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{Entrenamiento semanal} Equinoccio.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

{Entrenamiento semanal} Equinoccio.

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Mar Abr 24, 2018 11:40 am


EQUINOCCIO.
Temblando entre las melifluas flores silvestres del amplio invernadero tiritaba la primavera, muerta de frío, pena y despecho. ¿Quién era aquella solitaria dama que, entre compases descarriados, acudía a su recóndito vientre para prenderle hielo a sus hijas? ni el fuego del verano se habría atrevido a realizar movimientos tan osados.—No sabrás nunca quién soy, estación de los florecimientos.—canturreó la señorita, arrodillada frente a una inocente prímula que, a duras penas, luchaba por entender, en su maravillosa simpleza, a quién diantres le podría pertenecer aquella sombra ajada que se interponía entre sus brotes verdes y el comedido sol que los alimentaba diariamente. Beretta disfrazó la amargura cautiva en sus pálidos labios tras una capa de velada simpatía: en el fondo, no era precisamente repulsión lo que le roía los huesos durante los meses más... codiciados del año. Más bien animadversión. Le traían, como tantas otras nimiedades, memorias ya sepultadas en el infausto cementerio del olvido.—¿Sabes por qué siempre seré un fantasma para ti, primavera? Porque me hago y me deshago continuamente. Diferentes personas sacan palabras diferentes de mí.—repuso nuestra endiosada novelista, al tiempo que alzaba delicadamente su mano izquierda y se dedicaba a acariciar con la punta de sus tersas falanges el quebradizo contorno de una hoja cabizbaja.—Mírate: te quitan tu sol y te mueres de inmediato. Qué lástima.—torció el gesto en una mueca sin sonrisa que pudiese encontrar el camino para llegar hasta él. En el fondo, aquel desfavorable reproche iba dirigido más hacia sí misma que hacia el incauto vegetal, que poco podía hacer para ponerle remedio a su desfavorable situación. Contrajo ligeramente el ceño, abrumada ante sus propios desplantes. ¿Qué tenía de malo perder el norte de vez en cuando? Oh, la vida en invierno se tornaba terriblemente sombría, aciaga incluso en sus momentos más alegres y desenfadados... nadie podía reprocharle que saliera en busca de los privilegios de la condenada primavera durante un simple instante, ¿verdad?

Vaya, cuánta sinceridad por tu parte...—la primorosa voz atravesó la distancia que la separaba de la novelista retorciéndose a través de la violácea brisa que recorría aquel homenaje a la flora de la nación. Reconoció el tono, mas no el cariz. Beretta, muda de asombro al enlazar conceptos, o más bien recuerdos, recompuso la expresión sellada en sus iris y carraspeó, alerta. Nuevamente, se estaba dejando arrastrar por delirios inefables, pues, ¿qué probabilidades había de que aquella iridiscente presencia a sus espaldas fuera ella?—... Beretta.—la manera en la que pronunció su infame seudónimo le revolvió las entrañas, avivó un sentimiento aletargado bajo su verdadera identidad. La articulación sonaba diferente, mas, ahora, la forma se le antojaba dichosamente parecida a la que vibraba, lúcida, en sus incólumes memorias. No le costaba demasiado traer la imagen del viento a sus desastrados pensamientos: a fin de cuentas, seguían correspondiendo a Beretta, y no a alguna otra de sus muchas y variadas almas desechadas, asesinadas tiempo atrás por la húmeda punta de su propia pluma.—Creemos que a nuestro alrededor hay criaturas semejantes a nosotros y, en cambio, no hay sino hielo, piedras que hablan una fatídica lengua extranjera.—añadió la dolorosamente recordada desconocida, rompiendo el silencio que las envolvía con el melindroso sabor de su esmerada modulación. Porque sí, a Beretta no le cabía la menor duda de que estaba mintiendo, forzando una entonación que, seguramente, no le correspondería a la esbelta silueta que la espiaba a sus espaldas.—¿Lo dices por experiencia propia o es tan sólo una suposición soltada al aire?—cuestionó ella a su vez, comenzando a incorporarse para dar inicio a una esperpéntica danza a la que no le encontraba maestro de ceremonias posible.—Um... lo digo porque me apetece decirlo, supongo.—oh, casi pudo imaginársela encogiendo los hombros con delicadeza, fingiendo desengaño ante sus propias reflexiones.—Ko...—mas, al darse la vuelta, no se encontró con aquel vendaval que sembraba su pasado, sino con un tornado que, quizás, se le parecía vagamente. ¿No eran esos sus ojos? no, los de Koen siempre habían sido más opacos. O no. O sí. Cabeceó, aturdida en su impávido sobrecogimiento.—No te aflijas, Beretta. Cualquier cosa que pierdes vuelve a ti de otra forma.—y la desconocida le sonrió. Así, sin más, justo como ella.

La rabia se agolpó en sus condenadamente mortecinas mejillas: la mecha de la cólera se prendió en aquel aletargado mecanismo al que, usualmente, apodaba (entre comillas) corazón.—No te sienta bien el verano... mejor, regresa al invierno, ¿vale?—asombrada, Beretta fue testigo de cómo las risueñas falanges de la muchacha se entrelazaban unas con otras, recreando suntuosos movimientos que nada bueno podrían traer consigo. Casi a la par, temblando de los pies a la cabeza, sus gráciles manos quisieron corresponder al ademán por cuenta propia y se plegaron la una sobre la otra para contrarrestar lo que estuviera por venir.

Efectivamente, cinco espesas agujas de agua se formaron tras la sombra de ayer, utilizando como fuente de origen una anodina regadera abandonada a los pies de un enrevesado jazmín de colores imposibles. A un alegre ademán de la abigarrada silueta, las armas se arrojaron en su dirección, forzándola a enviar a su infausto encuentro, a su vez, la ristra de espinas heladas que también se habían conformado a su solitaria vera. Los arsenales elementales se enfrentaron, impactaron unas con otras y, finalmente, se deshicieron en una innumerable ristra de fragmentos brillantes, iridiscentes como la luz de la luna al reflejarse sobre una marea pulida.—Oh, qué gélida.—musitó su encantadora adversaria, apenas dando un paso hacia la izquierda para esquivar un par de desvencijados proyectiles congelados que habían conseguido sobrevivir a la indecorosa carga.

¿Me dejarás ser la primavera, Beretta? Soy agua, fuente de vida, pero también de muerte.—se le escapó una desagradable risilla de entre sus labios de marfil, augurando indeseables desgracias. Incluso al escupir sobre su mano, la impresión que poblaba su semblante de porcelana no perdió la usual pulcritud que lo rodeaba. El látigo refulgió, transformado en una suerte de avatar de la naturaleza; su magnánima portadora, magnífica en su papel de mal encarada antagonista, lo alzó por encima de su cabellera cobriza y lo hizo restallar contra el terreno. ¿Una advertencia? no, una apertura. Beretta acunó un único sello entre sus manos, previsora. En cuanto la fusta convertida en río se abalanzó contra su inestable posición, ladeó el rostro y forzó un encontronazo entre el mar y el viento. De entre su pequeña boca invernal se escurrió una indómita hoja surcada por inconfesables corrientes tempestuosas que se enzarzaron en un nuevo duelo elemental. ¿El resultado? una perturbada tormenta, por supuesto. Oh, cualquier barco sometido a su veleidosa merced habría temblado sobre el océano rebelado. Los diabólicos instrumentos chocaron, se abandonaron a un enfrentamiento infructuoso y, en menos de lo que duraba una mala copla, el encuentro quedó resuelto. El látigo se desparramó sobre el terreno, y el filo de su tempestad corrió en busca de borrar de la fortuita circunstancia a la falsa desconocida. La derribó e, inevitablemente, un fragmento cautivo de su sangre escarlata salpicó la hierba empapada.—Puedes quedarte con la primavera, siempre y cuando a mí me reste el invierno. Aunque... coincido con que el agua te sienta de perlas. Sobre la superficie de una corriente rápida es imposible distinguir los reflejos, tanto próximos como lejanos; aunque el agua no sea turbia, aunque la espuma no la cubra, la constante oscilación de su flujo, el inquieto burbujear del líquido, hacen que los reflejos sean deformes, imprecisos, incomprensibles.—ahora fue su curvatura la encargada de inspirar ternura, magnetismo animal.

La mujer se llevó la mano a la sien izquierda y, tras un punzante instante en el que pareció a punto de cambiar de opinión, lanzó una escueta carcajada al aire que la había azotado. A tientas, ignorando el dolor que debía recorrerle la pantorrilla, se alzó nuevamente y prosiguió en su autopropuesto cometido. Todavía carcomida por la inquina, Beretta la dejó obrar, permitiendo que llegara casi hasta el final de su retahíla antes de dar comienzo a la suya. Maravillada, hechizada ante una realidad que se deformaba según le conviniera a la inconstante criatura, Beretta fue testigo de cómo una bestia descarnada atrapada en un cuerpo de corrientes intraspasables se creaba a un costado de su hórrida adversaria. Aquel insumergible dragón, que tanto le recordaba a la reencarnación del más lúgubre de los océanos, se abalanzó en su dirección al tiempo que un bastión inexpugnable de inclemente hielo se alzaba en su trayectoria. El impacto hizo trastabillar los cimientos de la estructura en la que ambas heroínas se encontraban, mas, una vez ambas creaciones se destruyeron, el mundo cesó en su angustioso temblor. Jadeando, ambas artistas cruzaron una mirada desvaída, discordante a veces e idéntica por momentos.—Así sea pues, antítesis del verano. Espero que no olvides que, en el corazón de todos los inviernos, existe una primavera palpitante... Detrás de cada noche, Beretta, viene una aurora sonriente.—mientras el florecer recitaba sus demacradas líneas, Beretta expandió aquello que fluía a través de sus mortecinas carnes alrededor del robusto invernadero, cubriendo con su pluma cualquier paisaje sin descubrir. Al borde de la extenuación, puso el resto de su empeño en ofrecerle un final apropiado al capítulo, un postrero acto plagado de armonía y condenación por igual. En apenas un meditabundo pestañeo, la desconcertante desconocida vio su cuerpo convertido en combustible para las llamas que lo lamían, en alimento para la discordia. Rió, y la carcajada le oxidó a Beretta el alma como el aire al metal.—Cada rosa es presa del invierno.—musitó la novelista, al tiempo que su zurda forcejeaba con el cuello de su camisa para aliviar la incipiente presión que lo roía. Oh, qué sinfonía sin igual se trazó en la silueta de la extraña mientras daba media vuelta y alzaba la diestra para acariciar a la brisa friolera que rozaba sus cuerpos.—Oh, pero, ¿ya es primavera?—y la llovizna sin nombre se perdió en la neblina.
PAÍS DE LA LUNA – GETSUGAKURE NO SATO.


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Natala Nendo
Getsu Chunin

Re: {Entrenamiento semanal} Equinoccio.

Mensaje por Natala Nendo el Mar Abr 24, 2018 11:53 am

TEMA CERRADOPuntos otorgados a Baretta.


  • Entrenamiento: 9 PN.

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