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{Entrenamiento semanal} Perséfone ha decidido quedarse.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

{Entrenamiento semanal} Perséfone ha decidido quedarse.

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Lun Abr 16, 2018 11:28 am


PERSÉFONE HA DECIDIDO QUEDARSE.
Temblaba con todo su cuerpo, suavemente, sin apenas darse cuenta. No había perdido la conciencia, pero los pensamientos no acertaban a circular con claridad por los circuitos de su cerebro, invadidos por el hielo. Vagaba, envuelta en tan sólo un pálido velo que recubría, con su miserable y translúcida tela, un cuerpo que buscaba encontrar un límite al que llegar; las hebras blancas que lo conformaban, maceradas y aterciopeladas al tacto, le concedían un aspecto puro, inmaculado. O gélido, tal vez. Le ardía la tez allí dónde ni siquiera gozaba de la endeble protección de su casi invisible manto: la piel enfermiza de su rostro y manos clamaban por auxlio, por calor. Oh, pero ella no pensaba darles ese capricho, ese bien innecesario para los de su inexorable condición. Se había vuelto blanda, exageradamente humana; en lugar de helársele, la sangre le ardía en su encierro de huesos y carne. Mientras recorría la orilla de un río extraviado en los márgenes de la aldea, jugando con otra clase de límites, observó una de sus manos contorsionarse bajo la delgada capa de escarcha que los insaciables vientos noctámbulos portaban entre sus suspiros de olvido. Inevitablemente, se le escapó un quejido, una diminuta muestra de vida. Detestó aquel sentimiento, aquella sensación de impotencia; antaño, ni la más hórrida de las ventiscas le habría conseguido arrancar una protesta. ¿Qué le había pasado? ¿acaso, por culpa de Luger, se había visto, sin ni siquiera quererlo, polarizada hacia otra infausta dirección? ¡se negaba a reflejar los colores que él deseara! Beretta sería incólume, sería frío. Espiró, y el vaho, tembloroso reflejo de su alma, ascendió hacia el cielo trazando espirales en la noche estrellada. Lo siguió con la mirada, se despidió de aquel desastrado fragmento de su espíritu y se detuvo, descalza sobre la hierba empapada de rocío, escarcha y pena. La luna de primavera se había vestido de invierno, y esa, indubitablemente, había sido la ominosa señal que llevaba semanas aguardando. Volvería a congelarse, a transformarse en ruidoso granizo. En Beretta.

Bienvenida, luz de las distancias; no romperé el hielo que hay entre nosotras.—la tela bailó sobre su cuerpo, ciñéndose a sus impertérritos movimientos, mientras su dorso se inclinaba ligeramente hacia delante, en señal de grato recibimiento. Esperaba que se quedara a observarla danzar.—Tus tristezas cálidas se infiltrarán en mis pasos, me temo. Bienvenidos, entonces, también los pasos que caminan de la mano de mis palabras.—se llevó la diestra al pecho, a la altura del corazón; se sentía expuesta, quebradiza al igual que las primeras heladas del año. Escrutó la indiferente noche, se estremeció bajo la piel que cubría sus innumerables identidades, aquella que le servía tanto de hogar como de cementerio. Las almas perdidas revoloteaban, presas en sus tumbas de hormigón y pensamiento.—He de dar comienzo, pues.—anunció, engalanando sus palabras de los matices más plateados y festivos que se ocultaban bajo sus resplandecientes iris argénteos. Se pasó la mano por la lengua, llamó, a través de sus descoloridas manos, a la jauría de animales que coronarían aquel viaje hacia la infame hipotermia. Bien era cierto que la temperatura se prestaba a ello por sí sola, mas, en su benevolente condición, necesitaba, para variar, exagerar la circunstancia para poder rozar la verdadera frialdad con la punta de los dedos. Una vez la secuencia halló su final, un bastión inexpugnable de hielo, gelidez y desafecto se alzó frente a ella, reclamando su decorosa atención. La exageración en su envergadura la conmovió, la simpleza de sus formas avivó una chispa algente en su presunto corazón. Por supuesto, se aproximó a su robusta posición y, en un acto de amor maternal, le regaló un abrazo. Un latigazo glacial le recorrió la espina dorsal, la forzó a caer sobre sus rodillas y doblegarse a lo inevitable; un grito helado le rasgó la garganta, Beretta anheló huir y, con mano firme, Kan'ei la empujó a estar, a ser.

El frío iba calando con mayor intensidad en su cuerpo, convirtiendo sus huesos en témpanos de hielo. Todavía apoyada contra la impávida barrera, prácticamente con el alma al descubierto, se forzó a congelar el aire retenido en la atmósfera, a helarlo por gracia de su hórrida voluntad. El cielo tembló, la temperatura, obediente, descendió; se acostumbraría, lo llevaba en la sangre. Porque sí, para su desgracia, o para su venturosa fortuna, Beretta nunca podría manipular lo que corría, algente, por sus descarriadas venas. Por más que modificara el escenario, los huesos siempre seguirían siendo los mismos.—¿T-Te cuento una historia, luna? A veces, durante las noches, me despierto, y me pregunto cómo sería consagrar lo que me queda de vida a la tortura de los que he dejado atrás. ¿Te lo imaginas? bajar para vengarme de ellos en la oscuridad. Para matarles de miedo a todos. Para brillar de pronto como un esqueleto en los cristales de sus ventanas cuando han apagado las luces. O para hacer que crujan los suelos y tiemblen las vigas de los tejados y que tengan pesadillas. O para despertarles, empapados en sudor frío...—esgrimió una sonrisa sin dientes, anhelando compartir con el discreto firmamento un retazo de su ser, de su corrompida alma. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, forzándola a encojerse sobre sí misma y a mantener la memoria firme, coherente.—El otro día... le pedí a Luger que mirara una maceta en la que tengo plantada una... una rosa de corazón sangrante.—las palabras tiritaron en sus mortecinos labios, su tez jugueteó con la ausencia de color.—Le dije que se mantenía verde porque la había custodiado en hielo y que, en realidad, por dentro estaba muerta. Y que, en el instante en el que se fundiera su cárcel de escarcha, se volvería marrón y se descompondría.—se pasó la lengua por los labios, dando inicio a una nueva secuencia de sellos que terminaría de forzar su condición.—Luego, añadí que yo era justo como esa flor.—se le llenó la mirada con ese vaho desvaído que trae consigo el ayer.—¿Sabes qué me dijo, cielo? que no, que yo era... perfecta.—cerró los párpados, conservó el candor que vibraba en sus ojos. Tenía algo perturbador, aquello de evocar un recuerdo cálido y que te dejara completamente fría. El segundo acto concluyó, y una criatura, que llevaba por manos garras y por forma la de un tigre, se aproximó a su encuentro conformado por el más bello hielo. Lo abrazó por el cuello, embulló sus insensibles articulaciones con su propio frío; en aquella ocasión, no dolió.

Comprendió que las horas habían pasado, que la luna tendría que acudir a atender sus menesteres en algún otro confín del firmamento y que su deslustrado espíritu había recuperado su tolerancia a la gélida caricia de la ventisca. Se puso en pie, rozó suavemente el impertérrito lomo de su bestia y le pidió que acometiera contra la barrera, que la quebrantara en su lugar. El animal, leal (que no fiel) en su papel, se avalanzó hacia el inexpugnable bastión, arremetió contra su frialdad y, finalmente, lo derribó haciendo alarde de una fuerza bruta sin igual. Eso sí, en el acto, entregó su propia vida cristalina a cambio. Beretta se maravilló ante sus movimientos: el hielo crujía, y gruñía, y rugía y aullaba. Sus ruidos eran salvajes, indómitos. Soltó un atisbo de carcajada, un fragmento de ilusión; se sintió el invierno mismo. O, quizá, un cruel clavel que, aunque el viento descolorido del frió le aceche, se mantiene firme en ese crudo y despidiado terreno en el que le ha tocado florecer. Trató de esbozar una nueva sonrisa pero, como aún se encontraba ligeramente poseída por la helada, sólo consiguió ofrecerse a sí misma una mueca; esa era una de las tantas razones por las que idolatraba la última estación del año. Hasta la sonrisa se volvía abstracta. En un algente arrebato, conformó cuatro agujas de inmaculado esperpento en su interior y las hizo volar hacia el caudal del río dormido; lo forzó a abrir sus ojos de agua y despertar. A Beretta, repentinamente, le había dado por creerse primavera. Pero, ¿a quién quería engañar? nada había tan muerto ni tan frío como su corazón.
PAÍS DE LA LUNA - CAMPO DE ENTRENAMIENTO.


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Yûgen Hotaru
Renegado B

Re: {Entrenamiento semanal} Perséfone ha decidido quedarse.

Mensaje por Yûgen Hotaru el Lun Abr 16, 2018 4:41 pm

TEMA CERRADOPuntos otorgados a Beretta .

  • Recompensa de misión: 8.5 PN
  • Total: 2+8.5 = 10.5 PN

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