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{Entrenamiento semanal} El Principito.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

{Entrenamiento semanal} El Principito.

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Lun Abr 30, 2018 7:26 pm

El principito
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
«[...] El personaje protagonista deberá ser, por lo tanto, un hombre demasiado común y de inteligencia escasa. Un poco tonto, vamos. Un hombre de carácter... o lo que es lo mismo, un autómata

La infausta rueda dentada del destino continuaba girando sobre su propio eje, avanzando, devastando y aniquilando cualquier circunstancia que se atreviera a interponerse en su cruento camino. Y, por más que le costara a Beretta admitirlo, Hiko Uchiha había terminado siendo arrastrado por aquel nefasto carrusel hacia una existencia sembrada, de pronto, por inimaginables desdichas e inexplicables desgracias. De un momento a otro, parecía que cualquier paso dado por el anodino muchacho era pronunciado en falso. ¿Dónde habían quedado sus días rutinarios, tan sólo regados con predecibles acontecimientos cotidianos y charlas de salón con su monocromática familia? ¿de qué deidad absurda había surgido la indecorosa idea de exterminar cualquier atisbo de regularidad que quedara en su intrascendente devenir? oh, por favor, era un giro argumental demasiado predecible; un recurso narrativo demasiado evidente, demasiado corrompido por el triste y tibio hábito de su uso indiscriminado. El joven bautizado con el nombre de una estrella que terminaba haciendo honor al significado de la misma; ahora, a Hiko, le tocaría tirar del ganado. O de lo que restase de su displicente hogar, claro estaba. ¿Apenarse por sus infortunios? ja, ni en sus relatos más bien intencionados. Al caer en el negro pozo de la adversidad, el personajillo había echado injustamente a perder todas y cada una de las desventuras que ella le tenía preparadas de antemano. Se acababan de deshacer, a la luz de una iridiscente vela, la mayor parte de los incontables proyectos que llevaba orquestando (o tal vez hilando) a lo largo de meses enteros. Su preciado tiempo, la única munición adecuada para su arma de tinta y papel, desperdiciado en un individuo que no había dado la talla. Tras una ingrávida tarde de reflexión, la tejedora de realidades había decidido que no podía dejarlo permanecer de aquella manera: el destino era el que barajaba las cartas, pero ella sería la que jugase la mano. Se consagró a la noche, al interesado cuidado de la luna.

En aquel ocaso en particular, la pálida y minuciosa luz de la reina ahogaba todo cuanto se le opusiera, excepto a las estrellas más brillantes, que aullaban en lo alto, altivas en su podio hecho de inalcanzable firmamento. Encontró al descarriado Hiko extraviado en una especie de ordalía interior, a merced de las inclemencias del níveo clima. Acechó, silenciosa y codiciosa a partes iguales, los trémulos pasos que profería en la parpadeante oscuridad; siguió de cerca el sonido de sus huellas al cernirse sobre la tierra empapada por el rocío nocturno. Le conocía como solo una escritora era capaz de conocer a una de sus creaciones: predecir sus andanzas, sus desesperanzadas pretensiones, no era demasiado diferente a fabricar sus reacciones sobre el papel.—Buenas noches, Hiko.—articuló con macabro encanto, permitiendo a las sílabas bailar, ponzoñosas, entre sus perlas de cristal.—Seguramente, no sepas nada de mí.—se pasó la lengua por los labios, tanteando el terreno.—Sin embargo, yo conozco tantas cosas sobre ti que, si no fuera una aliada, seguramente tendrías que estar temblando de miedo.—la estupefacción fue cobrando firmeza en las insustanciales facciones del muchacho con nombre de estrella: la incredulidad hizo mella en sus inquietos movimientos, en las sombras infames bajo sus preciados ojos.—Por ejemplo, sé que, desde la muerte de tu hermana, deambulas cada patética noche por los márgenes de la aldea, tanteando posibilidades. O, quizás, saboreándolas.—todavía amparada bajo el velo que le concedía la luna a los de su condición, cruzó ambos brazos por delante del pecho, inmersa en sus perversas maquinaciones. Las cartas estaban dispuestas sobre la mesa, mas, ¿cuál resultaría una mejor elección?—¿Qué es lo que buscas, Hiko? tal vez buscas tu destino.—una sonrisa que rebosaba malicia se asomó a la comisura de sus marmóreos labios, escarchando su gesto.—O, tal vez, tu destino precisamente sea buscar.—la tez de la presa narrativa comenzaba a rozar aquel mortecino tono tan propio de los difuntos, así que Beretta deshizo el influjo y quedó a la vista del desgraciado individuo.—Shh, no digas nada.—alzó el dedo índice, magnética.—Pero, por favor, por el bien de la historia, no sucumbas a lo que crees que es tu verdadero destino. Si emprendes esa empresa que piensas que la vida te ha otorgado, terminarás siendo su esclavo. Y tú no deseas eso, ¿verdad?—añadió, impregnando con ligeros tintes de entusiasta veleidad todas y cada una de las sílabas articuladas. Por supuesto, omitió el minúsculo detalle de que, eludiendo aquel presunto falso destino, terminaría cayendo en las garras del que ella misma había retorcido para él.—El carácter es destino, Hiko.—sonaba hasta casi preocupada por el alelado muchacho. Pero Beretta dio un paso en falso, y las alarmas del chiquillo se dispararon sin previo aviso.—¡No te acerques, loca!—aunque la reacción del Uchiha resultó claramente irreflexiva, la pilló desprevenida. Se le desbocaron las mareas, perdió el contacto con el lento discernir del objetivo; ardió el mundo a su alrededor.

Una ardiente llamarada cautiva en la forma de un muro se elevó frente a ella, cortándole el camino hacia el tembloroso chiquillo. A pesar del candor desatado, a Beretta no le costó demasiado imaginarse sus tiernos y codiciados iris ardiendo entre las llamas del miedo. ¿Quizás, se había pasado de osada? oh, no era momento para escribir sobre límites. Contuvo el aliento, al tiempo que realizaba un modesto salto hacia atrás y mantenía la atención reflejada sobre la incandescente barrera.—Vamos, Hiko, no seas así.—ronroneó con ligereza, inclinando levemente el cuerpo hacia delante como si guardara alguna oscura pretensión  mal disimulada en el fondo de sus desvaídas pupilas.—No pretendo iniciar una guerra: las novelas bélicas suelen terminar siendo bastante anodinas en su mayoría. El día que me decante por escribir alguna, te prometo que merecerá la pena de ser leída.—el flamígero obstáculo terminó deshaciéndose, evidenciando la falta de aguante que acarreaba su desgraciado creador. Cruzaron miradas, murieron anónimos proyectos y se avivaron chispas perdidas. Pocas cosas detestaba Beretta con tanto ahínco como los desafíos. Vibraron, algentes, dos sellos en sus manos; instantáneamente, un terceto de solitarios proyectiles de viento comprimido sesgaron la noche, buscando rozar la carne del fuego.

Aprovechando la autoimpuesta distancia, el vagamente conocido como Hiko trazó su propia retahíla incandescente de símbolos marchitos y, antes de que la tempestad cautiva acariciara su cuerpo anodino, tres ejemplares de lumbre aprisionada se encontraron impactando contra su propia artillería ligera. Oh, qué maravillosa sensación le heló la tórrida sangre que corría por sus maquiavélicas venas; el céfiro avivando y desviando hacia las alturas el vivo fulgor de las brasas arropó su somnolienta alma.—Vaya, qué contrariedad.—musitó, todavía arropada por el magno chisporroteo de los rescoldos lloviendo desde el negro firmamento.—El carácter que estás desarrollando supone un problema para mi última maquinación, querido. Quítate esas capas de profundidad de encima y regresa a tu subestimado anonimato. Superarás lo de tu hermana, te lo prometo.—se pasó la lengua por las comisuras de los labios, felina.—Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.—y no lo decía ella, sino Miguel de Cervantes. Hombre de letras, de mundo saboreado y camino hilado.

N-No sé de q-qué me estás hablando, l-lunática.—se lo ponía difícil, qué lástima. El chiquillo, empeñado en continuar atrapado en las ruedas del tiempo, no se dio fácilmente por vencido. Ponía el alma en los gestos que trazaban sus descuidadas falanges, el postrero de sus patéticos alientos en continuar aferrado a las falsas riendas que le había tendido la vida. Una pena que no supiera manejarlas. Consumido por el fuego que ardía en su infame resentimiento, el potencial protagonista de su próximo relato se afanaba con uñas y dientes a su desvencijada percepción de la realidad, se resistía a dejar de cambiar; pretendía cosecharse a sí mismo antes de tiempo. Menudo desperdicio de fruta madura.—Quien va de fuego en fuego, Hiko Uchiha, muere de frío.—qué casualidad que ella misma representara la encarnación viviente del fatuo invierno, ¿verdad? Le brindó una sonrisa arrebatadoramente afable, experimentada a su peculiar y retorcida manera. Las circunferencias ardientes se desprendieron de los labios hinchados del ennegrecido muchacho, buscando lamer su inmaculada piel... o quizás carcomerla, consumirla. Un único gesto se afianzó en sus gélidas articulaciones, frágil y quebradizo como la primera nevada del invierno. Se propulsó hacia la boca negra de la noche y, amparada por la desprendida luz de la luna, iluminó sus siguientes movimientos. La distancia trajo perspectiva, y la perpectiva arrastró a su poco piadoso discernir una posibilidad, un juego. Permitió que la influencia retenida en su cuerpo se expandiera, que la magia de su presencia se hiciera con el escaso perímetro a su disposición.—Qué trucos más aburridos tienes, hechicero.—bromeó, a la par que comenzaba una nueva secuencia de señales destinadas a roer el espíritu del Uchiha. Al finalizar, con los pies ya apoyados sobre la seca tierra, profirió una lacónica carcajada.—¿No querías jugar con fuego? pues quémate.—una verdadera suerte que la capucha ocultara su rostro, pues no le hubiera agradado volver a encontrarse por las concurridas calles de la aldea oculta con aquel personaje echado a perder. Envuelta por sus gritos, consumido por unas llamas que no acertaba a entender, Beretta lo supo derrotado. O hundido, según las preferencias de cada uno.—¿Le temes a un elemento que tan solo ama a los que no le tienen miedo? mala elección.—se encogió ligeramente de hombros, tomándose un instante para afianzar la sombra que la lúgubre capa le concedía a sus maceradas facciones. Escrutó al chico con las rodillas tocando tierra, demacrado.—Te daré un consejo: no creas en el destino, sino en las señales. Considera este encuentro una de ellas, si te agrada el resultado.—concluyó, para luego dar media vuelta en dirección a la espesura de la frondosa arboleda. Casi podía vislumbrar el resto de su sombría adolescencia, acosado por las ataduras de un incomprensible encuentro que, para ella, no había sido otra cosa que una fortuita oportunidad de esbozar un personaje. Una herramienta. Una metáfora. Un recurso narrativo. Una comparación desafortunada. Antes de dejarse engullir por el abrazo amable de la luna, le guiñó un ojo al chiquillo. Un premio de consolación, o una sentencia suicida.
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Murasakibara
Getsu Chunin

Re: {Entrenamiento semanal} El Principito.

Mensaje por Murasakibara el Lun Abr 30, 2018 7:41 pm

TEMA CERRADOPuntos otorgados a Baretta.


  • Entrenamiento: 9.5 PN.

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