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Mensaje por Reika Oshiro el Vie Mayo 04, 2018 12:41 pm

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Oshiro Reika
País del HierroYukigakure no SatoPasdo
Allí, alzada sobre los rescoldos de la última nevada anónima de la temporada, con el pecho vibrante de un placer que no se diluía entre la incólume gelidez que la rodeaba, la garganta aún enrojecida por una rabia intransmisible y el semblante paralizado en una desquiciada mueca de cólera, Reika clavó una vez más el filo del rudimentario cuchillo sobre el ennegrecido reflejo que se presentaba, deformado y maltratado, ante la sombra carmín de su mirada. La madera no encontró hueso que atravesar: perturbada, desastrada y trastornada, alzó la zurda, escupió una última carcajada al aire y la dejó descender nuevamente sobre la herida abierta. Crac. El moribundo chillido de la poco afortunada criatura le perforó los tímpanos en un postrero acto de defensa, obligándola a llevar la extremidad libre a uno de sus pobres oídos. Liberó del agarre a su inofensiva víctima, pero la agónica liebre no hizo amago alguno de poder... no, más bien, de querer moverse.—¿Ya no cantas para mí, eh?—articuló lentamente la puñetera y jodida zorra, conteniendo una media sonrisa, una puñalada imprecisa. Enterró las uñas en el cuerpo aún prendido a la vida del animal, lo hizo sufrir una vez más porque sí. Porque le daba la gana. Se relamió la comisura de sus descoloridos y emponzoñados labios, retorció la rama convertida en puñal todavía hendida en el hórrido boquete forjado en la pequeñez de la sucia criatura y, en un arrebato cargado de saña y malas intenciones, la arrancó para luego introducírsela en cualquier otro de los agujeros excavados hasta el momento. Uno, dos, tres, cuatro, cinco...Canta, canta, canta, canta.—exigió, al tiempo que abandonaba el arma homicida en la escena del crimen y se daba a la prodigiosa tarea de hurgar en las yagas abiertas sobre el albino pelaje del asqueroso roedor.—¿Ya no gritas para mí? ¿ya no me dedicas tu agonía? Te voy a arrancar las putas entrañas mientras todavía respiras, pedazo de mierda sarnosa.—recitó, arropada por aquellos instintos mefistotélicos que sembraban sus sombras de luces incandescentes. En sus abismos bailaban cadáveres de estrellas, lumbres robadas a existencias sin nombre, fuegos encendidos por manos cortadas.

Un torrente de adrenalina le surcaba la columna vertebral, una ráfaga de viento escarchado envolvía sus desenfrenados impulsos. El céfiro coreaba impíamente sus acciones, las aprobaba... no, estaba segura de que incluso las avalaba. Rasgó la piel de la liebre, desolló cuánto tejido orgánico encontraron sus uñas a su paso y, aún entonces, se sintió insatisfecha con la cacería.Shinso.—el nombre sonó como un chasquido en su boca, como el restallar de un látigo dentado al dar contra el suelo. O contra la carne fresca.—¡Shinso! ¿dónde coño te has metido, pirómano de los cojones?—respiración entrecortada, pulso desatado en una vorágine de violencia innecesaria, tez teñida de colores muertos y vivos de origen incontrastable. Colérica, atravesó con la mirada el cuerpo descompuesto de la cena e, inevitablemente, la decepción obnubiló su desquiciado e imprudente juicio. Oh, sí, le ardía la sangre bajo las venas, fatua. Llevaría a aquel ser inmundo al infierno en vida aunque fuera lo último que hiciera.—¡Llamas, Shinso, necesito llamas! ¿no lo entiendes, joder? ¡trae tus llamas!—continuaba, arropada por una locura famélica, insensata. Espiró, y el vaho ascendió a su alrededor como un velo funerario, suicida. Contrajo el rostro en una incólume mueca de rabia desatada, llena a rebosar de un sentimiento intenso, homicida.—Esta mierda no sirve para nada.—refunfuñó, cerrando sus frígidas falanges sobre el acartonado cuchillo y lanzándolo cuán lejos le permitió la ira que se retorcía en sus entrañas. El calor de la matanza camuflaba la impresión helada que azotaba su funesta imagen, oscura y marchita como los ojos hundidos del animal casi muerto que, preso de su explosión anímica, ni fuerzas para respirar encontraba ya en su escuálida envergadura. Reika entornó (¿o tal vez contorsionó?) la mirada, provocativa. Desenterró las rodillas del suelo congelado y, poniéndose en pie, tambaleante, giró sobre la punta de su malogrado calzado para quedarse frente a frente con el recién llegado.—Cerillas, ¿traes cerillas? Dame cerillas.—deformó su descarriada boca de infierno en una diabólica curvatura sin coherente destino; transformó, por gusto, el elemento más tierno de sus perturbadas facciones en la infame entrada a una pesadilla cortada. Ven, acércate, te perderás el final. Inclinó el rostro hacia la izquierda: desquiciada, desastrada y destemplada. Pero mantén la mano lejos de la zorra, por si acaso. Tic, tac. La bomba tenía que ser preparada. Tic, tac. La hora se acercaba.

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Mensaje por Shinso Sonozaki el Sáb Mayo 05, 2018 1:50 pm

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Shinso Sonozaki
País del HierroYukigakure no SatoPasado
En el silencio que proporcionaba aquel paraje nevado, Shinso se deleitaba de una luz. Una luciérnaga cautiva, del resplandor de una llama hermosa que crepitaba entre los estertores del dolor amordazado, refulgía, se orinaba y gritaba sin éxito. Nadie más que él acudiría, sentado sobre el tocón de un árbol marchito hacía mucho, con las piernas cruzadas y su único ojo objeto de los deleites mas infames, prohibidos y excitantes que pudieran contemplar. Durante unos minutos donde la delicia pareció cobrar la forma de unas llamas ennegrecidas por el pelo ensuciado de una vida miserable. Su nariz se arrugó en un placer profano, se encogió por los olores que las lenguas de luz atadas eran capaces de liberar. Aspiró con profundidad, sonrió de oreja a oreja e incluso se inclinó hacia delante para ser consciente de cada espasmo, de cada movimiento imperceptible de las fibras colapsando, de sus fluidos hirviendo en el horno que ahora era su cuerpo, en la salvaje mirada de aquel perro ardiendo, de su hocico atado y de su lomo sembrado de las lenguas de un fuego provocado. Le agarro por el morro con una dificultad manifiesta, pues el animal no dejaba de zarandearse contra el suelo en un vano intento de escapar de todo aquello y le obligó a mirarle. Compartieron vidas, placer, dolor, muerte... y Shinso sintió un calor tan profundo como aquella alimaña indeseable. Tanto fue el placer infligido, que soltó un gemido de impresión al contemplar las pupilas de la bestia retorcerse, girar, buscar escapar de aquel calor insoportable de nubes negras que se alzaban sin destino ¡Y el chirrido de la nieve cuando se giraba! En uno de aquellos forcejeos su morro se escapó, el cadáver en vida aún tuvo fuerzas de girar sobre si mismo y las llamas parecieron languidecer aquella decisión. Y pudo haber sido el final, pudo haber perdido interés... ¿Pero que clase de anfitrión sería Shinso? Ah, agarró al perro por el cuello, puso su rodilla sobre su lomo y prendió una cerilla en su mismo pecho, acercándolo de nuevo a la piel llena de brasas, al rastro de fuego hambriento que no cesaba en su fuerza. Acercó la llama, de nuevo los aullidos ahogados. Se le escapó una risa macabra, girando la vista entre su rostro abotargado y abrumado por  la insoportable agonía y luego, aquel grito. Reika llamaba, Shinso alzaba la vista como un niño llamado por su madre, una a la que se cepillaba a menudo y normalmente tras estas practicas. Sintió un peso descendiendo por su pecho y anidando en sus caderas. Tenía ganas; iría.

En un impulso tan abrupto como violento Shinso agarro al perro por el cuello y lo levantó, al tiempo que se reincorporaba y le acercaba la cerilla a la cara. Pudo contemplar la espuma saliendo por su morro contenido, el terror intenso que galopaba por su cuerpo e incluso a aquella distancia su corazón parecía mucho mas grande que sí mismo. Sonrió, casi se rompió del gusto, de la hórrida trompeta de las llamas quemando la carne, sellando los huesos a los tendones y agostando cuanto había en aquella bestia. - ¡Tienes suerte! ¡Primero las damas! - Le gritó justo antes de clavar la cerilla en uno de aquellos pozos de terror innombrable, dejar que aquel chirrido agudo llenara el claro para luego arrojarlo contra la maleza aún con las lenguas de un fuego sin extinguir poseyendo su cuerpo tras él. Poco después, se limpió las cenizas de la camisa, chasqueó la lengua y se dirigió donde Reika, anticipándose a lo que estaba por venir. Solo deseaba que ella también hubiera liberado tensiones de alguna manera. Era mas receptiva cuando la sangre le calentaba las manos y el pecho. Se presentó ante ella con una nueva cerilla deslizándose por una de sus mangas, la prendió en el mismo instante y la escondió tras él en un travieso movimiento con ambas cejas alzadas. Costaría, cuanto se requiera.

- Todas las que quieras, Centella ¿A quien prendo? ¿Gritan? ¿Están amordazados? ¡Déjame verlos! ¡Necesito verlos! - No pudo contener su emoción y en el mismo blasfemo sentimiento que le impulsaba a prender fuego y a satisfacer sus deseos, Shinso rodeó a Reika, agarrándola por los hombros y dirigiéndose a cual infausta víctima tuviera entre sus garras. Una simple mirada al espantoso resultado bastó para comprender que ella no perdía el tiempo en nimiedades.

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Mensaje por Reika Oshiro el Sáb Mayo 05, 2018 3:09 pm

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Oshiro Reika
País del HierroYukigakure no SatoPasdo
Un chasquido, un rugido, una combustión espontánea. Ni cuando veía sus macabros impulsos satisfechos, ni en presencia de la única identidad sobre la faz de la tierra capaz de atraer su mirada, el veneno dejaba de correr por las venas de Reika. ¿Un paliativo de su sórdida enfermedad? Shinso no era, ni sería jamás, un remedio. ¿Una droga perniciosa o un estimulante letal? tal vez. El reloj se puso en hora, las manecillas invisibles que pautaban la ruta de sus infames delirios marcaron el momento esperado. El que ella misma había designado como tal. Se pasó la lengua por los incisivos superiores, con el carmín cautivo en sus iris lleno a rebosar de una emoción discordante, desquiciada. El monstruo se revolvió bajo su piel de zorra, y Reika Oshiro atravesó con el negro de sus ojos la esperpéntica figura que se alzaba, oscura como los ojos de un animal sin vida, frente a ella. En un instante, devoró (¿o más bien arrancó?) con la mirada cuantos inútiles obstáculos se interpusieron en su camino: arrasó con la piel, la carne y los huesos de Shinso a golpe de vista. Lo quería en alma viva, desnudo... no, volátil ante los martillazos que le diera su voluntad. Préndete, cerilla. Se decía por ahí que el amor todo lo curaba: en el caso de la zorra y su mecha, todo lo volaba por los aires. ¿Arrastrarla lejos de las garras de sus diabólicos devenires? ¿separarla de los pútridos delirios que la coronaban en sangre a cada brizna de oxígeno que respiraba? ni de puta coña. Un empujón, una instigación, una provocación. Shinso la acompañaba en su descenso hacia el infierno, las aprobaba a ella y a su perturbadora locura. Qué bonito, qué tierno, qué romántico.

¿Amordazar? ¿y cómo cantarían para mí, entonces?—chasqueó la lengua, cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra en menos de lo que tardaba una vida en extinguirse. Aunque vio venir de lejos el  voluble arrebato del carbón, no se movió de su posición. Lo dejó obrar cuanto quisiera, le consintió el capricho.—Mira, mira todo lo que quieras. Pero prende, enciende, inicia.—decretó, al tiempo que elevaba la barbilla unos centímetros y dejaba escapar un leve gemido cargado de excitación desatada. El deseo le bailaba entre la punta de los dedos, vibrante y enrojecida por un culmen que no encontraba, que no hallaba por más que buscara.—Pero, ¿bastará? ¿será suficiente? Más, quiero más.—escupió, descarriada, mientras se mordía ligeramente el labio inferior y profería una única y desastrada carcajada. Rojo, necesitaba rojo. O negro, el negro también estaría bien.

Ya no canta, ya no grita.—rezongó, haciendo una clara referencia al mil veces retorcido animalejo de las nieves que ahora yacía semienterrado en el paraje helado que los rodeaba. Caían copos, llovía la muerte congelada sobre sus perturbadas cabezas.—No me gusta, no me vale.—concluyó, impregnando la declaración de una sentida y funesta decepción. Ladeó el rostro, encendió un pensamiento.—Hulla, haz algo.—decretó, ordenó y exigió. Torció el gesto: Reika esgrimió una sonrisa afilada, torva. Shinso no era ninguna estrella, no aportaba luz propia a su vida. Era carbón, rápido y artificial. Su creación, su instrumento, su única obra de arte. Pero, ante todo, suyo. Siempre suyo.—Calma.—farfulló, buscando silencio, buscando espacio. Buscando, pero nunca encontrando. El corazón se le saltó un latido, su siguiente respiración se vio condicionada por el fatuo resplandor de una idea.

Pálida, mortecina, muerta. Era buena. Retorció una mirada en dirección al hombre que volvía fuego el viento. Le encantaría.—No, calma no, ¿verdad? Tú no quieres eso, yo tampoco.—contorsionó la curvatura torcida sobre sus labios, repudiándola, persiguiendo una sonrisa ladina, pícara. Zorruna. O viperina, quizás.—Ira. Llamas.  Tensión. Instinto. Pugna. Tortura. Lucha. Frenesí. Guerra.—enumeró, sintiendo cómo la piel que rodeaba sus funestas entrañas se revolvía de puro desenfreno ante la retahíla de promesas. Porque, para bien o para mal, Reika siempre hacía honor a su palabra.—Quieres eso, ¿verdad, Shinso?—el tono rozó la empatía, la locura se sacó el sombrero e invitó al combustible a sentarse junto al fuego. Pero cuidado, que podía explotar. O, mejor aún, estallar. Relamió la fantasía, perforó la imagen de aquella joya negra e impía que se mantenía prendida a su retina. Joya sí, porque los diamantes no eran nada más que piezas de carbón con mucha paciencia. Oh, pero a ella no le gustaba esperar. Mucho menos aguantar. Le haría gritar de placer, retorcerse de vívido regocijo. Un regalo, una ofrenda de paz. O de guerra. Entornó la brea que devoraba su corazón: en el fondo de la piedra reina, se encontraba, anónima, la noche del carbón.

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Mensaje por Shinso Sonozaki el Miér Mayo 09, 2018 11:39 am

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Shinso Sonozaki
País del HierroYukigakure no SatoPasado
Toda su ilusión murió en un estrépito fantástico, todo ello pareció crepitar, restallar y entonces morir con el mismo ímpetu con el que había venido al mundo. El miserable yacía muerto, empapado en sangre e impreso de los designios de su iracunda estrella en la tierra. Apretó los dientes con rabia, a sabiendas de que un animal como aquel habría aguantado las llamas durante horas de haberlo tenido entre manos con anterioridad. El fuego, a diferencia de los golpes, el cuchillo romo y oxidado de la barbarie o las fauces chasqueantes de los depredadores; sabía de dolor más que todos ellos. Maldijo, frunció el ceño y aún entonces estuvo tentado de prender fuego a los despojos con la alegría de un hombre al traer al mundo a un hijo deseado. Se contuvo, y ello le resultó tan repugnante como el mas puro de los deseos contenido en el pecho inmaculado de un niñito virgen.

- ¡Joder! ¡Debiste esperarme! Podría haberle cocido los ojos en las cuencas aún conservando cada ápice de su vida encerrada en sus carnes. Por esto mismo siempre te digo que deberías dejarme comenzar a mí ¿Entiendes? ¡Por esto! - Volvió a gritar, y eso no tuvo nada de puro. Shinso no era ninguna niño, ni tampoco virgen.  Se dejó llevar por las promesas de sulfuro y gasolina de su Centella. Le instó sobre las palabras que componían y regían sus vidas, le meció con la bilis de olor a combustible de sus palabras y Shinso sintió que todas sus frustraciones tenían un sentido. Que todo aquel deseo se vería correspondido por la infausta descarga, por el descenso y la calma momentánea de un incendio que le corría las entrañas como un parásito henchido de sangre caliente. Le sonrió, se relamió justo como ella lo hizo y solo tras ella. Se acercó, preso de sus contoneos, de su fantasía mostrada con el garbo de la lujuria como gancho. Supo que estaba siendo manipulado, que sus deseos solo eran un pretexto y un medio para el control de sus acciones ¿Y acaso importaba? ¿Cuanto placer podría proporcionar su Centella de furia incontestable? Infinito, angustioso, abrumador y excesivo. Justo, como él necesitaba en ese momento, en todos y por siempre. Una cadena interminable, un deseo que invita al siguiente en un pasaje apócrifo y herético. No aguantó más, le propinó un beso que bien pudo calificarse de mordisco. Arranco de sus labios el placer gargantuesco que le atenazaba; gimió, sufrió de la intensa agonía del sexo que se desea y se tiene al alcance de la mano. Y en ello, Shinso la rodeo con los brazos en su singular asalto. La apretó contra su cuerpo tan fuerte que pudo sentir su pecho impactando contra el suyo. No dejó un miserable centímetro de su anatomía sin escudriñar por sus manos y solo entonces, después de todo aquello, la apartó de un brusco empujón con su único ojo de serpiente ardiendo por la intensidad; brillando con chispas abrasadoras.

- ¡Todo eso y más, mi Centella! ¿Quieres que arda? ¡Pues arderá como si el mismo infierno reclamase su carne! - Arrojó una carcajada de grave esplendor, de furia convertido en humor pervertido por la saña con la que se hizo con sus cerillas. Prendió todo el paquete entero, e incluso sintió el calor dañarle la mano enguantada, el intenso olor del azufre prendido que le anegó los pulmones. Lo embriagó, embotó sus sentidos y entonces, arrojó la llama al cadáver, que comenzó a crepitar con el sonido de sus fluidos estallando, con su piel colapsando, con su pelo ahogado en sangre ahora maltrecho por las llamas. Y preso de su violencia descarnada, Shinso no se contentó con todo aquello. Sabiéndose perdido y colapsado por un sentimiento que no tenía intención de controlar ni en sus más dantescas pesadillas; desenvainó su tanto, como quien empuña una pluma para escribir una carta, como quien alza un martillo para clavar un clavo. - ¿Contra quién, Centella? ¿Quien, mi Reika dañina y perversa? Dime qué, dime quien... pero no el cuando. Ambos sabemos lo obvio. - Recitó a modo de brutalizado cancionero. En su ojo destelleaban las llamas a su espalda, en su cuchillo desenvainado las ansias ¿Y en su pecho? Un deseo que encontraría destino, un ansía que se calmaría; fuego ya prendido.

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Mensaje por Reika Oshiro el Jue Mayo 10, 2018 12:30 pm

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Oshiro Reika
País del HierroLlanura helada. (?)Pasado
Cuando se hablaba (o se intentaba hablar) de Reika Oshiro, nunca existían las medias reacciones; en la perfidia de sus sórdidos procederes, nunca se encontraban términos equidistantes, nunca se hallaban pellizcos de un extremo mancillando el contrario. ¿El ying y el yang? filosofía para retrasados mentales sin ideas propias. ¿El famoso y supuesto equilibrio que mantenía en orden las fuerzas de la naturaleza? más falso y grotesco que el cadáver a medio comer, despedazar o triturar de algún animal abandonado a las afueras de la aldea. Tarde o temprano, ese status quo artificial se volvía inestable, peligroso; la armonía atornillada al medio acababa por ceder, por devorarse, por consumirse entre sus propias llamas como el fuego que tanto le gustaba a Shinso provocar. Para Reika, la vida (¿y por qué no? la muerte también) se basaba en una incongruente conjunción de polos opuestos, de indefectibles e incontrolables contrastes. Por ello, donde otra persona hubiera reaccionado imponiendo un término medio, Reika puso extremo. En lugar de repeler cualquier nexo de unión con aquella cerilla casi encendida, lo buscó. No, más bien, lo forzó. ¿Reproches a mí, Shinso? muy mal.

Se merecía un castigo, una expiación. Se dejó apresar entre sus infames garras, inspeccionar el horizonte ardiente que conformaban sus labios y palpar todo aquello que despertara sus más desgarradoras pasiones; permitió que obrara cuanto quisiera, que, al fin y al cabo, se desahogara. Porque con Reika no había segundas oportunidades, no había redención, no existía la piedad; salvo en el caso de Shinso, por supuesto. ¿Lo apreciaba? no, le pertenecía. Cosas aparte, distintas. Lo había forjado, lo había creado con sangre, sudor e incendios; era suyo, punto. ¿Y final? aún no. Pero el correctivo sería aplicado, la conducta reparada. A veces, la intensidad del fuego se le iba de las manos.—Sh.—apresó la comisura inferior de la negra brea entre sus incisivos: lo mordió con una saña inconcebible en una amante y, aún así, tan pura como el gemido de una virgen al reconocer al objeto de sus ensueños entre las sombras de una noche sin luna. El ansia cubrió sus sentidos, jugó con sus sentimientos. Hundió la punta de los dientes en la piel húmeda, sensible; pisó con el tacón de sus botas la punta de las de su opuesto. ¿Sus uñas? quisieron desgarrar la tela que impedía su avance y enterrarse en la espalda lacerada del revólver sin seguro que llevaba por compañero... no, como alimento.

Reika torció el gesto hacia un lado, construyó una expresión grotesca, desquiciada. Devoró, o incluso engulló, la codicia que destilaban las ardientes palabras articuladas con incontestable vehemencia por aquello que hacía llamar su combustible. El dorado viperino encontró refugio en la sangre cautiva: Reika acogió, meció y poseyó aquellas ganas de guerra que, evidentemente, rezumaba (¿o tal vez supuraba?) el timbre sórdido del tuerto. Encendida ya la mecha que activaba sus maniáticos procederes, Shinso prendió fuego al cuerpo deforme e inerte de la liebre. La carne se vio lamida por las llamas, la piel de la criatura no opuso apenas resistencia ante el roce de la fuerza más destructiva y cruel de la naturaleza; extasiada, la zorra extravió la cordura en aquel homenaje a la descomposición, en las sombras oscuras que ascendían, al igual que el vaho, en dirección al velo desvaído construido por las nubes. ¿A dónde iría aquella desgarradora humareda desatada? ¿a dónde transportaría la muerta agonía de la desfigurada bestia? quería verlo, quería acompañarla. Extendió una mano hacia el cielo, absoluta y completamente desastrada. ¿La extremidad libre? encontró nudos entre los que extraviarse.—¿Contra quién, mi Shinso tóxico y pernicioso? contra eso.—hizo pasar una mueca perturbada por sonrisa: alzó el dedo índice, señalando un punto impreciso detrás de la hoguera.—Por allí hay algo, hay alguien. Lo he visto, lo he sentido, lo he olido, lo he deseado.—anunció con espléndida ligereza, apresando un gemido entre sus casi tiernos labios. Devolvió las extremidades a ambos lados del cuerpo, volvió el rostro hacia el sueño de sus pesadillas.—Atrapémoslo, cacémoslo, torturémoslo, desollémoslo, quemémoslo y, después, mientras siga vivo, volémoslo.—decretó, carcomida de los pies a la cabeza por un sentimiento intenso, incontrolable. ¿Irreprimible? no le daba la gana de comprobarlo. Deshizo otro macabro enredo apresado entre sus cabellos, acompañando el gesto de una levísima carcajada deformada por la locura.—Quién lo aprisione primero, podrá destrozarle la puta cabeza.—relamió la idea, se extasió en la fantasía. Cruzó una mirada desquiciada con Shinso: la cara siempre era la mejor parte del botín.

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Mensaje por Shinso Sonozaki el Vie Mayo 11, 2018 12:12 pm

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Shinso Sonozaki
País del HierroYukigakure no SatoPasado
- ¡Rezale a tus dioses por clemencia! ¡Corre hasta que los huesos se rompan! ¡Corre, malnacido! ¡La llamas vienen a por ti! - Clamó, claudicó a los vientos temerosos sembrados de nieve de aquel lugar. Sintió sobre la garganta recorriéndole una llama antigua, profunda y conocida. El ansia refulgía, las palabras de Reika azotaron el deseo; trastornaron el deseo en necesidad, perturbaron el semblante y pronto en su único ojo viperino, solo hubo llamas ardientes. Apenas unos instantes después, corrió tras el animal; aterrado por su violencia, por sus gritos, por los gruñidos guturales que despedía un alma agostada que ardía sin forma ni objetivo. Shinso contempló entonces su forma, olió la carne caliente bajo una piel robusta y empuñando su cuchillo como un brazo adverso y grotesco, rebanó cuantas ramas se le cruzaron. Saltó las rocas, a cada zancada de inconsciente virulencia la seguía otra en una persecución animal, ahogada en el salvajismo del depredador ciego de una rabia incitada por el hambre. Y no había en el mundo hombre mas sediento, mas hambriento o mas furioso que Shinso, quien deseaba que el mundo ardiera, que la sangre hirviera y los cielos colapsaran por fin en las llamas de una tierra profana. - ¡Vamos, Reika! ¡Harás mucho más que ver como le despedazo cuando lo atrapemos! ¡Vas a pagarme de verdad, Centella! - Perjuraba, al tiempo que enfundaba su cuchillo y se dedicaba a flanquear por la izquierda a su presa, a la cual pudo divisar entre los estertores de la carrera.

Un ciervo, una hembra sin cuernos de pozos negros por ojos, cuerpo esbelto y robusto. Casi pudo saborear la sangre hirviendo estallando fuera de sus arterias, a sus ojos cociéndose en el lugar que les correspondía ¿Que salvajes fuerzas desataría esta vez la llama? ¿Que fuegos horribles se alimentarían de su cuerpo? Ardía, en cuerpo y severa alma, por averiguarlo. La persiguió con denuedo, trató de aprovechar su escasa agilidad en comparación y no en pocas ocasiones se encontró perdido en una carrera a primera vista imposible de lograr. Shinso era rápido, no tanto como aquella bestia, y pronto su fuego pareció temblar ante la posibilidad de no lograrlo ¡Pero era veloz, fugaz como una estrella en el espantoso abismo de la noche sin luna! Apenas tuvo unos instantes para unir las manos, realizar los sellos apócrifos de un maestro sin nombre, y sentir el fuego emanando de un pecho ignominioso. Contuvo, saltó unos metros hacia delante y antes de caer desató una trinidad incandescentes de esferas de llamas vomitadas hacia el animal en una sucesión continuada. No hubo tiempo, no hubo confirmación del impacto mas allá de un aullido hosco en la espesura que indicaba dolor. Sangre sellada en su carne... - ¡Arde, hija de puta! ¡Arde como la cerilla que eres! - Aullaba, agarrando de nuevo el cuchillo en su diestra, saltando las rocas del camino, esquivando las ramas, cortando las hojas de los pinos y mordiendo las ramas que no podía cortar. Pudo vislumbrar por su ojo henchido de furor incontenible como un par de ellas ahora ardían en árboles cercanos. Disparos errados que buscaron carne y tuvieron que atragantarse con madera reseca y sin nombre. Se maldijo pero no hubo tercera en el campo cercano. Una cerilla se iluminó, aulló de nuevo con un júbilo abrumador ¡La bestia estaba ardiendo!

Se arrojó a una carrera precipitada, atropellada de un ansia sin control en absoluto y tales eran sus zancadas que sentía sus tendones estirarse sobre sus rodillas, su cuerpo calentarse donde hubo frío y agua donde nieve reposaba. Estaba pletórico, ardiendo en la anticipación de aquel ser herido por su fuego, el suyo y no el del mundo. Sonrió, tanto y en plena carrera como un niño espléndido haya a su padre tras una vida sin haberle visto el rostro ¿Que vio Shinso? Fuego sobre carne; la bestia ardía en plena carrera.
Gritaba, aullaba, y Shinso justo tras ella. Su lomo refulgía con el fuego de aquel proyectil encajado de mala manera. Ascendía por su abdomen, bailaba con el aire propio de la persecución y aún entonces la adrenalina del momento no le permitió un instante de aliento en virtud del descanso. Corría; cada vez con mas pesadez, aullaba de dolor y espanto; Shinso se encargaba de acompañarla con su voz rota y ahogada en la depravación de la cacería y finalmente... cabía preguntarse algo, tan simple e irónico como la misma acción abominable que el carbón cometía sin preguntarse. Esa cierva... ¿Había rezado correctamente?

Estadísticas:
  • Fuerza : 10
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 10
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 5
  • Voluntad : 5
Chakra : 75 - 24 (Tres esferas) = 51

Inventario:
  • Tanto — En el cinto
  • Píldora de Soldado x1 — En un bolsillo

Técnicas:
Katon: Hōsenka no Jutsu (火遁・鳳仙火の術, Elemento Fuego: Jutsu Llamas del Fénix)
Es un ninjutsu elemental que consiste en crear pequeñas bolas de fuego tras realizar los sellos correspondientes. Estas bolas son lanzadas de una en una por la boca del usuario. Las esferas tienen un diámetro de treinta centímetros. Este jutsu, sin embargo, es utilizado más que nada como una distracción para ataques más fuertes. El usuario no tiene forma de fijar al objetivo, si este se mueve las llamas no serán capaz de seguirlo, pero entre una y otra, el shinobi puede ir cambiando la dirección hacia donde desee que estas impacten.
Postura de manos:  Buey → Liebre → Tigre
Consumo: 8Ck por bola.
Espíritu:
Normal: 5 bolas de fuego. Alcance de 3 metros.
Bueno: 6 bolas de fuego. Alcance de 5 metros.
Muy bueno: 7 bolas de fuego. Alcance de 7 metros.
Talentoso: 8 bolas de fuego. Alcance de 9 metros.
Virtuoso: 9 bolas de fuego. Alcance de 11 metros.
Extraordinario: 10 bolas de fuego. Alcance de 13 metros.
Leyenda: 12 bolas de fuego. Alcance de 15 metros.

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Mensaje por Reika Oshiro el Vie Mayo 11, 2018 4:11 pm

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Oshiro Reika
País del HierroLlanura helada. (?)Pasado
Con aquella primera ofrenda nacía el éxtasis y, con el éxtasis se incendiaba la hojarasca del instinto y de la locura. Shinso estaba desatado, indómito sin su estrecha correa que, las veces, hacía también de mecha. A punto de estallar, la bestia rociada de carbón se había internado en la paupérrima espesura de la maltrecha arboleda, buscando... no, más bien persiguiendo a su presa. A su retorcida manera, Reika casi sentía cierta compasión por la criatura que fuera a encontrarse cara a cara con aquel negro combustible todavía a medio encender. Porque sí, la zorra aún no olía el aroma de la vesania impregnando los arbustos, rociando las ramas secas, contaminando la atmósfera a su alrededor; faltaba leña que echarle al fuego.

Los incendios provocados tan sólo podían tener tres posibles móviles: el dinero, la venganza y, el más importante, la locura. Esta última circunstancia, sin duda, era la que mecía entre sus flébiles brazos al desastrado Shinso. Sin embargo, por más que a Reika la complaciese sacar a correr a su bestia indómita, no pensaba darle ventaja alguna. Devorando los segundos que se interponían en su camino, sorteó el cadáver maloliente de la liebre invernal (si es que todavía se la podía llamar así) y allanó el flanco contrario al que había elegido la brea obsidiana. La parte desprotegida de sus piernas, aquella entre el final de las medias y el principio de la falda, enseguida se vio obnubilada por diversos y dañinos cortes que, en defensa propia, las diversas articulaciones de la vida vegetal le lanzaban en su inmisericorde avance. Le dio igual: que la benévola naturaleza se le revelase, que el mismo mundo se pusiera en su contra, tan sólo ayudó a alimentar la infame llamarada que sentenciaba su desquiciado juicio a la más oscura de las depravaciones conocidas. Reika rió, y el vehemente estruendo de la carcajada hizo alzar el vuelo a algunas aves perdidas que, en su inocencia, habían creído dar con un cielo firme y sincero.—¡No hagas que me descojone de ti, fósforo! Quieres incendiar el universo, ¡pero ni siquiera atinas con las putas palabras!—exclamó, absolutamente pletórica en el centro de su inverosímil delirio. Oh, fallo mío; en el medio no. Por supuesto, Reika siempre se movía entre polos opuestos.

El incipiente y pegajoso olor a quemando enunció, efectivamente, que estaba yendo por buen camino. Al parecer, al calenturiento Shinso se le estaba yendo la cacería de las manos; no era de extrañar, pues tanta hulla entre los dedos tenía que estar haciéndole perder sensibilidad. Extasiada, Reika escupió sobre un rescoldo anodino de nieve sucia; las suelas de sus gruesas botas se hundieron en la tierra húmeda. Pronto, fue capaz de vislumbrar la tambaleante silueta del animal, golpeándose contra todo aquello que supusiera un obstáculo en su ruta de huida. La cierva, presa de un temor que ya sólo podía ser tratado de pavor, se precipitaba hacia delante, incapaz de concebir ninguna otra salida que no fuera la más evidente. El miedo que destilaba cada insuficiente poro de su endeble cuerpo se le hacía, sencillamente, embriagador; no le hincaría el diente, pero, desde luego, sí las uñas. Oh, sí, perforarían y desollarían cuanta carne encontraran en la inocente criatura; puede que, incluso, se animara a pintar alguna que otra flor con la brillante sangre que galopara por sus venas. Le importaba una mierda lo que le hubiera prometido al pirómano: la cabeza era suya, y de nadie más.—Vas a tener que comerme el coño tantas veces que, al final, no recordarás ni cómo se encendía una cerilla de mentira.—relamió levemente la comisura de sus sonrosados labios, antes de abalanzarse hacia delante y obtener una mejor perspectiva de la situación en ciernes; en el frente, el ciervo corría por su vida. A la izquierda, el furor desatado de Shinso, sin necesidad de encenderse realmente, devoraba el paisaje en su frenética carrera. Más lenta en su sórdido proceder, pero también menos irreflexiva, construyó un único sello aunando sus manos. La estaca, rematada en mortal punta, floreció a los pies del camino; Reika la agarró y, en un alarde de inusitada fiereza, esgrimiéndola a modo de incontestable saeta, la lanzó contra el agonizante venado. Continuó corriendo, sorteó una rama desconchada, y malcrió un nuevo símbolo; el segundo proyectil, igual de fogoso que el primero, se vio desatado hacia el propio Shinso. La zorra, pérfida en su medio, se hizo con el flanco derecho de la presa y dio comienzo real a la cacería.—¡De un sólo tiro se termina la caza, cerilla!—provocó, resuelta, mientras le degradaba de rango con violencia descarnada. 'Rézale a tus dioses por clemencia.' El alevoso recuerdo le arrancó una sonrisa torcida: oh, pero qué místico se ponía Shinso cuando se trataba de prenderle fuego a algo. Las llamas no purificaban, profanaban.
Estadísticas:
  • Fuerza : 4
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 6
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 10
  • Voluntad : 10
Chakra : 80 - 16 = 64
Inventario:
  • Bolsa de arcilla (2.5 Kg) — Colgada a un lado de la cadera.
  • 2 píldoras de soldado — En el bolsillo derecho.
Técnica:
Doton: Gansetsukon (土遁・岩截棍, Elemento Tierra: "Estaca de Roca")
Permite al usuario de este jutsu crear una afilada estaca de máximo un metro y medio de largo, que emerge en el terreno hasta a cinco metros de distancia. El usuario puede utilizarlo como un arma o tirarlo contra su oponente. Además, ninjas avanzados (espíritu muy bueno) pueden desarrollar una variación de esta técnica permitiendo que estos creen varias estacas y así lanzarlas contra objetivos fijos, pero con menos precisión. Se puede crear hasta 5 estacas.
Postura de manos: Buey
Consumo: 8Ck cada estaca.

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Mensaje por Shinso Sonozaki el Miér Mayo 23, 2018 12:19 pm

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Shinso Sonozaki
País del HierroTetsu no YosaiPasado
En la desencajada persecución Shinso no obraba por la simple competitividad, a cada zancada, a cada salto y a cada planta que recibía un tajo apresurado de su cuchillo existía un patrón confesado. Le movía el impío deseo, el ansia aceptada de una violencia tan carnal como necesaria. Gritó, aulló bien alto para que el mundo supiera de su barbarie, del salvajismo de un alma inflamada por los berridos de una criatura al sentir su carne plegarse, sus músculos macerándose, sus fluidos sellándose en el juramento doloroso de la carne ardiendo. Fuego, era fuego lo que perseguía. Una marca de llamas para la yesca. No había vida sacra para Shinso, no había destino inalcanzable. Arropado por las escasas hojas, luchando contra la nieve a la altura de sus tobillos se mantuvo vociferando cautivo... ¡Nunca más! Liberado, exultante precisamente de una libertad abrumadora. Nada le detenía, todo se presentaba en un banquete espléndido para él y las llamas que blandía. Reika no hizo más que espolear sus deseos, imaginando escenas de carne sobre sangre caliente, de llamas crepitando sobre la misma y cuerpos fogosos ardiendo de forma bien distinta muy cerca de ellos. Volvió a sonreír, un nuevo aullido de júbilo y el calor lo invadió como una inundación.
Ebrio de furia, contento de la misma, sonreía con su rostro espantosamente sesgado por la emoción de la persecución, entregado sin reflexiones a lo que se había convertido en una cacería espeluznante de una bestia que gritaba lamentándose de un dolor espantoso y Shinso desgarrando su propia garganta en una contestación profana. No perdió control alguno; porque nunca ostentó semejante concepto.

- ¡No necesito palabras para prenderle fuego al mundo! ¡Solo cerillas, fuego! - Se trabó, jadeando furiosamente entre zancadas no por el cansancio, en su lugar lo hacia por la vehemencia de sus impulsos. Por su irrefrenable ansias de devorar su carne aún palpitante, por abrirle el pecho y comprobar a que olían los pulmones ardiendo en plena respiración. Debía saberlo... ¡Lo necesitaba tanto como observarlo con Reika derrotada! Pero no era simple competitividad, era furor; pavoroso, espeluznante y abominable - ¡Fuego y llamas, Reika! ¡Fuego! - Volvió a entonar la misma canción no por repetitiva o por insistencia. Pero esa palabra de apenas dos sílabas le confería tanta fuerza en su deseo y angustiosa ansía que en ocasiones, sencillamente la repetía una y otra vez como si de un funesto mantra se tratase. Esta vez no sería distinto. Ladeó la vista y pudo ver a Reika avanzando por la espesura a una velocidad envidiable. Comprendía su rivalidad, era consciente y apretó el paso propinando en medio de una carcajada interrumpida por el esfuerzo una secuencia de tajos erráticos hacia cualquier planta o árbol que tuviera la infausta desgracia de hallarse en mitad de su camino. Absolutamente abandonado a los deseos de su carne enardecida, no por ello retiró la vista de Reika y sus comentarios posteriores, no le hicieron más que animarse por ello. Sintió una descarga intensa de pasión desenfrenada. Se supo mas ligero, mas motivado... habría sonreído de haber podido; pero sus fauces abiertas por la ansiedad no se lo permitieran. - ¡Tendrás que esforzar...! - Y de pronto una estaca de tierra infecta mancilló a su presa. No se detuvo, en su lugar apretó los dientes sabiéndose superado por la tierra informe. Gruñó con descarada contrariedad, comprendiendo que perdía terreno, y su presa con ello escapaba y pronto... otra estaca en su dirección.

Apenas tuvo tiempo para frenar el avance, tanto que resbaló contra el suelo y se deslizó sobre la nieve unos metros contemplando la gargantuesca saeta cantar sobre él y precipitarse contra un árbol cercano. Apenas tuvo unos instantes para apuñalar la tierra airado, para luego levantarse y dirigir una mirada a la cierva. Derribada, luchaba por respirar, por dar otra zancada, por contener una exhalación más y no sentirse ahogada por su misma sangre. Shinso bramó, totalmente ofuscado. Se levantó de un impulso exacerbado, enfundó su cuchillo con brusquedad y volvió a unir sus manos en su candente letanía de llamas y sulfuro. No permitiría que fuera tan sencillo. Aspiraría profusamente; podría contemplar por el rabillo de un ojo inyectado en sangre y fracaso como Reika se acercaba a la cierva, ejecutaría uno, dos... ¡Tres sellos! Y en el momento de la exhalación; flores de llamas informes.

Un torrente de fuego sepulcral se despediría de sus fauces envilecidas, un millar de flores ardientes que avanzaron agostando las secas cortezas de los escasos árboles, humillando los contornos del invierno, la nieve informe que ahora hervía e iluminando la espesura en una nueva tonada. Llamas, fuego, lenguas espirales en forma de flor centelleante que arrasaron con siete metros hacia adelante en una diagonal que avanzaría hasta agostar con su furia entre la cierva y Reika. Impediría el camino en su rabia elemental, quizás haría convulsionarse el bosque pero no ardería. Shinso comprendía en su escasa paciencia, que los pinos en invierno apenas ardían correctamente debido sus duras cortezas. Se lamentaría por ello en otro momento, justo al terminar la técnica se arrojaría de nuevo a por la cierva. Viendo su premio, incluso se permitió gritar con júbilo mientras en su flanco derecho el mismo infierno tomó asiento al favor de su campeón. Árboles ardiendo profusamente, el mismo suelo los acompañaba en su furor luminiscente e incluso hojas arrastradas que se consumían en su camino. Y se sintió bien, vivo, fuerte, radiante y clamoroso. Las llamas de su paraíso.
Estadísticas:
  • Fuerza : 10
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 10
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 5
  • Voluntad : 5
Chakra : 51 - 18 = 33
Inventario:
  • Tanto — En el cinto
  • Píldora de Soldado x1 — En un bolsillo
Técnicas:
Katon: Gōenka (火遁・豪炎華, Elemento Fuego: Flor de Fuego)
En esta técnica el usuario concentra chakra dentro de su cuerpo para convertirlo en fuego, luego expulsándolo de su boca en forma de una llamarada en espiral que abarca un área de un metro y medio. La forma en que esta técnica gira se asemeja a una flor. Su alcance es de 7 metros.
Postura de manos: Liebre → Tigre → Mono
Consumo: 18Ck ejecutar

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Mensaje por Reika Oshiro el Miér Mayo 23, 2018 2:07 pm

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Oshiro Reika
País del HierroLlanura helada. (?)Pasado
El fuego lamía (o, más bien, perforaba) el viento en lugar de la tierra: ante semejante desplante hacia la vida, Reika no pudo hacer otra cosa más que desencajar la mandíbula en una sonrisa descompuesta. ¿Sonrisa? estigma. No le importaban las heridas, ni siquiera si llegaban hasta el hueso. Encontró paz en la incandescente espiral vomitada, refugio; se sintió, tal vez, acompañada por los hálitos homicidas de su gasolina incendiada. Pero, por supuesto, no lo diría en voz alta. En su lugar, la condenada Reika lanzaría una única, solitaria y desfigurada carcajada al mismo aire que ahora ardía a su ingrávida izquierda, desafiándole a siquiera rozarla. Inconscientemente, se le erizaron con ligereza los cortos mechones que hervían, sin fuego ni sombra, en su coronilla; algo se le removía bajo la piel, demandando... no, exigiendo descomposición. ¿Muerte? putrefacción. A veces, cuando le venía en gana, se le daba por cambiar la fulminante dinamita por infecta grava; cosas de dictadora, manías de monstruo, juegos de zorra. De haberla tenido, su cola se habría agitado en contra del viento: pidiendo atención, reivindicando miradas, matando (o, más bien, asesinando) insectos. Apretó la mandíbula, y el chirrido de sus dientes fue la señal que su cuerpo estaba esperando; aprovechando el impulso de la desenfrenada carrera, Reika se deslizó con las piernas por delante hacia su siniestro lateral. La lengua del avatar del infierno le relamió la cabellera: un saludo, una presentación, un encuentro, una despedida. Precavida, cobarde y servicial, la tierna nieve se revolvió a su paso, concediéndole vía libre hacia su objetivo. No fueran a ganarse, precisamente, la enemistad de un elemento como tal, que gustaba de aplastar y destrozar en lugar de caminar. ¿La lástima? que, en cambio, recibirían la rabia desatada de un incontestable pirómano más preso de sus incipientes delirios, que de la realidad que le había tocado pisar. De una forma u otra, ya fuera reventada, apisonada o carbonizada, la nieve estaba condenada. Sentenciada brutalmente a muerte. A una, por supuesto, lo más cruel posible. Ni la puñetera naturaleza se libraría de sus colmillos.

Mientras resbalaba a través del gélido terreno, las garras de Reika sesgaban el mundo, deformaban su forma primigenia y originaban lo que bien podrían haber sido los hijos bastardos de una simbología desdeñada, prohibida y, por encima de cualquier otra cosa, peligrosa. Una lengua muerta reanimada, una fórmula secreta para bañar la tierra en harapiento lodo. Uno, dos, tres sellos. Cortándole el paso al infame y desgraciado Shinso, situada a apenas cuatro metros mal contados de la viperina sombra ambarina de sus ojos, apoyó ambas manos en el suelo y, a unas cuantas pulgadas de distancia, se desató una impetuosa corriente ennegrecida que barrió hacia delante todo aquello que se atrevió a interponerse entre su impío cauce y su terrible destino.—¿A dónde ibas con tanta prisa, mi espantoso Fósforo? ¿no ves que todavía estamos jugando?—articuló con altanería. Displicente.

Se pasó lentamente la lengua por los incisivos superiores, enterró las uñas en los rescoldos de nieve que apretaba y, con ligereza, se puso en pie de un salto. Desaliñada, desastrada y desastrosa.—Eso sí, recuerda.—retrocedió, buscando con el rabillo del ojo el agonizante venado que, ahora, se debatía contra la misma vida para continuar respirando sin ahogarse en su propia sangre, en su propio fuego y en sus propias entrañas.—Lo importante es participar.—concibió otro símbolo, conformando, al igual que momentos atrás, una estaca vorpal a partir de las profundidades de la tierra. ¿Cómo podía la naturaleza doblegarse así ante una bestia tan perversa, aberrante e insidiosa? tal vez, porque, en el fondo, Reika no era otra cosa que un espontáneo, pero invasivo, desastre natural. Y contra ello, por más que se quisiera, no se podía luchar. Ni siquiera forcejear. Chasqueó la lengua y, apresando la daga homicida entre sus falanges descoloridas por el frío, Reika localizó a la doliente y malcriada cierva a apenas dos metros tras de sí. Se agachó a su lado y, sin perder de vista a Shinso, ignorando a propósito el sufrimiento desatado en la mirada del piadoso animal, clavó la afilada herramienta en lo más hondo de sus trémulas y desfallecidas costillas. El chillido le perforó el tímpano, la discordia y el veneno; se estremeció de placer ante el canto.—Mírame, Shinso.—ordenó, al tiempo que elevaba nuevamente el arma ensangrentada y probaba a dejarla caer sin orden ni concierto a lo largo de la expirante criaturilla del bosque.—No le estoy prestando atención.—rió, desquiciada. Sabía lo que ello supondría para el combustible, presentía la reacción que en él desencadenaría y anhelaba, por encima de todas las circunstancias, recibirla con la piel abierta.—Corrígeme si puedes, Fósforo.
Estadísticas:
  • Fuerza : 4
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 6
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 10
  • Voluntad : 10
Chakra : 64 - 19 - 8 = 37
Inventario:
  • Bolsa de arcilla (2.5 Kg) — Colgada a un lado de la cadera.
  • 2 píldoras de soldado — En el bolsillo derecho.
Técnicas:
Doton: Doro Hōshi (土遁・泥欲し, Elemento Tierra: Indulgencia de Lodo)
El usuario, luego de hacer tres sellos y tras posar una mano en la tierra, puede alterar el terreno creando así un río de lodo bajo el adversario si se encuentra en un área de cinco metros a la redonda. El río cuenta con una corriente, que puede arrastrar al enemigo varios metros atrás (hasta 10), hundiendo finalmente en el lodo una pequeña parte de su cuerpo. Estar hundido en el lodo implica tener una reducción de agilidad de 3 puntos.
Postura de manos: Carnero → Liebre → Pájaro
Consumo: 19Ck generar río de lodo.
Doton: Gansetsukon (土遁・岩截棍, Elemento Tierra: "Estaca de Roca")
Permite al usuario de este jutsu crear una afilada estaca de máximo un metro y medio de largo, que emerge en el terreno hasta a cinco metros de distancia. El usuario puede utilizarlo como un arma o tirarlo contra su oponente. Además, ninjas avanzados (espíritu muy bueno) pueden desarrollar una variación de esta técnica permitiendo que estos creen varias estacas y así lanzarlas contra objetivos fijos, pero con menos precisión. Se puede crear hasta 5 estacas.
Postura de manos: Buey
Consumo: 8Ck cada estaca.

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Mensaje por Shinso Sonozaki el Sáb Mayo 26, 2018 3:59 am

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Shinso Sonozaki
País del HierroTetsu no YosaiPasado
Quien empuña el fuego infernal no teme por sus llamas, y quien exhala los fuegos sulfurosos provenientes de las pesadillas más elevadas; no siente remordimientos. Ni siquiera se dignó a comprobar el resultado de sus obras. Tan solo un contundente escalofrío, la sensación de que estaba siendo magnífico... pero aún debía engendrar más. Contuvo un deseo, un impulso insalubre de derivar la persecución en otra dirección bien distinta. Escupió a un lado inmerso en la carrera, completamente ajeno a las voluntades de Reika, a sus impía profanación, a su execrable obrar con la tierra ¿Y entonces? Shinso se giró, contuvo el aliento, pudo observar como la tierra negra, sucia, ignominiosa y desdeñable se alzaba en su contra. Apenas sin tiempo, con el barro desplazando sus pasos, con la suciedad impregnando sus ropas y sintiéndose azorado, Shinso aulló con una frustración tan sincera como desgarradora.

- ¡Reika! ¡Vas a arder! - Maldecía, comenzando a ser arrastrado por aquellos cauces de desechos doblegados a la voluntad de su dictadora. Luchó, trató de nadar entre sus aguas de repugnantes desechos, blandió su cuchillo y buscó su momento. Tambaleándose entre sus mareas de tierra envenenada por el agua, apretando los dientes en una formación sulfurosa. Frustrado, enfadado; no había desesperación en sus bramidos, no había miedo de sentirse ahogado a pesar incluso de que aquel barro comenzaba a abrumarlo ¡Fuego! Pensó, y ello le otorgó fuerza ¡Fuego! Volvió a repetir, y comenzó a blandir su cuchillo con mas firmeza... - ¡Fuego! - Volvió a repetir una tercera vez y jadeante, introdujo el filo de su cuchillo profundamente en las carnes de un árbol cercano. Allí se sostuvo, se agarró a él con toda la fuerza que pudo rescatar, ascendiendo por sus cortezas, utilizando su cuchillo como arma, apoyo, espantoso puñal de hierro que por madera sacrificada le otorgase la libertad de sus movimientos. Frenético, cautivo de su furor, Shinso comenzó a sentirse abrumado, extasiado, casi ebrio pero nunca lo suficiente. Ascendió con el ritmo desordenado de un animal encolerizado. Gruñía, gritaba, ascendía furiosamente con fuerza desdeñada sobre las ramas y cuando hubo apenas unos cuatros metros entre su semblante y el suelo, apoyado en una rama, pudo verlo.

Reika, desdeñando a su presa. Extinguiendo sus llamas, ignorando el dolor, la gloria, el espanto y el triunfo. Apretó los dientes, sintió su cuerpo desfallecer, temblar de pura rabia incontenible. Respiraba azarosamente, sentía sus pulmones mojados, su ropa ensuciada por los obrares de Reika y usando la mano libre para devorar una de aquellas píldoras del soldado que le otorgase aún mas fuerza y sentido a su causa; Shinso decidió que todo ardiera. Todo.

Nuevamente; uno, dos... ¡Tres sellos! Y exhaló una nueva flor de angustia sulfurosa, nuevas llamas que emergieron de un pecho corroído por las mismas, desatando por su lengua agostada una nueva oleada de fuego incandescente. Arrasó con algunas hojas por el camino, sojuzgó al mismo aire; que comenzó a estremecerse de su impío impulso, y pronto las llamas acogerían en su pecho infame a toda la cierva. Haría sucumbir ante las llamas a todo, convertiría la sangre en simples manchas secas, sellaría sus fluidos, arrancaría de su garganta moribunda los últimos latidos de su pecho ¡Y sería por el fuego y no por los desmanes aleatorios de Reika! Era su objetivo, arrebatarle su presa. Reclamar el premio, que sus llamas devorasen y le alimentaran a él por ello. Pero apenas pudo contemplar a sus llamas apuñalar el mismo mundo en el que ahora danzaban furiosamente, Shinso lanzó un aullido animal, aún pendiente de aquella rama.

-¡Arde, hija de puta! ¡Esa cierva es el pasto de mis llamas, el cielo de mis aves de fuego irredento, la sangre ardiente que alimenta mis hornos! ¡Era mía, Reika! - Gritaba, declamaba y perjuraba a los cielos turbulentos por sus lánguidas llamas. Ahora ardiendo furiosamente en algunas ramas, con la cierva en plena agonía insoportable donde su piel quebraba, sus ojos hervían en sus mismas cuencas. Oh, y sus alaridos fueron sinfonías magníficas. Shinso se detuvo, cuchillo en mano, ojo viperino apenas percibiendo todo lo que sus oídos si hacían. Las llamas le cegaban; no apartó la mirada, el humo se alzaba alto y fuerte; nada le importaba. Todo era éxtasis, fervorosa retribución por las llamas liberadas. Engendraría más... podía sentirlo, y tuvo que enfundar su cuchillo. Debía tener las manos más libres. El fuego reclamaba aún más; el bosque era grande y acogedor para ello. - ¡Reika! - Reclamó su atención. - ¿Quien es el siguiente, mi Centella? - Y una sonrisa macabra, desencajada, horriblemente sincera se apoderó de su semblante. Aún tembloroso por los placeres desatados por sus fuegos, oyendo los gritos desaforados de aquel animal en pleno deceso; Shinso ansiaba mucho más. Pasto de llamas era el mundo, como antes hubo profetizado. Y él su pastor ominoso.
Estadísticas:
  • Fuerza : 10
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 10 - 3 = 7
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 5
  • Voluntad : 5
Chakra : 33 + 30 - 18 = 45
Inventario:
  • Tanto — En el cinto
  • Píldora de Soldado x1 — En un bolsillo (Consumida)
Técnicas:
Katon: Gōenka (火遁・豪炎華, Elemento Fuego: Flor de Fuego)
En esta técnica el usuario concentra chakra dentro de su cuerpo para convertirlo en fuego, luego expulsándolo de su boca en forma de una llamarada en espiral que abarca un área de un metro y medio. La forma en que esta técnica gira se asemeja a una flor. Su alcance es de 7 metros.
Postura de manos: Liebre → Tigre → Mono
Consumo: 18Ck ejecutar

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Mensaje por Reika Oshiro el Dom Mayo 27, 2018 4:17 am

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Oshiro Reika
País del HierroLlanura helada. (?)Pasado
Y, de nuevo, olor a carne quemada ambientando (o, tal vez, enmascarando) la sulfurosa escena; desenfrenadas volutas de humo ascendente adornando el desvaído velo que cubría la, como de costumbre, pálida tierra del hierro, la nieve y la escoria. ¿Y más tarde, qué habría? por supuesto,  cenizas bañando la ensangrentada y visceral cellisca que, ahora, sus extremidades pisaban. Error: que aplastaban. Inspiró hondo, impregnándose del estimulante aroma a muerte, podredumbre, entrañas, agonía y azufre que titilaba suspendido, de manera convenientemente asfixiante, a su alrededor; en aquellos incandescentes momentos, a Reika no le habría importado una mierda atragantarse con aquella fragancia siempre intrínseca al propio concepto de incendio desatado. Espiró.

El aliento, agujereado por el inclemente frenesí que ávidamente la consumía (o, más bien, la devoraba), ascendió ante el carmín de su mirada, y la zorra no pudo evitar imaginar su propia exhalación calcinada fundiéndose con la incontestable humareda que, como un homicida puñal carbonizado, perforaba el cielo primaveral a golpe de saña, estertores y, por encima de todas las cosas, llamas. ¿La única chispa de más que la perversidad de Reika habría añadido a la inestimable ecuación? evidentemente, habría coronado la aciaga escena en vibrante fuego terminando la función con una buena, y merecida, explosión. Pero Reika no tenía ganas de paladear el tiempo, ni mucho menos de preparar munición; el monstruo blanco quería continuar devorando, acechando, persiguiendo y descomponiendo. La mueca le perforó la cara y deformó sus casi agradables facciones hasta límites inhumanos: no se iba a dar por vencida en el juego. En la partida, en la competición. No, mejor aún; en la caza. Apartada de la presa, pero nunca demasiado, observó con malicia cómo el ya cadáver de la inocente criatura ni siquiera oponía resistencia al paso del fuego por su putrefacta piel; Reika, como no podía ser de otra manera, quedó atrapada en aquel tierno proceso de cremación durante incontables instantes. Contó el tiempo en pedazos de carne desprendidos, no en minutos; aún a sabiendas de que la gasolina esperaba alicientes, objetivos que calcinar, la zorra no movió ni un solo músculo para acudir a su encuentro.—Qué bien huele, ¿verdad?—constató finalmente, apenas apoyando una mano enguantada sobre la nieve azarosa para ponerse debidamente en pie. Con la cabellera desvaída formando un círculo de nube a su alrededor, dio un paso hacia el negro combustible que la alimentaba, queriendo reclamar toda su atención.—Quieres más, ¿eh, carbón?—inquirió, dañina, mientras se deshacía de uno de sus condenados guantes y lo dejaba caer sobre la tierra infecta. Más tarde, lo recogería. El engendro se removió bajo la piel que habitaba, anticipando muerte blanca.—Dame unos momentos, mi macabro Fósforo.

Hundió la siniestra monstruosidad en lo más hondo de aquellas entrañas de algente arcilla, comenzando, al tiempo, a maquinar la forma idónea del proyecto a punto de ser consumado. Alas, necesitaba alas. Y garras.  ¿Cómo núcleo? fuego. O, tal vez, guerra. El humor se le retorció muy adentro, y Reika terminó apuñalando con una sonrisa perturbada la desvencijada silueta de la serpiente inquieta; ¿qué opinaría de su nueva idea? le encantaría, estaba segura de ello. Después de todo, el incandescente Shinso adoraba, por encima de su propia vida, jugar imprudentemente con armas de fuego. Y más si había riesgo de explosión. O, más bien, de muerte.—Si te aburres, enciende un par de cerillas.—articuló sonoramente, poniendo excesivo ahínco en resaltar con rotundidad la parte verdaderamente importante del funesto consejo. Se pasó la extremidad libre por la cara, para luego quitarse con las uñas unos milímetros de infame mugre que se le habían quedado adheridos a la piel; al parecer, sangre seca. La lengua de la aberración sin cara se encontró con un tramo difícil en el modelaje, y Reika tuvo que concentrar su efímera atención en no estropear la grácil curvatura del ave que tenía en mente; la arcilla, a veces, oponía inusitada resistencia a sus ígneos delirios. O, a lo mejor, era ella la que pretendía excederse en sus competencias usuales; a fin de cuentas, la situación lo meritaba.—Ey, Shinso.—lo llamó, cizañera, mientras señalaba con un escueto ademán del rostro el pino incoloro que se alzaba, impasible, a su diestra.—¿Lo has oído? ese árbol te ha llamado retrasado.—picó, tratando de ganar tiempo para suavizarle la espera a la domesticada gasolina. Chasqueó la lengua, retrocedió un paso.—Yo, si fuese tú, le cortaba los huevos.—tentó, cambiando ahora el peso del cuerpo de una pierna a otra.—Ah, mierda, pero no tiene.—prosiguió, al tiempo que se llevaba la mano derecha al bolsillo de la chaqueta y sacaba una de las cápsulas calumniadoras que ayudaban, en teoría, a reponer energías. La partió con los dientes, ajena al macabro sabor.—¿Qué harás entonces para defender tu corroído honor, Shinso? no puedes dejar que un puto árbol te hable así.
Estadísticas:
  • Fuerza : 4
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 6
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 10
  • Voluntad : 10
Chakra : 37 + 30 = 67
Inventario:
  • Bolsa de arcilla (2.5 Kg) — Colgada a un lado de la cadera.
  • 2 píldoras de soldado — En el bolsillo derecho.
Técnicas:
x01 Técnica preparada.

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Mensaje por Shinso Sonozaki el Sáb Jun 02, 2018 5:09 am

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Shinso Sonozaki
País del HierroTetsu no YosaiPasado
Comenzó a sentir el fervor, el... regusto metálico de una sangre no percibida hasta entonces. Aspiró con fuerza y sintió el frio desgarrando sus pulmones, agostando su garganta de una forma muy distinta a los humos del fuego inclemente. Exhaló con fuerza, apretó los dientes tras ello y en su semblante quedó conformado el rostro del macabro esplendor de un deseo hallado. Se impulsó hacia el vacío y al precipitarse sobre la nieve aquel gesto contraído, de ojos bien abiertos, de tensa mandíbula agarrotada en una dentellada de carne falsa y ansiada. Ladeó la mirada para encontrar a una Reika entregada a sus embaucadoras mareas, y él asintió a todo. Ansioso, se reincorporó de aquel salto con parsimoniosa lentitud, sintiendo un ansia recorrerle el cuerpo aullando en un lenguaje sin palabras ni sentido. Quiso desenfundar su cuchillo, correr por aquellos bosques engendrados por la nada y quemarlo todo. Sentir la sangre de alguna alimaña bañando sus manos, su corazón estremecido por las llamas, sus costillares en plena apertura de gloriosa fogata. ¡Exactamente! Ello quería... y absorbido por su propia luz infectada de demencial deseo, Shinso volvió a sonreír de aquella forma espeluznante.

- Más. - Se limitó a repetir con la voz rota por el inclemente deseo que le inflamaba el pecho, y su corazón; aterrado y embargado por el furor impuesto vibraba. Cantaba las alabanzas de un cuerpo que comenzaba a funcionar, haciendo las veces de un horno dedicado a los horrores incandescentes. Shinso anduvo un nuevo paso. - Quiero más, Reika. - Volvió a inquirir con el semblante contraído por el ansia, abierto en espanto por cualquier estímulo y con el cuerpo encorvado. En una oscura burla a una bestia agazapada, pareció saltar en cualquier instante y al momento en el que su Centella entonaba las burlas de un árbol silente, Shinso se giró para verlo.

Un pino, un árbol de corteza marchita, rugosa y repugnante resina que no ardía con facilidad. Volvió a torcer el rostro en un gesto de visible desprecio, de odio atizado en unas brasas que comenzaban a refulgir con los fuegos de la necesidad desaforada. Y supo que todo aquello era falsedad, que tan solo de un truco informe y sin sentido se trataba. A punto estuvo de recriminar con salvajismo aquel intento tan absurdo e insultante... pero una chispa de revelación pareció surcar su mirada de víbora que aún le sostenía al supuesto provocador. Reika ganando tiempo, él aparentemente enzarzado en una trifulca con un puto árbol. Dejó atrás su postura encorvada para adoptar una mucho más cercana a las mareas del intelecto. Tiempo perdería pues, si su Centella lo precisaba ¿Y mientras tanto? Un aperitivo sin forma, conciencia ni garganta con la que hacerle saber el dolor que infligía; nada estimulante. Todo debería hallarse en su cruel imaginario, terminó por confesarse a sí mismo.

- ¿De veras? - Preguntó a título retórico y sin esperar contestación caminó hacia aquel árbol. Se hizo de nuevo con su largo cuchillo, ladeó el rostro a modo de introducción al árbol de insulto proferido. - Si tuviera honor que perder... - Añadió con cierta lástima, con un deje de falsedad evidente y sobretodo, a modo de burla sobre un concepto noble que tanto desdeñaba. Antes de que pudieran pasar un miserable instante más, Shinso hundió el filo de su cuchillo en el árbol profiriendo un grito desaforado de rabia expuesta. Torció su hoja, apretó, pugnó por hacerle sangrar aquella resina que tanto odiaba y ella emergió como un torrente. Imaginó sangre roja, brillante y ardiente en lugar de aquella repugnante obra vegetal. Apoyó la cabeza en el árbol, y preso de sus ensoñaciones ideó todo un escenario bien distinto apenas, como un sustituto. - Piel por corteza, carne por tallo, hojas por hijos y savia sucia como sangre corrupta. Sangra para mí... luego arderás. No gritarás, pero yo sabré que sí. - Susurraba en un tono quizás audible, evidentemente perturbado en sus trastornados deseos. Hambriento de algo real, fingió estar absorto en todo aquello, cuando en verdad su único ojo vibraba en expectación domeñada.
Estadísticas:
  • Fuerza : 10
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 10 - 3 = 7
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 5
  • Voluntad : 5
Chakra : 45
Inventario:
  • Tanto — En el cinto
  • Píldora de Soldado x1 — En un bolsillo (Consumida)

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Re: 卐 Search and Destroy 卐 Pasado.

Mensaje por Reika Oshiro el Sáb Jun 02, 2018 7:25 am

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Oshiro Reika
País del HierroBosque helado. (?)Pasado
Inflamada por las hoscas puñaladas que Shinso daba contra la condenada corteza transformada en piel viva, Reika, desesperada por unirse al improvisado homicidio, rezumaba envidia por cada poro de su infecto ser. Sangrante, el hórrido carmín cautivo en su sesgada mirada devoraba la manera en la que la afilada hoja del cuchillo se clavaba y se adentraba en las entrañas de madera de un árbol poco afortunado; anhelando participar, cooperar o, tal vez, usurpar, arañó la arcilla que yacía bajo sus corrompidas uñas y soltó un único gruñido de advertencia. La ilusión de la gasolina, en cuestión de segundos, se le había contagiado como si ella misma hubiera sido rociada con el inestable combustible que el carbón supuraba a cada movimiento, a cada desplante, a cada fuego. Lamida por la desidia, la zorra sacó la zurda del desvencijado zurrón y, exigiendo una atención que creía merecer, rugió en voz alta. O siseó, más bien. Todavía no dominaba del todo las muestras de ira: a fin de cuentas, tras tantos años reprimiéndola, la bestia no tenía muy claro aquello de estar desatada. Liberada. Pendiente de sus alrededores, con el instinto a flor de piel, alzó la perturbadora extremidad frente a ella; lentamente, con la palma deformada mirando hacia la tierra putrefacta, sepultada bajo la nieve ensangrentada, dejó caer la muerte blanca a la que acababa de concederle, irónicamente, la vida.

¿Cinismo? ¿dónde? tan sólo veía realidad.—Presta atención, Shinso.—escupió, emponzoñada hasta en el respirar, mientras observaba a su creación contorsionarse sobre la roja blancura del terreno. Se retorcía sobre sí misma envuelta en una enmarañada red de ininteligibles graznidos, revoloteos compungidos e imprecisos objetivos sin orden comprensible.—¿Te gusta? es como mi hijo. Lo ha parido mi mano, después de todo.—articuló, cizañera, inclinándose ligeramente hacia delante para propinarle un par de desconsideradas palmadas a la gigantesca cabeza del pollo deforme. Chasqueó la lengua, y el recién nacido, finalmente, logró incorporarse sobre su par de patas de arcilla y extender las alas hacia los lados, expectante. Para que luego dijeran que, ni en sueños, llegaría a ser una buena madre.

El engendro modelado en impoluto blanco, incapaz de hacerse a la idea del cruel destino que le estaba por sobrevolar, se quedó observando fijamente a Shinso sin que ninguna muestra de inteligencia se abriera paso en su insípido par de ojos funcionales. Reika, por su parte, se ahorró un comentario descascarado por deferencia al hombre hecho de mecha. Tras un instante de pretendida tensión, la madre de abominaciones se subió a lomos de su incólume vástago y se agarró al mismo como buenamente pudo, dispuesta a volver a encender el rabo de su querido compañero; al final, le iba a terminar pillando el gusto a aquello de los dobles sentidos malintencionados. Trazó una sonrisa desquiciado a lo largo y ancho de sus labios, al tiempo que acribillaba a Shinso con la gota desangrada a la que, algunas veces, se atrevía a llamar mirada y se llevaba una mano al pecho, rotunda.—Voy a subir.—enunció con exagerada lentitud y sonoridad. Alzó la vista hacia el firmamento levemente oscurecido, calculando, tal vez, el tiempo del que disponía para dar rienda suelta a sus sinceros e incendiarios afectos. Suficiente, se siseó a sí misma.—Cuando te haga la señal, trata de derribarme. No, de quemarme. No, de incendiarme.—ordenó, firme. Se puso una mueca descarriada por sonrisa y, después, espoleó a su alada montura para que alzara, con toda la ligereza de la que dispusiera su poca sesera, el vuelo. Diligente, el animal graznó, se revolvió y, extendiendo su manto blanco putrefacto, se elevó hacia el cielo. Una vez arriba, como no podía ser de otra manera, Reika se sintió como en casa; o, más bien, como en el trono oxidado que llevaba, desde que tenía uso de razón, creyendo merecer. A cinco intransigentes metros del cianuro prendido, la zorra sació, de nuevo, el hambre blanca que le latigueaba a la altura de las entrañas; después, con irrisoria y mal controlada paciencia, se llevó una falange enguantada a la garganta y fingió cortarse la propia yugular a sangre fría. ¿La realidad? más caliente no podría estar.
Estadísticas:
  • Fuerza : 4
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 6
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 10
  • Voluntad : 10
Chakra : 67 - 20 = 47
Inventario:
  • Bolsa de arcilla (2.5 Kg – 0,550 Kg = 1,95 Kg) — Colgada a un lado de la cadera.
  • 2 píldoras de soldado — En el bolsillo derecho (1 consumida).
Técnicas:
C1: Mōkin (C1:猛禽, C1: Ave Rapaz)
El usuario moldea con la boca de su palma lo que al principio puede parecer una pequeña ave, pero cuando lanza este y realiza un simple sello, esta crece a un tamaño de un metro, suficiente para que el usuario se monte en su lomo. Gracias a que esta posee la capacidad de vuelo de un ave real. Es muy útil para viajar, además de que posee la capacidad de explotar como las demás creaciones. El alcance de su explosión es de cuatro metros, y aunque es mas grande, la gravedad de sus daños se rige con el mismo criterio que la del C1 (dividiendo a la mitad la distancia para calcular dicho daño), y aumentando su coste (de ejecución y mantenimiento) en 15Ck por rango aumentado.
Postura de manos: Sello especial a una mano
Consumo: 550gr de arcilla y 20Ck para crear. Requiere 10Ck para controlar por turno.
Capacidad de carga:
En Rango B puede llevar a 2 personas debido a que su tamaño es de tres metros. Por defecto la cantidad de arcilla equivale al doble.

x01 Técnica preparada.

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Mensaje por Shinso Sonozaki el Miér Jun 06, 2018 5:53 am

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Shinso Sonozaki
País del HierroTetsu no YosaiPasado
Sobre la insípida carne de un engendro sin rostro que retorcerse, garganta con la que inspirar su sadismo u ojos por pozos de amargura en los que deleitarse Shinso se sentía sediento. Agotado de aquella farsa, de pretender que lo que no podía sangrar lo hacía y con el cuchillo empapado en aquella savia pegajosa supo que ya no podría hacerlo más. Que sangre necesitaba para hervir hasta que nada quedara, carne que incendiar, vidas que agostar y espíritus que corromper entre las llamas de su fuego engendrado. Masculló al aire ; rabioso, colérico. Recuperó la hoja de su cuchillo de un tirón, hubo resistencia y ello incendió su escasa paciencia. En un grito desaforado comenzó a apuñalar seguidamente al miserable.

- ¡Grita! ¡Hazlo, hijo de puta! ¡Canta tus alabanzas! ¡Rézale a tus dioses delante de mi! ¡Suplica! ¡Arde! ¡Muere! - Y entonces Reika siseó llamando su atención. Como una víbora, no pedía unos instantes en su vida. Se acercaba, los arrebataba o bien los exigía sin mediar palabra como entonces. Con el cuchillo enterrado en la corteza supurante del árbol y el gesto contraído por el furor del momento, Shinso se giró de medio lado con evidente desgana. - ¿Qué? - Preguntaba con sequedad, al tiempo que hacía un esfuerzo por arrancar el cuchillo del abrazo de un tronco maltrecho acompañando al acto con un gruñido desaforado. Salvaje, desproporcionado y acalorado por los fuegos que en su garganta clamaban por existencia. Al hacerlo, pudo ver blanco sobre blanco, aquella arcilla nefasta con la que Reika formulaba su venganza contra el mundo. Aquel fuego divino de tan solo un instante; admiraba aquellas explosiones. Pero siempre pensó que mucho fuego precisaban y muy poco permanecía tras cada estallido. Irritado como se encontraba, calló sus alabanzas hacia sus singulares habilidades y permaneció torcido en postura. Con el cuchillo aún tintado de la savia marrón que a la misma sangre sustituía, con su único ojo inyectado en la represión abominable. El quería arder y aquel engendro apenas había comenzado a conformarse. Entonces... empezó a considerar algo quizás imperceptible para otros, algo más cercano para quien de homicidios se tratase.

Había blanco sobre blanco... nieve, realmente. Torció el gesto y entornó la mirada al tiempo que la abominación resurgía entre los dolorosos quejidos de una vida ingrata que llega a este mundo. Conformada ante él, se dignó a caminar un par de pasos hasta quedar apenas a unos centímetros de distancia. Observando aquellos ojos vacíos, artificiales y tan sentidos para él como los de cualquier mendigo sin nombre ni conciencia que perder. Hizo chasquear la mandíbula, de nuevo irritado por la situación pero en cierto modo entretenido por aquel disparate que por lo visto, volaba.

- Es agradable que no pueda devolverte la mirada... pero me perturba un poco precisamente por eso. - Ladeó la mirada tratando de escrutar los dominios inaccesibles de la ausencia de pensamiento. Quedó prendado de veras de aquella ausencia de miedo, dolor, angustia, sentido, nombre o destino. Menos que una simple alimaña, parodia de la misma. Alzó su cuchillo y limpio su hoja sobre la cara del engendro. Quedaron dos vetas de marrón intenso sobre su blanco justo sobre los ojos. Ciego, quizás no tanto, quizás solo eran un adorno. Por curiosidad, no pensó en sus acciones. Ante las declaraciones de Reika no hizo otra cosa que permanecer en una mirada directa, escueta y severa hacia el presunto pájaro. Carraspeo por el frio que agarrotaba su garganta y volvió a sentir la irrupción del furor abandonado por ello. Apretó los dientes con un chasquido estrepitoso y se alejó unos pasos. - ¿Solo está este? - Preguntaba, temiendo a más de uno de aquellas bestias y sabiéndose limitado en su actual condición. Maldijo su escasa resistencia y los mermados fuegos que era capaz de producir. Envainó su cuchillo y quedó expectante de aquel vuelo, observándola tomar los cielos a unos metros y a Shinso Sonozaki; el pastor de las llamas hambrientas, sin refugio para su rebaño.

Contestó con tan solo un asentimiento, ansioso de la carrera y del premio negado. Apretó los puños enguantados de negro cuero agostado, sintió la sangre recorrerle el cuerpo dos veces antes siquiera de inclinarse hacia la primera zancada. Ávido, famélico de violencia y expectante de sus llamas incólumes Shinso estuvo a punto de saltarse las reglas para tratar de derribarla en pleno aire. Contuvo sus impulsos, con una dificultad abrumadora que le arrancó varios gemidos que anticipaban la cacería. Se sentía como un perro, una bestia sin motivo ni destino. Nada le importaba, pues sintiendo frío en el ambiente, calor en las entrañas... ¿Quien cuestionaba el destino de sus llamas? Apenas el dedo de Reika la ejecutaba en pleno aire, rompió a correr desordenadamente.

En un primer instante, apenas unas cuantas zancadas hacia adelante Shinso sintió la necesidad de acabar con todo aquello en un instante. Pero el carbón y la gasolina esperan la chispa adecuada. Arderá cuando deba, y bajo ese dogma irresoluble Shinso corrió tan solo de un lado a otro. Entre la nieve, zigzagueando y saltando de árbol en árbol justo después pretendía seguirle la pista. Averiguar las tretas ocultas de su sangrienta rosa centelleante. Sonriente de aquella forma que tan solo Shinso sabía torcer: gritó.

- ¡Vuela, Centella, vuela! ¡Fuego veo en el aire! ¡Quemando a tus hijos, el viento y las nubes! - Recitaba a modo de plegaria. Desprovisto de ninguna fe que no pudiera atestiguar entre el brillo intenso de una llama virulenta; Shinso se limitó a esperar variaciones en la trayectoria, en la paciencia de su Centella y por supuesto, aplazar el éxtasis tan solo un poco más.
Estadísticas:
  • Fuerza : 10
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 10
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 5
  • Voluntad : 5
Chakra : 45
Inventario:
  • Tanto — En el cinto
  • Píldora de Soldado x1 — En un bolsillo (Consumida)

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Mensaje por Reika Oshiro el Jue Jun 07, 2018 3:24 am

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Oshiro Reika
País del HierroBosque helado. (?)Pasado
Fuego veía Shinso en el aire, y Reika, para variar, se sentía tentada de darle la razón, de alabar su última y descarnada oración y dejar caer de una vez toda la artillaría pesada para hacerle lamentar su acertado y fatídico  razonamiento. Porque, como no podía ser de otra manera, la zorra odiaba, repudiaba y aborrecía la sola idea o mención de que su aciaga perspectiva pudiera llegar a ser levemente comprendida. O, peor aún, replicada. Oh, ese era el riesgo de convertirse en dictador; la inestable sensación (o, más bien, presentimiento) de saberse un ejemplo a imitar, una escultura a la que, con el tiempo, venerar y calcar sobre otra superficie. Enterró las uñas en las cutículas de muerte blanca que daban forma a su ingrávido engendro, arrancándole un alarido de descarnada aprehensión al mismo; la nívea ave gritaba, sí, pero Reika era la que expresaba en su lugar. El qué, lo dejo a vuestra imaginación. Apretó la mandíbula hasta oír un chirrido y, despojada de homicidas intenciones, suspendida sobre el alma encendida de Shinso, soltó una única y deshojada carcajada que reverberó, inconstante, contra la sombra pálida del firmamento.—No quema a mis hijos.—dictaminó, tajante, al tiempo que chasqueaba la lengua con exagerada rotundidad y sonoridad. Al igual que el de una garra rasgando carne muerta, descompuesto, el sonido habría resultado desagradable de escuchar a cualquier otra persona que hubiera pasado por la zona. Pero estaban solos, como siempre. Bailando... no, destrozando al margen de la ley. ¿De la ley? y una mierda. De la colmena, del hormiguero, de la podredumbre.—Mis hijos no arden.—volvió a repetir, lacónica, mientras espoleaba a la horrenda criatura y la hacía serpentear en el aire sin orden ni concierto. Despistando, provocando, deliberando.—Mis hijos doblegan al fuego. Lo poseen.—enjuició con tono áspero, arisca y fértil como una hoja pirófita al encontrarse y saberse lamida por las llamas de una lumbre inextinguible. Entornó la mirada, descompuesta, y decidió que la puñetera gasolina ya llevaba demasiado rato corriendo alrededor del bosque como un pollo (o, en este caso, un perro incendiado) sin cabeza.

Del hambre antes consumada, nació un segundo pájaro desprovisto de plumas; desnudo, liso como la propia arcilla que le confería algo semejante a la efímera existencia de un insecto, fue vomitado por la palma de su zurda como si, efectivamente, del milagro de la vida se tratara. Una lástima que el único propósito de su creación fuera, precisamente, la muerte. O, mejor aún, la extinción. Reina sin castillo, emperatriz sin imperio, dictadora sin séquito, Reika nombró comandante al producto de sus pesadillas y le exigió (porque ordenar era quedarse corta) volar a su alrededor, a dos metros de distancia, mientras ella volvía a concentrar las escasas atenciones que le quedaban en el inestable combustible a entretener. De pronto, se le hacía indigno encontrarse ahí, flotando en medio de la nada, en un trono de arcilla que apenas lograba mantenerse suspendido en el aire sin tambalearse, mientras tantos otros aplastaban, pisoteaban y sentenciaban el inmundo devenir de vidas reales. Sí, a la zorra, repentinamente, el cuento se le quedó pequeño; los márgenes de sus páginas la asfixiaban, y las ovejas ya no le llenaban el estómago como antes. Fue una revelación o, tal vez, una suerte de epifanía emponzoñada.—Lo tengo.—enunció para sí entre dientes, articulando con inaudita saña la pareja de desquiciadas palabras. Se pasó la lengua por los labios e, indefectiblemente, se rascó el cuello con la diestra mientras hacía avanzar a la bestia blanca hacia el bosque ya allanado por el impredecible Shinso.

Lo tengo.—repitió, paladeando el momento. Por primera vez, sentía sobre sus propias y desastradas carnes el verdadero concepto de 'iluminación'.—Lo tengo, sí.—y rió, porque no le quedaba más remedio que ceder. Localizando la inexorable marcha fúnebre (o fatua, más bien) de la brea abrasada, mandó al guardián remanente entre las nubes que acudiera en su terrenal búsqueda. Entretenida con sus insondables maquinaciones, ni siquiera atinaba a poner el alma en la tarea desempañada; como Hitler en medio de sus vacaciones, jugaba con Blondi para mantener la mente ocupada, relajada y, por supuesto, amenizada.—Atrapa al pajarito, Shinso.—provocó, fúnebre, haciendo elevar todavía más el vuelo a la montura principal para pasar por encima de la desnuda arboleda elegida por el despreciable elemento que la acompañaba. La cría de gorrión deforme, por su parte, trataría de acercarse cuanto pudiera a la gasolina sin correa y probaría a escapar de su agarre si así lo consideraba su madre oportuno. Una distracción, un entrenamiento o una prueba de fuego. A fin de cuentas, los reflejos no eran, ni serían en mucho tiempo, el mayor punto fuerte del perturbado tuerto. ¿Y si llegaba a agarrarlo? ya pensaría en ello más tarde. ¿Qué clase de monstruo bajo la cama sería si, en lugar de esperar al momento, fantaseara de antemano con haber alcanzado al niño que dormía encima de su guarida? uno  demasiado impaciente. Y poco inflamable, sin duda. Excitada, quería terminar con aquello, violar al violento Shinso contra el cadáver descompuesto del ciervo y luego, para variar, hablar largo y tendido sobre todo aquello que le sobrevolaba, a ratos, el pensamiento. ¿El pensamiento, digo? las entrañas.

Estadísticas:
  • Fuerza : 4
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 6
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 10
  • Voluntad : 10
Chakra : 47 – 10 - 10 = 27
Inventario:
  • Bolsa de arcilla (1.95 Kg – 0,150 Kg = 1.80 Kg) — Colgada a un lado de la cadera.
  • 2 píldoras de soldado — En el bolsillo derecho (1 consumida).
Técnicas:
C1: Mōkin (C1:猛禽, C1: Ave Rapaz)
El usuario moldea con la boca de su palma lo que al principio puede parecer una pequeña ave, pero cuando lanza este y realiza un simple sello, esta crece a un tamaño de un metro, suficiente para que el usuario se monte en su lomo. Gracias a que esta posee la capacidad de vuelo de un ave real. Es muy útil para viajar, además de que posee la capacidad de explotar como las demás creaciones. El alcance de su explosión es de cuatro metros, y aunque es mas grande, la gravedad de sus daños se rige con el mismo criterio que la del C1 (dividiendo a la mitad la distancia para calcular dicho daño), y aumentando su coste (de ejecución y mantenimiento) en 15Ck por rango aumentado.
Postura de manos: Sello especial a una mano
Consumo: 550gr de arcilla y 20Ck para crear. Requiere 10Ck para controlar por turno.
Capacidad de carga:
En Rango B puede llevar a 2 personas debido a que su tamaño es de tres metros. Por defecto la cantidad de arcilla equivale al doble.


Técnica preparada rebelada:
Shī Hitotsu (ドラ一つ, C1)
Es la manera más básica y versátil de la arcilla explosiva de un Nendo, que se crea de una boca de palma. Se trata de pequeños muñecos animados que a menudo se asemejan a pequeños pájaros o a insectos. Dependiendo de la variación que crea, se conservan las capacidades de las criaturas que el modelo tiene, lo cual significa por ejemplo, que los pájaros pueden volar. Esta característica es combinada con un escaso poder explosivo, pero aún así aterrador. Las hace excelentes para operaciones encubiertas. Se puede producir y liberar un número significativo de ellos a altas velocidades. Las creaciones no pueden superar el tamaño de la mitad de la palma del usuario, y responden a ordenes directas al momento de su creación (lanzarse sobre un objetivo, avanzar en zigzag, bordear una zona, etc). Las creaciones pueden separarse cierta distancia del usuario, luego ya reaccionan al estímulo que las hará estallar, deshaciéndose rápidamente.
Postura de manos: Sello especial a una mano
Consumo: 150gr de arcilla y 10Ck por creación.

Fue anunciada su preparación en este párrafo:
La zorra mala escribió:A cinco intransigentes metros del cianuro prendido, la zorra sació, de nuevo, el hambre blanca que le latigueaba a la altura de las entrañas.

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Re: 卐 Search and Destroy 卐 Pasado.

Mensaje por Shinso Sonozaki el Jue Jun 07, 2018 4:05 am

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Shinso Sonozaki
País del HierroTetsu no YosaiPasado
Prendido en la persecución, como un incendio devasta una ladera sin árboles ni obstáculos, Shinso se derramaba por la nívea constitución de la nación execrable. Se mantuvo distante, avanzando entre las humaredas de nieve informe que reventaban ante cada paso, caga gesto y ademán que tenían por objetivo mantenerse cerca de su Centella. Reika, aquella que hubo segado las pesadas cadenas de una vida espantosa. Represión, seguridad, necedad... ahora debía devolverle el favor de algún modo ignominioso. Ella era su chispa, la corta mecha de un bidón de gasolina cuyo único deseo es arder de forma intensa, legar su cuerpo hacia el exterior sin orden ni concierto. Delicioso caos otorgado, desorden y furioso deceso incandescente. Y en aquellos sentimientos, espoleado por su ansía de violencia, auspiciado por el fuego que se agolpaba en su entrañas, Shinso continuó la carrera en desordenado frenetismo. Esquivaba las ramas, saltaba los montículos nieve infecta y jadeaba profusamente por el esfuerzo. En el fragor de una emoción simulada, fingió que su Centella escapaba de su lado por fin. Que ella le abandonaba a aquella vida ruinosa de fuego por el hambre de un niño sin padres, de un afecto que solo llegaría por el calor de una piel consumida por sus llamas. Y tuvo miedo, horror de hallarse solo. Traición, odio, furia, furor... y las zancadas se tornaron en desesperación inconfesable. A cada segundo que la sentía mas lejos gemía de dolor, por aquel terror imaginado que tan real parecía como un cuchillo artero enterrado en su ojo tocado por la luz por última vez; por el hambre de ella.

Corría desesperado, ladeando su frenética persecución en pos de una velocidad mas exagerada, mas desproporcionada. Sentía sus fibras calientes a pesar del frío ambiental, su cuerpo bombeando sangre ardiente por sus venas y prontos sentía la urgencia. Esa, de prenderle fuego al mundo, de gritar exasperado por una retribución que tan solo era sustituida por los llantos de su pueblo desperdigado al mundo. Pastor de lánguidos fuegos, de furor incansable... Shinso la perdía. Gritó, se desgarró la garganta con ello y ese dolor le hizo recortar las distancias con un salto de un par de metros desde la copa de un árbol hasta la nieve ensuciada por el medio natural. Pudo observar entonces, embargado por el deseo inaccesible y la desesperación retorcida el como su Reika conformaba a un segundo engendro. Una bestia indigna, blanca, deforme como sobre la cual ascendía por aquellos cielos incorruptibles. La odió de inmediato, y entre los jadeos ensordecedores y cada vez mas rotos de un carbón que pierde su medio de combustión, Shinso unió sus manos en sus ardientes letanías.

En mitad de la carrera, justo cuando se hallaba en un claro extenso donde tan solo nieve se presentaba a sus alrededores, Shinso conjuró sus llamas. Pactó con el sulfuro, con la impía combustión de la carne engendrando al fuego y no al contrario. Aspiró... uno, dos, tres... ¡Cuatro sellos! ¡Fuego redentor! Y una larga llamarada fue exhalada desde su pecho corrompido por los infernales cambios. En plena carrera, incluso sin detenerse, aquella se precipitó sobre la bestia alada sin compasión cuando esta se encontraba a unos escasos tres metros, pretendiendo envolver su cuerpo miserable, cegar sus cuencas sin ojos, y cocer la arcilla hasta ser el fuego quien poseyera y no al contrario ¿Y de no hacerlo? Ardiendo, quizás no, cegada o sin estarlo... Shinso avanzaría de igual modo enfrascado en su brutal cometido.

- ¡Mientes! ¡Es el fuego quien consume! ¡El señor del cambio! - Fervoroso, sardónico, se permitió alzar en voz sus éxitos desgarradores. Incapaz de determinar si sus llamas hubieron ejecutado al pájaro, Shinso se limitó a continuar hacia adelante pasando incluso por los acalorados vientos que por encima de su cabeza crepitaban con furia desatada. Y aunque la tambaleante Reika parecía muy lejana, aunque su corazón trastabillara en el pánico de perder la ignición de su vida; Shinso no se detuvo. Aquella declaración que por mentirosa dejaba a su Centella cara podría resultar, quizás imperfecta en su razón. Sin dudarlo, pues en la mente refulgente de Shinso, entregada a las pasiones de la persecución solo pudo intentar nombrarlo. Pues aquella mentira podía resultar más antigua que aquellos compases sin sentido: traición en una vida muy anterior.
Estadísticas:
  • Fuerza : 10
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 10
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 5
  • Voluntad : 5
Chakra : 45 - 13 = 32
Técnicas:
Katon: Endan (火遁・炎弾, Elemento Fuego: Bala de Fuego)
Técnica elemental en la que tras una serie de sellos se concentra chakra de fuego en la boca. Una técnica eficaz dado que al expulsar el fuego a presión como una llamarada cónica que comienza con un ancho de un metro y en su máximo rango alcanza los cuatro, puede impregnar las ropas del adversario y hacerlo arder. Su distancia o alcance máximo resulta ser de seis metros.
Postura de manos: Mono → Jabalí → Caballo → Tigre
Consumo: 13Ck ejecutar.
Inventario:
  • Tanto — En el cinto
  • Píldora de Soldado x1 — En un bolsillo (Consumida)

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Re: 卐 Search and Destroy 卐 Pasado.

Mensaje por Reika Oshiro el Jue Jun 07, 2018 5:14 am

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Oshiro Reika
País del HierroBosque helado. (?)Pasado
Inconsciente de las díscolas impresiones e insurrectas irreflexiones que acechaban al carbón que llevaba Shinso por pensamiento, Reika, todavía alzada e inalcanzable sobre un cielo que se le antojaba, por el momento, inabarcable, alzó una ceja, impertérrita, ante la contradictoria sentencia regalada. No la quería y, de haber podido, habría ordenado (o, más bien, forzado) a las palabras entregadas a retroceder por donde habían venido y, con una soga al cuello, ahorcarse usando las cuerdas vocales de la gasolina a medio consumar. Pero, al igual que tantas otras cosas en su vida, el poder de amedrentar a la propia voz no estaba en su mano; el de inmolar la realidad, en cambio, se le antojaba más cercano. Apretó los labios con desmedido brío, lastimándose una sangrienta comisura en el pendenciero proceso. Manos replegadas, conformando puños. Sintonía discordante obrando en calidad de precavido pensamiento. Discordia azotando sus inflamadas carnes, pidiendo ver engendrado un deseo. Un anhelo.—El fuego consume, sí.—repitió crudamente, atenta a los inminentes designios ardientes conjurados por el hombre de  cerilla fácil. Entornó la mirada, elevó una mano conformando una única y paupérrima conjura; aguardó, siseante, y cuando la floritura incendiada se atrevió a rozar la carne de su vástago blanco y a insuflar su maleable textura de aliento inflamado, la zorra perturbada lo hizo morir por la causa. ¿Sacrificarse por un bien común? más bien, reventarse por un capricho personal. Una víctima más de las circunstancias, de la guerra que, a paso lento, se avecinaba. El ave se hinchó, alzó la alas hacia un cielo que ya no volvería a acogerlo y, dedicándole un chillido desgarrador a su manipuladora progenitora, perfeccionó las llamas de Shinso con una modesta explosión; a Reika no le daba la gana de ver a su criatura consumida por obra ajena. Antes de que el calor la derritiera sin pena ni gloria, prefería hacer que se consumiera a sí misma en un último arrebato apoderado. La metralla sobresalió por encima de la lumbre, y, coronada en rojo, Reika aplaudió. Cizañera, incitadora, provocativa; alborotada, impetuosa, irreflexiva.

Agostada por el juego, encadenó una orden a su ensuciado pedestal alado; descender y, con parsimonia, alcanzar el suelo pisado, vapuleado y ninguneando por el flamígero Shinso. Parpadeó, al borde de la extenuación, y se llevó otra de aquellas píldoras angostas a la boca. La mordió y partió con los incisivos superiores, queriendo sentir que, al menos, algo había logrado desgarrar en aquella jornada desvaída. Inútil el día, ni un paso menos la separaba del trono que creía merecer. Y que, por supuesto, en algún momento, terminaría reclamando como suyo. La bestia sin plumas inició el declive hacia la inmundicia terrenal, y Reika contrajo los labios en una mueca de desidia cautiva.—El fuego es el señor del cambio.—articuló, a apenas un metro de la brea consumida, mientras apuraba el último trecho de un salto. La caída o, más bien, lo que ella significaba, le arrancó un gruñido. Tocó tierra, y el ave, enturbiada por el futuro que se olía venir, planeó sobre las presencias de ambos jóvenes mientras esperaba nuevas comandas de la perturbada mandataria a la que, de alguna desastrada manera, tenía que considerar una madre. O algo mínimamente parecido, al menos.

Reika partió una rama bajo la suela de sus gruesas botas, cruzó ambas extremidades por debajo del pecho y cruzó una mirada altanera, desafiante, con el colérico fruto de sus más ansiadas e irrealizables pesadillas. Con la prueba de que, con paciencia, todo llegaba.—Pero el propio cambio es el padre del fuego.—añadió a la insolente proclama, finalmente, al tiempo que alzaba la barbilla unos milímetros y señalaba a la monstruosa aberración que, ahora, volvía a sembrar distancia entre ellos. Cuando la sintió a una altura prudente de la macabra substancia que lucían en lugar de vida, Reika dio un paso, se puso en posición con la zurda y, utilizando la diestra, tomó una de las manos de Shinso y la posó, con demasiada delicadeza para tratarse de ella, sobre el sello procreado. Un regalo, una ofrenda o, tal vez, una promesa.—Mira.—y, sin pararse a articular innecesarios detalles, incitó al hijo pródigo a volarse sus propias entrañas de arcilla y a iluminar el ya oscurecido -pero igualmente pálido- firmamento con sus viscerales prendas blancas en un último acto que, por lo macabro y cercano, irradiaba incontestable gracia abisal. Perforó con el carmín prendido a sus iris la silueta del combustible irredento, calcinándose una pregunta a la altura de su garganta.—Dime, mi Schwarzi, ¿te ha hablado el cambio últimamente?  
Estadísticas:
  • Fuerza : 4
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 6
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 10
  • Voluntad : 10
Chakra : 27 + 30 – 10 - 20 = 27
Inventario:
  • Bolsa de arcilla (1.80 Kg) — Colgada a un lado de la cadera.
  • 2 píldoras de soldado — En el bolsillo derecho (1 consumida).
Técnicas:
C1: Mōkin (C1:猛禽, C1: Ave Rapaz)
El usuario moldea con la boca de su palma lo que al principio puede parecer una pequeña ave, pero cuando lanza este y realiza un simple sello, esta crece a un tamaño de un metro, suficiente para que el usuario se monte en su lomo. Gracias a que esta posee la capacidad de vuelo de un ave real. Es muy útil para viajar, además de que posee la capacidad de explotar como las demás creaciones. El alcance de su explosión es de cuatro metros, y aunque es mas grande, la gravedad de sus daños se rige con el mismo criterio que la del C1 (dividiendo a la mitad la distancia para calcular dicho daño), y aumentando su coste (de ejecución y mantenimiento) en 15Ck por rango aumentado.
Postura de manos: Sello especial a una mano
Consumo: 550gr de arcilla y 20Ck para crear. Requiere 10Ck para controlar por turno.
Capacidad de carga:
En Rango B puede llevar a 2 personas debido a que su tamaño es de tres metros. Por defecto la cantidad de arcilla equivale al doble.


Shī Hitotsu (ドラ一つ, C1)
Es la manera más básica y versátil de la arcilla explosiva de un Nendo, que se crea de una boca de palma. Se trata de pequeños muñecos animados que a menudo se asemejan a pequeños pájaros o a insectos. Dependiendo de la variación que crea, se conservan las capacidades de las criaturas que el modelo tiene, lo cual significa por ejemplo, que los pájaros pueden volar. Esta característica es combinada con un escaso poder explosivo, pero aún así aterrador. Las hace excelentes para operaciones encubiertas. Se puede producir y liberar un número significativo de ellos a altas velocidades. Las creaciones no pueden superar el tamaño de la mitad de la palma del usuario, y responden a ordenes directas al momento de su creación (lanzarse sobre un objetivo, avanzar en zigzag, bordear una zona, etc). Las creaciones pueden separarse cierta distancia del usuario, luego ya reaccionan al estímulo que las hará estallar, deshaciéndose rápidamente.
Postura de manos: Sello especial a una mano
Consumo: 150gr de arcilla y 10Ck por creación.

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Mensaje por Shinso Sonozaki el Jue Jun 07, 2018 6:24 am

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Shinso Sonozaki
País del HierroTetsu no YosaiPasado
Un estallido de súbita magnitud, un fuego que se apartaba y una persecución que finalmente terminaba. Shinso apenas había recorrido unos pasos, entregado, ferviente al ideal dogmático de no permitir que su ignición se apartara de él. Aquella fuerza le hizo caer derrotado sobre la nieve yerma, que su fuego lamiera su espalda, cayera a su alrededor y pronto toda su furia pareció aguardar unos momentos. Trastabilló entre la nieve creyéndose por unos instantes muerto, más tan solo confundido y empapado en un frío ahora perceptible por la pausa inmisericorde. Se recompuso hasta quedar de rodillas, sintiendo todavía el aire caliente rozar sus mejillas y un fuego exhalado persistiendo por unos instantes. Se sintió ungido, acompañado pero pronto... ese calor se marchitó entre los vientos oriundos del lugar. Y con ello su llama vaciló. Bajo la vista no derrotado, pero sí agotado de todo aquello. De correr incansablemente sin ningun destino, de que sus llamas emergieran un instante para no ser correspondidas por una eternidad de servidumbre. Otra luz en los cielos que no lograba pintar la bóveda inalcanzable con sus colores cálidos, que por fugaces, jamás alcanzarían semejante destino. Quedó entonces con ambas manos sobre las rodillas, él en esa postura que presentaba derrota, pero pronto su diestra alcanzó su cuchillo y un nuevo impulso a continuar se apoderaba de él.
Pero sin fuerzas, aquello quedó tan solo en una hoja ensuciada que saludaba a los cielos desdeñosos y poco más. Reika había descendido, y con ello la efigie de una vida que ardía sin remedio. Pensó entonces, acompasado de una repugnancia que contrajo su abdomen, en como las llamas terminaban por apagarse y las cenizas... volar.

La dejó acercarse sin resistencia, sin llamas que exhudar hacia ella, sin más remedio que confiar en su velocidad y fuerza. Puro vigor insuflado a sus extremidades, un calor forzado que le hizo sostener el cuchillo con mayor entereza. Apenas pudo incorporarse con una de las piernas y el cuchillo era sostenido como el aguijón de un escorpión herido; sabiéndose cercano a la derrota, pero jamás otorgando una victoria completa.

- Lo es... ¿Pero qué cambia? - Preguntó con decisión, sobre una duda que asaltaba su polvorín y amenazaba con un derrumbe insalvable. Se sentía indispuesto y antes de que pudiera responder tuvo que contener un impulso de llevar el cuchillo sobre el cuello su Centella cuando esta se inclinó. Dejo que sostuviera su zurda, que uniera sus manos en un sello fugaz; en el contrato tácito de chispa y carbón. Alzó la vista y pudo contemplar al engendro de arcilla estallar en el aire. Pudo verlo, para tras apenas unos instantes sentir la presión de la explosión sobre las vísceras. Maravillado, mantuvo la vista alzada pero ajada, cansada y definitivamente agotada por el esfuerzo. Aún entonces, se mostró agradecido. Terminó por bajar la vista comprendiendo que su Centella podía marcharse cuando precisara, que él ningun sitio ostentaría pero... debía disfrutar. Sé util, hazte necesario, no dejes que la bruma te alcance, se repetía Shinso en aquellos entonces. Sabiendo que su vida nada valía, que sus fuegos se extinguirían a su muerte y que su pueblo moriría con el odio aún persistente sobre un cuerpo que ya nada podría obrar. Terminó por levantarse, al tiempo que ladeaba los dedos de la zurda y tomaba de la mano a Reika lejos de sus letanías de entrañas segregadas y almas atormentadas en azufre. Enfundó su cuchillo y quedó cerca de ella, con su único ojo tembloroso pero muy lejos del llanto. Suplicante, aterrado... la dejó terminar su frase y alzando la diestra con temor de que pudiera ser rechazado, terminó por abrazarla.

Lo hizo, con el pecho contraído por el rechazo, sintiendo que cada instante era algo más que un regalo y dotando de un salvaje simbolismo a todo aquello que su Centella recitaba. Momentos después, y habiendo pasado la zurda hasta unirse a su diestra envolviendo las caderas de Reika, se dignó a balbucear algo, hasta que finalmente consiguió articular palabra.

- Siempre de tus labios, siempre de lo que haces, Fulgor. - Se detuvo a oler el olor acerado y abrasivo de la ceniza impregnada en Reika. La fuerza que destilaba su cuerpo, el calor que compartían y el frío remitiendo. Por miserable, por insignificante... creyó que ese abrazo sería el último. Quizás no lo fuera, pero poco sabía la llama de las pretensiones de la mecha.
Estadísticas:
  • Fuerza : 10
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 10
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 5
  • Voluntad : 5
Chakra : 45 - 13 = 32
Inventario:
  • Tanto — En el cinto
  • Píldora de Soldado x1 — En un bolsillo (Consumida)

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Mensaje por Reika Oshiro el Jue Jun 07, 2018 1:30 pm

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Oshiro Reika
País del HierroBosque helado. (?)Pasado
El estallido, aunque tan profundo y magnético como atrapante, enseguida quedó reducido a un intrascendente segundo plano de su funesta atención. El aullido de las blancas entrañas al tiznarse de pólvora, ceniza y fuego tampoco logró instalarse correctamente en la desdeñable y pesada substancia a la que, por aciagos momentos, llamaba, con sorna, memoria. La irredenta escena, teatralmente acompañada por la hórrida e incomprensible comparsa del caos, pasó a través de su contaminada alma sin pena ni gloria; neutra. Por más que le pesara al arte de la ignición, Reika, de pronto, tan sólo tenía ojos para el siempre insurrecto Shinso Sonozaki. Incendiado, turbulento y acuchillado por algo muy diferente a un arma real, sin previo aviso, la estrechó entre sus incontestables brazos como si temiera que, de un momento a otro, fuera a desvanecerse igual que la perturbadora ave descarriada.

Explotar, volatilizarse. Detonar una vez el temporizador marcara el instante adecuado para ello. En el fondo, no podía culparle por el recelo, por la sospecha; la propia Reika, a veces, se descubría escarbando dentro de sí misma lo más hondo que podía, en busca, tal vez, de un interruptor que accionar para hacerse volar por los aires. Incómoda ante el arrebato, incapaz de reaccionar a una muestra de afecto que no estuviera coreada por roncos gruñidos que simbolizaran descontrol por parte del díscolo combustible, al principio, le urgió revolverse entre aquellas extremidades como puñales que le coartaban la voluntad. Apretó la mandíbula, aumentó la presión que ejercían sus destertaladas botas contra la nieve y forcejeó débilmente, a causa del cansancio, contra lo que siempre había prometido rechazar.—¿Qué cojones haces?—masculló, en tono desagradable, mientras profería un hosco siseo de advertencia. Sin embargo, dejó de oponer resistencia. De guerrear contra aquella irredimible guerra civil que, de un momento a otro, amenazaba con desatarse de sus opresivos grilletes. Si la revolución quería hacerse, ella nada más podría oponer a su paso. Resopló, agitada.

Respirando con dificultad ante la presión que ejercía el angosto cuerpo de Shinso contra el suyo, estática, Reika dejó caer los brazos, inertes, a ambos lados de su anonada existencia. Inhaló el aire roído por pálidas estelas de lo que, en realidad, le habría gustado que no fuera otra cosa más que ceniza; después, liberó de sus grilletes a la lenta toxina que habitaba en sus pulmones a golpe de suave espiración. ¿Buscando calmarse? más bien, controlarse. La piel de la zorra, hinchada bajo la ropa, le pedía un roce de mayor envergadura, un diabólico cataclismo que culminara una pérdida absoluta de la razón y, por supuesto, del dominio sobre sí misma. O, mejor dicho, sobre ambos. Incapaz de soportar la irrefutable presión, ladeó el rostro y dejó que fuera su cabellera la única que le plantara cara -sí, por más irónico que sonara- al imperdonable Shinso. ¿Por qué trastabillaba contra ella? ¿por qué le asaltaba la aprehensión en un momento que le había concebido, precisamente, para que encontrara diversión? quizás, a pesar del tiempo exudado a su vera, todavía no alcanzaba a comprender del todo la pólvora que utilizaba el carbón para fabricar los sentimientos que escupía a modo de munición. Pensó en consolarle, en alzar la zurda y acariciar aquella pelambrera desastrada entonando alguna canción olvidada, muerta y enterrada; también sopesó la posibilidad de susurrarle palabras modestas, amenas. Pero no lo hizo, porque la propia Reika se encontraba perdida en un acto que, por más que le doliera admitirlo, la superaba con creces. En materia de sentir, no era la más indicada para reaccionar. Para, a fin de cuentas, actuar. Allí se quedaron, pues, ambos avatares de la discordia, hendidos en la nieve como dos mal trazadas puñaladas enquistadas en las entrañas de la tierra irredenta que pisaban. Temibles, sí; también dolorosas. Mas no mortales...

Por el momento, claro estaba. Desquelibrada, suprimió hábilmente la rabia e, inflamada por algo turbio en lo que no quería caer, expulsó el aire que llevaba conteniendo, sin percatarse de ello, durante lo que bien podrían haber sido dos vibrantes cuchilladas clavadas -o, más bien, hendidas- en el viento.—Todo cambia, hollín. —articuló, ronca, contra la vieja chaqueta descosida que rodeaba, a duras penas, los acalorados brazos de la negra gasolina ya encendida, ardida y, finalmente, consumida. Olía a quemado, a cenizas dispersas y, por encima de todas las cosas, a escoria compartida.—Nada queda. —prosiguió, áspera, sintiéndose claramente incapaz de modular el desosegado timbre para que sonara menos avasallador.—Nada se queda. —matizó, inconstante, mientras trazaba una curvatura desojada de lado a lado del rostro.—Pero tú y yo, Shinso, conocemos al cambio. No, compartimos su sangre. —se apartó levemente de él, apoyando ambas manos sobre su pecho y empujándolo hacia atrás para no ser la única que retrocediera incomprensibles posiciones. Ni en un momento como aquel, se permitía perder.—Somos fuego, y el cambio es nuestro padre.
Estadísticas:
  • Fuerza : 4
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 6
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 10
  • Voluntad : 10
Chakra : 27 + 30 – 10 - 20 = 27
Inventario:
  • Bolsa de arcilla (1.80 Kg) — Colgada a un lado de la cadera.
  • 2 píldoras de soldado — En el bolsillo derecho (21 consumidas).

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Mensaje por Shinso Sonozaki el Jue Jun 07, 2018 2:33 pm

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Shinso Sonozaki
País del HierroTetsu no YosaiPasado
Incluso cuando su llama vacilaba, cuando su base parecía tambalearse y de pronto su luz iluminaba un escenario hinchado en sangre infecciosa, en recuerdos estancados y purulentos, incluso entonces, Shinso no hallaba descanso ni consuelo.
Con una Reika que rechazaba su súplica, que palabras de desaliento formulaba para hacerle desistir de aquello, que lejos estaba del contacto permitido entre ambos a sabiendas de lo necesario. Porque solo se sentía entre el fuego de un paraje yermo, entre los rostros bien conocidos que persisten de un pasado no muy lejano. No era dado al dudar y aquello le hizo temblar en mayor consideración, sabiéndose abyecto criminal. Traidor, asesino, cruel simiente de un linaje pervertido tan solo por su acto. Todo su apellido ahogado en el barro de la existencia; un cantar de vergüenza, odio y culpa. Aún entonces, temeroso de ver su fuero interno sofocado ante el acoso de aquellos espectros de verdad innegable Reika no cedió en exceso.

No articuló palabra alguna prendido de su cintura, apretándola contra su cuerpo en un vano intento de hacerle saber cuanto miedo cabía en su cuerpo. Cuanto horror indescriptible de pronto tornaba su semblante en uno ignominioso. Sus asesinatos, sus burlas, su inefable sentido del ridículo... ¿Tanto pesaban las cadenas de la restricción y la normalidad? ¿Con tanto ahínco sus oscuras pretensiones le arrastraron a la inmundicia del mundo? Reika no preguntaba, sencillamente obraba. Forzaba, promulgaba con su firme mano de seda blanca y hierro por huesos. Incendió a un niño confundido, a un joven cuyo lugar en el mundo no se hallaba aún dispuesto ni nombrado. Lo extirpó, prendió fuego a su alma en un resorte limitado y ahora, ahora tendría que afrontar sus decisiones. Porque hizo ascender sus manos hasta abarcar su espalda casi al completo, la acercó aún más si cabía y contuvo un impulso tembloroso que cerca se encontró de arrancarle un sollozo. Pero ninguna lágrima descendería de sus cuencas. Porque bien comprendía, en su marchita razón que tan solo sucede a la ira inclemente, que todo el mal infligido fue obra de sus propias manos.

Fue su fuego el que incendiaba los hogares, la carne, el espíritu y el rostro del mundo. Hombres, bestias, árboles, fincas, prados, ojos que sostienen la mirada acusatorios, sonrisas pretendidas cuyo origen se desconoce ¿Se reían de Shinso? ¿Se burlaban de una vida pulverizada y abrasada por sus propias elecciones? Pero el fuego les arrancó las lenguas, fundió sus gargantas y consumió sus rostros. Nunca sabría la verdad, porque tan solo los gritos de espanto sobrevinieron entonces ¿Y ahora? Tan solo Reika pugnando por apartarse, consiguiéndolo incluso y con Shinso desviando él mismo la mirada tal y como ella lo había hecho. Permaneció en un silencio tan solemne como rota su entereza. Con su Centella hablando sobre el cambio, el fuego en sus labios despreciables... amados. Desvió la vista y su único ojo de víbora arrepentida quiso ahogarse en la sangre que conformaba el de su Centella. Que nada permanecía, aseguraba, que el mundo era cambio y ellos eran su prole descastada, parecía afirmar. Y Shinso solo veía palabras incendiarias que pretendían ahogar en combustible su llama vacilante. Mucho había iluminado hasta ese momento y era humo negro y asfixiante lo que ella precisaba. Dudó, creyendo... comenzando a hacerlo en realidad, que todo aquello fuera una verdad confesada y no conformada en el momento. Pero finalmente, asintió. Sin saber porqué, sin comprenderlo. Pero ese acto tan simple y esbozado de comprensión le hizo libre. Ciego de nuevo, durante algo más de tiempo. Horrorizado por tanto, no quiso ver nada más. Pretendía seguir ardiendo sin descanso, seguir en su danzar de luces ardientes hasta que el mundo se oscureciera ante sus ojos o sencillamente hasta que su aliento ya no fuera capaz de exhalar mas fuego. Y cuando el cambio es tu padre; nada lo es, parecía querer decir Shinso. Pero en su lugar sonrió, creyó y dogmatizó. Terminó por soltarla, alejarse y saberse en su lugar.

- Fuego somos y en cambio nos comportamos ¿No? Creo que tu eres el cambio de mi vida, Reika. Me hiciste. - Extendió los brazos señalando su ropa empapada en nieve, suciedades y ocasionales manchas de ceniza. - Soy todo lo que puedo ser por ti y te doy las gracias. - Algo dentro de él pareció reaccionar a ese agradecimiento. Algo profundo, inalcanzable y muy pronto, inexistente. - Soy fuego... - Siseó con fastidio, dejando escapar el aire con un gesto agotado. - Que forma mas simple y evidente de nombrarme ¿No? - Rió, aunque no tuvo gracia. Para él ya no.
Estadísticas:
  • Fuerza : 10
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 10
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 5
  • Voluntad : 5
Chakra : 45 - 13 = 32
Inventario:
  • Tanto — En el cinto
  • Píldora de Soldado x1 — En un bolsillo (Consumida)

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Mensaje por Reika Oshiro el Jue Jun 07, 2018 4:18 pm

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Oshiro Reika
País del HierroBosque helado. (?)Pasado

Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado.

Fue como si una aguja se le clavara en la piel, atravesara la carne, royera las venas, tocara hueso y, finalmente, se le inyectase directamente en lo que, a duras penas, podía llamar corazón. Reika Oshiro se tambaleó, indefectiblemente, ante lo único mínimamente parecido a un imperio que poseía. O, que más bien, dirigía. Alzó la diestra, ennegrecida por las indolentes expresiones que se desparramaban, acuosas, de entre los siempre incendiados labios de Shinso. La aterró, inevitablemente, que pudiera llegar a apagarlos. O, peor aún, a salvarlos. Aunque ni una sola lágrima se adelantó a la inesperada maña del combustible, a la zorra no le costó entrever aquella disoluta desolación que, usando la indiferencia y la sorna como manto, se escondía de miradas indiscretas. O, más bien, sangrientas.

Contuvo un aliento desvaído, prendida de la sombra irresoluta que cubría la risa velada del hollín trastornado; negra, irredenta y díscola como pocas había tenido la desidia de conocer, la carcajada le heló la sangre, le removió la llama que batía en lo más hórrido de sus entrañas y sacó a la luz (o, tal vez, a la oscuridad que ambas abominaciones irradiaban) un sentimiento tan emponzoñado como límpido.—No.—articuló, severa, mientras lo dejaba marchar al ritmo de su propia y agitada respiración. Chasqueó la lengua y, aunque habría deseado asesinar distancias, el podio se lo impidió. A fin de cuentas, avanzar, a veces, significaba abandonar. O, peor aún, renunciar. Abyecta en su haber, la zorra cruzó ambos brazos por encima del pecho y alzó la barbilla, desafiante. ¿Qué negaba, exactamente? todo, o nada. Latigueó con el carmesí extendido sobre sus iris la silueta deshojada de Shinso y, por primera vez desde que le conocía, sintió la irremediable necesidad de explicarse. De, sí, hablar.—Todo fluye.—declaró, incapaz de encontrar la manera correcta de darle forma a su irreconciliable maquinar. Apretó la mandíbula, descarnada y desnuda de ataduras, para luego elevar la vista hacia el ensombrecido firmamento que los cobijaba. O que, más bien, los ocultaba. ¿De quién? de otros sí mismos, tal vez. O de nadie, seguramente.

Puede que haya sido tu cambio.—pronunció lentamente, cuidando, para variar, la entonación con la que, poco a poco, dejaba escapar los pensamientos que se conglomeraban a la altura de sus macabras y casi siempre fúnebres cuerdas vocales. Doblaban insurrectas campanas cuando ella cantaba: caían, ligeras, guillotinas cuando el lobo pasaba.—Ahora, tú eres cambio.—consciente de lo inconstante que podían sonar sus palabras por el propio concepto que intentaba, de mala manera, abarcar, la irredenta abominación traspasó el peso de su cuerpo a la pierna contraria y profirió un gruñido repleto de mal gestionada frustración. Nunca se le había dado precisamente bien eso de explicarse. Mucho menos, expresarse. Cosas distintas, tan aparte que, tan sólo pensarlo, asustaba. O, en el caso de Reika, jodía.—Todas las cosas fluyen, pero ese flujo está sujeto a una corriente unificadora; y ella, es lo que tenemos que ser nosotros.—abrió la zurda desprovista de envoltura, extendió las falanges descoloridas por el frío en dirección al desquiciado Shinso y volvió a cerrarlas, irredenta en su postura. Irreconciliable con Parménides, daba otro paso hacia Heráclito.—No alucines.—se pasó la lengua por los labios, siempre generosa en reproches, pero incondicionalmente pobre en argumentos. Nuevo carraspeo: nueva mueca deformando las nítidas facciones de la zorra en piel de tirana.—Yo no te hice.—repudió, hundiendo los talones en la tierra emblandecida y haciendo chirriar la mandíbula por medio del más descarnado de los descaros.—No hago, no creo, no engendro.—porque, aunque acostumbrara a afirmar justamente lo contrario, el monstruo bajo la cama no era madre de nada. Mucho menos de nadie.—Moldeo, adapto, cambio.—corrigió, enumerando los afines proyectos con una pulcritud casi ilícita y prohibitiva viniendo de alguien como ella. Espoleada por una emoción intensa, pero incomprensible hasta para su propio maquinar, avanzó hacia delante, impulsada por la mecha que, ya encendida, necesitaba encontrar un aliento o extinguirse, en vano, al llegar al final del incandescente sendero.—Tú te elegiste así, tú te pensaste así, tú te hiciste así.—apoyó la palma de la diestra contra el entumecido torso del desastrado y demacrado Shinso, a la espera de una reacción insurrecta por su parte. Cruzó sangre con serpiente: le prendió fuego a la cola. O, mejor aún, encendió cerillas a su alrededor.—El cambio es nuestro propósito, y si crees que el fuego es simple, es que, a pesar de todo, no has llegado a comprenderlo. Qué puto asco.—maestra ahora, le retiró, como inestimable castigo, la mirada. La enterró en el cuchillo anteriormente esgrimido y, con desafío inherente al movimiento, lo desenvainó. Se lo puso en la mano a su pesadilla encarnada en hombre, para luego darle la espalda y avanzar nuevamente hacia su paupérrima posición inicial. ¿Esperaba, acaso, una puñalada traicionera? por supuesto. Siempre. En todo momento. Oh, pero ahora, ahora quería una prueba.—Haz un cambio.
Estadísticas:
  • Fuerza : 4
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 6
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 10
  • Voluntad : 10
Chakra : 27 + 30 – 10 - 20 = 27
Inventario:
  • Bolsa de arcilla (1.80 Kg) — Colgada a un lado de la cadera.
  • 2 píldoras de soldado — En el bolsillo derecho (21 consumidas).

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Mensaje por Shinso Sonozaki el Sáb Jun 09, 2018 5:14 am

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Shinso Sonozaki
País del HierroTetsu no YosaiPasado
Pastor sin convicción y llama sin lumbre escogida, Shinso parecía tambalearse en el sitio. Danzar a los ritmos frenéticos y erráticos de una pira lóbrega en mitad de una noche cerrada. Nada parece acompañarle, pero sigue ardiendo, el mundo no se ve importunado por el crujir de sus fuerzas o el aullar de sus vientos inflamados; pero nadie parece comprender su objetivo. Él mismo, preso de su furor evidente, no sabe el porque del mismo. Arde sin brillar en mitad de la noche, muere un poco más, logrando dar con algunas vidas en el lento proceso del deceso y aún, no conoce su objetivo.

Terminó por girar en el sitio, contemplando a sus espaldas a la nieve mancillada de cenizas, al fuego aun persistente en forma de velas solitarias y moribundas. Oía el chirrido de la nieve ahogando a sus creaciones, sintió el pecho trémulo por ello, pero al ira hubo amainado hacía mucho. Victima del convencimiento o de las letanías sinceras de su ignición ennegrecida, Shinso no supo que decir porque nada parecía adecuado. Una contestación sin voluntad, un gesto desvaído, o un silencio de apatía transmutada parecían las únicas opciones a su alcance. Todas muy cercanas a la realidad de su estado, pero ninguna aceptable a ojos de su Centella. Temeroso de fracasar de una forma que pudiera ser más evidente que todo aquello, terminó por dedicarle una mirada de reojo, nunca de forma directa; se sintió como un perro siendo regañado. Aguantó, porque en el fondo aquel cambio truculento de una vida desconcertante por otra ignominiosa no hubo paliado aquellos efectos. Intercambio una multitud de tiranos por tan solo una con rostro, nombre y voluntad que maldecir en particular. Y aún así se hallaba incapaz de ello. Iluso.

- ¿Mi cambio? - Repetía en un hilo de voz susurrada, marchita y suave. Volvió a desviar la mirada lejos de todo aquello. Habría dado su vida por el silencio de un fuego bailarín, por una chimenea, por ver el mundo arder un último instante antes de fenecer. Negó. Él no quería morir... ¿Que buscaba entonces? Comenzó a sentir presión sobre el pecho, esa de la desesperación macabra al par que sincera. De aquella verdad en su obra que oprimía el sentido y arrancaba sollozos por igual. Inmerso en todo aquello, Reika presionaba, pero Shinso ya no deseaba escuchar. Lo hizo igualmente. Por lealtad, por ella... ¿Porque ya no se sentía en sí mismo? Por confusión, sinsentido ni destino palpable. Necesitaba que algo ardiera, y desesperado por ello ladeó la vista en busca de aquellas llamas solitarias y lamentables que ahora hubieron desaparecido del todo. - ¿Corriente? ¿Que...? ¿Quieres decir, Centella? ¿Que somos? - Preguntaba con un evidente deje de desesperación atribulada anclada a su tono. Su negativa de aceptar su agradecimiento terminó por devastarlo. No por la confusión producida; por el rechazo de quien consideraba el artífice de su existencia. Pero aquello no causó el pavoroso sentimiento de una vida incompleta, de una llama sin combustible ni un mundo que consumir; germinó en furia. En aquella al sentirse inoportunamente repudiado. Y calló como llevaba haciendo desde hacía mucho, con las palabras agolpándose sin forma en una garganta caliente que en verdad solo deseaba exhalar llamas hasta quedar calmado. Hasta que la misma ardiese, que él lo hiciera. Que todo cesara, que el sol no se atreviera a surcar los cielos, que este estallase y la tierra se hundiera en los mares. Apretó los puños, pues tan solo aquello podía hacer a su parecer.

- Cierto... - Y esa declaración de Reika fue la única verdad que pudo hallar sin encontrarse impregnada de la suciedad de una falsedad sospechada. Él, hizo arder su hogar. Él, no otro, convirtió su vida en un reguero de pólvora irregular. Contuvo un aullido exasperado, apretó los labios y la dejó finalizar con todo aquello que debía pronunciar; demasiado abstraído en sus propios dilemas. Pero aquella última duda de incomprensión sobre el fuego que domeñaba le hizo trastabillar. Entornó su único ojo, de pronto el poco sentido de su parábola anterior dejaba de surtir el efecto esperado. Porque si no entendía el fuego, la pólvora, el azufre y las llamas de su existencia... ¿Que era? Ella pedía un cambio, parecía sugerirlo pero él estaba convencido de que lo exigía. Y enarcando las cejas, sintiéndose descender por un abismo siendo él una llama sin lumbre, se dignó a contestar.

Pero cuando su mano se posó sobre su abdomen, su cuchillo desvenvainado mostrando su rostro hórrido y repulsivo, Shinso nada hizo. Sobre su mano, sintiendo el peso, el calor aún persistente de Reika sobre el mango y ella unos pasos por delante, mostrando su espalda. Pudo observar su mundo, su ignición y el concepto de una vida actual. Inmovil, aguardó unos segundos, caminó unos pasos más y volviendo a envainar el cuchillo se limitó a abrazarla. A aferrarse a una luz que el no producía, a un sentido que no comprendía; al único amor de su vida. Temeroso, sintiendose a punto de desfallecer por su osadía desesperada, la besó en el cuello, la obligó a girar el rostro y un último juramento sobre sus labios. Permaneció en silencio tras ello.

- ¿Quieres que nos vayamos...? -
Estadísticas:
  • Fuerza : 10
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 10
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 5
  • Voluntad : 5
Chakra : 45 - 13 = 32
Inventario:
  • Tanto — En el cinto
  • Píldora de Soldado x1 — En un bolsillo (Consumida)

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Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Sáb Jun 09, 2018 11:02 am

ENTRENAMIENTO ACEPTADOEstán bien locos (?).
Puntos otorgados a Reika.

  • Mediante post: 22 PN.
  • Bono entrenamiento: 4 PN.
  • Total PNs: 15 + 26 = 41 PN.


Puntos otorgados a Shinso.

  • Mediante post: 22 PN.
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Medalla mejor personaje <3:




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