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{Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

{Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Dom Abr 29, 2018 11:44 am

El nombre de la rosa.
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Apertura. Las trémulas teclas del piano se abrazaban a las falanges de Beretta a cada pequeño impulso que les propinaba: como viejas amigas olvidadas a lo largo del camino, se afanaban en recuperarla, en ganarse una atención que creían perdida. Aunque pocas personas lo llegaran siquiera a sospechar, aquel solemne instrumento, tan famoso por su elegancia y su aparente sencillez inicial, a menudo guardaba un espíritu tan celoso como inanimado en el interior de su cuerpo inerte. Vibraban las cuerdas cautivas en el abdomen caoba de la diabólica bestia: las notas brotaban de entre sus fauces mentirosas, ingrávidas. Eso era lo que más le gustaba a nuestra descarriada novelista de la música, su falta de límites. Una sinfonía correctamente ejecutada no encontraba oposición ni en el cielo, ni en la tierra; flotaban sus suaves melodías sobre todo aquello que anhelara oírlas.

Porque sí, para Beretta, la buena música, por más que se quisiera afirmar lo contrario, no era necesario escucharla. ¿Qué había de malo en tenerla de fondo, siendo tu más fiel y leal compañero? si tuviéramos que detenernos constantemente en el camino para dedicarle cada centímetro de nuestra distendida atención, nunca llegaríamos a ninguna parte. Mientras se entregaba a un segmento especialmente sencillo de la pieza pedida, Beretta rozó con sus iris desvaídos las mesas más cercanas al instrumento; domó sus mortecinos labios, los obligó a vestirse de sonrisa afable. No era su conjunto favorito, pero la situación claramente lo ameritaba. Educación, elegancia y trato fácil habían sido los requisitos exigidos para el grácil puesto, y ella, por el momento, no pensaba llevarle demasiado la contraria al borrascoso dueño del local. No había que ser un individuo especialmente inteligente para percatarse de lo poco dado a los imprevistos que era el tozudo anfitrión: efectivamente, se trataba de esa clase de amargas personas a las que se le llenaban las manos contando los problemas que podrían surgir a cada paso que diera en su vida. Le causaba cierta repugnancia. O asco, más bien.

Por suerte, Beretta se encontraba bien acompañada. El piano debía convertirse en tu más allegado camarada, es decir, en un confidente que calmara tu rabia. Con gesto agradable, cambió el ritmo de la tonada, haciendo bailar la partitura original según le viniera en gana. Como era de esperarse, las mentes infectas de aquellas ratas atrapadas en jaulas de cristal no se percataron de las variaciones en el cariz de la pieza, de las vehementes vibraciones alteradas que sustituyeron a las iniciales, más abyectas en color y forma. Algunos cesaron sus conversaciones un lacónico instante, volvieron el rostro en dirección a la desprendida pianista, le dedicaron un par de inexactos halagos a la nueva composición y retornaron, como quien no quería la cosa, a sus somnolientas charlas de salón. La derrochadora burguesía, tenía que reconocerlo, la aburría hasta límites insospechados. Tal vez, aceptar aquel empleo de una noche había sido un flagrante error. Por primera vez en mucho más tiempo del que le apetecía encarar, no hallaba entre el desagradable gentío ni una presencia interesante, ni una historia que contar. Todos y cada uno de los presentes encarnaban la misma clase de estrafalaria criatura: se afanaban inútilmente en ocultar su verdadera naturaleza, temerosos de las malas lenguas, cuando lo cierto era que la gran mayoría escondían una personalidad idéntica, casi gemela. Gotas de agua haciéndose pasar, cada uno, por océano propio. Resopló. La retahíla de notas que prosiguieron a su repentino acceso de mal humor sesgaron el aire, causaron disrrupciones en el ambiente comedido de la estancia; rompió las conversaciones en curso, retorció las miradas del aturdido público hacia ella y, cuando las creyó suyas, interrumpió la invasión. Cesó la melódica ofensiva, detuvo la incursión en territorio enemigo. En un instante de zozobra, sus pupilas habían ido a parar cerca de las manecillas del augusto reloj que presidía el centro del establecimiento; la ele grabada en su cíclica estructura le arrancó una sonrisa sincera.—Es hora de mi descanso, señores.—indicó con ligereza, al tiempo que abandonaba el enrevesado instrumento y se alisaba los pliegues del vestido escogido. Acarició con la punta de los dedos el teclado una última vez, les brindó una sentida reverencia a sus 'simpáticos' oyentes y se dirigió paulatinamente hacia la barra, robando inefables pensamientos. O hilando incomprensibles universos, tal vez.

Una copa de vino, por favor.—encargó con inusitado encanto a quien tuviera el irónico placer de atenderla.—Dejo a tu elección el sabor.—añadió, recubriendo el tono de su aterciopelada voz con una irrelevante capa de picaresca. Sintiendo la fatiga entumecer sus intrincadas articulaciones, Beretta apoyó ligeramente los brazos sobre la compacta estructura de madera y se concedió el inusitado privilegio de deslizar sus párpados hacia la oscuridad apenas unos etéreos instantes. Suspiró.—¿Sabes una cosa?—articuló, todavía manteniendo los ojos firmemente cerrados.—Cuando el pianista termina su recital, ni un solo piano se acuerda de lo que acaba de tocar. Así de veleidosos son.—forzó una sonrisa torcida, benigna en un principio. Se descubrió añorando a Luger. Ya ligeramente repuesta, recuperó aquella postura recta que siempre llevaba por silueta y deshizo el encierro en el que mantenía a sus iris cautivos. Contuvo el aliento: hoja en blanco, pluma en alto, desastradas ideas volando... a lo mejor, sí que había dado con algo digno de sus palabras. Cuando no tenía azul, siempre ponía rojo.
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Nakurusaki Metsumi
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Lun Abr 30, 2018 12:13 am

Metsumi
País de la LunaGetsugakure no satoZona restaurantes
Posó, sin mayor prisa, aquel elegante y transparente cristal que ofrecía cobertura a los recipientes de sus huéspedes, llenándolos de un líquido tan puro y cristalino como ella misma anhelaba que fuera. Aquel elixir que siempre se encargaba de hacerse presente en algún momento de su vida, de su día a día.

La elegancia y dureza de los pequeños recipientes irían a besar, uno a uno, al anciano de roble que había sido tallado con afán por quizá qué magnífico carpintero. Todo, exceptuando a ella, parecía estar a un nivel mucho más alto que lo que podría lograr en el infinito de su existencia. Música sobrecogedora, lámparas cálidas y tenues. Trajes rebosantes de armonía iban acompañando siluetas esculpidas de forma natural o artificial, aunque desgraciadamente en esta época podría tratarse más de lo segundo.

Aún así, el paraje le era ajeno. Sus zafiro buscaron algún punto en el que volver a refugiarse en el alero del silencio. Se sentía incómoda, confundida. ¿Qué hacía ahí en primer lugar? Suspiró, una vez hubiese dejado los tragos a unos aristócratas necios. Caminaba con cierta lentitud, tratando de no romper la ajustada prenda azabache que cubría sus muslos hasta por arriba de las rodillas. Frunció el ceño, apretando sus labios hacia abajo, formando una "v". ¿Cómo era posible que las mujeres utilizaran frecuentemente aquel calzado de agujas que parecían querer perforar el suelo a cada andar? Y se preguntó, entre la oleada de interrogantes que invadían su mente, cómo había logrado aguantar sin caerse.

Pensamientos irrelevantes. Lo cierto era que necesitaba dinero, por desgracia. Aquel maldito papel tan sobrevalorado, tan desgraciado, le habían llevado a aceptar las condiciones que ese cerdo le imponía. Bien podría haberle robado sus billetes infiltrándose en el cuarto donde los mantenía, y simplemente llevándoselos. Pero no, no. Era alguien con principios, aunque fuesen pocos. Y necesitaba dejar de depender tanto de su progenitor, quien aunque insistía en mantenerla y protegerla, era algo que debía aprender por su cuenta.

Antaño, hubiese tomado alguna misión. Y sin embargo su condición actual era complicada, delicada. Un descontrol, y sucedería lo peor. Un error, y quizás no viviría para contarlo. Tragaría saliva a medida que se acercaba hacia la barra, tomando un sorbo de agua del vaso que había dejado hace un tiempo, con vehemencia.  

¿Sucede algo, Met-chan? — Inquirió el barman, quien parpadearía un par de veces mientras terminaba de preparar unas bebidas que le habían solicitado los burgueses. — Te veo incómoda. — Agregó, observando a la kunoichi respirar de un modo errático. El haber suscitado aquellos nefastos pensamientos habían logrado desestabilizarla. —No, estoy bien, Tayaraki-san. Gracias. — Musitaría con la mayor de las solturas que su voz logró articular, tratando de ocultar aquel momento de debilidad. Conocía a aquel hombre de orbes pequeños y sonrisa afable de aquella tienda en la que siempre acudía a saciar sus antojos de dulce tentación. También le habían contratado en aquella fiesta de clase alta, por desgracia.

En un nuevo suspiro, cerraría sus orbes. Y a medida que el relajo se apropiaba de su ser, espantando fantasmas recientes, prestaría atención a la hermosa melodía que resonaba en el ambiente. Una melodía que antes no había escuchado, pues sus pensamientos e incomodidad la habían coartado. Tan vibrante, impredecible. Como si un ósculo se hubiese posado sobre su piel, logrando que una extraña mezcla de calidez y rabia se apoderara de ella. No pudo evitar observar a la emisora de dicho contenido, tan arrebatador y fluctuante. En un momento, la melodía había pasado de un boceto a una rebeldía. El ánimo de la pianista cambiaba, casi tan esporádico y errático como las falanges distales que acompañaban el empujar de sus teclas.

Metsumi la observó, notando su extraña belleza. Pálida, continuando una sutil variación de tono en sus cabellos algo más teñidos que los nieve del moreno. Y para cuando las miradas inquisidoras de los oyentes se hicieron presentes en la sala, la pelirroja esbozaría una sonrisa en sus labios rosados. Un talento sin duda digno de admirar; una personalidad propia entre las letras y tonadas. Aguardaría a que la joven se acercara a su posición, pues parecía ordenarle a Tayaraki un vino sin molde definido. Su conocido, tan afable como siempre, no reprocharía su accionar para dirigirse hacia la parte trasera, donde guardaba la colección de vinos.

Puede que los objetos inanimados no tengan memoria, pero sí las personas. — Aclararía, esbozando una sincera y amplia sonrisa. —Al menos a mí me gustó, en especial la última parte. — No deseaba interrumpir el flujo de ideas que la muchacha había comenzado sobre un papel blanquecino, casi indistinguible de sus cabellos. Y sin embargo, prefirió no quedarse con sus pensamientos. Porque así era ella, no podía guardarse las cosas para sí. —Soy Metsumi, por cierto. Encantada. — Aguardaría la respuesta de la joven, esperando no haberla incomodado demasiado.

Intentó sentarse con sutileza sobre uno de los bancos que poseía cerca de la barra, tratando de encajar aunque sea por un momento en aquel ambiente. Pero el destino se encargaba de recalcarle lo bruta y torpe que era, pues al tratar de apoyar su trasero en la banca, se resbaló hasta casi tocar suelo. Para su suerte logró apoyarse con su diestra, volviendo a erguirse rápidamente. — Uh, esto es difícil. — Observó su falda ajustada, maldiciéndola en silencio.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Mar Mayo 01, 2018 9:42 pm

El nombre de la rosa.
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
A medida que el bullicio de las ajetreadas conversaciones devoraba cualquier espacio en blanco destinado a la paz, las palabras que, instantes atrás, habían titilado sobre los desvaídos iris de Beretta se iban desparramando lentamente sobre la noble superficie de papel. Como inanimadas lágrimas de tinta, llovían sobre la pálida hoja, conformando universos, forjando leyendas. Enredada en las intrincadas cadenas de su propia narrativa como se encontraba, cuando una voz suave y expresiva coreó (¿o quizás contrarió?) sus infaustas ensoñaciones, por un instante, la creyó un producto de sus ya usuales delirios de escritora. Pestañeó, confundida, derramando su meticulosa concentración encima de la obra interrumpida. Le tembló el labio inferior, la frustración floreció en sus finas carnes y la historia voló de su lúgubre cárcel de pensamiento. Detuvo la estilográfica, contuvo una única exhalación; elevó el rostro apenas unos centímetros en dirección al difuminado sonido. La sorpresa medró en el fondo de sus distorsionadas pupilas, rauda.—¿Cómo dices?—interrogó, queriendo asegurarse de que, efectivamente, aquella criaturita aventurera no había errado el tiro. Beretta entrecerró su mirar, con el verso todavía bailando entre sus dientes. Aunque la discordia temblaba en cada maquiavélico poro de su piel, algo en el cariz de las palabras que brotaban de los sonrosados labios de la muchacha aliviaba la inquina despertada en su alma. ¿Cómo expresarlo correctamente? ¿cómo hacerle justicia al timbre de su voz? Era una voz que te llamaba, pero que, al mismo tiempo, no quería llamarte. Una voz que parecía que se apagaba al callarse. Dejó el aire silbar en silencio entre sus incisivos, asesinando a la copla cautiva en el proceso.—Ojalá las personas tuvieran la misma memoria que las cosas, Metsumi.—por supuesto, había atrapado al vuelo el nombre de la chiquilla. Nunca olvidaba una cara, mucho menos una identidad. En pocas ocasiones había tenido el privilegio de conocer a una persona conformada, en igual medida, por fuego y océano. Por infierno y cielo.—Haz algo por ese caballero de la esquina y, seguramente, lo olvidará al día... no, quizás, a la semana siguiente. En cambio, deja una muesca en la madera y, de manera natural, jamás se borra...—cesaron sus eminentes palabras al ser testigo de cómo la desconocida perdía el centro de equilibrio y parecía anhelar precipitarse contra el suelo. La novelista contuvo una sonrisa, ladina.

No fue un reflejo: habría sido más rápido si se hubiera tratado de un acto instintivo, poco premeditado. Cuando Metsumi estaba a punto de desmoronarse, Beretta se inclinó hacia delante y extendió un brazo en su dirección, buscando frenar su inminente caída. No obstante, la propia reacción de la muchacha fue suficiente para evitar el impacto. En un arrebato de encantadora simpleza, la madre de universos se llevó una mano a la altura del pecho, dejando hasta escapar de entre su viperina boca un comedido suspiro de alivio.—Menos mal, qué susto me has dado.—ladeó el rostro unos centímetros hacia la izquierda, impregnando su sentida declaración de un profundo cariz angustiado. Se pasó la lengua por la comisura de los labios, dudando sobre cuál sería el proceder más oportuno para la fortuita circunstancia.—¿Te has hecho daño, Metsumi? Me apenaría muchísimo que un encuentro tan... inesperado como este terminara en desgracia.—deslizó una afable curvartura sobre la comisura de su verdadera arma, anhelando inspirar simpatía, cordialidad. Añadió una pizca de interés a la sombra que se cernía sobre sus inefables iris: barnizó la opaca plata que rodeaba sus negras bocas de lobo con una capa de brillante cercanía.

A veces, parece que la etiqueta no está hecha para las mujeres, ¿no crees? Mientras los hombres gozan de los placeres de la fiesta en la amplitud de sus cómodos trajes, nosotras nos desvivimos por mantenernos íntegras en nuestras prendas.—pronunció con encanto, al tiempo que el anodino y poco carismático camarero regresaba con la droga violácea encargada. Encontró un oasis borgoña de paz en la curvatura del áspero líquido: retuvo el impulso de entregarse a su reconfortante abrazo.—¿Compartirías una copa conmigo, Metsumi? El mejor vino no es necesariamente el más caro, sino el que se comparte.—tanteó, dejándose llevar por el enrevesado mecanismo que regía sus anhelos. El devenir flotaba, inerte, a su alrededor; las líneas argumentales se extendían ante sus ojos como hilos invisibles de maquiavélica narrativa. ¿De dónde tirar? Oh, estaba indecisa.—Mi nombre es Beretta, o eso dicen las malas lenguas.—se encogió ligeramente de hombros, tendiéndole la mano nuevamente a su nueva compañera de penas. Cuántos matices podía contener un único saludo.—Creadora de historias, lunática pianista, pintora de palabras, reciente seguidora del enrevesado mundo de la arquitectura... una domadora de artes, puedes considerarme. ¿Qué me dices de ti, Metsi?—lanzó el apodo como quien no quería la cosa, tendiendo inocentemente el sedal de la empatía.—Pareces fuego, pero hablas como agua.—tanteó con meticulosa prudencia, repudiando la posibilidad de sonar demasiado descabellada o invasiva en sus enredos.—No quisiera incomodarte, también soy una fanática de las adivinanzas.
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Nakurusaki Metsumi
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Vie Mayo 04, 2018 4:24 am

Metsumi
País de la LunaGetsugakure no satoZona restaurantes
Curiosas y extravagantes palabras brotaban de los labios de la poética muchacha. Sus metáforas le intrigaban, consiguiendo su atención. Y hubiese seguido escuchando con mayor ahínco sus versos, de no ser por su pésimo sentido del equilibrio. Apenada, notaría cómo la mujer de albina cabellera se había preocupado, incluso brindándole su apoyo en un plan de soporte, por si sus propios instintos fallaban. Sonreiría de medio lado, algo apenada. — Lo siento. — Susurró, ya incorporada completamente sobre el taburete, más segura. Aunque claro, cada tanto hojeaba si estaba estable.

Sus siguientes palabras seguían cargadas de un impredecible misterio, logrando que la kunoichi simplemente ladeara el rostro hacia un costado, tratando de concretar su frecuencia. —Sí, estoy bien. No debería haber desgracia de la cual lamentarse. — Esbozó una sincera y amplia sonrisa, así como normalmente lo hacía. Porque Metsumi era esa clase de chica, una algo torpe, algo lenta. De eruditos y artes entendía poco, y sin embargo su poder de abstracción llegaba a límites insospechados.

La cubierta siempre engaña, tan incrédula e ingenua por fuera; tan perspicaz y caótica por dentro. Ni ella sospechaba los alcances que podía tener la máquina que daba conocimiento y sinapsis a un sinfín de redes neuronales, llegando a posibilidades infinitesimales. Ah, dulce ignorancia. Dulce juventud. —Muy cierto. Usar tacones y faldas apretadas definitivamente no es lo mío. — Musitó, lanzando una pequeña carcajada. —Putos tacones. — Recalcó, posterior a la risa.

Y la inesperada invitación de la elegante muchacha llamaría nuevamente su atención, esta vez con una creciente euforia. — ¡Muy cierto! — Ahora sí parecían hablar el mismo idioma. Y mientras le ordenaba a su viejo conocido un vino digno de ocasión, la extraña develaría su presencia con algo objetivo, consistente: su nombre, y mucho más que eso. La elocuente presentación haría que la pelirroja la observara con cierto asombro, parpadeando un par de veces de la impresión. Nunca había sido buena en ocultar sus sentimientos.

Woah. — Lanzaría, a medida que tomaba sin ver la copa que poseía sobre la barra, casi derramándola. Y es que no podía apartar la vista de la joven excéntrica, tan grácil y armónica como ninguna otra. —¿Eh? B-Bueno... — Daría un rodaje con sus pupilas, sonriendo de medio lado mientras sentía sus mejillas tornarse de un leve carmín. Era extraño que le llamaran de esa forma, recordándole a su padre hacerlo cuando ella era pequeña. —Yo... soy Metsumi... — Tenía que pensar algo rápido. Ella había sonado tan elegante y sabia en su presentación, que la propia debía estar a la altura. — Creadora de... chocolate. — Elevó su diestra empuñada y sólo con el índice arriba, como si fuese a decir algo pomposo. Mas al darse cuenta de que no pudo, los nervios le invadieron.

Eh, digo.. me encanta el chocolate. T-También el agua, sí. Digo, todos necesitan agua para vivir, ¿no? — Llevó dicha mano tras la nuca, bajando la mirada con vergüenza. Estaba diciendo tonterías. — También soy kunoichi. — Supuso que agregar cualquier otra cosa serviría. Lo cierto es que no tenía demasiados hobbies, pues los había resumido en su poco elocuente andar: ninjas, chocolates. ¿Qué más se podía pedir en la vida?

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Mar Mayo 08, 2018 9:31 am

El nombre de la rosa.
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Lo esencial resultaba invisible para los ojos. Invisibles, eran por ejemplo, las ganas que Beretta sentía de diseccionar los inesperados arrebatos de sinceridad que le daban a Metsumi Nakurusaki. Anhelaba llevar a cabo un estudio anatómico de la forma, el cariz y el sentido de aquellos accesos de inusitada y peligrosa honestidad. Hacía años que no se encontraba con un caso igual. Por supuesto, invisible también era lo que podía estar escondiéndose bajo ese presunto halo de sencillez y confianza; como de costumbre, se negaba a creer que una persona fuera capaz de resultar tan absurdamente evidente. Porque, de una forma u otra, siempre tenía que existir una diferencia palpable entre lo que se decía y lo que se sentía, ¿verdad? No había criatura alguna sobre la faz de la tierra con la habilidad sobrenatural de no perder matices en el largo camino que marcaba la piadosa diferencia entre pensar y hablar. Mismamente, las propias emociones extraviaban caras ocultas en su marcha hacia el raciocinio. Cualquier cosa sentida, en el mismo instante de su incomprensible concepción, se volvía pensada. Y cualquier cosa pensada, indefectiblemente, terminaba siendo, en mayor o menor medida, falsa. Así pues, mientras escrutaba con fingida indiferencia los enérgicos movimientos de su compañera de barra e interiorizaba las desprendidas contestaciones que alegremente le regalaba, la primera etiqueta que Beretta le atribuyó a Metsumi fue la de mentirosa.

Quiso ver resiliencia en la actitud recelosa que ahora el petirrojo adoptaba hacia su asiento. O, al menos, adaptación al cambio. Sobreponerse a las circunstancias, a su parecer, estaba sobrevalorado. Aguantar, en cambio, demasiado subestimado. Sobrevivir a una vida entera era algo que ni ella misma se había sentido capaz de hacer nunca hasta el final. Arrugó la expresión un único instante, contrariada ante sus propios desplantes personales. Oh, ¿pero dónde tenía la cabeza? Por supuesto que siempre llegaba al último acto de todos y cada uno de los eminentes papeles que había interpretado a lo largo de su carrera. En la mente de un artista, para bien o para mal, las vidas no se medían por décadas, sino por funciones. Si un personaje se quedaba sin su cometido, no le quedaba otra que morir. Ligeramente inspirada, tal vez encandilada por la inusual oportunidad que se le presentaba, Beretta se propuso desentrañar, descubrir  y revelar la verdadera naturaleza que debía dormir bajo las superficiales mareas de aquel océano surcado por el fuego. A lo mejor, ni siquiera ella se conocía a sí misma del todo. Un chasquido, un monocromático regreso a una realidad de la que, momentáneamente, se había evadido. Ese era uno de los mayores problemas de consagrar tu vida a la única tarea de construir universos: corrías el temerario riesgo de, con el tiempo, perderte de camino a casa.—¿Perdona? ¿he oído bien?—una danza de incrédulos pestañeos siguió a la atípica presentación de la, ahora, ya conocida.—¿Has dicho... chocolate?—oh, no os equivoquéis, Beretta estaba segura de lo que había oído, pero deseaba robarle algo de tiempo a la chica antes de reaccionar apropiadamente a su revelación. El despiadado camaleón adoptó fácilmente los colores del medio: Kan'ei le dibujó a Beretta una sonrisa radiante, cómplice.—¡Yo también adoro el chocolate! ¿Sabes? iba a presentarme de la misma manera, pero no encontré el valor para hacerlo. ¿De qué tipo te gusta? ¿amargo, dulce, agrio, salado? ¿blanco, negro, mixto? Conozco una chocolatería arrebatadora a la vuelta de la esquina.—encantadora, se sumó un tanto al marcador. En realidad, nunca había llegado a probar aquel postre tan venerado por la clase adinerada. O tal vez sí, pero en otra vida distinta a la actual. Dedujo que Metsumi debía formar parte de las altas esferas o, por lo menos, desempeñar alguna clase de función que le reportara los suficientes beneficios como para costearse su lujoso capricho. ¿Y ese afán desmedido por desmontar la candidez que la extraña irradiaba? Curiosidad de escritora, diría ella. Envidia, lo llamarían otros. A fin de cuentas, uno siempre anhela lo que no puede tener. Y Beretta, por más que desperdiciara vidas enteras intentándolo, jamás llegaría a ser una persona honesta. Cualquier verdad que quisiera articular, antes siquiera de rozar sus incólumes labios, terminaba convertida en mentira.

¡Agua! Fuente de vida, pero también de muerte.—matizó, queriendo hacer huella en el pequeño detalle de que nunca dejaba pasar por alto ni uno solo de los comentarios que le ofrecía.—Prefiero el viento.—concluyó con sencillez, al tiempo que se llevaba a la comisura de los labios aquel anhelado retazo de oasis borgoña. Antes de que el oro púrpura llegara a rozar sus maquiavélicos sentidos, una confesión descuidada se le escapó al alegre ruiseñor. Apoyó la copa sobre la barra nuevamente, dotando a sus siguientes ademanes de una naturalidad pasmosa.—¿Eres militar? ¡ostras, otra fortuita casualidad!—pronunció con fingida empatía, acompañando hasta la más nimia de las sílabas con un timbre amistoso. Cercano. Posó la diestra sobre el centro de su pecho, para luego inclinarse ligeramente hacia delante en una especie de leve y servicial reverencia.—Yo también he consagrado mi vida al servicio del país.sí, como tú, peleo por esas bellas ideas que matan. Por supuesto, el último comentario se lo guardó para más avanzada la noche. A fin de cuentas, quedaban muchas copas de vino por compartir. Muchos secretos por revelar.—Me resulta... raro que no hayamos coincidido en algún encargo, Metsi. No serás mi superiora, ¿verdad? ¡Si eso fuera cierto, te habría estado faltando al respeto todo el tiempo!—se horrorizó sobre el asiento, aparentando genuina preocupación ante aquella posibilidad.—Tampoco te he preguntando si puedo llamarte así. Hoy no es mi día, lo lamento de veras.—ladeó levemente el rostro, ruborizada, y forzó una comedida sonrisa de circunstancias sobre la perfecta línea recta que habían conformado sus labios. Efectivamente, fingió angustia. Invisibles también eran las redes que tejía.
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Nakurusaki Metsumi
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Vie Mayo 11, 2018 8:42 pm

Metsumi
País de la LunaGetsugakure no satoZona restaurantes
Por un momento agacharía la mirada, entrecerrando sus orbes con cierto nerviosismo. Cuando la mujer de albina cabellera corroboraba lo que había escuchado por parte de Metsumi, esta última se quedó esperando algún tipo de burla. Y a pesar de que en cierto modo le preocupaba, no iba a negar su naturaleza. No podía, de hecho. Aquella misteriosa dama de exageradas reacciones y expresivo lenguaje denotaba intriga, oscuridad. Se le antojaba como un contraste de luces azabache que lograban reflejar un interior crudo, vehemente. Pocas veces lograba ver ese tipo de aura en una persona, y ahora que lograba detectarlo era algo que le ponía los pelos de punta.

¿Desde cuándo era capaz de verlo? No, no era ella. Se trataba del otro lado de su ser, aquel que era capaz de descifrar corazones y espíritus de una forma admirable, aunque en el estado en que se encontraba sólo lograba atisbos de escasa nitidez, los cuales lograba traspasar a su contenedor. "¿qué sucede, Isobu?" La respuesta caería en nada; en el vacío. Y a medida que sus orbes se centraban nuevamente en la realidad, inconscientemente su diestra se apoderó del siniestro pecho que le generaba extrañas sensaciones. Una sonrisa nuevamente, y acotaría a las euforias de la escritora. — ¿En serio conoces una buena chocolatería? Me encantaría que me enseñases de sus encantos. — Recordó, efímero, el frío de la nieve recorrer la plaza. Los copos de fino cristal tallado por la naturaleza que bajaban cual bailarines sobre su escenario donde dejarían atrás la forma pomposa para volverse uno con la tierra. Y en aquel espectáculo, la calidez de un chocolate. El sabor del líquido dulce recorrer su paladar, a medida que lo complementaba con la miel de aquella mirada que tanto le fascinaba. Sonrió, inconsciente.

Me gustan de todos los tipos, aunque el amargo y dulce son mis predilectos. — Anunciaría, manteniendo aquella curvatura en sus labios, cómplice de sí misma. Y ante la nueva profecía de la albina, Metsumi la observaría con cierta admiración. Era difícil el poder apreciar los elementos que conformaban la vida misma. Y a pesar de que su elemento lo consideraba como el elixir de la vida, también era capaz de reconocer el conjunto que ayudaba a sostener algo tan sagrado y preciado como podían ser los seres que habitaban este y, quizá, otro mundo. —Un interesante punto, Bere-chan. — Musitaría al final, agregando el diminutivo que posteriormente añadiría la dama siniestra.

Y casi que dando el inicio de un acto, su presentación como militar haría que la pelirroja parpadeara un par de veces, sorprendida. Ciertamente, no entendía porqué no habían coincidido ambas en alguna misión. Posó su diestra en el mentón, pensativa. Y tras observar la reacción de horror en el rostro fino y delicado de la muchacha, la Hozuki se limitó a lanzar una leve risilla. — ¡Por supuesto que no! Soy Genin apenas. — Sonriente, tomaría finalmente la copa que estaba hacia su lateral, sobre la barra. Daría un sorbo pequeño, sabroso. Aquel ácido que invadía su garganta le provocaba cierta contradicción, aunque lo disfrutaba.

Curiosamente así me dice mi padre, así que no tengo problemas. — Una amplia y sincera sonrisa terminó por dibujarse en sus labios, satisfecha de la sensación que ella le provocaba. Su parte natural, inocente, seguía dominando los adentros de la compleja conexión que formaba ahora su mente. A pesar del extraño augurio silencioso que ella le ofrecía. Beretta parecía una buena chica, ¿Por qué no creerle? Para desgracia de la carmín, no poseía la suficiente experiencia negativa como para desconfiar del resto. Y sí, había muerto. Pero a pesar del cruel destino, nadie le había traicionado. O eso era lo que hasta el día actual creía.

Sí, es extraño que no hayamos coincidido. ¡Pero ya tendremos oportunidades! A la última misión que fui con Kazuma-kun y Aki-kun la pasamos muy bien, descontando el intento de asesinato de una loca. Pero son detalles, ¿no? — Bien recordaba aquel momento, aunque había olvidado su crueldad para con el padre de la ciega al alterarse por el peligro que el moreno había pasado. —Bueno, no diría que esa fue la última. — Se sinceró, a sabiendas de que esa misión era considerada como algo delicado en la relación entre aldeas. Aunque nunca le habían mencionado que no podía contarla a compañeros de aldea, ¿no? Dudosa, decidió apaciguar su nerviosismo con un nuevo trago de alcohol escurriendo y mojando sus labios.

Está buena esta cosa. — Aseveró, sintiendo un leve calor en su rostro.  

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Sáb Mayo 12, 2018 4:15 pm

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Beretta
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Existen cuerdas en el corazón humano que es mejor que nunca vibren. Como era de esperarse, Beretta, o tal vez la propia Kan'ei, se entretenía pulsándolas todas con la punta de su inmaculada pluma; por supuesto, siempre evitando el contacto directo con las plomizas emociones que estos desbordasen o, peor aún, supurasen. No fuera a contagiarse de aquella incondicional aflicción llamada sentir. ¿Acaso no estás enferma ya, escritora? No supo, ni quiso, contestarse. Levemente alterada (¿o tal vez asustada?) por las hórridas ensoñaciones que poblaban tan a menudo su incomprensible maquinar, Beretta le dedicó a Metsumi una de aquellas amplias sonrisas que reservaba para los desconocidos, como si intuyera que con ella sería capaz de hacerse pasar por una mujer normal y corriente. Un vehículo más en el argumento, un personaje cuyo único destino era el de empujar al resto del plantel hacia delante; una pieza sacrificable, una vida artificial, una pérdida superable.

En un arrebato de inesperada e imprudente osadía, Beretta se atrevió a desgajar un pedazo de la suave curvatura que cubría los labios del gorrión ardiente; tomó nota de la impresión que quedaba, de pronto, impregnada en sus risueñas facciones, del timbre que coronaba las palabras que, humildemente, le brindaba. Era buena en su papel, tenía que reconocerlo. Pero, para mala suerte del petirrojo, Kan'ei nunca se fiaba de las apariencias, sino de las invisibles evidencias que salpicaban, con su negra y silente tinta, las desvencijadas páginas de la realidad que les había tocado vivir. Prueba de su inestimable amor por la sutil certeza era, por ejemplo, que no le había pasado precisamente desapercibida la sombra de angustia que, durante un brevísimo instante, había surcado fugazmente el rostro de la desconocida y, por ende, tampoco la mano que había volado, rauda, a consolar un pecho que no encontraba cura para ese desconocido mal que no lo había asolado nunca. Oh, querida Metsumi, sangrar por dentro es peligroso.

Tras un ligero atisbo de duda, dejó pasar el momento; le concedió una silenciosa prórroga a los ánimos de la pelirroja. Los veía incandescentes, fáciles de prender... como si, en lugar de agua, fuera aceite lo que corriera (o circulase) por las venas de la presunta amante del chocolate. ¿Para qué negarlo? admiró su entereza, la tozuda manera en la que se aferraba a lo que, seguramente, consideraba su genuino yo. Desvió la mirada apenas unos instantes y, como un resorte, asintió un par de veces ante la petición de la chiquilla; la llevaría a la mencionada pastelería, por supuesto. Era, para bien o para mal, una promesa con todas las letras.—¡Vaya! habría jurado que los sabores agrios no iban contigo.—entonó con encanto, al tiempo que humedecía la comisura de sus labios en el espeso líquido que, a su manera, ejercía de acompañamiento musical al encuentro.
Notaba el calor recorrerle levemente las mejillas, achispar los maliciosos impulsos que vivían a la sombra de sus palabras. El apodo, para variar, la sorprendió; no recordaba que nadie antes que ella hubiera encontrado el valor (o tal vez la confianza) suficiente como para regalarle una abreviatura a su momentánea identidad. Ni siquiera Luger, por culpa de aquella insana obsesión de querer rasgar el velo que ocultaba a la escritora, se había dignado a ello. Algo reanimado le tembló a la altura del pecho y alimentó una impresión que ya creía perdida en el cementerio del olvido: las nimiedades, después de todo, sí que eran la base de la vida.

Pero ahora entraban en materia profunda, y Kan'ei no podía concederse el veleidoso capricho de extraviarse en recuerdos marchitos. Eran flores muertas, condenadas a la más hórrida de las podredumbres  lo que el tiempo tardara en angostar sus descoloridos pétalos; así eran las cosas, así se escribían las historias. Cabe destacar, que había tomado buena nota de la benévola expresión que se había adueñado de las facciones de la chica nada más mencionar a su padre; seguramente, fuera una de aquellas personas que enseguida forjaban y guardaban un estrecho vínculo con sus seres queridos. ¿La envidió? quizás. Se revolvió levemente en el asiento, centrando su inmaculada atención en todo cuanto Metsumi tuviera que articular acerca de su compartida vocación; estaba hecha toda una coleccionista de opiniones, sin duda. Oh, pero el pajarito de penacho rojizo le ofreció algo mejor que un parecer; le dio, sin querer, dos nombres. Uno, completamente desconocido. ¿El otro? tal vez, ligeramente familiar.

Puso especial interés en que no se le notara ni una sola pizca de aquel reconocimiento: no le convenía enseñar sus ases tan pronto. Sin embargo, tampoco dejaría escapar la oportunidad de aprender algo nuevo acerca de uno de sus personajes; lo malo del libre albedrío, era que enseguida terminaba perdiéndoles la pista a la mitad de sus obras sin acabar.—¿Kazuma-kun? ¿Aki-kun? creo que el primero me suena.—mintió, con tanta confianza que ni una de las sílabas osó temblar al sesgar el aire. Ladeó el rostro ligeramente hacia la izquierda, tamborileó apenas medio instante con el dedo índice sobre la barra; con endiablada soltura, veló la expresión de sus tibios iris con una capa de ambigua frustración.—Jo, no me sale. ¿Podrías describírmelo? para saber si, al menos, hablamos de la misma persona. ¡Sería maravilloso que, en realidad, hayamos estado compartiendo amistades todo este tiempo!—posó el dorso de la mano izquierda contra el principio de su boca de lirio, dejando que aflorara, tímidamente, una única y meliflua carcajada. Ávida de conocimiento, Beretta no cesaba en la precaria búsqueda de posibles nexos de unión que, de una forma u otra, ayudaran a reforzar aquel sentimiento de camaradería que necesitaba cultivar en el alma inquieta de Metsumi.—¿Un intento de asesinato? impresionante. ¿Pasasteis mucho miedo? ¿llegaron a herir a alguno de vosotros? ¡no me imagino a mí misma en semejante situación!—se fingió espantada, casi horrorizada. Sin embargo, por una vez, no pretendió camuflar del todo sus verdaderas inclinaciones; se dejó llevar por el rítmico tintineo de las copas al entrechocar unas con otras que acompañaba a los diversos vaivenes del camarero.—Aunque... como escritora, me hubiera encantado verme inmersa en una experiencia semejante. Una novela es una cosa... emocional.—detestó descubrir así el arte de conformar realidades, pero no le quedaba otra si buscaba acortar distancias entre ella y la, ahora, interesante Metsumi.—Por ejemplo, últimamente estoy investigando el género del suspense. ¿Sabes cómo se mejora el argumento de una novela de este estilo? espesándolo a base de complicaciones inesperadas que hunden cada vez más al protagonista. Tanto que, al final, ni el mismo escritor llega a entender del todo qué le está sucediendo. En realidad, es una bazofia de género, por eso trato de reinventarlo.—explicó con ligereza, al tiempo que apuraba el culín de su copa borgoña y dejaba reposar el desahuciado recipiente sobre la lóbrega barra de madera. Taconeó un par de ocasiones contra el suelo, repentinamente inspirada.  

Y es que, de pronto, los hilos que conformaban su desastrada perspectiva se distendieron hacia un nuevo horizonte sin explorar; el mundo le ofreció, por decirlo de alguna manera, la espléndida oportunidad de conducir su pluma hacia maravillosas historias jamás oídas hasta el momento. Bendita Metsumi, que, a pesar de haber aprendido el valioso don de la empatía, tenía la lengua demasiado larga como para mordérsela. Le agradaba esa faceta suya, para qué negarlo. Por supuesto, la incomodidad del petirrojo sin alas no le pasó desapercibida; habían llegado, sin lugar a dudas, a un estigma especialmente sensible en su corta vida. Carraspeó, tardando menos de un instante en tomar una decisión, y se inclinó suavemente hacia delante.

Una amiga, sí; eso le ofrecería a la, de repente, tímida florecilla.—¿Resultaría muy descabellado por mi parte, Metsi, suponer que la última misión que has mencionado, fue un tanto... especial? te noto inquieta.—lejos de sonar invasiva, Beretta disfrazó el tono de la vívida y sentida preocupación que tan sólo aportaba la verdadera amistad. Entrecerró los párpados, respiró hondo; las prisas eran malas consejeras, y redactar una sola línea en falso la habría hecho parecer demasiado ansiosa por diseccionar aquel secreto nunca contado.—¿Querrías... desahogarte? a veces, un extraño ofrece mucho más consuelo que un ser querido. Aprovecha ahora, que apenas nos conocemos, y no sentirás la necesidad de callarte sentimientos, temores o pareceres.—susurró, queriendo dotar al timbre de sus palabras de un cariz conciliador, atento. Extendió una mano en dirección a Metsumi y, en un gesto tranquilizador, posó la palma de la misma sobre su hombro. Ejerció una ligera y agradable presión, para luego devolver nuevamente la extremidad a su posición anterior; necesitaba, por encima de todas las cosas, parecer comprensiva. O confiable, al menos. Y es que un amigo, por más que resultara chocante, tenía que ser como la sangre: acudir a la herida sin esperar a que se la llamase.—No sé si te servirá de algo, pero, aunque llevamos poco tiempo hablando, me da la sensación de que tienes un corazón que nunca se endurece, un temperamento que nunca se cansa y un tacto que nunca hace daño. No dejes que nada te cambie, Metsi.—le ofreció una frágil sonrisa, tierna y quebradiza como una nevada en pleno septiembre. ¿Obtendrían sus esfuerzos alguna clase de resultado satisfactorio? Elevó la mano, llamando la atención del camarero.—Trae una botella entera, por favor.—a una idea, o a una experiencia, al igual que a un fantasma, había que hablarle un poco para que se diera a conocer. Tocaba esperar.
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Nakurusaki Metsumi
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Mar Mayo 15, 2018 3:50 am

Metsumi
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Sabores agrios. Jamás se habría cuestionado sobre sus gustos, y lo cierto es que era algo tan inherente a su ser que poco y nada lo meditaba. O eso era lo que creía hasta hace unos meses, antes de que todo ocurriera. Lo cierto es que una serie de incomprensibles oleadas invadían su mente, haciendo que la mayoría de las cosas que antes no pensaba, ahora tuviesen un sentido diferente. Donde antes había calma, ahora existía la duda. Donde antes se respiraba sin escrutinio, ahora un sentimiento de temor florecía en el pecho antes inmaculado de la Hozuki, y por mucho que intentaba negarlo, el antes era muy distinto al ahora.  

"Eres lo que se llama Jinchuriki, un humano carcomido por el gran poder de una de las temidas bestias con colas."

Sus orbes observaban con detención a la mujer de elegante andar que ahora poseía en frente, recordándole inevitablemente a Keiko. Aquella que había estado allí cuando todo ocurrió, su mentora. La mujer que le había salvado la vida; o maldecido, dependiendo de cómo quisieran verlo los lectores. Aún podía recordar las toscas palabras del médico siniestro, aquel que había logrado una repercusión en su mente.

"¿Recuerdas al tan temido Kazekage? Si, aquel maldito desgraciado que casi acaba con el mundo. El era alguien como tú."

Intentó enfocarse en la siguiente pregunta de Beretta, a pesar de su interferencia interna. El miedo que aún se apoderaba de su cuerpo al pensar en que podría cometer semejante atrocidad le hacía, en cierto modo, temerse a sí misma. Aún era pronto como para entender todas las implicancias de su estado como recipiente. Aún así, algo continuaba luchando. Algo que intentó acallar, al menos por ahora.

¿Conoces a Kazuma-kun? — Reprodujo aquella frase algo más lento de lo normal, como si le costara trabajo el hacer las conexiones neuronales para elaborar una respuesta congruente. Y cuando finalmente entró en sintonía con lo que estaba ocurriendo esbozaría una sonrisa, emocionada. — ¡Qué coincidencia, sí! Kazuma-kun resulta que es mi primo. — Mencionaría, elevando su diestra a modo de puño con el dedo pulgar liberado, apuntándose a sí misma. — Es pelirrojo, algo más alto que yo y siempre tiene cara de retrasado mental. — Soltó entonces una risilla, liberando su posición para adoptar una más casual. — Pero es un buen tipo. Es casi el único que entiende mis habilidades, al menos. Y es que ambos somos del mismo clan. — Musitó, espontánea. Poco le importaba revelar información a un aliado, pues era obvio que no lo utilizaría en su contra, ¿no? Seguía siendo una chiquilla confiada, después de todo.

Lo que acotaría la pianista sería un poco más complejo de entender para Metsumi, quien poco y nada sabía de literatura. Su fuerte no eran precisamente las lecturas enigmáticas, aquellas que hacían arder la mente con sus intrigas, y retorcían el alma con cada capítulo avanzado. Más bien prefería ver los dibujos que ilustraban los antiguos pergaminos de las técnicas suiton, para así añadirles algún elemento pintoresco a los personajes con lápiz de mina, como aquella vez en la que dibujó un asiento sobre una figura de pose rígida e imponente, con piernas separadas aún pegadas al suelo.

Suena ambicioso.— Mencionaría, devolviéndole una sonrisa algo más desafiante. — Me gusta. — Y tras añadir aquello, daría otro sorbo. Ya comenzaba a sentir algo de las gracias que provocaba la bebida, sin embargo no lograba notarlo completamente. La sensación de calor en sus mejillas comenzaba a arder, haciendo que desviara cada tanto la mirada hacia abajo, perdida. No, no volvía a pensar en la misión, más parecía que pensaba en la inmortalidad del cangrejo.

¿Eh? — Elevaría entonces sus zafiro, ofreciéndole atención a los grises matices de la albina. A pesar de no haber sido tan evidente a su gusto, la mujer se había percatado de uno que otro cambio de humor lo suficientemente significativo como para sacar el tema de la misión. Tragó saliva, tratando de ocultarlo.— E-Eh... no sé, todas las misiones son especiales, ¿no? — Se llevó su siniestra tras la nuca, lanzando una pequeña risa forzada.

Pero sus frases seguían saliendo, tan filosas y certeras que su cuerpo sentía el peligro. Le observó ahora con mayor seriedad, bajando lentamente la mano que había llevado a su nuca. Y suspiró, confundida. Los trucos que la muchacha ocupaba eran buenos, debía admitirlo. Y la mezcla del alcohol sólo lo hacía más desfavorable para nuestra Hozuki. —Mmh... — Pensativa, llevaría el resto que quedaba de su copa para bañar sus labios, relamiéndose. —.... Mmmmh.... — Entrecerró sus orbes, ladeando su rostro. Terminó golpeando la barra tras ladearlo demasiado, algo que denotaba cierto estado de ebriedad, aunque, ciertamente, sobria igual lo hubiese hecho.

Hace tiempo... — Musitó, a medida que se tomaba la libertad de destapar la botella que el castaño traía. — Hace mucho tiempo que no como chocolate. — Inició, dejando el vino a manos del barman al ver que su lucha era en vano. Y entonces miró a la joven escritora, sintiendo un nudo en su garganta asomarse. — Lo cierto es que he probado de varios tipos, y sin embargo sólo quiero volver a sentir ese aroma del cacao caliente en invierno. — Hacía alusión al día en el que conoció al Yotsuki en aquella cafetería. — Hace tiempo no lo veo... — Apoyó ambos brazos sobre la barra, derritiéndose sobre estos. Sus orbes cristalinos adquirirían un brillo nostálgico, húmedo. — Y no sé si sabe que estoy viva... — Recordaría, súbitamente, la cinta azabache que portaba sobre su muñeca diestra. Aquella que Akira le había ofrecido justo antes de lanzarse al mar, en dirección al caos.

Llevó su mano izquierda sobre la muñeca contraria, acariciando la cinta. Hasta podría jurar que guardaba el aroma de aquellos cabellos nieve, aún tras tanto tiempo. — Nos separamos en esa misión, luego de que desperté en Kiri sin saber qué había ocurrido. — Lanzaba frases sueltas, conexiones que sólo su mente lograba hilar. — Y he tenido miedo de buscarlo, de saber cómo reaccionará cuando me vea."porque soy un monstruo". Porque temía de lo que pensaría de ella tras verla en aquel estado.

Y las lágrimas cayeron, inicialmente finas. Luego, inevitables. Estaba borracha.
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Setsuna Kan'ei
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Jue Mayo 17, 2018 11:29 am

El nombre de la rosa.
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoFuturo
El mar en el que se estaban deshaciendo los ojos del sediento petirrojo no cesaba. Eran lágrimas desvaídas, tímidas, reprimidas; las conocía bien, demasiado bien. Seguramente, Metsumi lloraba por todas aquellas veces que había querido hacerlo, pero no se había permitido a sí misma semejante privilegio. ¿Qué significaba exactamente su llanto? ¿expresaban aquellas gotitas de rocío, acaso, dolor? ¿o pena, tal vez? ¿rabia, a lo mejor? incómoda, de pronto, Beretta no supo  cómo debía reaccionar ante aquella inesperada situación. Había dado de lleno contra un muro infranqueable, contra una barrera emocional a la que nunca había tenido que enfrentarse. Contuvo el aliento y, por cada velero suicida que se deslizaba desde las pestañas de la pelirroja, se le escapaba a ella una exhalación. ¿Una lágrima? un latido que se saltaba su imperfecto corazón. ¿Empatía? más bien, frustración. ¿Qué hacer? ¿qué decir? ¿qué expresar? ¿qué sentir? consolar a los demás, desgraciadamente, era una de las escasas virtudes que nunca había tenido la paciencia de cultivar. La observó ahí, sentada ante una botella a medio empezar, frente a una barra de añeja caoba y al lado de una desconocida que, en realidad, poco remedio podía ponerle a sus males.

Le había entregado parte de su inquietud y, sin embargo, Beretta no encontraba, en el fondo del tintero, ni una sola palabra adecuada para aliviar su aflicción. Por primera vez, la retorcida novelista, se arrepentía de haber hecho vibrar una cuerda prohibida en el corazón de Metsumi; se había precipitado, lo admitía. Apretó la mandíbula, deslizó la mirada hacia el recipiente borgoña y, al principio, no se le ocurrió nada mejor para ayudarla que indicarle al camarero, con un breve ademán del rostro, que le llenara la copa hasta arriba. O más allá, incluso. Apresó una idea entre sus fauces: ¿no sería más noble, por su parte, guardar silencio y dejarla desconsolada hasta que el aguacero parase? enseguida desechó el pensamiento. Metsumi, no parecía esa clase de personas que apreciaban el espacio personal, sino la amable cercanía. Entrecerró, pues, los párpados con parsimonia, abandonó el asiento que ocupaba y, con cuidado, acercó el taburete a un costado del triste petirrojo; seguidamente, volvió a ocupar la silla. Suspiró.

¿La siguiente página? pasó, dubitativa, un brazo por sus hombros y, con cierta torpeza, la atrajo hacia sí en un abrazo algo indeciso, pero bienintencionado. Respiró hondo, a punto estuvo de atragantarse con su propio suspiro.—¿Puedo serte sincera, Metsi?—inició, extraviando levemente la mirada en la curvatura del vino que bañaba el fondo de la copa y acompasando su respiración a una melodía invisible.—Hay pocas cosas que me desconcierten más que las lágrimas. Sé que debo hacer algo para consolarlas e ir a matar al voraz dragón culpable de ese ataque de llanto... pero también sé, por mi propia experiencia, por mis ilimitadas... relaciones, que las lágrimas nunca llegan cuando deberían y nunca son provocadas por lo que tú crees. Por lo tanto, te quedan unas pocas opciones muy estúpidas para acallar las lágrimas, como darle palmitadas en la cabeza a la persona que llora y decirle, “ya, ya”, con la esperanza de que, en algún momento, te informará de qué va la demostración.—casi queriendo representar lo expuesto, la mano que apretaba el afligido cuerpo de Metsumi contra su pecho, ascendió hasta su incendiada cabecita y la acarició con suavidad, teniendo cuidado de no enredarse en algún nudo despistado. Esperaba, tal vez, resultar conciliadora. O reconfortante, al menos.—Llora cuanto tengas que llorar, sin miedo. Las lágrimas que no se derraman, por si no lo sabías, se depositan en pequeños lagos a la altura del pecho, o en ríos invisibles que corren hacia la tristeza... ¿sabes qué ocurre con ellas, al cabo del tiempo? terminan saliendo, pero con el doble, o el triple, o el cuádruple de intensidad.—las palabras no eran suyas, lo admitía. Le habían pertenecido a un padre inapropiado en algún momento de sus muchas vidas. Quiso deshacerse de ellas, pero no le quedó más remedio que continuar por aquella línea olvidada.—Aunque no me creas, he visto personas morir ahogadas en sus propias lágrimas. O asfixiadas, más bien.—bajó la mirada hacia la punta de sus gruesas botas, pensativa.—No quieres que eso te pase a ti, ¿verdad? así que llora tranquila.

Antes de continuar, le concedió unos instantes para que digiriese las palabras entregadas.—Pero, mientras te desahogas, diré cosas al aire para intentar averiguar qué te ocurre. Quizás, tenga un buen consejo que darte. O unos oídos que prestarte.—sonrió débilmente, aumentando apenas un aliento la presión ejercida sobre su incendiada cabellera. Esperaba sonar alentadora.—No hablas de Kazuma-kun, ¿verdad? Una no se siente así por un pariente: no se sufre con tanta vehemencia por un primo.—tanteó con cautela, frunciendo el ceño a medida que avanzaba en sus propias pesquisas.—He visto cómo acariciabas la pulsera azabache, así que, deduzco, que tiene algo que ver con lo que te sucede.—cerró los párpados un instante, terminando de unir realidades, de hilar conjeturas, de tejer redes.—La persona de la que hablas, te gusta, ¿verdad? No, más bien, la quieres.—impregnó sus palabras de un tonillo cantarín: atrevido, pero agradable. Buscaba apartar el mal momento, y traerle a la memoria cualquier otro más agradable.—Sólo lloramos así por esa clase de afecto. Sino, que me lo digan a mí.—añadió un toque de sinceridad a la fórmula, un detalle que la hiciera sonar cercana, cómplice de sus desgracias.—Aunque tengas miedo de verle, Metsi, necesitas decirle, al menos, que sigues con vida. A lo mejor, en este mismo instante, él también está llorando así, pero desconsolado ante la idea de que estés muerta.—¿crudo? ¿duro? y cierto.—Debería dar saltos de alegría al verte, ¿o no?—ladeó el rostro, se separó levemente del petirrojo esperando que, al fin, estuviera preparada para mantenerse sola en el nido.—Te despertaste lejos de casa, sin duda.
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Nakurusaki Metsumi
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Miér Mayo 23, 2018 6:12 am

Metsumi
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Una extraña mezcla de sentimientos rebalsaba de su pecho, ahogándose en sus orbes. El alcohol que ahora recorría su cuerpo poco acostumbrado a la fuerza de su arrastre, se dejaba llevar en un vaivén de emociones. ¿Qué le ocurría? ¿Sería simplemente producto de la borrachera en la que ahora se encontraba? No. Ciertamente, había mucho más de trasfondo. Era algo que necesitaba expresar, que debía exponer a sí misma. Porque no era hacia su hermosa y elegante acompañante, aquella que le recordaba a su mentora de andar fino y voz melodiosa. Era a ella, a su corazón. Había estado ocultándolo todo este tiempo, sumida en los pensamientos que poseía por él, acallándolos.

Las lágrimas salieron inicialmente tímidas, sintiendo de pronto el contacto cálido del abrazo que Beretta le proporcionaba, apegando sus cabellos rojizos cerca del pecho de la escritora. Y escucharía sus palabras iniciales, asintiendo sólo una vez a medida que el contacto se complejizaba con la caricia sobre su cabeza, otorgándole espacio a continuar. A rendirse ante el llanto, la angustia. Aquello a lo que siempre temía, a lo que jamás quería demostrar.

Pero aquí estaba ahora, sintiendo el burbujeante e incesante río proseguir su rumbo desde los orbes, recorriendo gran parte de su rostro. Y ahora con mayor vehemencia del agua, bajaría su cabeza en pos de esconder la tristeza que le inundaba; la duda que no cesaba.  Estiró su diestra, aferrándose de los ropajes más cercanos de la fémina. Las historias que la artista contaba ayudaban a aplacar el sonido agudo de su llanto, y sin embargo dejaban oírse para la pelirroja.

Asintió dos veces, sincerándose. Sí, realmente lo quería. Más que eso, quizás. Más de lo que le hubiese gustado dar. Y ante la idea que la joven le planteaba, paró un segundo su sollozo. Levantaría levemente la mirada, observando a Beretta. ¿Podría estar él así, realmente? No se había planteado cómo lo estaría pasando el moreno. —No quiero... no quisiera... — Tragó aire, tratando de recomponerse. — Sólo quiero que Aki-kun esté bien. — Se largaría nuevamente a llorar, apoyándose esta vez en la barra de la mesa donde yacía la botella a medio tomar.

El amable y hasta ahora silente barman apartaría la botella de manos de la Hozuki, soltando un suspiro profundo. Darle más de aquel licor podría provocar algo mucho más llamativo de lo que ya era la escena. —Met-chan... — Soltaría, tratando de que la joven guardara la compostura a medida que posaba una de sus manos sobre el hombro de la pequeña. — ¿Tú lo has visto, Taiya-kun? ¿Lo has vistooooo? ~ — Manoteaba tratando de agarrar de vuelta la botella, en vano.

Nakurusaki-san. — La voz ronca e imponente del hombre que ostentaba la titularidad del local se había posicionado tras las kunoichis, cruzándose de brazos al percatarse de que varios invitados observaban el drama que la expresiva pelirroja armaba. — Tendré que pedirte que te retires. — Intentaba la mayor de las formalidades dado el calibre de sus huéspedes, aunque su voz sonaba amenazadora.

Si Metsumi hubiese estado cuerda, quizás no se habría volteado para agarrar de la camisa al hombre mientras repetía frases sin sentido. Aunque bueno, quizás igualmente lo hubiese hecho. — ¿TÚ... LO ESCONDIIISTE? — Exclamaría, tambaleándose sobre el corpulento cuerpo del dueño. — ¡Desgraciado! — Se apagaba su voz a ratos, aunque lograba escucharse las maldiciones que echaba. El hombre comenzaba a perder la paciencia, tratando de apartarse del agarre a medida que llamaba a los guardias.

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Setsuna Kan'ei
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Jue Mayo 24, 2018 6:11 pm

El nombre de la rosa.
Beretta
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Si las lágrimas, como bien decía San Agustín, realmente representaban la sangre del alma, entonces, sin duda alguna, Metsumi Nakurusaki debía estar desangrándose a gran escala por dentro. ¿Hasta dónde habría llegado la inestimable hemorragia interna? Beretta atravesó con la mirada el único punto vacío de la sala, preguntándose, tal vez, por qué las personas lloraban. A su parecer, aquellas gotitas húmedas de desconsuelo no eran otra cosa que pensamientos; sí, nunca sentimientos. Quizás, como mucho, impresiones. Cosas muy distintas, aparte. Para su pluma, se sollozaba amargamente porque una idea te desbordaba, no porque una emoción te sobrepasase; a fin de cuentas, si se meditaba detenidamente, el nacimiento de una sensación siempre iba ligado, sin excepción, al hilo de una irredenta reflexión. La novelista parpadeó, y el razonamiento se extinguió. Aunque, eso sí, el eco continuó reverberando entre las flexibles paredes de su mente; la acústica, como de costumbre, era excepcional allí dentro.

Sh, sh.—con estudiada y metódica paciencia, Beretta acariciaba, susurraba y consolaba al mismo tiempo, creyendo empezar a entender, finalmente, lo que verdaderamente traía consigo la noción de  amistad incondicional. O de algo parecido, al menos. ¿Cómo serían capaces, los demás, de mantener varias al unísono? con una sola, el tintero de Beretta ya amenazaba con encontrarse a punto de volcar. O, como mínimo, de rebosar. Apretó los labios levísimamente, dejando que empalidecieran con bienintencionada tristeza ante el llanto incesante del herido gorrión. Aunque los veleros suicidas que descendían desde sus translúcidos ojos de pájaro le producían sensaciones encontradas, casi contradictorias, no podía dejar de apenarse por el pecho de su vestido; tenía el mal presentimiento de que las lágrimas, tal vez, no se quitaban con nada.—No quería decir eso, Metsu.—le cambió ligeramente el apodo, considerando que borrar era, precisamente, lo que la pequeña marea necesitaba para parar de llorar.—Seguro que Aki-kun todavía conserva la esperanza de que estás a salvo y de que pronto os reuniréis y tomaréis un chocolate caliente de ese que tanto parece gustarte y...—entonces calló porque, para su inestimable sorpresa, a punto había estado de pasar un detalle por alto. Impropio de ti, escritora. En aquella ocasión, no atendería a las quejas del plantel. Tenía mucho que hacer. O, más bien, que tejer. Allí estaban los hilos, sólo faltaba unirlos. Conectarlos.

Pero la cohesión tendría que esperar unas cuantas líneas, porque, durante su grato momento de epifanía, Metsumi había decidido armar un alboroto. A lo mejor, rociar la herida con una botella de vino no había sido la más brillante de sus ideas; aunque el alcohol desinfectaba, también aguijoneaba.—Claro, ya nos vamos.—repuso con encanto, queriendo interceder entre el achispado incendio y el agrio dueño del local. Por desgracia, las llamas ya estaban demasiado avivadas como para dejarse contener con tanta facilidad; el gorrión quería ahogar las penas, no atender a razones. Por su funesta parte, Beretta apenas era capaz de  retener la sonrisa ante la impredecible escena: al parecer, Luger llevaba cierta razón. Las mejores interpretaciones, sin duda, eran las que se hacían sin guión. Improvisando, inventando. Se forzó a contener la ponzoña bien guardada entre sus incisivos: no fuera a cometer un error y, por un descuido, poner en juego su radiante posición. Se puso en pie sin mucha prisa encima, se alisó la falda del espléndido vestido y agarró por los hombros a la menuda fierecilla sin dejarse amedrentar por las desagradables amenazas que se le escapaban de entre los dientes y tiró de ella hacia atrás, diligente. Más que una graciosa muchacha blasfemando, Metsumi parecía un arrollo desbocado en pleno noviembre.—Señoritas, si no abandonan el local ahora mismo, me veré obligado a informar a las autoridades sobre el incidente.—bramaba en apenas un gruñido el guardián principal del establecimiento, poniendo cuidado de no alzar la voz por encima del bullicio ya presente, de por sí, en el mismo. Un pequeño ruido tratando de camuflarse bajo uno mayor: la ley de la naturaleza en vivo y en directo.—Oh, por favor, perdónela. Está pasando por un momento difícil: su madre ha caído gravemente enferma, su primo se ha fugado de casa y su marido, saben los dioses por qué, ha decidido hacerse marinero sin preguntarle primero.—inventó, al tiempo que intentaba pasar un brazo de la indomable flor por uno de sus hombros y sostenerla, a duras penas, con su propio cuerpo.

A lo mejor, Luger volvía a tener razón. Un poco de trabajo físico no le vendría mal, ¿verdad?—Lamento su situación, pero no puedo hacer nada más por ella que pedirle que se vaya a casa y sintiéndolo mucho, pasar por alto el desplante a cambio del dinero que le habría pagado esta noche por sus servicios.—Beretta torció la expresión, deslizó la mirada hacia el suelo y, sencillamente, asintió. Desde luego, no era el mejor momento para negociar.—La acercaré a casa y...—comenzó a avanzar hacia la puerta con cierta dificultad, mas, cuando pasó al lado del contratante, una mano se cernió sobre su hombro.—Eh, ¿a dónde vas? tienes que salir a tocar. Si te marchas, no te molestes en volver.—oh, qué dura y adversa decisión se le presentaba. Tras un nimio instante de deliberación, deslizó sobre sus labios una dulce sonrisa, cabeceó de nuevo y continuó la marcha hacia la salida. Apostaba por el personaje, no por la circunstancia.—Dime, Metsu, ¿quieres ir a tomarte un chocolate para despejarte? buscaremos uno que sea especial sólo para nosotras, ¿qué te parece?
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Nakurusaki Metsumi
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Dom Mayo 27, 2018 11:37 pm

Metsumi
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Quiso plantarle un golpe en la boca al dueño, pero justo en aquel momento algo incomprensible la detuvo. Incomprensible para ella, que estaba borracha. Pero lo cierto es que podían sentirse claramente las finas manos de la escritora posarse sobre sus hombros, obligándole a retroceder en su accionar alborotado y confuso. —¡Llama, llama! ¡Yo llamaré a mis puños! — Soltaba frases inconexas y entrecortadas por lo bajo, mientras que su racional y siempre paciente compañera se encargaba de mantenerla a salvo de probables consecuencias. Las palabras de la albina llegaban a los oídos de Metsumi de forma incompleta, alterando más el sentido ya distorsionado de fondo.

¿Marinero? — Un vago recuerdo surcó su mente. Entre lo nublado de la realidad, sus recuerdos vívidos pudieron imponerse en recrear aquel momento de nefasta misión. Aquella noche de tormenta, donde el moreno portaba el timón entre sus manos, sonriendo a medida que le observaba hacer un berrinche porque Kio estaba ignorándole. Y posteriormente a eso, el fin llegó. El anuncio del mar carmín, portador de muerte. Durante un segundo dejó de resistirse, sintiendo sus orbes llenarse nuevamente de sal acuosa. — No quería que lo hiciera. — Como si hubiese sido ensayado, lo que Beretta predicaba lograba complementarse con lo que la pelirroja sentía, haciendo que cualquier espectador no dudara de ni una sola palabra que la escritora plasmaba.

Fue arrastrada hacia la salida sin entender bien lo que el dueño reclamaba, aunque poco duró el avance. La marcha de su protectora sería detenida por la mano del hombre de forma tosca, tratando de imponerse por sobre su compañera. Y aunque no lograba procesar adecuadamente lo del pago, el sólo hecho de ver el rostro de Beretta contenerse y esos orbes perderse durante unos instantes. En su estado no era reactiva a palabras, sino a gestos. Parada cerca del umbral, la voz apacible de la joven resonó, confortándole por unos instantes. —... — Su mirada se tornaría algo más seria, esta vez irguiendo su cuerpo de forma adecuada.

Eso quiero. — Asintió, observando entonces al hombre que parecía darse la vuelta para marcharse campante ante sus huéspedes, quienes no tardaron en susurrar blasfemias sobre la escena. — Pero antes... — Su diestra acumulaba presión, comenzando a notarse aquella extremidad de una tonalidad cada vez más transparente, acuosa. Y, sin moverse del sitio donde se encontraba cerca de la muchacha, alzaría su brazo hacia un costado, estirándolo entonces con vehemencia hacia el cuerpo del hombre que se había rehusado a pagarles. Si bien físicamente no debería de alcanzar la posición algo más alejada del hombre, gracias al uso de la técnica propia de su Kekei Genkai lograría duplicar el tamaño de su brazo, aumentando además la fuerza de este de una forma considerable.

Y le agarró, rodeando todo su torso y brazos pegados a este, a medida que lo levantaba para atraerlo hasta su posición. — Se te olvida el pago de Bere. — Explicó, curiosamente más entendible a las balbuceadas que había hecho. Apretaría con mayor fuerza, a modo de amenaza. El sujeto comenzaría a quejarse, tratando de tomar aire a medida que inicialmente lanzaba maldiciones y amenazas que poco importaron. Finalmente, cedería. — ¡E-Está bien! Suéltame y les doy el dinero. — Los invitados, asustados, retrocederían.

Soltó su agarre, dejando caer al hombre malherido producto de la presión ejercida. Y casi al instante cayó la pelirroja, mareada por la concentración utilizada debido a su estado. Hacer uso de una técnica compleja estando pasada de copas era algo nuevo, digno de un mérito. — A-Aquí, tienen... ¡Déjanos en paz, fenómeno! — Lanzó, literalmente, dos bolsitas de trapo atadas por una cuerda marrón, conteniendo monedas a juzgar por el ruido que hicieron al caer a los pies de la albina y la Hozuki, quien intentaba ponerse de pie nuevamente.

No dijo nada, tampoco logró agarrar los sacos, pues manoteaba el suelo sin resultado, como antaño con la bebida. Y una vez hubiese obtenido ayuda de su compañera, caminaría hasta pasar el umbral del bar, ahora encontrándose con la oscuridad de las calles. Al final, a ella también le habían pagado. — Chocolate...— Susurró, desviando su mirada hacia Beretta, pues recordaba la propuesta.

Cositas:
SUITON: GŌSUIWAN NO JUTSU (水遁・豪水腕の術, ELEMENTO AGUA: GRAN BRAZO DE AGUA)
Se utiliza al poner el Jutsu de Hidratación en un uso práctico, con él los músculos del brazo del Hozuki temporalmente se amplían y fortalecen. La humedad se obtiene de todo el cuerpo y se comprime en todo el brazo, como una bomba instantánea en marcha. Sin embargo, debido a que es esencial controlar adecuadamente el equilibrio de humedad en el interior del cuerpo, esta técnica tiene un grado de dificultad muy alto.
Efecto:
Rango C: Aumenta la fuerza en 3 puntos.
Rango B: Aumenta la fuerza en 5 puntos.
Rango A: Aumenta la fuerza en 8 puntos.
Rango S: Aumenta la fuerza en 1 punto de leyenda.

Consumo:
Rango C: 15Ck por turno.
Rango B: 25Ck por turno.
Rango A: 40Ck por turno.
Rango S: 60Ck por turno.

Chakra total: 202 - 15 = 187 CK
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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Lun Mayo 28, 2018 11:31 am

El nombre de la rosa.
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Justo cuando Beretta pensaba que podría dejar descansar la grandiosa pluma del pensamiento, Metsumi decidió hacer borrón y cuenta nueva de todo cuanto llevaba escrito en silencio sobre ella. ¿Un arrebatador petirrojo de penacho colorado que, en su vuelo, tan sólo tenía cantos, y no reproches, que entregar? al parecer, Kan'ei se había equivocado al dictar una sentencia firme antes de tiempo. A veces, esta clase de  cosas pasaban, ocurrían sin que te dieras siquiera cuenta; y es que, una no siempre tenía en su mano (o, más bien, en su tinta) la oportunidad de esperar a un momento más propicio para especular acerca de un nuevo personaje sin riesgo, o temor, a errar el tiro. Un escritor, para bien o para mal, estaba obligado a vivir su vida siendo siempre el primero en tirarse a la piscina; efectivamente, incluso en contra de su voluntad como persona detrás de la hoja escrita. ¿Si se ahogaba al zambullirse? mala suerte. Así eran las cosas, así se escribían las historias. Cuando el confundido pajarillo pelirrojo aleteó en contra del destino que le había susurrado tiernamente al oído, Beretta no pudo contener una breve exclamación de sorpresa; normalmente, no solía equivocarse en un diagnóstico inicial tan evidente. Aunque, en una primera instancia, había creído a Metsumi Nakurusaki una persona de temperamento vívido, pero demasiado adaptable y abierta para el mundo que le había tocado vivir, ahora, a Beretta, le saltaba claramente a la vista la necesidad imperiosa de retocar la descripción prematuramente forjada. Hacía falta una postrera puesta a punto de última ahora: un modelaje sutil del personaje de la ebria y enamorada muchachita antes de que tuviera que salir a escena. Más que un pájaro, en aquellos momentos, Metsumi se le hacía más parecida a una corriente continua (o, más bien, constante) de agua. Si era turbia o cristalina, aún estaba por verse. Por decidirse. No, mejor incluso; por escribirse.

Desde luego, el capítulo se daba vida solo. ¿Nuevo giro argumental? no, se trataba, más bien, de una revelación inesperada. Ladeó el rostro con ensayada lentitud, incapaz de apartar la mirada de aquella masa translúcida en la que, poco a poco, se iba convirtiendo el brazo de la, hasta el momento, sencilla Metsumi. Dato interesante, curioso como mínimo; al parecer, el petirrojo colorado -oh, sí, había decidido conservarle el apodo inicial por puro capricho lírico de escritora- no era una de esas insípidas personas que perdían fuelle y aliento por la boca inútilmente. No le daba miedo (o, al menos, impresión) usar la fuerza para obtener lo que bien creía merecer... o, más bien, lo que creía que otros se merecían. Y, aunque tal vez lo más sensato habría sido achacar aquella violenta reacción a los incontestables efectos de un alcohol tan fuerte como barato, lo cierto fue que, a Beretta, le gustó la idea de considerar a Metsumi una atípica aspirante a justiciera. Se le iba a saltar el corazón del pecho de la alegría: hacía tanto tiempo que no conocía a un militar dispuesto a seguir sus propios ideales -que fueran supuestamente correctos o no, ya no le resultaba tan interesante- que, por un instante, se sintió tentada de volver a sentarse frente a la imponente barra, despedir a la auténtica realidad con un ademán conciso y, a solas con sus hilos, ponerse a escribir sobre la turbia pero asombrosamente diáfana Metsumi sin tomarse ni un solo descanso para releer lo que fuera dejando la pluma tras de sí.

¿Inspirada? iluminada. Pero no podía perderse el espectáculo, ¿verdad? A fin de cuentas, no todos los días una tenía el privilegio de presenciar semejante escena. ¿Dramática? cómica, más bien. Y algo trágica, seguramente.—Oh, Metsu, no hace falta que...—calló, porque, después de todo, sí que quería ver el pago realizado. Observó al hombre colgando desde el vientre en aquella soga hecha de río y, supuestamente, carne: se le dibujó en el rostro, para qué negarlo, una gran sonrisa sin dientes. Y ya no sólo por lo variopinto que le resultaba ver a un caballero de bolsillo acaudalado sometido al yugo de una niña malhumorada por el licor casero que su personalísimo establecimiento vendía, sino por el nuevo regalo que , humildemente y sin querer, la pelirroja acababa de tenderle. Aceptaría el conocimiento, por supuesto. Rechazarlo habría sido de muy mala educación, ¿no?

Se quedaba con el dato: al igual que el agua, Metsumi era una substancia salvaje, caprichosa. Nada en ella sería jamás sólido o permanente, nada en ella sería, nunca, lo que, a priori, parecía. Qué poder más revelador le había concedido la vida al petirrojo, ¿verdad? Cuando las dos bolsitas terminaron a los pies de la alcoholizada muchachita, Beretta se acuclilló frente a ella y, a sabiendas de que la coordinación de la misma tenía que estar pasando por un momento difícil, las agarró hábilmente con la diestra y se enderezó nuevamente, preparada para salir por la puerta.

Ha sido una noche encantadora, caballero.—le dirigió una perlada media sonrisa, apenas volviendo unos milímetros el rostro en su apática dirección.—Disfrute lo que queda de ella, y no beba demasiado.—aconsejó, al tiempo que se encogía ligeramente de hombros. A fin de cuentas, la velada seguía siendo joven. E impredecible, desde luego. Una vez tras la pelirroja, apoyó la palma de la mano izquierda contra su estremecida espalda y la invitó a salir, con suavidad, al exterior; el aire fresco le vendría bien a sus sonrosadas mejillas.—Chocolate, sí.—concedió, para luego abandonar ella misma el local y, jugando a lanzar ambos sacos de tela hacia el firmamento y a atraparlos en pleno vuelo, enfilar las calles en busca de algún otro enrevesado establecimiento que pudiera recibirlas a aquellas horas de la noche.—Eres una mujer de armas tomar, ¿verdad?—susurró con agradable sencillez, apretando ahora, contra su pecho, el quizás no tan merecido pago.—¿Deberíamos gastarlo todo en chocolate, Metsu? tú mandas, no me gustaría terminar ahogada por ser tacaña al momento de pedir.—bromeó, haciendo chocar levemente su hombro contra el de la pelirroja mientras continuaba andando.—Había oído decir que el agua era el vehículo de la vida, pero, sinceramente, nunca me habría imaginado que pudiera llegar a ser, en una persona, un concepto tan literal.—elevó la barbilla hacia el cielo, dejando que el viento le acariciara con delicadeza  sus siempre inmaculadas mejillas. En su caso, era el frío quién dominaba, regía y configuraba su vida.—Oh, por cierto, creo que conozco a Aki-kun. O no, seguramente me equivoque.—soltó así, de pronto, sin más. Detuvo sus pasos, queriendo asegurarse de que Metsumi no se quedara atrás.—¿Ves algo abierto, Metsu?—cambio de tema, porque las revelaciones inesperadas, al igual que el buen vino, había que dejarlas reposar un tiempo antes de consumarlas. La literatura obvia, demasiado directa, no tenía cabida entre sus líneas.
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Nakurusaki Metsumi
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Lun Mayo 28, 2018 5:42 pm

Metsumi
País de la LunaGetsugakure no satoZona restaurantes
Sonrió tontamente ante la broma que su compañera realizaba, probablemente por la demostración que la Hozuki había hecho. Sintió el pequeño choque de hombros, tambaleándose hacia un costado. Lo cierto es que el aire fresco le ayudaba a pensar con algo más de conexión, a pesar de que aún se encontraba en aquel estado invadido de alcohol. Al menos ya razonaba algo más, y fue justamente para escuchar la revelación que, sin más, Beretta realizó.

Abriría ambos orbes cual platos, observando a la mujer de albina cabellera mientras caminaban. Ella, como si hubiese adelantado la reacción de Metsumi, se detenía para esperarle debido a la lentitud de sus pasos, ahora más rezagados por la sorpresa. —¿Lo conoces? — Soltó, viendo entonces a su alrededor en pos de encontrar algún sitio abierto. Y negó con la cabeza, retomando la marcha para buscar en el horizonte. Sabía que iba a ser difícil encontrar un sitio que ofreciera chocolate en la madrugada, pues el objetivo de los comerciantes era atrapar a los jóvenes sedientos de alcohol, y no del cacao.

Aún así, no se rendiría tan fácil. Y a medida que caminaba con la brisa nocturna revolviéndole los cabellos, su mente iba despejándose de la neblina que el vino había instalado. — ¿Él está bien? — Musitaría, luego de un pequeño silencio.  Agacharía la mirada hacia el suelo, deteniéndose al cabo de unas cuadras de merodear en busca de su elixir. Y suspiró, pensativa. ¿Sería prudente? Probablemente no. Probablemente debía guardarse lo que ocurrió, así como se lo había guardado durante estos meses.

Era lo que debía hacer, estaba segura. Pero no lo que necesitaba. —Bere... — Volteó a observar a la elegante escritora, a aquella que inicialmente le había parecido lejana. Y sin embargo, había decidido acompañarle a pesar de todo. —¿Quieres que vayamos a sentarnos a un parque? Dudo que haya algo abierto que logre satisfacer las ganas de chocolate... — Sonrió levemente, aguantándose las ganas de algo que subía por su garganta. Tragó saliva, apretando por un segundo sus dientes. — Además... — Llevaría su diestra hasta la boca, entrecerrando su mirada. — Quiero vomitar... — Venía otra etapa de la borrachera, una igual o más desagradable que la anterior. Al menos podría vomitar en el césped, o con suerte, encontraba algún baño público.

Si su acompañante se lo permitía, irían hacia el verde más cercano, uno que quedaba a tres cuadras hacia la derecha. La plaza pequeña con uno que otro juego para niños que antes solía frecuentar, aunque ninguna diversión era mayor a la de los columpios en el fondo, cerca del espeso follaje de unos arbustos que delimitaban el sector trasero. Caminó con algo de prisa hacia una de las tablas de madera flotante, sentándose. Y respiró hondo, sintiendo que su estómago bajaba las ganas de expulsar todo. Si se mantenía quieta, quizás evitaría la escena desagradable.

Elevó ambas manos hacia las cadenas de los costados que sostenían la madera donde se apoyaba, volviendo a suspirar. — Lo siento. — Expresó, ya recapitulando todo lo que había hecho. Esperaba no se fuera, aunque la entendería si deseaba hacerlo. No era agradable seguir a una chiquilla que armaba problemas fácilmente, y lo cierto es que no podía culpar sólo al alcohol. Siempre armaba problemas, siempre se metía en ellos. Era alguien impulsiva, guiada por sus propios ideales que intentaba respetar. No podía callarse cuando a otros los pasaban a llevar, algo que manifestaba quizás no de la mejor forma.

Y en la oscuridad de la noche, su mirada se topó con el astro que caracterizaba a su país, vigilante. Sonrió, comprendiendo que quizás, la muchacha que poseía a su lado no era solamente una acompañante. — ¿Te gustaría ser mi amiga, Bere-chan? — Expresó, observándole con el más sincero sentimiento.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Lun Mayo 28, 2018 8:49 pm

El nombre de la rosa.
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Esperó el rayó. Violento, imperioso; predecible y, aún así, temible. Aguardó pacientemente a que las palabras hicieran mella (o incluso estigma) en el mustio devenir del petirrojo colorado: sin embargo, el relámpago jamás llegó a consumarse. No hubo desesperación, tampoco desmedido vigor. Metsumi la interrogó al respecto, por supuesto, pero sus incólumes aguas turbias no se vieron corrompidas por la intriga, desviadas de su inestimable rumbo inicial; puede que, después de todo, la chiquilla se encontrara realmente atemorizada ante la perspectiva de reencontrarse con su broncíneo caballero. Torció levemente el gesto, dubitativa. O, más bien, pensativa. ¿Merecería la pena jugar ahora la baza o, mejor, por deferencia a la vívida pelirroja, se tiraba a sí misma de la lengua y revelaba toda la pulcra información de la que disponía? durante un pálido instante de abril, augurando lluvias, tanteó con lentitud la primera opción. Bien podría fingirse despistada, llena de lagunas; la memoria, a fin de cuentas, fallaba. Hizo chocar levemente la asoladora sombra de sus iris plateados contra el océano encendido de los de su nueva compañera nocturna: quiso mentir, pero, incomprensiblemente, a su pluma se le escapó la verdad. O, al menos, algo que se le acercaba.—Puede que lo conozca, o también puede que no.—murmuró, falsamente ensimismada. Fingía recordar cuando lo cierto era que, en realidad, trataba de retocar. Escenas, personajes, diálogos, decorados, piezas; demasiados elementos que coordinar para el poco margen de libre actuación que se le presentaba. Improvisaría, se dijo.—¿Es una persona hecha de bronce, por casualidad? ¿una estatua que, a diferencia del hombre de hojalata, tiene corazón para dar y tomar? ¿un estafador inesperadamente honesto, de esos que te engañan, pero que, al final, después de todo, resulta que siempre te han estado diciendo la verdad incluso cuando pensabas que no? conocí a un tipo así, sí. Se presentó como un caballo, pero, una vez en el tablero, reveló una condición muy diferente a la prometida. Y, sin embargo, nos... me había advertido desde el principio que las apariencias engañaban y, la realidad, deformaba.—se pasó la lengua por los labios, ávida de recuerdos.—Hablamos de reflejos, ajedrez, movimientos y, sobretodo, de perspectivas.—un resumen realmente fiel a la escena original, desde luego. A Luger se lo guardaba para sí, por el momento. Una carta que guardar bajo la manga... o, más bien, dentro del tintero. Quedaba mucha noche por jugar, por ganar. O por perder.

Entonces, la tambaleante Metsumi se demostró claramente indispuesta. Incómoda ante la inminente y desconsiderada posibilidad de que la ya-casi-no-desconocida pudiera devolverle el agrio vino encima, Beretta no dudó ni un instante antes de asentir con resuelta brillantez a su congruente propuesta.—Aunque estés hecha de río, deduzco que no vomitarás corrientes translúcidas, ¿verdad?—trató de bromear con cuidado, intentando fingir (o, al menos, forzar) algo mínimamente parecido a la timidez. Para variar, se le atragantaban las palabras a la altura de la garganta. Carraspeó tratando de deshacer el nudo que atenazaba sus melifluas cuerdas vocales: desgraciadamente, era uno de esos endiabladamente difíciles de desenredar. Marinero, tal vez. Silenciosa, siguió a Metsumi a lo largo de las muchas y estrechas calles que sembraban aquella zona en particular de la ciudad: puso cuidado de mantener un brazo siempre alrededor del renqueante cuerpo del acuático pajarillo, temerosa de que trastabillara con cualquier clase de obstáculo invisible para un borracho y terminara probando, indefectiblemente, el amargo sabor del empedrado mojado. Llegaron al parque más cercano en cuestión de minutos, ambas sumidas en un silencio incondicional y recíproco; era una sensación honesta, casi agradable. Cómplice, a lo mejor. A veces, y aunque no sería ella quien lo reconocería en voz alta, sobraban las palabras. Hablaban, entonces, las penumbras; lo invisible.

Dejó ir al impredecible riachuelo hacia las tablas colgantes: no estaba muy segura de que una superficie inestable como aquella fuera la más recomendable para alguien en su inconstante estado.—Cuidado con el viento, o terminarás mareándote aún más, si cabe.—hizo notar, para luego dirigirse hacia ella y tomar asiento a su lado, en el columpio contiguo. Era la primera vez que, en general, visitaba un lugar así; nunca había sido muy dada a las diversiones que, la mayoría de los niños, encontraban satisfactorias. Se balanceó suavemente, dejando que fueran sus propias piernas las que la impulsaran unos centímetros hacia atrás.—¿Por qué te disculpas? fui yo la que te invitó a una copa y, luego, a una botella entera. El alcohol sirve para ahorcar las penas que ya han salido a la luz: cuando ya están a medio camino, tan sólo sirve para intensificarlas y, tristemente, empeorarlas. El error fue mío, tendría que haberlo pensado mejor.—rebatió, negándose a aceptar una disculpa tan fuera de lugar. La entendía, pero, desde luego, se negaba a hacerla suya. A poseer un 'lo siento' que no creía merecer. Y, de pronto, una pregunta, blanca como sólo una saeta de luz podría haberlo sido, le atravesó la respiración. Inesperada. Incontestable. La tinta en sus venas frenó, el pulso le tembló; no supo qué articular, qué línea utilizar.

¿Ciertamente le hablaba de amistad? ¿de un concepto tan diluido para ella que, hasta el momento, ni siquiera se había atrevido a repasar? nerviosa, insegura, le dirigió una mirada atestada de desvinculado temor. ¿Le daba, a ella, algo tan valioso para la mayoría de las personas que emponzoñaban la tierra que pisaban? contuvo un aliento, estremecida de incredulidad. De duda. ¿Debía aceptar? ¿se lo merecía, acaso? ¿sabría honrar a un papel semejante? ¿a un privi...? ¿a dónde vas, escritora? no te lo dice a ti, sino a mí. La esperanza le murió a la altura del corazón, ensombrecida por la luna. Aquello era cierto, verdaderamente real. Irrebatible. Irrefutable. Dañino.—¿Qué clase de amiga quieres que sea, Metsu? ¿una normal, de las que visitas de vez en cuando para pasar un buen rato? ¿una muy buena, de las que dan consejos pero no cargan penas ajenas? ¿una vieja, de las que te conocen mejor que tú misma? ¿o, tal vez, la mejor que podrías tener, la única que podría despeinarte las penas cuando te duelan? te dejo elegir, riachuelo.—terció finalmente, rehuyendo ahora el contacto visual anteriormente buscado. Desvió la mirada hacia un lado, tratando de ocultar de Metsumi el velo acuoso que, irremediablemente, nublaba su mentirosa y escrupulosa realidad. ¿Qué había de malo en ello? a fin de cuentas, su oxidada corona de plata llevaba ya un buen rato anunciando mal tiempo. Lluvias.  
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Nakurusaki Metsumi
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Mar Mayo 29, 2018 6:55 am

Metsumi
País de la LunaGetsugakure no satoZona restaurantes
Ahondó la descripción de su amado hecha por Beretta, una que, sin duda, correspondía a la misma persona. Curiosos los temas escogidos para la conversación, aunque no le sorprendían viniendo de él. En el fondo deseaba preguntar más, saber en qué circunstancias se habían conocido, qué era lo que el moreno había realizado. Y un curioso detalle casi pasó por alto, de no ser por que la constante y siempre pulcra escritora con la que dialogaba, jamás erraba en sus frases: un nos se le escapó. Uno fuera de lugar, incomprensible. No se refería a ella y el moreno, pues la enseñanza tenía claramente un maestro, y más de un pupilo.

Pero no ahondaría en ello, pues su mente se encontraba sumergida en algo más, algo que deseaba culminar. Se limitó a sonreír por lo bajo tras la poca aceptación que sus disculpas tendrían, pues parecía ser propio de la albina el explayarse ante sus acciones, muchas veces incomprensibles hasta para la pelirroja misma. Se sentía agotada, probablemente por los efectos secundarios del alcohol. Un impulso incontenible por columpiarse le invadió, mas intentó contenerse debido al probable desenlace que tendría. Aún era muy pronto.

Y aguardó la respuesta de su compañera, enviando sus zafiro sobre los opacos orbes de la muchacha. Sorpresivamente para Metsumi, Beretta le esquivó el contacto. Y antes de perderlo por completo, pudo sentir cierta duda invadir sus ojos, su ser. Parpadeó un par de veces, silente. El preguntar algo estaría demás, y el resaltar lo obvio sería fatal. No sabía por qué, lo sabía. Simplemente atendería a las palabras de su interlocutora, con paciente atención. Una que no brindaba a cualquiera, ni siquiera a su progenitor.

Sus interrogantes le tomaron desprevenida. Incrédula, observaría la silueta de la muchacha siendo bañada por el brillo del astro nocturno. Y tras notar el extraño tinte en sus últimas frases, una extraña sensación le invadió. Comenzó por su pecho, expandiéndose hacia el resto del cuerpo. ¿Qué era aquello? Interiormente, quiso el consejo de ella. ¿Qué es lo que ocurre? ¿Acaso es el mismo miedo que sentías, Isobu? Ese constante en tu vida, esa interrogante al final que despertaría mis sueños, dejándome entrar en tu alma.

Sí, lo conocía. Una sensación familiar, aquella que había logrado empatizar con la legendaria bestia dormida en su interior. El miedo a volver a amar. O quizás, en el caso de la siniestra escritora, jamás lo había hecho. No de ese tipo de amor, ¿cierto? Pues existían muchos en el vasto universo. Cerró sus orbes, esbozando una ligera sonrisa a la mitad, aquella que daba el brillo de la luna. — Todas, obvio. — Contestó, a sabiendas de su respuesta final desde antes que la dramaturga terminara de enumerar los tipos de amiga. —¿Por qué escogería a una, si puedo tener a todas en una misma persona? — Sonreiría, sincera. A veces su sencillez era la mejor respuesta para decisiones difíciles. — De esas amigas que golpean a otros por lo que es tuyo, o te arrastran cuando estás borracha. — Rió por lo bajo, aún sintiendo el mareo en su cuerpo.

Elevó entonces su rostro al cielo, dándole espacio a la albina para que retomase su postura sin apuro, sin prejuicios. — Soy un poco torpe. Mucho, a decir verdad. Tampoco soy buena con las palabras, ni presentaciones. — Recordaba la más reciente: un desastre. — Pero siento que puedo entregarte mucho de mi corazón. — Cuando se trataba de seres queridos, podía darlo todo. Podía lanzarse a un mar ensangrentado y oscurecido por un alma maligna, y dar su vida por protegerlos. Lo sabía, porque ya lo había hecho.

Aguardaría un momento, quizás esperando una respuesta. Quizás no, simplemente meditaba sobre lo que tenía. — Hace unos meses... hubo una misión. — Inició, agarrando aire, valor. Bajó su mirada hacia el suelo, como si en él proyectase la historia por contar. — Tres genin, un chunin. Los superiores más respetados de una aldea igualmente fueron: era algo excepcional. Algo... inusual. — Musitaría, analizando en retrospectiva las pistas que el destino había otorgado. Estaba claro, y sin embargo no era sino hasta ahora que se daba cuenta de la envergadura de aquella misión.

Se les había ordenado ayudar a una aldea aliada, pues algo extraño ocurría en las aguas colindantes a ambos países. Algo tan grande que incluso los superiores aliados tuvieron que recurrir a ayuda externa.— Suspiró, casi sintiendo las gotas de lluvia caer sobre su cuerpo, y recordar el pútrido olor del mar al adentrarse en aquella zona. — Nunca supieron qué pasó exactamente allí. Olía a muerte, el mar era sangre. Y de pronto, al encontrarse con sus aliados, una enorme bestia emergió de las profundidades, furiosa. Asustada. — Hizo una pausa, desviando entonces sus orbes hacia la muchacha. — Aquí es donde la historia tiene dos versiones: la bestia atacando a los jóvenes en barcos que serían destrozados a coletazos, sin motivo aparente. Una bestia mítica, leída sólo en pergaminos. Una que llaman bijuu. — Aguardó nuevamente, esperando a que su receptora pudiese comprender la envergadura de lo que relataba. Lo complejo del asunto.

Y la otra versión cuenta sobre una criatura de gran corazón, que se vió perturbada por una extraña fuerza maligna, la cual comenzó a destrozar su hogar; su mar. Sólo intentó advertirles a los de la superficie que se alejaran, pero ellos comenzaron a atacarla, provocándole daños casi irremediables. — Ciertas notas de amargura se tiñeron sobre sus palabras, frustrada. —  Y entre medio de todo, una chica imprudente se lanzó al mar, en busca de salvar a ambos: a los de la superficie, y a la bestia. — Sonrió levemente, arriesgándose entonces a columpiarse levemente, impulsada por ambos pies.

No sé si lo logró. — Un tono algo animado, quizás forzado. Intentaba ver el lado positivo.— No ha visto a sus compañeros, y según lo que cuentan, murió. — Sonrió, observando a Beretta. — O eso creyeron, incluso ella. Pero gracias a las grandes habilidades de los superiores, no sé cómo, lograron mantenerla con vida. Aunque sus heridas y las de la bestia eran graves, por lo que permaneció inconsciente por más de un mes. ¿La bestia? curiosamente, lograron salvarla... sellándola en el interior de la chica. — Tragó saliva, sabiendo que esto último era algo que, desde su despertar, jamás había contado. Era, verdaderamente, la primera persona que la oía.

Llevó su diestra hacia el pecho, sintiendo la calidez del corazón ajeno. — Es extraño tener algo adentro que muchos llaman monstruo, y sin embargo... también es mi amiga. — Confesó, lanzando un último suspiro. Y guardó silencio, quizás debido al dolor de estómago que le había provocado el hablar demasiado. Lo había hecho, quizás, para desahogarse. O quizás... para demostrarle que su ofrecimiento de amistad era en serio.  
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Setsuna Kan'ei
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Mar Mayo 29, 2018 11:01 am

El nombre de la rosa.
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
¿Y tú, qué harás cuándo el mago te dé un corazón? había preguntado el poco achispado espantapájaros al indolente hombre de hojalata encima de una baldosa amarilla cualquiera, una tarde que hablaban, insensatamente, acerca de deseos. Mientras Beretta (o, tal vez, Kan'ei) se dejaba mecer por el quebradizo viento que la acariciaba, todavía sentada sobre el desvencijado columpio, se sorprendió a sí misma intentando recordar la respuesta del plomizo autómata de la historia. Un personaje secundario que, a su volátil impresión, siempre le había parecido altamente subestimado por la audiencia; o, más bien, por todas aquellas personas que, poseyendo un corazón funcional, no se paraban nunca a pensar en los menos afortunados, en esos olvidados devenires que, a diferencia de ellos, no habían sido bendecidos (o maldecidos, quién sabe) con una rosa sangrante por núcleo sentimental. ¿Y tú, qué harás cuando el mago te dé un corazón? parpadeó repetidas ocasiones, exiliando. ¿El qué? a quién, querido lector. A sí misma, tal vez. A ella, a lo mejor. A nadie, probablemente. Resplandeciente bajo aquellos rayos mortecinos de luna, Metsumi le hablaba de amar, de amistad y de lealtad. Y aunque Kan'ei se sintiera (o, más bien, quisiera) sollozar ante el roce de la pregunta contra su silencioso y desapercibido habitar, Beretta trataría de alzar la mirada, firme. ¿Firme? bueno, al menos, estable. Liberó un único aliento de su temblorosa cárcel de piel, lengua y duda; era demasiado tarde para abandonar el papel, ¿no? . Asintió, ligera.—Seré todas, entonces.—confirmó finalmente, en apenas un hilillo cristalino de voz que parecía sesgada, en un arrebato dramático, por el mismo tiempo. Y quiso cerrar el libro, dejar estar el momento suspendido indefinidamente entre ambas; pero, al igual que uno no puede dejar de leer una novela en un intermedio estable por temor a lo que les sucederá a los personajes más adelante, a Beretta le tocaba pasar páginas. Avanzar en la historia, adentrarse en el hondo sentir que la corroía.

Pero...—se pasó con delicadeza la lengua por los labios, repentinamente seca.—... lamentablemente, no será un trato justo. Tu corazón será un regalo maravilloso, espléndido se mire por donde se mire; en cambio, el mío, no es más que un cementerio como otro cualquiera.—terció, tratando de sonar animada. Inspirada.—A lo sumo, puedo guardarte un sepulcro para dentro de unas cuantas -y numerosas, espero- décadas.—bromeó con insípida ligereza, impregnando sus inmaculados iris de un brillo distante, pero presente. No era el momento de extraviarse en memorias de un ayer tan muerto como profundamente enterrado: llorar ante lápidas pasadas, para bien o para mal, no era su estilo. Ni mucho menos su intención. Cabeceó de izquierda a derecha un breve instante, regresando a la realidad en la que le correspondía estar, existir, vivir. A fin de cuentas, ¿qué clase de amiga resultaría si ni siquiera era capaz de escuchar con atención a medio corazón destrozado? peor incluso, ¿qué clase de escritora podría llamarse a sí misma si renunciaba a una historia desconocida, virgen e inenarrable como pocas había tenido el placer de conocer? una nefasta en ambos casos, sin duda.

Metsumi, la fierecilla de corona encendida, se sinceraba y Beretta, recta, acogería con pergamino de seda y pluma bordada en plata todo cuanto tuviera que contar; poco a poco, la pesadez enquistada en la boca de su estómago se hacía más llevadera, ligera. Las cargas, con el tiempo, se amoldaban al recipiente en el que vivían. Cesó el imperceptible balanceo del columpio, apoyó ambas manos sobre el regazo y volvió a establecer el contacto visual rechazado. Una descarga inestimable le recorrió el pecho, justo a la altura de su supuesto corazón; ¿camaradería? complicidad. Un sentimiento extraño, ajeno; temible, sí, pero complaciente. La narración dio comienzo, entró en lo que, normalmente, solía llamarse 'inicio'; entre los personajes enumerados, por supuesto, tenía que hallarse la propia Metsumi. El brioso Akira, seguramente, también fuera parte del variado elenco; el resto del plantel, probablemente, no era ya de su incumbencia. A la hora de relatarlo les daría caras anodinas y pasados especulativos, nada más. La premisa, desde luego, era buena. Fantasiosa, y, sin embargo, basada en hechos reales. Entrecerró los párpados, y una mueca de sorpresa le sembró los labios al oír en boca del petirrojo colorado el término 'bijuu'.—Un demonio...—musitó, asombrada ante la impredecible revelación. Al parecer, había subestimado las turbias corrientes vividas (o, más bien, sufridas) por la idealista chica.

Entraban en el nudo de la historia, y Beretta apenas acertaba a morderse la lengua con coherencia. Anhelaba intervenir, pedir detalles, enumerar lagunas que, como escritora, necesitaba saber; sin embargo, mantuvo la compostura, contuvo la intriga que azotaba su tinta a cada oración descrita. ¿La valiente joven que, envalentonada por el miedo y la empatía, se abalanzaba sobre el mar desbocado para salvar a ambas partes del conflicto? ella misma, sin duda. No le hacía falta una confirmación directa para encontrar a la tempestuosa Metsumi en aquellas acciones indómitas, inesperadas; algunas personas, sencillamente, no podían estarse quietas frente al peligro. Beretta, por su parte, no se estimaba como una de ellas. Observaba, anotaba y, finalmente, actuaba; el impulso, para bien o para mal, no formaba parte de sus procederes más habituales. O sí, dependiendo de la escena. Del plantel. Y, entonces, llegaron al final de la inclemente epopeya; la novelista entreabrió imperceptiblemente los labios, dispuesta a decir algo, pero, sin embargo, terminó dejando silbar el aire entre sus dientes, incrédula.

¿Un monstruo de leyenda sellado en las entrañas de un delicado pajarillo con alas de agua? ahora entendía su afán por nadar en contra de la corriente, del viento marino que azotaba sus mareas. Pero lo más sorprendente, desde luego, era la perspectiva que ofrecía el incendiado receptáculo sobre la inefable criatura; hablaba de la bestia con reprimida ternura y desatada certeza. Como si fuera algo... no, alguien sensible.—Vaya.—soltó, tras unos taimados y merecidos momentos de sosegada meditación.—Vaya.—repitió nuevamente, tratando de digerir individualmente cada uno de los elementos narrados. No fue más fácil de esta manera.—Vaya, vaya.—volvió a musitar, alzando la voz ligeramente. ¿Y entonces? rió. El nudo que llevaba atenazando su garganta desde aquella pregunta inesperada se deshizo, liberando la risa encadenada a sus siempre melifluas y tersas cuerdas vocales. Tardó un buen rato en poder articular palabra, presa de un arrebato de impredecible buen humor. No reía como uno lo haría ante una broma descarada o una anécdota disparatada: reía como uno lo haría ante una tensión arrebatada, ante una cuerda repentinamente distendida. Aliviada, encantada. Se sentía, por decirlo de alguna manera, recompensada. Estimada.—¿Por eso te da miedo reunirte con Akira, Metsumi? ¿porque temes que te rechace al saber de tu condición? pero, dime ¿qué te diferencia de lo que eras antes, petirrojo? ¿que ahora sois dos en el cuerpo de una? te veo aquí, frente a mí, y no puedo imaginar qué tan distinta eres a la chica que se lanzó al mar para salvarlos a todos.—esbozó una leve sonrisa, cercana. Agradable, esperaba.—Creo que me llevaría la mar de bien con eso... con ella.—se corrigió, inclinando levemente el rostro hacia delante en señal de deferencia hacia la señorita que, al parecer, dormía en lo más remoto y recóndito de la pelirroja.—Dentro de un tiempo, podrás decirles a los demás lo mismo de mí; 'es algo a lo que muchos llaman monstruo, y, sin embargo... también es mi amiga'.—afirmó lentamente, poniéndose en pie de un salto y posicionándose frente a Metsumi. Se llevó la mano al  centro del pecho, señalándose a sí misma.—Todos llevamos un monstruo dentro, Metsumi.—articuló, calmada.—¿Te puedo contar un secreto? aún sabiendo todo lo que suele contarse en los libros sobre los demonios, preferiría que mi monstruo fuera esa bestia que estaba allá abajo, en las tinieblas del mar, que la que me ha tocado cargar.—carraspeó, queriendo sonar resuelta, segura.—Así pues, es un honor conocerla estimada... ¿tiene nombre, la criatura? ¿te habla? ¿la sientes?—inquirió, asaltada por la curiosidad. ¿Qué harás cuando el mago te dé un corazón? sonrió nuevamente, espléndida. Pues supongo que dejar que me lo roben.
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Nakurusaki Metsumi
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Miér Mayo 30, 2018 1:50 am

Metsumi
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Apretó los labios, sintiendo el nerviosismo recorrer su cuerpo a medida que las primeras palabras sueltas que Beretta emanaba le mantenían en una intriga incesante. ¿Qué era lo que podría pensar, imaginar? ¿le juzgaría? De pronto la reacción que la escritora terminaría con el mar de dudas que se generaba en su mente, azotando las orillas sin sentido alguno.

Pero no era una reacción esperada. Sus orbes dudaron, volviendo a parpadear para observar a una Beretta risueña, lanzando carcajadas sin motivo aparente. Y con más adrenalina recorriéndole, supo lo difícil que era entender las reacciones, incluso las propias. Para cuando su compañera recobró la palabra, Metsumi asentiría débilmente, desviando la mirada hacia la tierra que les servía de soporte. ¿Miedo? Sí, quizás. Realmente ese era el motivo que le acongojaba, impidiéndole volver a apreciar la sonrisa del moreno. Y lo cierto es que nunca aceptó sus sentimientos, sino hasta ahora que se le había concebido una segunda oportunidad entre los vivos. Qué inútil había sido, desperdiciando la primera. ¿Era realmente merecedora de ir, tras todo lo ocurrido, a plantarse frente al peliblanco y ostentar sentimientos que ni ella misma entendía? ¿Qué pensaría él? Probablemente la apreciara, la estimara. Pero no podía jurar que sintiese algo más.

Seguramente se incomodaría. Como compañera de aventuras, quizás debía callar y simplemente actuar como antaño. Sí, bastaba con estar a su lado para seguir viva. Y las palabras de la albina resonaron en su cabeza, poniéndole en  una situación nueva, en una perspectiva diferente. ¿Qué había cambiado? No lo sabía, ella creía que todo. Se encontró entonces hurgando entre sus pensamientos, cuestionándose a sí misma. ¿Realmente era distinta? Puede que estuviese algo más confundida, un poco más delgada. Pero su fascinación por el chocolate no cambiaba. Su amor por él no cedía. Su justicia no era cegada. Sonrió, comprendiéndolo.

— Puede que tengas razón, Bere. — Y rió con el comentario de monstruo, sin comprender del todo el porqué ella se auto denominaría así. Aunque todos tenían su demonio interno ¿no? Seguro que sí. Cada alma cargaba una pena propia, más pesada de lo que se reflejaba normalmente. Su mirada azulina se enfocó en la de Beretta, quien ahora se encontraba frente suyo. Volvería a soltar una risilla, esta vez reflexionando esas preguntas tan necesarias, pero que aún así eran difíciles de contestar. —Se llama Isobu. — Manifestó, haciendo una pequeña pausa a modo de captar alguna señal de ella. — Es extraño. Me desperté con su voz, me hablaba... ¿telepáticamente? Supongo. Y sí, de vez en cuando siento algo extraño. — Ladeó la cabeza, tratando entonces de levantarse, muy lentamente. — Pero aún no he logrado sentirla por completo. Lo que sí, extrañamente, no me canso tanto cuando realizo técnicas de manera consecutiva, lo que antes era difícil de lograr. — Su fuente de energía, su chakra. Podía notar el aumento expansivo, silencioso.

Ya a la misma altura que su acompañante, anotaría una duda que le había asaltado, tiempo atrás. — ¿Tú tienes a alguien a quien ames, Bere? — No sabía porqué, lo intuía. Quizás por la facilidad con la que detectó sus lágrimas o su preocupación, allá en la barra. Quizás por el nos que se escapó, o por su sabiduría en aquellas lecciones. Eran especulaciones, pero valía la pena preguntar. Después de todo, algo de confianza comenzaba a sentir junto a la escritora.
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Setsuna Kan'ei
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Jue Mayo 31, 2018 9:47 am

El nombre de la rosa.
Beretta
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Isobu. Un nombre, como mínimo, atípico para un monstruo que llevaba viviendo en las tinieblas de un mar turbio más tiempo del que cualquier hombre pudiera llevar vivo; a Beretta, la inesperada revelación le trastocaba las líneas. O, más bien, la negra tinta que corría, estremecida, a través de sus desojados pensamientos. Levemente impactada por la aparente sinceridad con la que Metsumi hablaba acerca de la diabólica bestia, la borrascosa dramaturga se afanó en mantener la sonrisa pegada a los labios y la comprensión asomada siempre a su mirada. Piezas clave en la partida, se dijo. Pero, ¿acaso seguía jugando? ¿interpretando? espantó la idea y, desequilibrada sobre la finísima cuerda floja en la que vivía (en la que escribía) decidió tomarse un descanso. Una pausa. Me pondré un punto y coma a mí misma. Se centraría en la labor de investigación y en nada más que pudiera hacer aflorar la duda en su corazón. Un momento, ¿en su corazón? en su identidad, más bien.

No, peor aún; en su voluntad. Incluso codeándose constantemente con el mismo acero, no era capaz, siquiera, de coronar sus motivaciones en hierro; en cobre, como mucho. Parpadeó, todavía pendiente de las extrañamente cercanas opiniones que la vibrante pelirroja le ofrecía, como buenamente podía, sobre la criatura endemoniada que habitaba dentro de ella. Beretta, fingiéndose pensativa, se llevó la mano a la barbilla y perforó un punto de la noche con la sombra de sus descoloridos iris; monocromática, quiso respuestas. O, al menos, no más dudas. Incertidumbres.—¿Es el nombre que otros le pusieron o el suyo de verdad? no deja de causarme curiosidad la posibilidad de que un ser así pueda bautizarse a sí mismo. Y eso me lleva a otra pregunta: ¿es hembra o macho? el nombre no esclarece mucho el asunto.—remarcó pausadamente, al tiempo que entornaba la mirada para no perder detalle de los cambios de expresión que pudieran estar recorriendo las suaves facciones del petirrojo nadador. A veces, a Beretta le hubiera gustado nacer sin nombre; sin una etiqueta que tener que desgarrar a cada nuevo paso que daba. A cada decisión que tomaba. A cada cambio que, inconscientemente, siempre terminaba buscando. Persiguiendo.

Oh, eso podría dar pie a un debate interesante.—comentó con ligereza, nada más salir a colación el malogrado concepto de telepatía. Carraspeó y, encantadora, volvió a tomar asiento en el columpio contiguo a la que, desde ahora,  ya debía considerar como el avatar de un infierno apagado.—Si vive bajo tu misma piel, ¿podría decirse realmente que te habla telepáticamente? yo opino que, más bien, lo que hace es, directamente, pensar dentro de ti.—repuso con sencillez, mientras balanceaba levemente las piernas hacia delante y hacia atrás para, tal vez, llamar a la brisa. No pudo evitar preguntarse qué clase de vínculo prohibido sentirían Isobu y Metsumi a cada respiración, a cada latido, a cada pensamiento; seguramente, las palabras sobraran entre ambos. Estuvieran, por primera vez, de más. ¿Envidia? curiosidad narrativa, eso es todo. Se pasó la lengua por los labios, repasando en silencio cuanta inspiradora información Metsumi se había atrevido a compartir con ella; una levísima, pero igualmente intensa, punzada le acribilló el pecho, recordándole martirios que ya creía atravesados. Superados o, tal vez, olvidados. Frunció el ceño y, cuando quiso iniciar una nueva y pulcramente calculada ronda de preguntas, Metsumi volvió a hacer lo que mejor se le daba. ¿El que? improvisar. La chica hecha de río, sin duda, era lo que bien podía llamarse una 'actriz del método'.  Al parecer, le encantaba romperle los esquemas. Las predicciones.—¿Cómo dices?—inquirió, sorprendida, tratando de ganar algunos instantes extra para hacerse a la idea de lo que estaba por llegar. ¿Tienes alguien a quién ames, escritora? la palabra se le hacía dañina, hiriente se mirara por donde se mirase. Contuvo el aliento, lívida, y cesó el ligero balanceo de sus piernas. Necesitaba, para variar, silencio. Pero, sobretodo, tiempo.

No lo sé.—pronunció, con delicadeza, apenas soltó el aire cautivo en sus heridos pulmones. Sacudió el rostro imperceptiblemente, hecha, como solía decirse, un lío. Un batiburrillo de líneas, palabras y tinta que, ni ella, acertaba a desenredar correctamente.—Preferiría pensar que no, Metsu.—murmuró, atreviéndose a cruzar una tenue mirada enturbiada con el problemático riachuelo. Le estaba poniendo la novela patas arriba, sí.—Tengo... tengo un personaje en el que gasto tantos botes de tinta que no te lo podrías ni imaginar.—replicó, bendecida por la mortecina iluminación que le tendía, silente, la luna.—Rompo tantas plumas escribiendo sus historias, cuentos, poemas y epopeyas que, este mes, no tengo muy claro cómo voy a vivir.—prosiguió, meditabunda, apretando una de las cadenas de pálido hierro con la zurda.—Le miro, y lo que veo no es, en realidad, a un personaje... sino palabras. Frases, como si su propia alma me pidiera que tan solo escribiera sobre él.—se guardó para sí el tipo, la forma, el color y el tacto de las mismas. Un secreto personal, íntimo.—Pero, ¿lo amo? me niego a ello. Amar duele. Es como entregarse a alguien para que te desuelle vivo sabiendo que, en cualquier momento, podrá irse llevándose tu piel.—¿a quién quería engañar? se afanaba poniendo absurdas puertas en el cielo porque no quería aceptar que aquello ya no dependía de ella.
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Nakurusaki Metsumi
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Sáb Jun 02, 2018 5:24 pm

Metsumi
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Se mantuvo de pie mientras observaba a la meditabunda albina dar pasos hacia atrás, retomando la posición inicial que le mantenía suspendida en el pequeño tablón de madera, tan grato y acogedor para la pelirroja. Y como si quisiera observar el mundo a través de los apagados orbes de la escritora, mantuvo la mirada firme hacia el astro lunar. Allí, donde aspiraciones y temores se encontraban sumidos en una armonía perfecta. Una epopeya que contaba la historia no de uno, sino de muchos a la vez. Se preguntó si incluso sus pequeñas hazañas serían vistas y grabadas en esta, como un nuevo cráter en su superficie, pequeño. Pero aún así, presente.

Es el nombre que recuerda, al menos. — Contestaría, pensativa. En los recuerdos que Isobu le había enseñado, nunca aclaró el origen de su nombre. Y el pensar que no era realmente telepatía lo que las unía en un habla silente, sino los pensamientos en sí, le hizo recaer en lo profundo que se encontraba inserta en su ser. ¿Tanto así? ¿Tan hondo lograba colarse? Tembló levemente, con cierto miedo inexplicable. Irracional, como todo sentimiento.

Y su pregunta parecía haber tomado por sorpresa a su compañera, quien hasta hace unos instantes mantenía un aura tranquila o, al menos, controlada. Posaría entonces su mirada, capturando nuevamente la totalidad de su atención. Y parpadearía un par de veces, incrédula. ¿No lo sabía? Eso era algo comprensible, pues hasta ella no había tenido claro lo que sentía sino hasta ahora. Pero el no querer que aquello sucediera era, notoriamente, lo que más capturaba sus pensamientos. Miles de preguntas agolparon su mente, y sin embargo las guardaría intentando enfocarse en lo que su compañera mencionaba.

La mirada de dudas nuevamente afloraba en sus iris, incomprensible. Sentiría un malestar directamente en su pecho, reflejándose por unos instantes en el rostro de la pelirroja. Y decidió sentarse nuevamente, agachando la cabeza a medida que atendía a las confesiones inesperadas de la escritora. Un personaje que no lo era, palabras que podían ser plasmadas, un amor que se negaba a ser llamado de esa forma. Demasiadas reflexiones que jamás se había cuestionado, y que ahora planteaban una problemática nueva en sus aguas ya agitadas.

Pensó en el moreno, en lo que le provocaba. Pensó en el dolor de la separación que, forzosa, habían sufrido ambos tras los acontecimientos descritos. ¿Y si aceptaba su amor, llegando el día en el que alguno de los dos tuviese que partir? No sería extraño que en la labor que desempeñaban uno terminase con su vida reducida considerablemente, o con viajes que podrían durar eternidades complejas, indeseadas. Si sólo unos meses habían bastado para traerle desgracias, ya lograba vislumbrar lo que le esperaba de aceptar aquella palabra, aquella frase tan cargada de todo. Quizás la albina tuviese razón, y el entregarse a ese concepto tan complejo podría volverse su perdición.

Pero entonces pensó en lo que no le provocaba. En perder la calidez de su sonrisa, la dulzor de su mirada. En no estremecerse con el tacto que, casual, le había brindado en más de una ocasión. En no preocuparse cuando salía corriendo al bosque, sabiendo que allí se encontraba una asesina. En no sentir la adrenalina recorriendo su cuerpo, en las energías que brindaba el querer protegerlo. En el dolor de estómago que provocaba saber que lo vería nuevamente, allí. Parado como siempre, reflexivo y apacible como todo lo que normalmente hacía. ¿Sería mejor su destino? ¿sería lo que necesitaba?

Sus orbes se desviaron a la cinta aún aferrada a su muñeca. Parecía no querer dejarla, incluso a pesar de todo lo que había ocurrido. Incluso a pesar del agua turbia, de la fusión compleja. Del largo viaje que tuvo que emprender. En realidad, siempre estuvo allí. —Tienes razón. — Manifestó, luego de un silencio incontable. — Realmente duele el admitirlo, el entregarse a algo que probablemente nos hará daño en incontables ocasiones. — Con lógica, uno debería evitarlo. Era innecesario. — Pero duele más el no tenerlo. — Agregó, luego de unos segundos más de duda. Y entonces decidiría observar a la figura que tenía al lado, a aquella que en tan poco tiempo le había ayudado de una forma en la que aún no comprendía completamente, pero sentía lo determinante que era. — Supongo que esa es la esencia de vivir, o del concepto de amar en sí mismo. Porque si duele y asusta tanto, es porque nos preocupa demasiado ¿no? Porque tememos perderlo, en cualquiera de sus sentidos. Estar dispuesta a cruzar ese dolor con tal de obtener esa mirada que probablemente altera nuestro mundo, y le da ese sentido especial. — Hizo una nueva pausa, tomando aire.

No entiendo mucho de estas cosas, pero... — Lo cierto es que no sabía nada. — Basta con sentirlo. Creo que una vida segura y sin esa emoción sería aburrida, ¿no? — Sonrió, sacando la conclusión a la que había llegado luego de pensar en los dos posibles destinos. Si nunca lo hubiese conocido a él, probablemente no se habría superado demasiado. Y no sabría lo intenso que puede llegar a ser un cosquilleo.

Creo que le diré a Aki-kun lo que siento, porque casi no pude hacerlo una vez. — Suspiró, nostálgica. Uno no sabía cuánto tiempo podría pasar antes de ser incapaz de nunca más decirlo. — Y tengo que aprovechar esta segunda oportunidad. — Concluyó, ya con mayor determinación. Sus ánimos subieron, asintiendo para sí con la cabeza un par de veces. Era una forma de agarrar valor.
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Setsuna Kan'ei
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Lun Jun 04, 2018 7:30 am

El nombre de la rosa.
Beretta
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El amor era un sentimiento que nunca había sabido ser misericordioso: como una luz oscura, o como un incendio destemplado, te hacía sentir incómodo dentro de tu propia piel, inseguro en tus posibilidades, débil ante el futuro. Y es que, el ser humano, por más empeño que pusiera en fingirse afín a ellos, no era carne hecha para los contrastes, para las caóticas ideas de Heráclito. Y, sin embargo, aún yendo en contra de la naturaleza de su mente, la humanidad no podía evitar caer, precisamente, en aquellas circunstancias o emociones que, de una forma u otra, siempre suponían justamente eso, desorden. Confusión, discordancia, oposición. Viendo a Metsumi, de pronto, tan segura respecto a su amor hacia Akira, Beretta no pudo evitar revolverse en el sitio, nerviosa. O, mejor dicho, desorientada. ¿Cómo conseguía sacar, el rojizo riachuelo, tanta resolución de entre sus agitadas aguas turbias? la envidió.

Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo reparo alguno en admitírselo a sí misma. Eran cosas que, sencillamente, a veces pasaban. Enterró la mirada en el suelo, escuchando atentamente las honestas declaraciones de su nueva amiga y, en silencio, deseó, como ella, ser capaz de proclamar en voz alta que amaba a Luger. Así, sin más. Sin utilizar tortuosas metáforas como velos, sin buscar rebuscadas alegorías cuya única función fuera la de negar lo evidente; decirlo y, después, dejar que la vida siguiera su curso resistiendo con -o gracias a- ello. Como si confesarlo no supusiera renunciar a sus principios, a sus normas y, lo peor de todo, a sus líneas. Pero no podía, ¿verdad? porque la novelista ya no sabía si era Beretta, Kan'ei o algún otro personaje el que realmente quería al arquitecto sin ópera prima. Apretó los labios, frustrada, y se obligó a dejar de envidiar y a empezar a ayudar. O, más bien, a interpretar el papel que tan pulcramente le acababa de ser asignado. Lo honraría, se dijo.

Es un poco misterioso, ¿no crees? en este planeta viven millones de seres y, sin embargo, te encaprichas de una única persona y ya no la quieres reemplazar por nadie del mundo.—articuló, con calma, mientras cambiaba la expresión compungida por una más acorde al vívido momento al que le tocaba adecuarse; hizo bailar una sonrisa cercana sobre la comisura de sus labios. No muy viva, pero que, a fin de cuentas, respiraba, aferrada a una existencia de reflejos e ilusiones. Intentó sonar encendida, avivada por una llama que, por culpa de su innata frialdad, no llegaba ni a acariciarle realmente el pecho. O sí, pero que ella fingía que no. Resultaba difícil abandonar las viejas costumbres, aquellas antiguas barreras que una misma se había autoimpuesto ya en la fase de diseño. Tantos años de modelaje, de pequeños retoques, le habían terminado destrozando la piel del corazón, sí. Pero no el interior, aunque Beretta quisiera creer lo contrario.—¿Puedo decirte una cosa, Metsu? una vez, alguien me dijo que nunca hablara de oportunidades dadas... concedidas por otras personas, o la misma vida.—elevó la mirada levemente y, con cuidado, la hizo chocar contra la del pajarillo submarino.

No se te dan oportunidades, sino circunstancias. Lo que haces con las oportunidades, más que recibirlas o encontrarlas, es crearlas.—frunció los labios, como si a ella misma le costara entender sus propias palabras. Fingió que dudaba, que intentaba rememorar con bienintencionada exactitud alguna palabra escondida en su memoria; pegó un pequeño brinco en el asiento, y volvió a sonreír, alegre.—Si estás en un bar y, de pronto, se te presenta una eminencia de los mares ofreciéndote un trabajo, no es que ella te regale una oportunidad, ¿no? sino que, tú misma, aunque sea tan sólo por estar allí, en el local, la ha provocado. Aunque eso también se puede mirar desde la perspectiva de quien entra, claro.—rió con dulzura, meliflua su voz hasta la médula.—Supongo que, como en el amor, las oportunidades también son una cosa de dos...—retomando el hilo inicial, se puso en pie con parsimonia y, cuidadosa, se acercó a la florecilla encendida. Se arrodilló frente a ella y, tomando sus manos entre las suyas, la miró a los ojos, impertérrita.—Como escritora, no puedo permitirte que te lances al momento cumbre de tu drama romántico sin asegurarme de que tienes un plan A, B, C y D.—bromeó, risueña, mientras apretaba levemente las manos de aquel supuesto avatar del infierno desatado.—Finge que soy Akira, ¿qué me dirás cuando me veas? nada muy cursi, por supuesto... pero tampoco muy insípido, o el momento perdería toda su intensidad.—concluyó, reprimiendo, a duras penas, otra sencilla carcajada. Se preguntó si la amistad no sería, precisamente, aquello; ser, dejando que otro estuviera a tu lado... siendo, también.
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Nakurusaki Metsumi
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Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Sáb Jun 09, 2018 6:22 pm

Metsumi
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Mantuvo ambas manos aferradas cual puños cerca de su pecho, a medida que intentaba hacerse con la idea de confesarle sus sentimientos al moreno. Lo cierto es que esta sería la primera vez que lo hiciera, encontrándose más nerviosa de lo habitual debido a lo inesperado que debía ser para él el recibir la visita de alguien a quien seguramente creía no se encontraba en el reino de los vivos.

Y entonces cayó en cuenta de ese pequeño y sin embargo tan relevante detalle. Sí, para Akira, muy probablemente ella se encontraría enterrada en algún sitio desconocido, lejano. Cuando se reencontrasen, ¿cuál sería la reacción que él tendría? ¿Estaría en condiciones de recibir una noticia de aquella envergadura? Probablemente sólo le complicaría la situación, e incluso podría terminar alejándose. Nuevamente afloraban las dudas, logrando que su nerviosismo aumentara.

Agachó la cabeza mientras su estado de ánimo lo hacía en descenso, para cuando sus sentidos repararon en las palabras que su compañera comenzaba a musitar. Ladeó su rostro, observándole. Y con una extraña sensación en su pecho, asentiría a medida que analizaba su significado. Era cierto. Dentro del inmenso mar de gente, sólo uno lograba invadir su mente de forma constante, provocándole nuevas y curiosas sensaciones. Nuevos miedos, nuevas esperanzas. Sí, necesitaba decírselo. No encontraba justo el tener que guardarse aquella compleja maraña de emociones que le engullía, y todo por culpa de un hombre que le había invitado su primer chocolate caliente en la plaza. Si lo pensaba bien, hasta sonaba cómico.

Es extraño, sí. — Se acomodó sobre la tabla flotante, escuchando nuevamente lo que la albina quería transmitir. Entonces sus orbes se encontrarían fijos en aquellos que normalmente portaban un opaco brillo en su interior, casi extinto. Y sin embargo ahora, curiosamente, se le antojaban lustrados, destellantes. Adquirían incluso una tonalidad distinta, cambiante. Una que lograba desprender más que el frío habitual que les cubría.

Sorprendida ante el descubrimiento de lo nuevo y revelación en su predicado, la pelirroja analizaba lo que las oportunidades realmente significaban. Crearlas... era un punto de vista interesante, desconocido. Y su ejemplo haría que el análisis resultase más ameno,a medida que contemplaba la sonrisa que la albina ofrecía. Antaño había encontrado una pizca de misterio y falsedad en esta, y sin embargo ahora Isobu no parecía inquietarse. ¿Sería que, muy en el fondo, era real? O quizás había logrado engañar a la bestia.

Sus orbes siguieron las acciones de Beretta hasta fijarse por debajo del pecho propio, notando cómo la escritora se arrodillaba a medida que posaba un cálido contacto de manos. Aquellas que antes temblaban, con duda. Aquellas que antaño habían estado de un tono más pálido que el de su amiga, más frío que el inicial que sintió al entrar en contacto con los de la albina. Y que sin embargo lograba desvanecerse, creando aquella calidez única, irrepetible. Escuchó su declaración, sintiendo que sus mejillas se ruborizaban no sólo por el enlace ofrecido, sino también por la preocupación que ella le demostraba. Fuese por la razón que fuera, lo hacía.

Apretó sus labios con nerviosismo, sintiéndose abrumada ante el hecho que la elegante artista le presentaba. ¿Qué le diría? Su corazón lograba lastimarle, sintiendo el ritmo vehemente que adoptaba. ¿Qué decir? Palabras abundantes sobrarían, algo escueto desencajaría. ¿Qué decir? Su mente se nubló, tratando de encontrar la mejor respuesta. Una que reflejara lo que todo este tiempo había sentido, lo que había añorado. Cerró sus orbes por unos momentos, dejando que el contacto de su amiga le calmara. Aquello que lograba asimilarse, en cierta forma, el confort que él también le otorgaba. La protección que lograba adoptar, sintiéndose plena. Y entonces lo entendió, abriendo su mirada hacia ella, hacia él.

Quédate a mi lado... siempre. — Se sinceró, sabiendo que aquello era realmente lo que deseaba su corazón. Lo que expresaba más que un simple te amo. Lo que reflejaba la verdadera naturaleza de sus sentimientos. Esbozaría una sonrisa, satisfecha. Realmente la albina le había ayudado más de lo que pudiese enterarse su parte consciente.

Y, tras unos segundos, cayó en la cuenta de lo vergonzoso que resultaba el confesar aquello, en especial estando tan cerca de ella. Si alguien de casualidad hubiese pasado cerca de aquella plaza, probablemente creerían que era una escena eternamente romántica, un momento íntimo. Sus mejillas nuevamente se teñirían de carmín, soltando entonces las manos de Beretta a medida que las agitaba aleatoriamente por el aire. — Eh, eh... digo, algo así, ¿no? Puede ser que s-se asuste... digo, siempre es mucho tiempo, ¿no? quizás unos años... ay, también años es mucho, ¿no? — Estresada, llevaría sus manos a cubrir su rostro, meneando entonces su cabeza hacia ambos lados. Sabía que también lo decía por ella, aunque el tipo de amor fuese distinto.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Sáb Jun 09, 2018 8:33 pm

El nombre de la rosa.
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Indefectible, la memoria influye en el presente; construye a las personas por dentro, entreteje los huesos a los músculos y hace que hasta los corazones más deslustrados por el uso sigan bombeando vida hacia delante. Y es que, la memoria, desde tiempos inalcanzables, le recuerda al cuerpo que trabaje, y, al inexorable espíritu, que funcione como le corresponde. Hace que, de una forma u otra, sigamos siendo quiénes somos. A ojos de la vaporosa Beretta, que más acostumbrada estaba a cambiar de memoria que de apariencia, la verdadera fuente -o, más bien, esencia- de la poesía vivía, precisamente, en lo que a menudo se llamaban recuerdos. Ella, por su parte, como de costumbre, tal vez, por llevar la contraria, prefería referirse a aquel conjunto de inagotables vivencias por el nombre de reminiscencias. Viendo a Metsumi temblar, nerviosa por un sentimiento pasado evocado para el momento, no pudo evitar el pensamiento de que, a su manera, lo que le estaba pasando por dentro a la estremecida pelirroja era, precisamente, poesía. Arte translúcido, invisible hasta para la tinta que lo componía; una obra personal, tan íntima como desconocida. Si el corazón de Metsumi Nakurusaki hablara en aquellos irredentos momentos, ¿qué diría? ¿qué expresaría? ¿qué susurraría? ¿qué elegiría callar? atormentada por la duda, dándole tiempo a la florecilla submarina para que meditara a conciencia la respuesta adecuada, apretó aquellas manos ateridas entre las suyas, consciente de que, ni un sus mejores pesadillas, sería capaz de inspirar algo semejante a la calidez. Ni siquiera a la claridad, podía aspirar. Pestañeó, apacible, y mantuvo la sonrisa ligada a la comisura de sus labios mientras repasaba, en silencio, el agrietado y maltratado concepto -que llevaba ya guardando lustros enteros- acerca del amor. Le dolió tocar la idea del afecto, de la pasión, del querer; y, sin embargo, si pretendía que la longeva pluma que dictaba el compás de la realidad a vivir, más tarde, supiera reflejar con minucioso y feérico detalle la historia del avatar de tormentas oceánicas preso de un ciclón incontrolable hasta para ella, tenía que aferrarse al amor, abrir la cubierta que lo alejaba de su entendimiento y, afianzada la paciencia en sus pensamientos, leer con calma lo que verdaderamente significaba. Y, entonces, sutil como una canción en el mar o un afluente menor de un riachulo al llegar a su destino, la respuesta llegó. Ojos abiertos, mirada directa, vibrante resolución despertada; una escena perfecta, de libro, de novela... o, mejor aún, de cuento irresoluto.

'Siempre', la palabra que todo significaba y que, con certeza, más veces erróneamente había sido pronunciada. Impresionada con la elección, tratando de asimilar correctamente aquello que la repentinamente firme Metsumi trataba de abarcar con el inagotable término, dejó que las manos apresadas volaran de regreso a su nido de pecho. O, en este caso, de aspavientos. Conciliadora, se inclinó levemente hacia atrás, concediéndole una merecida y ganada distancia al petirrojo de penacho colorado que, ahora, se justificaba, excusaba y amedrentaba frente a las declaraciones proclamadas. ¿O, tal vez, sería más conveniente señalarlas como declamadas? poesía, siempre poesía. De pronto, Metsumi se afanaba en ponerle trabas a su propia sentencia como si, en realidad, no le perteneciera; ¿se pensaría, acaso, exagerada? aunque poco supiera Beretta de manifiestas realidades, el arte del momento, afortunadamente, lo dominaba. Ladeó el rostro unos centímetros hacia la izquierda -sí, justo hacia el lado del corazón- y entrecerró la mirada suavemente, entretenida. Más que divertida, inspirada.

Suspenso.—articuló con ligereza, una vez encontró un hueco de histeria entre el que colar su aterciopelada voz. Se apartó un mechón de delante del rostro, inmutable en su papel, al tiempo que coronaba la resolución con un ligero levantamiento de barbilla. Anhelaba denotar autoridad o, a lo menos, conocimiento en la inexplorada materia del romanticismo.—Tenías un diez, pero, conmigo, o es o todo o nada.—alzó la diestra en el aire, marcando un límite imaginario cuya frontera era el nublado firmamento.—Estabas aquí...—susurró, espléndida, contoneando la entonación con ensayada maestría.—... dudaste, y ahora por aquí andas. Te has caído, Metsu, ¿te duele el golpe?—bromeó con encanto, acariciando ahora con el dorso de la mano el ennegrecido suelo del parque. Fingió un mohín sobre sus labios, queriendo aparentar cierta bien fundada decepción.—Muy mal, Akira podría pensarse que no estás segura de lo que sientes. 'Siempre' era la palabra que buscabas, que sabiamente elegiste y que, al final, rompiste.—¿dramática? un rato. ¿Justa? otro tanto. Llevó la mano equilibrista al mentón y, allí, fingió meditación.—¿Quieres saber cómo me declaré una vez a un comerciante? le dije, sensiblera: 'deseo no morir sin haberme vuelto loca de amor correspondido. Ese es mi gran sueño que soooooolo puedo cumplir contigo. Y es que, después de ti, no podrá haber nadie más'.—interpretó la obra, impoluta, mientras volvía a incorporarse y a estirarse hacia el inabarcable firmamento estrellado.—Mentía, por supuesto... en mi caso, estos momentos siempre se han basado en exagerar, exacerbar y, por supuesto, modelar. Pero, la lección que sí puedo extraer de mis experiencias, es que lo importante, en este momento, no eres tú, sino él. No hablas contigo, no tratas de explicarte a ti misma de qué forma estaría bien quererle, de qué manera sonaría creíble expresarte; le estás hablando a él, a quien te quiere, a quién no quiere oírte mencionar límites, fronteras o  plazos de extinción... sino escucharte paladear sueños, sentimientos y amor. Dile que quieres que se quede contigo para siempre, porque, como la acusación en un juicio, siempre tienes que pedirle al juez el máximo.—cruzó los brazos tras la espalda, cobijada por la luz menguante de la luna.—Dilo: 'para siempre'. Y después, entre los dos, ya trabajaréis en el 'comieron perdices y vivieron felices'.
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Nakurusaki Metsumi
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Dom Jun 10, 2018 4:16 pm

Metsumi
País de la LunaGetsugakure no satoZona restaurantes
Cerraría sus orbes, frustrada. Siempre que intentaba sincerarse de aquella forma, terminaba arruinándolo producto de sus nervios e inseguridades. Lo hacía a menudo, incluso antes de las misiones complicadas. En cierta forma, sabía que aquello tenía que remediarse tarde o temprano, o de lo contrario traería consecuencias no gratas en el futuro.

Pero no podía evitar caer en sus viejas costumbres, como todo ser humano que reniega intrínsecamente los cambios más dolorosos para su ser. Cambios que salían de la zona de confort, que hacían enfrentar los miedos e inseguridades cara a cara, sin posibilidad de huir. Sabía que algo en ella había cambiado tras lo vivido en aguas turbias, y sin embargo sentía que sólo era el comienzo de un todo, de un mañana insospechado. ¿Cuántas cosas traería el destino? Ahora le presentaba ante ella a una joven que en su elegante superficie, parecía hielo. Que interactuando, desprendía frío. Y, sin embargo, había mucho más debajo de aquellas capas que la dama helada ocultaba con recelo. Quizás fuese su imaginación, en un afán por encontrar la calidez y amor que todos poseían muy guardado adentro suyo. Su mala costumbre de ver la luz, incluso en aquellos que pareciera brillar con ínfima intensidad. Incluso al coloso había logrado doblegar en un escaso milisegundo, sugiriendo que también ocultaba con esmero su corazón.

El de Beretta, sin embargo, le intrigaba. ¿Qué experiencias le habrían llevado a encerrarlo de aquella forma? A negarlo, refutarlo. Y sin embargo, con sus acciones denotaba la grandeza de lo que no era, de lo que se suponía no debía estar. Elevó ligeramente la mirada, aún apenada, observando a su acompañante mientras lanzaba la primera palabra. Y apretó sus labios con decepción, escuchando el veredicto que la albina proclamaba. ¿Lo había roto? Sí, probablemente. ¿Insegura? Sí, siempre, aunque no por los sentimientos que poseía contenidos hacia él. Se sintió culpable, asintiendo a medida que se disponía a bajar el nudo en su garganta ocasionado por las ganas de liberar el líquido en sus ojos.

Lo siento. — Mencionó, apenas alzando la voz. Y entonces atendió a su asesorada explicación, aquella que interpretaba cual libreto preparado a conciencia para una obra estelar. La observó, con cierta envidia. Ojalá pudiese interpretar así, confianzuda, las palabras que deseaba dedicarle al moreno. Y aunque confesó que eran falsas, igualmente sonaron reales para la pelirroja.

Intentó analizar, sin embargo lo que la escritora mencionaba ahora era, sin lugar a dudas, la mejor lección que alguien le podría haber dado. Abriría ambos orbes con sorpresa, observándole unos instantes. No era ella... sino él. Un concepto tan fácil, tan sencillo. Y sin embargo estaba cometiendo el error de pensar demasiado en lo que le provocaba el tener que expresar sus sentimientos, sus deseos. Pensaba demasiado en la forma en la que él la miraría, o en cómo le hablaría. Todo en base a ella, y no en él. Cerró sus orbes, soltando un suspiro. Cuánta razón podía tener la albina en sus palabras, pues ciertamente era su problema mayor.

Para siempre. — Soltó, ahora más decidida. Observó con sus orbes oceánicos a su amiga, esbozando una sonrisa. — En verdad me has ayudado mucho, Bere-chan. — Una verdadera muestra de agradecimiento se reflejaría en su rostro, a medida que se levantaba de su asiento, acercándose a la joven teñida por la luna. —Y quiero darte las gracias, pero no solamente por la ayuda ofrecida en aclarar mis sentimientos, sino también porque me has dejado conocerte, aunque sea un poco. — Y, dicho esto, estiraría ambos brazos para aferrarse a ella, envolviéndola en un abrazo fraternal, cuidadoso. —Gracias. — Sonrió, plena.

La noche había avanzado hasta un punto inolvidable, sabiendo que su fin se acercaba. Después de todo, su padre probablemente estaría en vigilia aguardando su regreso, especialmente posterior a lo ocurrido. Pero por ahora se mantendría así unos momentos, feliz.— Te contaré cómo me va. Dicho esto, sé que volveremos a vernos. — Agregaría, segura.    

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: {Social} El nombre de la rosa |Metsumi & Beretta|

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Dom Jun 10, 2018 9:26 pm

El nombre de la rosa.
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
De haber sido aquella escena realmente parte de un cuento, sin duda, habrían doblado las campanas en la luna, anunciando el inminente final que se avecinaba. ¿Final? conclusión, mejor. Al igual que las luces en la niebla, el 'para siempre' que Metsumi articulaba en aquellos momentos se difuminaba en la negrura de la noche, combinándose con la incontestable atmósfera que se había formado entre ambas. Teñida, como bien pensaba el petirrojo colorado, por los pálidos rayos de la luna, Beretta observaba; escrutaba, en silencio, todo lo que la fierecilla indomable, avatar de fondos abisales, tenía que alegar a sus propias declamaciones anteriores. Le agradó que aceptara la lección, que se aplicara, valga la redundancia y la ironía, el cuento murmurado. La palabra ayuda, en cambio, le chocó. Como una saeta hecha de luz y no de irremediable oscuridad, el concepto le ensartó el pecho, le atravesó el pensamiento y, finalmente, le hizo blanco a la altura del corazón. Incómoda, se revolvió en el sitio, levemente alterada por la inesperada confesión; ni Kan'ei, ni Beretta, ni la pluma que las manejaba a ambas, eran muy dadas a identificar el verbo auxiliar con la esencia que las conformaba. ¿Bromeaba, acaso? entrecerró la mirada, dubitativa. Quiso retroceder un único paso hacia atrás, pero el desplante no le salió. Sencillamente, de pronto, se le había detenido hasta la respiración. ¿Y en la cabeza? ¿qué le pasaba por aquel irreconciliable nexo de unión con todas sus otras realidades? amistad, amor, aprehensión. Sentimientos, conceptos y expresiones que, de una forma u otra, se encontraban asiduamente relacionadas las unas con las otras.

El abrazo, como no podía ser de otra manera, marcó un punto de inflexión en la caótica vorágine de emociones encontradas en la que, sin querer, se había dejado envolver. Cobijada entre unos brazos que no querían de ella nada más que, precisamente, amor, amistad y alguna dosis de bien medida aprehensión de la una hacia el estado de la otra y viceversa, Beretta, para variar, se sintió bien. Y luego, contra todo pronóstico imaginable o predicción concebible, mejor. Correspondió al gesto, consternada.

¿Conocerme?—interrogó suavemente, presa del menudo cuerpo del pajarillo atolondrado, mientras apoyaba la barbilla en la coronilla de su despeinada cabellera. La metáfora era acertada: en aquel abrazo, Beretta se sentía acariciando a un diminuto petirrojo que, por casualidad, había ido a aterrizar sobre la palma de su mano.—Hacía tiempo que alguien no me decía algo así.—reconoció, con premeditada dulzura, a la par que aumentaba levemente la presión sobre la pelirroja y le hacía saber que, aún ligeramente huida de sí misma, continuaba allí, presente en el momento. Apretó la mandíbula, conformando una uniforme y silente línea recta sobre las algentes comisuras de sus labios, aprovechando, tal vez, que la florecilla rebelde no tendría oportunidad alguna de descubrir la desazón que le carcomía, a ratos, el pensamiento. O el corazón, si es que, en algún momento de aquella mentirosa existencia de tinta, se atrevía a reconocerse dueña de uno funcional en el ámbito sentimental. Quería preguntar, liberar esas ardientes palabras que, enquistadas en sus cuerdas vocales de escarcha, pugnaban por salir, por transmitir el mensaje para el que habían sido conferidas; ¿las dejaría morir ahí, en su cárcel de piel? ¿o, por el contrario, las dejaría volar, cortar el aire a su paso y, finalmente, llegar a su fiel destinataria? vaciló, y en la duda se sobrecogió, aterida, incoherentemente, de frío.

Suerte que encontró un remanso cálido, sereno, en el intenso sentimiento que las aguas turbias de Metsumi Nakurusaki le brindaban. Intentó remover la abstracta pretensión de sus entrañas de tinta, pero, por más que la tachaba, no llegaba a borrarla. Tal vez, porque, en realidad, no quería hacerlo. Sino averiguar, contrastar. Suspiró, meliflua, y, finalmente, le devolvió a la distancia su inamovible imperio y, a la cercanía, su inestimable encierro. Con las manos todavía rodeando los hombros de la resuelta muchacha, pero el cuerpo ya liberado de ataduras humanas, le dirigió una mirada risueña, empática. E impresionada, para qué velarlo.—Si te he ayudado a aclarar tus sentimientos, entonces, no he cumplido muy bien con mi papel de escritora.—bromeó, ligera, al tiempo que dejaba ir a Metsumi y retrocedía ese paso que tanto llevaba ansiando dar. Respiró, más calmada. Sosegada.

Espero que, en cambio, sí que haya honrado el de amiga.—se encogió de hombros, falsamente despreocupada, y cruzó los brazos tras la espalda.—Tendrás éxito al salir a escena, te lo aseguro; es un presentimiento de directora. Nunca suele fallar, prometido.—le guiñó un ojo, dio media vuelta sobre los talones de sus zapatos de charol y perdió la mirada en un punto del paisaje, abstraída.—Cuando me cuentes cómo te ha ido en el escenario, ¿te importa si lo escribo?—cuestionó, desvanecida, mientras aparentaba seguir prendida al hilo de la conversación y no al de su propia interrogación. Punto y coma, el momento había llegado.—Dime una cosa, Metsu, ¿crees que de verdad me conoces? ¿aunque sea sólo un poco?—apretó la diestra contra la zurda, llena de azarosa emoción contenida.—¿y me comprendes? ¿puedes decir que... me entiendes? oh, es pronto, lo sé. Perdóname.—sí, se arrepintió de haber hablado de más y, tras alzar la siniestra en señal de despedida, abandonó el honorable parquecito no queriendo escuchar la respuesta, todavía, a aquella pregunta inoportuna. Saber, sin duda, no era comprender. Uno podía saberlo todo y, sin embargo, no comprender nada.

Hasta pronto.—añadió, antes de cruzar la frontera que marcaba el paso a otro mundo, por no marcharse sin decir nada. Mientras regresaba hacia el hogar que ahora compartía con Luger, la amistad le perforó las entrañas y, sin decir nada, se instaló en el tintero indeleble de sus pensamientos; se preguntaba, inconstante, si habría llegado a quedarse en Metsumi. En aquella cabecita revoltosa a la que, de ahora en adelante, tendría que llamar 'amiga'; y es que, aunque le pesara admitirlo y se lo negara a sí misma con tanta vehemencia que dolía, Beretta -o, tal vez, Kan'ei- había encontrado otra forma de enlazarse al pensamiento de los demás. En el fondo, vivía con la tenue esperanza de llegar a ser un recuerdo.
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