseaba con todo su anhelo desatarse. Liberarse entre espasmódicos cánticos, letanías de fuerza, ira desatada y perdición para todo el que le rodease. Quiso estallar en llamas, prenderse fuego con todos aquellos hijos de nadie y hermanos de la mugre, morir con ellos al tiempo que les prendía con las lenguas de una llama sincera.
Justo porque las lenguas de la luz que todo lo consume no podían mentir. Desprendían la furia, el calor de lo que muere y se retuerce. Transforma el mundo bajo su mano incontestable de irregulares dentelladas. Y quiso ser uno con ello, abrazar el fuego, escupirlo con un último alarido. Cuando su cuerpo ardiera, su sangre se consumiera entre los chirridos del dolor, su piel estallara en los furúnculos del apoteosis, su pelo se desprendiera de forma súbita y el mundo colapsara en un abrazo final... entonces quizás hallaría una respuesta. Deliberó, que quizás en una última chispa antes de ser consumido del todo, se le otorgaría la última respuesta que anhelaba. El último cantar de una vida miserable, desprovista de los dones o las virtuosas maravillas de quien halla sentido en el sinsentido. Chasqueó la lengua, descubriendo que en sus furiosos devenires había apretado el paso de sobremanera, como si con ello estuviera persiguiendo al mismo furor que lo inflamaba y lo enardecía. Se paró entonces en un simple gesto, clavando la mirada en la inmundicia del suelo, ladeando el gesto y hallando nada más que ruinas que con falsedad, se denominan hogares. Volvió a dudar, esta vez con una siniestra frialdad, si el fuego no sería el adorno perfecto para las vidas de todos aquellos que aquí descansaban la desgracia de sus vidas.
Un chillido agudo intervino. Se sobresaltó moderadamente, se giró y contempló; en un estrecho y oscuro callejón apenas iluminado por los faroles de la calle... ratas. Los verdaderos señores de aquel mundo de hórrido despertar, nefasta vivencia y repugnante desenlace. Las vio ahí, a docenas, a cientos creyó contemplar, retorciéndose de formas imposibles cuerpos unos contra otros. Luchando, muriendo, ahogándose y algunos de ellos, cambiando de objetivo para cernirse sobre los más debilitados de aquella masa. Pelo enmarañado, chillidos que rompían la noche con esperpentica figura y aquel hedor... Luger casi pudo asegurar que aquella batalla a la decadencia se había desencadenado por alguna suerte de cadáver abotargado, que ahora en su pútrido final hubo atraído esta escena sobre él. Caviló, sonrió... y entonces un zumbido bien distinto emanó de sus ropas.

Una sombra terrible le cruzó el rostro, un paso la sobrevino, luego otro y cuando las ratas descubrieron lo cerca que estaba... una marabunta de furia desatada descendía sobre ellas. En un gesto, un simple movimiento que quebró la quietud de aquella noche abortada, Luger hizo descender todo su enjambre sobre aquel nido de alimañas. Hubo gritos, chillidos iniciales que dieron voz de salida a la huida. Sus insectos cayeron como un martillo, destrozando a varias en el impacto y salvando a otras tantas por acción de los cuerpos reventados de las primeras. Gritaron, aullaron por el dolor y otras tantísimas fueron bañadas en la sangre del resto de sus indeseables competidoras. Todas huyeron callejón adentro, tratando de ampararse en la danzante oscuridad que tanta seguridad les brindó, y aunque en el pasado así fue... el zumbido no cesó. Luger caminó callejón adentro, gesticulando a cada lado con la diestra, sonriendo, abriendo la boca con expectación al siguiente golpe y su enjambre de sucia resolución obró cuanto quiso.

Usó todo su potencial, a docenas de insectos que se abalanzaron sobre las impávidas alimañas. Dos de ellas fueron destrozadas contra el suelo, con todo el costillar colapsado contra el suelo repleto de excrementos. Su ultimo bocado fueron los despojos del resto de la madriguera. Otras tantas fueron levantadas por lo aires por el furioso enjambre, que no dejaba de zumbar a sus alrededores. En una cacofonía, en un fin de los tiempos de reducidas proporciones. Cientos de vidas se extinguían entre chillidos de pánico absoluto, dientes se quebraban y el zumbido no cesaba. Las manos no se detuvieron y ahora ambas se hallaban en la macabra composición. Hubo sangre, vísceras y aquellos chillidos se intensificaron, huyeron al unísono y Luger comenzó a gesticular de manera aún mas violenta. Apretó el paso, dio un gruñido de plena satisfacción y lanzando un gesto a su zurda, media docena de las ratas fueron proyectadas hacia la pared, aplastadas con tal fuerza que sus cuerpos estallaron en una sinfonía de hórridas notas. Fueron arrastradas por toda la pared como quien pinta un lienzo con el lívido rojo de la violencia, al tiempo que el resto del enjambre consumía los cuerpos abiertos y aún calientes de las que trataban de salvar la vida. Y el paso se apretaba, ahora casi podía decirse que anhelaba aún más. No miró atrás, no hubo remordimiento alguno que detuviera aquella barbarie, donde los cuerpos se apilaban ya por tres docenas y no dejaba de aumentar según el callejón continuaba.

Las ratas aullaron a la noche, fueron consumidas y en su salvaje estampida no dudaron en perder el juicio. Se mordieron unas a otras, danzaron sobre los cuerpos, la sangre, las entrañas y los ojos aún en movimiento de las desfallecidas. Y Luger hizo descender aún mas insectos sobre ellas. Algunas fueron suspendidas en el aire, seccionadas de cabeza para abajo, otras fueron proyectadas en un impulso macabro hasta las alturas, cayendo tras ello contra el suelo en un chasquido de líquido fervor. En otro movimiento arrastro a media docena de ellas, en un frenesí que ahora ocupaba toda su atención. Y a pesar de que a dos calles las familias de aquellos arrabales cenaban con despreocupada ilusión, en aquel callejón estrecho donde solo un hombre podía caminar de frente, murieron cientos. Estallaron los cuerpos, los insectos se cebaron con los heridos y un salvaje Luger se deleitó con ellos. No pasó mucho tiempo, hasta que presa por completo de cuanto sus deseos le instaban a cometer, ambas manos bailaban ya al son del macabro enjambre.

Segaban, rasgaban, mordían, arrancaban, aplastaban, se introdujeron unos siete en un cuerpo aún insuflado de un terror y una vida ya insoportable. Ahí tocaron su son, se abrieron camino hasta el exterior y su cuerpo se fracturó en cientos de pedazos. Y justo cuando la pieza no hacía mas que comenzar... el callejón se terminó. Las espantadas ratas se derramaron por todas direcciones en una estampida deleznable. Huyeron hasta la noche, y Luger, aún sediento, contempló durante un instante la posibilidad de seguirlas. Lo desechó al instante. Su enjambre retornó a los pliegues de su ropa, volvió a meter las manos en los bolsillos y se giró un par de veces hasta orientarse. Hallado el camino de vuelta, ni siquiera se giró para contemplar su obra. No era necesario.
PAÍS DE LA LUNA – GETSUGAKURE NO SATO.


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Yûgen Hotaru
Renegado B

Re: | Entrenamiento Semanal | Rotting Corpses

Mensaje por Yûgen Hotaru el Mar Abr 10, 2018 3:57 am

TEMA CERRADOPuntos otorgados a Luger .

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