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Desde Sunagakure, con amor. |Kazashi's ID|

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Desde Sunagakure, con amor. |Kazashi's ID|

Mensaje por Kazashi Furukawa el Jue Mayo 17, 2018 7:28 pm

Kazashi Furukawa
Color Ojos: Sangría.
Complexión: Esbelta.
Color Cabello: Bistre.
Altura: 1,59m.
Edad: 16 desiertos.
Peso: 47 Kg.
País del Viento — Kumogakure no Sato
Clan Sabaku.
RASGOS FÍSICOS
Fiel a sus áridos orígenes, Kazashi es agua que arrasa los caminos, turbulencia de duna en el desierto. Podríamos hablar, tal vez, de cómo caen los caudales oscuros, igual que pequeños granos de arena al deslizarse por los túmulos yermos, por la grácil curvatura que traza su espalda. Podríamos decir, también, que le gusta apresarlos en dos coletas gemelas, quizás para sentirse más acompañada... o, directamente, menos sola. También podríamos mencionar, sin temor a equivocarnos, que por iris lleva rubíes, y que por mirada, pasión, ardor, vehemente emoción. ¿Deducir el sentimiento exacto que se derrama, gesto a gesto, golpe a golpe, desde sus negras pupilas? un esfuerzo inútil. Probablemente, nadie sería capaz de decir nada más acerca de él... sólo eso, que resuelta peculiarmente intenso. Abrasador, sí. Oh, pero no os equivoquéis al juzgar la imagen que le ofrece al mundo, porque Kazashi, sin duda, también es una raíz cálida hecha de tierra, de lealtad. Irradia, por cada recoveco de su cuerpo, confiabilidad; sin saber muy bien por qué, crees en ella, en la amistad que te tiende, en la sinceridad que te ofrece. ¿Qué le va a hacer? siempre ha sido un libro abierto. Lo que siente por dentro, se le refleja por fuera. Pero, lo malo del desierto, es que la noche llega de golpe, como si alguien apagara, de pronto, una luz a lo lejos. Lo mismo ocurre con Kazashi: de un momento a otro, en menos de lo que dura un pestañeo, ves su resuelto rostro cubierto por la pena, hundido en la más plena de las miserias. No será culpa tuya, pero tampoco suya. La tristeza le va y le viene, por mucho que intente controlar estos súbitos accesos de pena. Por si alguna vez vagas en la oscuridad, te conviene saber que la silueta que traza su cuerpo es grácil, mas no elegante. Parece hecha para moverse, para acortar distancias, para romper silencios, para matar crudas injusticias; el único lujo que le permite lucir a su piel, y a regañadientes, es la seda que, al igual que el agua, se adapta dulcemente al recipiente en el que vive. Tez suave, aunque inesperadamente pálida; hace tiempo que el sol dejó de hacer mella en ella. Podríamos decir muchas cosas sobre ella, pero ninguna sería tan relevante como su voz, esa música de viento que atraviesa su garganta y su sentir para hacerse oír. Cuando la escuchas resonando en la lejanía, sabes que es ella quien habla; no se puede confundir con ninguna otra. ¿Cómo decirlo apropiadamente? ahora mismo, Kazashi podría ser, por buscarle una alegoría apropiada, una especie de inmemorial flor de ágata; dueña de la noche que habita, pero cómplice del día que la acoge. Vida, pero también melancolía.
DESCRIPCIÓN PSICOLÓGICA
¿No has odiado siempre las etiquetas? sí, esas que, de una forma u otra, se empeñan en pegarte a la frente desde el momento en el que naces. Como si vivir, necesariamente, implicara someterse a un destino que otros han decidido de antemano para ti. En lo que a Kazashi respecta, las rompería todas y no dejaría ni siquiera cenizas que llorar. ¿Los estereotipos? opina que son, en su gran mayoría, el cáncer que, poco a poco, irá devorando las entrañas y los órganos de cada nación. Menos mal que ahí estará ella, siempre preparada para ofrecerle un remedio a la enfermedad y dispuesta a poner su espalda debajo para ayudar a soportar a todo aquel que no pueda mantenerse en pie. ¿Generosa? ¿altruista? ¿caritativa? ¿comprensiva? le gustaría, pero, en realidad, sólo trata de hacer lo correcto. Aquello que, en su momento, le hubiera gustado que hicieran por ella. En el fondo, se considera a sí misma una persona egoísta, inconstante, demasiado inmadura para el puesto que ocupa. ¿La realidad? se trata de una chiquilla impaciente, sí, pero también luchadora, extrovertida, valiente, tenaz y fiel.

Antes que por su historial, juzga (o, más bien, mide) a los demás por la lealtad que son capaces de mostrarle a los suyos. No hay nada más loable que entregar hasta tu última exhalación a aquellos que siempre han estado a tu lado: y si alguien se atreve a llevarle la contraria, esgrimirá mil y un argumentos a favor de sus razonamientos. No pretende volar más alto que nadie, sólo alcanzar ese lugar al que se llega cuando has entregado tu vida a una sola causa; a mejorar la de los demás. Aunque llegó al mundo como un meteorito, dispuesta a comerse todo aquello que se le pusiera de por medio, terminó convirtiéndose, al igual que tantas otras personas, en una simple víctima de las circunstancias. Y como no supo salvarla a ella, tampoco pudo rescatarse a sí misma. Hace años que vaga perdida, sin rumbo; hace años que le busca un significado bueno a la palabra guerra, que trata de ver más allá de lo malo del concepto. Por desgracia, solo tiene dos ojos; observa el mundo desde su perspectiva, desde su burbuja. Lo entiende, lo comprende, y, aún así, no sabe qué hacer con tanta frustración contenida. Quiere justicia, pero, en su lugar, encuentra excusas.

¿Quién es exactamente Kazashi Furukawa? una guerra que nunca acaba, un conflicto que se ha extendido demasiado tiempo donde la única víctima real es ella misma. Le dicen, a menudo, que carece de sentido común, que peca de cabeza hueca, que se deja llevar con excesiva frecuencia por la impulsividad del momento, por la rabia de la impotencia; no le importa, no le molesta. No quiere una comprensión, o incluso un respeto, que no cree merecerse. A pesar de la máquina expendedora de sonrisas en la que se ha convertido, el fuego de la lucha congeló parcialmente un corazón que, en otras circunstancias, seguramente, hubiera llegado a ser uno de los más puros sobre la faz de la tierra. Se la acusa a menudo de cabezota, de no dar jamás su brazo a torcer, pero lo cierto es que, muchas veces, lo hace tan solo por llevar al extremo la opinión del resto, por probar la cantidad de huesos que están dispuestos a partirse por demostrarle que tienen razón. A fin de cuentas, los huesos sueldan, ¿no? O, a lo mejor, eso es lo que le gusta a ella pensar. En realidad, se aferra a sus convicciones porque son lo único que le quedan, la última posesión que el destino le permitió conservar de su vida anterior. Quienes la conocen, la consideran una persona dura, de esas que mantienen sus muros en pie hasta el último momento de la batalla; ¿la verdad? no le cuesta defender una línea hasta el final porque, de todas formas, ella misma se considera una ruina viviente. Hace demasiado tiempo que su imperio se derrumbó... no, que, más bien, lo derruyeron. Lo hizo la guerra, por supuesto. Porque eso es lo que, a sus ojos, siempre hace; rasgar, desgarrar, romper, destripar, abrasar, desmembrar, destruir. Arruinar. Da igual cuantas décadas pasen, cuantas vidas vea caer, cuantas respiraciones sienta ceder; no justificará lo injustificable. Y, aún así, como una autómata de carne, continuará adelante, oyendo lo que no quiere oír y peleando por lo que siente que no debería pelear. Porque, a veces, eso es lo mejor... y lo único que se puede hacer. Poco a poco, paso a paso, hará girar el mundo cómo considera correcto, hará llegar su punto de vista a cuantas personas quieran tenderle una mano. Y si, al morir, ha llegado a tocar algunos corazones, podrá considerarse afortunada.
HISTORIA
Como tantas otras personas que tuvieron que sufrir la horrenda guerra que asoló las tierras del País del Viento, Kazashi nació balanceada entre la ira desatada del conflicto. Teniendo por nana los tambores, y por cuna la histeria que corría desenfrenada por las calles, dentro de lo que cabe, disfrutó de cierta gozosa estabilidad. Hija de honorables guerreros Sabaku, domadores de duna y conquistadores de tempestades, se crió entre algodones los primeros años de su vida. Se meció en la doctrina que declamaba su adorada familia, amansó la arena que se deslizaba entre sus dedos y, con el tiempo, aprendió a ver el pozo perdido en medio del desierto; la esperanza de que las hostilidades cesaran nunca la abandonó, siempre conspiró con la realidad en su pecho para hacerle creer que todo saldría bien, que el miedo cesaría y el rencor proclamado entre naciones desaparecería. Por supuesto, estaba equivocado.

Pero, para su desgracia, o para su fortuna, nunca llegaría a presenciar en directo la masacre cometida entre las llanuras. Criada a los pies de la muralla, observando de lejos, a menudo, cómo sus progenitores acudían a cubrir los turnos que les correspondían custodiando los muros, se entretenía correteando por aquellos límites que no le estuvieran prohibidos. Era su rutina, su mundo cortado... sin embargo, una tarde inesperada, se vio presa del aguijón de un despreciable escorpión. Aunque le habían advertido que no confiara en semejantes criaturas, ingenua y amable como de costumbre, Kazashi no había sabido decirle que no a su divertida fisionomía. Envenenada, emponzoñada por una inclemente, pero lenta, toxina, sus padres quisieron llevarla a un médico competente con la esperanza de que curara sus males; ¿el resultado? una rotunda negativa por parte de la administración. Azotados por los vientos de la guerra, cayendo a puñados, el país no podía permitirse mandar a un especialista a atender a la pequeña criatura. Aunque una Sabaku, seguía siendo una niña. Inútil, en lo que a combatir respectaba. La desesperación obnubiló el juicio de la ennegrecida familia. ¿El único recurso que encontraron al alcance de su mano? la traición.

Aprovechando que, por aquellos entonces, el País del Rayo abandonaba el ruedo de vuelta a sus borrascosas fronteras, la desolada pareja, explotando un hueco en una esquina de la barrera, entregaron incontestables sumas de oro y riquezas para dejar a su enferma niña en brazos de un resuelto soldado que, una vez a salvo, la pondría a ojos del mejor doctor que encontrara. Se la llevó, y, aunque avaricioso, como era hombre de palabra, salvó la vida de la menesterosa criatura y se mantuvo a su lado durante todo el transcurso del tratamiento; la hizo pasar por hija suya, por huérfana adoptada en medio del fragor de la batalla. Nadie le culpó, pues la niña era, como suele decirse, un amor. Cuando la pequeña se repuso de su condenada enfermedad, exuberante como nunca antes, pidió al soldado organizar su regreso a casa, su ansiada vuelta al hogar. Oh, pero ya no quedaba lugar al que volver. Del país quedaban ruinas, y del desierto, muerte. Rota por dentro, sola por primera vez en toda su vida, Kazashi se sintió abandonada por el destino, ninguneada por una causa que no podía, ni quería, entender. El hombre, apesadumbrado y encariñado con la niña, le permitió quedarse a su lado como si de su propia descendencia se tratara. Ambos marcados por huellas imborrables, se instalaron en la aldea; precisamente, en el hogar que el soldado llevaba ya incontables lustros habitando. El tiempo pasó, y su protector le sugirió entrar en la misma academia a la que había acudido él; a fin de cuentas, ¿quién se negaría a tener semejante potencial entre sus filas? Kazashi, que sentía que su vida había llegado a un punto muerto con tan sólo doce años de edad, le dijo que sí. Y así fue como, aturdida, se entregó a una idea que no defendía, a un concepto abstracto (pero letal) que le había arrebatado todo cuanto poseía. Sí, a la guerra.

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Re: Desde Sunagakure, con amor. |Kazashi's ID|

Mensaje por Luger el Vie Mayo 18, 2018 9:52 am

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