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Entrenamiento Semanal | Herz |

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Entrenamiento Semanal | Herz |

Mensaje por Luger el Miér Mayo 02, 2018 6:09 pm

| Herz |
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoEntrenamiento
"Desearía encontrar mejores palabras, tener una voz acorde a cuanto deseo transmitir, una que no tiemble a tu vera, que no se resquebraje en el cristal que la conforma. Elevados e imposibles son mis deseos al hallarlo insuperable. Desearía ser el artista que alguna vez fingí ser, el que llenase tus páginas con una belleza sin edulcorar tan abrumadora que tuvieras que arrancármela de la piel con los labios bruñidos del cielo que tanto añoro... "

La carta continuaba, sus declamaciones seguían por aquellos derroteros de devoción palpitante, de hecho, de forma literal. Con aquel corazón jubiloso, Luger había escrito una carta de apenas un par de páginas. Algo escueto, simple y sincero a su amada Beretta, a su cielo informe de cerúlea belleza arrebatada a las alturas. Aquello le arrancó una sonrisa al salir de casa, entregándose a las ensoñaciones, a las sendas fortalezas de cimientos imposibles; aquellos castillos en el aire que tanto le gustaban. Se imaginó entonces una epopeya, una leyenda jamás escrita y nunca contada mediante la cual ella se fugaba de los vendavales de la bóveda celeste. No la negra noche de espanto y ambiciones ignominiosas, aquella aunque bella por sus ojos de plata mortecina en forma de estrellas, no le eran dignas. Beretta era el cielo, parte de él, al tiempo nada que ver. Una doncella de alta cuna, quizás una de títulos subastados por la necesidad, una que descendió de los cielos inmaculados buscando una belleza que solo ella pudo apreciar en las alturas. Aquella que fue a buscar por sí misma, arrancando un fragmento del cielo consigo, escondiéndolo entre las hebras de su cabello y que este, cobrase al instante el color de la mañana mas espléndida, del mediodía mas glorioso ¿Y todo ello? Por el placer de ver más allá de lo que nuestros ojos nos muestran. Si él, un hombre miserable de lengua viperina y pies de cemento negro soñaba con cielos despejados y libertades desconocidas... ¿El cielo soñaría con las ataduras de la tierra? ¿Lloraría cada atardecer al despedirse de cuanto ve a diario y nunca alcanza? No dejó de sonreír por ello.

Se encaminó por la avenida del mercado, uno alargado que flanqueaba ambos lados de la calle en un silencio de lo más agradable, pues a esas horas aún estaban abriendo. Saludo a la florista y compró dos rosas recién cortadas, aun con el lívido rocío de la mañana pendiente de sus pétalos. Uno se lo regaló a su hijita infante con la sonrisa de un hombre amable y la otra, la guardó entre sus solapas, asomándose como un animalillo de rojo vergonzoso entre el negro de su chaqueta y el granate sangrante de su corbata. Quizás aquella pareja lograría enternecer el pecho de su dramaturga, de lograr el incesante deseo de verla radiante. Sentir como sus ojos de plata incólume brillaban por la misma devoción que sentían los suyos; de ceniza y acero serrado. Caminó con musicalidad, saludó y dedicó sonrisas a cuantos se cruzaron con él e incluso conversó en los mas agradables términos con quienes se encontró de camino a la residencia de Beretta. Ah, su corazón respiraba alegría y júbilo incontenible. Luchó sin éxito logrado, el tararear una suave melodía de violín y piano en conjunto. Una de allegro fascinante y vibrante, un dueto de virtuosismo apabullante que tan solo fue relatado a medias; faltaba un piano.
Apenas unos pasos mas lo separaban de ella, sostenía la carta con firmeza pero al tiempo lo corrigió liberando la presión con un suspiro que buscaba tranquilizar su sesgo. Respiró, cesó de tararear y subió las primeras escaleras que daban a su vivienda. Era difícil contener la emoción incluso al haberla visto tantas veces, pero... ¿Quien habría sido capaz de hacerlo? Contener la emoción de abrazarla, de besarla con la profusión de un amante sediento de su amada, de verla sonreír por sus tímidos versos, por su prosa inadecuada; esperar un cumplido forzado y aún sonreír por ello. Ya lo decía la misma carta que ahora buscaba entregar: Luger no era ningún artista, era un devoto henchido de amor.

Entonces el mundo pareció cantar una canción bien distinta. Pudo sentir la notas agravarse, el peso de una realidad indeseable, la repugnancia de algo que no debía hallarse donde se situaba. Contuvo un grito, apretó la carta y en un instante apretó el paso sin vacilación. Pronto los latidos que su corazón dedicaron al inflamado deseo y afecto, se tornaron en los de la contrariedad mecánica y el espanto azaroso de la inquina justificada.

Apenas a unos metros, en el pasillo entablado de madera ajada que conducía a multitud de puertas a derecha e izquierda, justo ante el umbral de Beretta, un hombre tocando su puerta. Luger torció el gesto, agarró su carta de sentimientos derramados y se dirigió con prontitud. Confiaba en llegar antes de que Beretta abriese la puerta, aislar todo aquello... y enfrentarse al miserable que la requería.

- Saigo, por favor... quiero que salgas, y lo hablemos, querida ¿Dejarás al objeto de tus deseos aquí fuera? ¡Vamos! - El hombre insistía y descubrió con sorna como su cabello resultó tener el color del hambriento océano de levante, la piel pálida de un ahorcado ¿Como se atrevía? ¿Algun otro lunático hambriento de una Beretta que creyeron conocer? ¿Otro miserable que tendría que probar el cuero de sus guantes y la filigrana barata de sus zapatos? Eso le hizo reflexionar tan solo un instante... ¿El era uno de ellos? Apartó tal improperio de su mente. Se plantó a su lado con un taconazo y se esforzó como nunca antes en su existencia por aparentar terquedad y saber estar. Cuanto le costo.

- Saigo no está, caballero ¿Le importaría marcharse? Me aseguraré de hacerla saber de su visita señor... ¿Puedo pedirle su nombre? - El descarado miserable se giró con las cejas enarcadas como si al dirigirse a él uno debiera haberle besado los cordones con la antelación de la aristocracia desatada. Torció el gesto y lo miró de arriba a abajo; su rostro se agrió aun más.

- No eres bastante para ella, pero gracias por la rosa. Me vendrá bien para... - A punto estuvo de agarrar la rosa recién cortada de su solapa. Aquella de rojo acusatorio y que lo había delatado con su rubor indecente. Luger retrocedió y entonces tuvo que reconocer que su desprecio por los pretendientes de Beretta no conocía límites. Habían sido ya demasiados necios barbilampiños de mentón envidiable y modales rescatados de libros polvorientos. Aquel sería tan solo el último de la lista... ¡Pero sería su última visita! - ... Eh, no seas imbécil. Es mi casa al fin y al cabo, tengo derecho a entrar cuando quiera. Ademas... ¿Quien se supone que eres tu? ¿Un camarero? - Aquello dolió y antes de que pudiera dedicarle una mirada de soslayo y un giro de desprecio, Luger se retiró el guante y le propició un golpe justo en la boca cuya sorpresa le hizo dar un respingo contra la puerta con la cara rota por el espanto.

- Si, y le vengo a traer su pedido, imbécil redomado ¡Sal ahora mismo para que te parta los dientes! - Gritó Luger, guardando la nota en los bolsillos interiores de su chaleco y agarrándole por las solapas en el mismo impulso para empujarle hacia afuera. El hombre forcejeo y en un instante, se limitó a asentir aún con la diestra sobre la cara dolorida. No había sido un gran golpe, pero algo místico y sumamente ofensivo existía en el hecho de ser golpeado en plena cara con el guante de otro. Algo extraño que según se dirigían al patio interior de la urbanización, le hizo sentir a Luger como un imbécil.

Hubo voluntades enfrentadas a medida que el hombre que encabezaba la marcha se retiraba los enseres. Miradas cargadas de inquina ante dos rivales jurados que ni su nombre habían intercambiado. Algo tensó el aire de inmediato cuando Luger se limitó a permanecer al otro lado del patio de tierra polvorienta de aproximadamente siete metros cuadrados. Al otro lado, el hombre se deshacía de su chaqueta, pronto de su camisa y su torso musculado de palidez hinchada de vida hicieron acto de presencia. Escupió a un lado, apretó los puños y pareció listo. Luger en cambio, nada hizo, ni una palabra dedicó pues no era necesario. Eran dos hombres sin nombre, dos pretendientes del mismo cielo que pugnaban por un derecho bien distinto, pero el mismo, al fin y al cabo.
Un grito, por parte del hombre de océanos por corona, de embestida, de furia que ansía retribución, dio la señal de salida.

Un gesto ascendente de director de lóbrega orquesta bastó para que la arena de hierro emergiera de sus mangas, ocupara la forma de dos esferas perfectas de un metro cuadrado cada una. Luger las arrojó en cadena, una tras la otra en una sucesión contundente y su rival, diestro como parecía, realizó un movimiento de resorte esquivando la primera, un giro en el aire que acabó con una guillotina por pierna que desvió la segunda y en un instante, cayó justo ante el negro arquitecto.

- ¡Imbécil! ¡Es mía! Saigo siempre estuvo a mi lado, llenó mi vida de cuanto tu no podrías imaginar ¿Que te da ella? ¿Sexo? ¡Aléjate de ella! - Sus declaraciones eran molestas, odiosas e incorrectas. La sangre le hirvió bajo el pecho y retrocediendo ante una patada ascendente, llamó a sus esferas de vuelta. Pronto el combate consistió en aquel hombre luchando contra las esferas. Fintas, golpes contra el hierro que resonaron como campanas que narraban la muerte, puños que comenzaron a manar sangre y siempre, con la clara intención de alcanzar a Luger. Este siempre a distancia, incluso recibió un par de golpes contra los antebrazos que a punto estuvieron de derribarlo. - ¿Que crees que te da? ¿Quien crees que eres para ella? ¡No eres nadie! ¡Nadie! - Repitió incesantemente, siempre acompañado de sus golpes voraces que hacían que su hierro temblase y sus huesos vibrasen. No pasó mas de una exalacion cuando pasó entre ambas esferas en un movimiento de agilidad asombrosa, unió las manos en sellos y giró el rostro de izquierda a derecha. Luger lo vaticinó al instante, aquellos eran los vientos que apuñalaban a los mismos vendavales. La misma cuchilla etérea que Beretta usaba... una que apenas pudo esquivar agachándose, desenfundando un par de largos cuchillos bajo sus hombros y arrojándose en conjunto de su pareja de sirvientes de hierro.

Una confrontación férrea, sembrada de los golpes incesantes de aquel oponente, que cubrió sus puños con pesados guijarros, buscando quebrar su cráneo con ello. Luger no cedió, continuó con aquella danza mortal a cuatro pasos, en los que su oponente danzaba con pesadez, sus esferas lo acosaban con golpes contundentes y sus dagas buscaban la sangre de sus piernas. Probaron, se deleitaron con ella, a cambio de un gancho descendente que lo derribó contra el suelo y acto seguido, que sus esferas se llevaran por delante al desventurado. Recorrió varios metros, siendo arrastrado por ellas entre forcejeos. Incluso llegó a quebrar una por completo con la simple fuerza bruta que sus brazos imprimían en cada golpe. Luger no pudo hacer otra cosa mas que levantarse, desviar la mirada al ver el hierro derramado por los suelos y vio luz, chispas, destellos... de rencor consumado. Cuando su secuencia terminó, cuando su oponente sin nombre abrumó su ultima esfera y se hallaba empapado del hierro, Luger bajó las palmas, tocaron el suelo y la energía restalló de inmediato. Una descarga recorrió el escenario, usó el hierro como sendero franco y antes de que su oponente se levantara, su cuerpo se halló presa del pánico de la energía alterna. Unos segundos, dos, tres... apenas se mueve, cuatro, cinco... pierde el sentido, seis, siete... cesa el impacto. Aun respira, pero entonces, Luger ya no guarda amor, no respira afecto. Llama al hierro y este vuelve bajo sus mangas. Sale de aquel lugar espantoso y busca la calle con el humor ennegrecido, devastado.

- Beretta... - Susurró entre dientes, contemplando como su rosa había perdido la vida en el encontronazo, aun entonces, no se deshizo de ella. Trató de volver a casa, de calmar sus tensiones, pero aquello solo pareció desatar aún mas su celo. Comprendió de forma tardía; que el cielo puede alcanzarlo quien extienda las alas, quien lo roce con los dedos. Nada era suyo.


lugerfirma

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Re: Entrenamiento Semanal | Herz |

Mensaje por Murasakibara el Miér Mayo 02, 2018 7:26 pm

TEMA CERRADOPuntos otorgados a Lugerio.


  • Entrenamiento: 9.5 PN.

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