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Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Lun Mayo 21, 2018 11:01 am

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
'El tiempo es activo, produce. ¿Qué produce? produce el cambio. El ahora, no es el entonces; el aquí no es el allí... entre ambas cosas, inevitablemente, existe siempre el movimiento. La tinta, todavía fresca, refulgía levemente bajo los últimos rayos del día que, en su triste letanía, pugnaban por llegar a alcanzar el escrito más reciente de Beretta. Porque hoy, para variar, no era Kan'ei quien sostenía la pluma; a veces, a la escritora le gustaba cambiar el monocromático patrón de los acontecimientos. Sí, cambiar. Últimamente utilizaba la palabra con tanta asiduidad que casi podría decirse que se había convertido, poco a poco, en su favorita; si seguía así, con el tiempo, un lector avezado sería capaz de intuir que una obra le pertenecía tan sólo por el uso que le daba al manoseado término. Un tanto inapetente, Beretta dejó la estilográfica a un lado de la mesa y perforó con la mirada el ir y venir de la gente; le gustaba el apartamento de Luger, para qué negarlo. Pero, sintiéndolo mucho, no estaba segura de querer vivir ahí. A fin de cuentas, si se llegaba a consumar la mudanza, la haría sumergirse todavía más en el papel que ostentaba; las probabilidad de perderse a sí misma aumentaba, y, sinceramente, la posibilidad la inquietaba. Mantener un contacto tan estrecho con Luger, a la larga, sólo podría significar dos cosas: una, que acabara desnudando a Beretta y diera con Kan'ei. ¿La otra? que el personaje devorara a la autora y ya no quedara, tristemente, ni una sola línea que llorar por ella. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral e, incómoda, se removió ligeramente en el asiento; por ahora, no quería pensar demasiado en ello.

Dime, Luger, ¿cómo has conseguido costearte esto? no parece algo asequible para ti.—recalcó con fingida inapetencia, aún a sabiendas de que el comentario podría ser fácilmente malinterpretado. Confiaba en que el arquitecto supiera diferenciar entre el hecho y la intención. Además, saltaba a la vista que Beretta no había amanecido, precisamente, con el pie derecho; la idea de perder su fiel escritorio, sin duda, le partía el alma. También añoraría su añejo piano: ¿qué tocaría ahora cuando quisiera desahogarse? sonrió con picardía, posando ahora la mirada en su nuevo compañero de habitación. Tocarle a él es una opción tan válida como cualquier otra, supongo. Pero ni siquiera las bromas descaradas lograban aliviar la presión que yacía, inerte, sobre su pecho: algunas cosas, sencillamente, no eran tan fáciles de ignorar. Sí, ni siquiera para ella. Arrugó la naricilla con gracia, dejó caer su cuerpo contra el respaldo del asiento y, desde su primaveral bastión, persiguió con la mirada a un transeúnte especialmente desagradable que recorría, apurado, las calles de la aldea. Adiós sonrisa, bienvenida inconformidad.

¿De veras crees que esto es buena idea, cielito? lo llenaré todo de tinta, hojas y viento.—matizó, casi queriendo que el alabastro retirara la benévola oferta que, apenas una semana atrás, le había propuesto a los pies de su antiguo apartamento.—Además, siempre hará frío. No te gustará vivir en un invierno continuo, te lo aseguro.—continuó, al tiempo que enredaba con desinterés el dedo índice de su diestra en un mechón perdido de su cabellera. Se inclinó, ahora, hacia delante y, en un arrebato encantador, recogió la copa postrada ante ella, se la llevó suavemente a los labios y la vació de un solo trago. Tosió, y, notando un leve ardor recorrerle las mejillas, le guiñó un ojo a Luger.—Oh, y la propuesta ha sido demasiado generosa; no acepté salir con un altruista, sino con un auténtico caradura.—recitó con alevosía, bromeando. Dejó el hueco recipiente sobre la mesa, volvió a dejarse caer sobre el respaldo del asiento y alzó la mirada hacia arriba; no, no hacia el cielo. Sencillamente, hacia arriba.—Tu dadivosidad me abruma, arquitecto.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Lun Mayo 21, 2018 12:04 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Habría reconocido no hacía demasiado que todo aquello podía resultar un sueño. Tenerla cerca, sentir su cuerpo a una distancia menor que la de dos, tres... menos de cinco pasos que lo separarían de sentirla junto a su pecho. Dormir cada noche con ella, sentir su poesía brindar un nuevo nombre, un significado magnífico a cada flor, cada astilla desvencijada sobre la mesa del intento de cocina o comedor. Habría soñado con ello docenas de veces, preso de su devoción irrefrenable, de aquella que le hacía cometer estupideces en mas ocasiones de las que quisiera reconocer. Pero preso de ella, hallaba felicidad... quizás olvido, posiblemente consuelo. Sin lugar a dudas, era un sucedáneo indeterminado, una suerte de algo sin nombre adscrito ni explicación sencilla que le hacía caminar con mayor brío. Buscando llegar a casa cuanto antes, con ella ¿Con Beretta? ¿Con quien habita bajo ella exudando arte y belleza? Ambas, quizás ninguna y un nuevo nombre con el mismo rostro. Desechó la idea de inmediato y aprestó a cruzar el largo pasillo que separaba las distintas estancias a ambos lados, hasta llegar a su puerta cargado con aquella cesta.
Sencillez, era una palabra hermosa en sí misma que no debía denotar desgracia o desprecio. Y ello rebosaba en su cesta de mimbre teñida en colores más oscuros. Reconocía sin muchos reparos que fue adquirida de esa forma por aquel amor inconcluso que sentía por los tonos oscuros. Por aquella sombría voluntad que le instaba a sembrar su vida de nada en contraste con la pálida piel mortecina que poseía o quizás de aquel cabello platino que demasiado largo le parecía ya. Carraspeó y apartó unos mechones del rostro de un justiciero soplido, al tiempo que entraba en casa de un impulso y cerraba tras de sí. Al entrar, Beretta saludando, y por alguna razón esperaba que estuviera desnuda. Quizás era su libido desatado. Pero habría sido un detalle.

- La danza, querida mía. La danza es la respuesta. - Respondía con cierto tono de sarcasmo pulcramente revestido de sobria respuesta. Por su tonalidad, Luger la halló desesperadamente aburrida, quizás deshecha por aquella mudanza inoperante que la había alejado de sus amadas pertenencias. Un piano que moría en la posesión que nunca en el recuerdo, un escritorio... echaría de menos ese apartamento, pero ahora la tenia consigo. Era un avance en una vida que pocos movimientos conocía. Depositó la cesta sobre la mesa del comedor multitarea y comenzó a colocar sobre ella todo cuanto hubo comprado. Algo de comida desecada, fideos, verduras en cantidad y toda clase de nuevas especias. A pesar de tantos años, Luger no sabia mucho de los gustos culinarios de Beretta, pero quiso apostar por las exóticas especias, esas tan caras que le hicieron doblarse y a su bolsillo gritar en un horror desencajado. - ¿Como dices? - Volvió a preguntar, a sabiendas de lo que hubo oído, al tiempo que se daba mayor premura agarrando una botella de vino, de una cosecha mediocre se temía, y un par de copas de la encimera tras él para dirigirse junto a ella. Al presentarse, no hizo más que dedicarle un carcajeo suave y burlón, de esos que escuecen por su desinterés más que por la ofensa. - Ah ¿Como osas? Yo te traigo a mi casa, te compro dulces de los que te gustan, un vino modesto pero dulce y... ¿Lo pagas fingiendo inocente inconsciencia? - Volvió a soltar una única carcajada de contrariedad simulada. Sirvió un par de copas hasta cierto exceso mas allá de la cantidad usual y se sentó a su lado, con su copa en la diestra. - Los dos sabemos que vas a tener que pagarme en carne, querida ¿Si tengo frío? Me calientas con ese cuerpecito tuyo, amor mío ¿Piensas que soy demasiado generoso? - Volvió a reír – Cuando termine contigo esta noche, la siguiente y todas las sucesivas no pensarás nada parecido. - Esperó a que brindase con ella en una sonrisa cómplice para luego, dar un largo sorbo al vaso tratando de alcanzar a su vendaval. Le llevaba ventaja.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Lun Mayo 21, 2018 4:33 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Durante un brevísimo instante, Kan'ei (que no Beretta) se quedó apenas sin respiración. Le tembló hasta el pensamiento al oír cerrarse la quejumbrosa puerta tras Luger; de alguna manera, interpretó aquel chasquido maldito como un símbolo de encierro, de condena. Se removió en el asiento y, ante las picardías del arquitecto, no pudo sino acertar a esbozar una pálida sonrisa de abril. Anunciaba lluvias, sí. Entrecerró los párpados, apretando los labios con firmeza; el hermetismo era una cualidad que, para su fortuna, había entrenado con ahínco durante su más tierna juventud. El tiempo volaba, los momentos pasaban. ¿De dónde sacaba Luger toda aquella inaudita energía? ¿tenía, acaso, motivos para alegrarse que ella desconocía? se dijo que, seguramente, serían los mismos que, en ella, tan solo avivaban malas chispas sin fuego. Torció el gesto, apresando los indecorosos comentarios al vuelo; los cazaba, sí, pero enseguida los liberaba.—El vino dulce te gusta a ti, no a mí.—refutó con ligereza, incapaz de encontrar algún otro pretexto que la ayudara a esquivar las danzarinas dagas que el alabastro le lanzaba.

Antes siquiera de que el -supuesto- mercenario del altruismo abriera la boca para hablar acerca del inevitable alquiler, Beretta intuyó (o, más bien, presintió) lo que estaba a punto de decir; a veces, para ser un hombre de Estado de procederes macabros y ensoñaciones abstractas, Luger era terriblemente predecible.—Oh, qué original.—articuló lentamente, paladeando el descaro que irradiaban sus cortas palabras.—El caballero pidiéndole favores sexuales a la dama para pagar su caridad.—extendió la mano, escondió la mirada en el fondo de la botella borgoña y, en absoluto silencio, se sirvió otra fúnebre copa hasta arriba.—Ya he leído esa novela: no quieres saber el final.—torció la boca en una media sonrisa descarriada y, tras un pálido instante de parsimoniosa deliberación, se llevó el recipiente a los labios. No quiso contar cuántos segundos tardó en quedarse sin oasis que sorber.—Le falta tiempo, ardor y gusto.

A pesar de la exigente puntualización, Beretta no perdió tiempo en volver a verter parte de la botella en la copa vacía. Le daba pena verla ahí, tan sola. En esta ocasión, contuvo el impulso de beber.—Cuando has entrado, no he sabido si sentirme contenta o desconsolada.—se sinceró, echándole parte de la culpa, tal vez, al alcohol. Le ardían las mejillas, aunque no el habla.—¿Entrarás así todos los días? oh, dime que no.—por primera vez desde su llegada, le dirigió una mirada sagaz, calculada, a su queridísimo arquitecto. ¿Le concedería su deseo?—Como ya sabrás, cariño, me aborrece profundamente la aburrida rutina que suele ir de la mano con la existencia.—explicó con premeditada sencillez, buscando hacerle cómplice de su particular y excéntrico punto de vista. Se pasó la lengua tibia por los labios, exaltada.—Imploro excitación mental, por favor.—y aquella última fórmula de cortesía, por supuesto, no era una opción. Aún bailando en tablero contrario, Beretta necesitaba conservar algún que otro travieso privilegio. Porque, por más que repudiara el concepto de la monotonía, su vida seguía estando regida por la rutina del cambio.—Así que, proyecto de caballero poco generoso, júrame que no giraremos alrededor de la órbita de la mediocridad y que no habrá dos días en los que atravieses esa puerta de la misma manera.—en realidad, lo sometía a una prueba de fuego. O de tinta, en el caso de Beretta. Si hacer que un vendaval te buscara día tras día era una tarea complicada, lograr mantenerlo a tu lado constantemente se convertía en una hazaña más propia de héroes que de arquitectos. ¿Estaría Luger a la altura del cuento? por si acaso, le daría un nuevo y para nada modesto sorbo a la copa. Después de todo, al calor de un vino vulgar, incluso los hombres de Estado podían hacerse pasar por insignes titanes.—Por cierto, ¿vas a la compra con una cesta de mimbre? no te hacía de esos, cielito.—qué bien se vivía así, ¿verdad?

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Lun Mayo 21, 2018 5:14 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Tuvo que contraer el rostro, comprimir los labios en una delgada línea y entornar el semblante ante la patada gustativa que resultó ser aquel vino endulzado del mercado. Muy poco después, Beretta le hizo esgrimir ese gesto corrompido por una acidez macabra en toda una enseña de gloriosa contrariedad.

- ¿Y como te gustan entonces? - Preguntó algo airado, pero nunca sin perder el tono burlesco que hacía de velero y timonel de aquella conversación. - ¿Picado? Quizás amargo como una bocanada de barro - Añadía finalizando la frase con otro trago a aquella sustancia que de vino tenía el nombre y poco más que un color de lirio enfermizo. No pudo evitar torcer el gesto, ladear la mirada y buscar con aviez la etiqueta; no recordaba haber comprado almíbar revenido y es justo a lo que sabía. “Vino” citaba en escueta respuesta la etiqueta, algo que le arrancó a Luger un improperio silenciado y una mueca de disgusto. Podía ser vino de palabra, pero de alma ese líquido podía ser una mazorca rebozada en azúcar si así bien lo prefería. Volviendo con Beretta, apenas le dedicó una mirada de zorruno soslayo al tiempo que la alternaba con los cielos de estrellas robadas del País de la Luna. - Querida, querida... tu poesía ya la tengo, tu visión del mundo también. Las habrías compartido conmigo aunque me odiaras. Eres tanto una dramaturga como una vociferante charlatana de feria, amor mío. Y ya que tengo la oportunidad, pienso aprovecharte en todos los aspectos que estén a mi alcance. - Dio otro sorbo a la copa, apuró el vaso en un acceso de valor inaudito y frunció el ceño en un gesto que mezclaba los alardes del valor triunfante y la confusa expresión del dolor gustativo causado por un dulce excesivo. Era asqueroso, para qué engañarse, pero calentaba. Giró la vista para depositar el vaso sobre la mesa, echándole una ojeada a Beretta. A algunos más que a otros, desde luego.

- Que dramatismo, querida... desconsolada. A veces no sé si eliges esas palabras por clavarme un puñal en el pecho a falta de uno real o por el amor inconcebible que sientes y solo sabes expresar con esas espinas. - Le lanzó un beso con la zurda y se acomodó sobre el asiento. Él también sentía aquellas dudas, no expresadas del todo, sencillamente fermentando sin motivo en un silencio sin excesos. El no saber hacia adonde se dirigía con ella en casa, si su devoción soportaría la carga de contemplarla en todas las situaciones habidas y  por haber. En aquella ebriedad leve, Luger contempló a su Beretta; al objeto de sus afectos mas sinceros pero al mismo tiempo, justo como ella hubo señalado aterrada sin pretender demostrarlo: el rostro grotesco de la insuficiente realidad, la rutina y el tedio. Contuvo un exabrupto, un escalofrío galopante desde su garganta descendiendo hasta su pecho en decadente movimiento. Guardó silencio concertado en los cielos de luna irónicamente incompleta, de estrellas lejanas e incandescentes abominaciones. Cuando Beretta hubo declamado en su poesía acompasada de tragos y vinos, se decidió por interrumpir aquella ópera a la insatisfacción. Bastaba por ahora. - Bueno, si lo deseas puedo entrar volando en llamas por la ventana. Desnudo a través del techo o con una pajarita en el dedo índice. Puedo hacer muchas cosas, querida ¿Pero tú que haces por mi? Aún no me has pagado mi generosidad, desventurada pícara. - Le dedicó un guiño deslustrado, un gesto con la zurda que retraía los dedos y exigía un pago al tiempo que terminaba por desviarse hacia la botella para llenarse el vaso de nuevo, con desgana y cierto desinterés. Era una noche, al fin y al cabo, de celebraciones. De júbilo fingido o real, en el que debía tratar de disfrutar de la compañía de su vendaval atrapado en las paredes de su casa. Solo esperaba, que con ello todo no saliera por la ventana.

Como no, su cesta salió a colación haciéndole carraspear algo ofuscado. Ni siquiera sabía como demonios la había visto ¿Cuando se había girado si puede saberse?

- ¿Como compran entonces los poetas? - Pregunto algo airado, incluso girándose en el sitio para encararla. - ¿Descienden de los cielos sobre sus carros de fuego azul e incandescente? ¿Las estrellas transportan sus alimentos hasta sus hogares de verbo y tinta? No querida, las llevan en cestas. - Añadía a modo de pequeña venganza.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Mar Mayo 22, 2018 9:20 am

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Oh, qué dramático se ponía cuando se metían con su alcohol. En la picada suposición que Luger hizo sobre sus gustos enológicos, Beretta encontró una de las mayores deficiencias que siempre estaba presente en los hombres de genio; la exageración de sus sentimientos... no, de sus impresiones personales. Y, aunque para otros aquel rasgo pasara por defecto, Kan'ei lo creía una curiosa virtud que, en manos de imitadores débiles, se podía convertir en una herramienta inútil... no, perniciosa para su usuario. Una suerte que el macabro arquitecto no fuera, precisamente, un imitador, ¿verdad? Luger no necesitaba coger cosas prestadas porque, para bien o para mal, al igual que ella, era un visionario. Un creador, un inventor, un estratega, ¿un artista? oh, por favor, eso todavía no. Le faltaba mucho camino para andar antes de empezar a engendrar sus propias obras de arte. Se relamió la comisura de los labios, complacida, de alguna manera, por el desplante.—Cielo, no te pongas así por una opinión.—agachó la mirada, fingiendo descarada aprehensión. Hasta sus iris titilaron de pura turbación.—Qué susceptible.—qué maravilla, incluso se atrevió  a sacudir el rostro de un lado a otro movida por la pena de haber herido sus sentimientos.—Aunque no te interese oírlo, te diré lo que es un buen vino.—contraatacó, al tiempo que hacía brillar su mirada contra la de Luger y le pedía al terrenal acero que aprendiera del fulgor celestial de la plata.—Un buen vino, proyecto mío, tiene que ser como una buena novela: debe durar, a tus ojos, tan solo un instante y, al final, dejarte en la boca un sabor a gloria; ser nuevo a cada sorbo y, como suele ocurrir con los libros de culto, nacer y renacer en cada saboreador.—concluyó la lección, a la par que alzaba la copa ante sus ojos y se imaginaba a la única gota solitaria que recorría sus bordes como un estigma de una vida borgoña pasada. Contrajo el rostro en una diminuta mueca de resentimiento, desechó de inmediato el pensamiento y su inmaculada atención regresó a la lengua suelta de su amadísimo alabastro. A veces, para qué negarlo, se arrepentía de no haber inculcado en el personaje una bonita noción sobre la sobriedad; en su defensa, enseguida se le pasaba el arrebato. Eso sí, no dejaría pasar el nuevo golpe recibido.

¿Beretta, una vociferante charlatana de feria?—repitió con lenta y sonora parsimonia, apenas logrando contener el chirrido de sus dientes al apretar la mandíbula. Le dieron ganas de levantarse, despedirse y marcharse; ¿el único impedimento? que, ahora, vivía allí. La lista de contras aumentaba, desgraciadamente.—Te lo voy a dejar pasar, arquitecto sin proyecto.—replicó resuelta, mientras se inclinaba hacia atrás en el respaldo y le rechazaba cualquier clase de dulce cruce con sus ojos.—Tenías la oportunidad de aprovecharme: usa bien los tiempos verbales o suspenderás el examen final.—latigueó con aire encantador, apresando una nota de picardía entre los muchos secretos que ya escondía su pluma. ¿Adivináis que siguió al comentario? por supuesto, una botella rellenando una copa. Bebió y, en aquella ocasión, tal vez por los propios efectos del alcohol, le sabor logró apaciguar el malhumor. Oh, vino, enséñame el arte de ver mi propia historia, como si esta ya fuera ceniza en la memoria.

No fue buena idea recordar: las ganas de salir corriendo, cadáveres andantes de su pasado, decidieron quedarse, por el momento, como ingratas invitadas a la velada. ¿Sería siempre así? ¿una descarga incesante de centelleantes saetas negras? o plateadas, según la ocasión. En el fondo, no se le hacía tan mal plan.—¿Quieres que te responda o prefieres darte tu propia respuesta?—sonrió con granujería, tentada de levantarse y acudir a sembrar tempestades en los fúnebres pensamientos de su amado personaje. La palabra (o, más bien el concepto) atormentar podía tener muchos, pero que muchos, significados.—Te haré más fácil el momento: oh, cariño mío, no puedo evitar lanzarte flechas porque, en realidad, lo que no soy capaz de contener son las ganas de acariciarte, de desbordar mi amor sobre tu cuerpo y convertirlo en arte.—recitó animadamente, añadiendo carices abiertamente sugestivos a la improvisada poesía. ¿Atrevida? ¿ella?  aunque se hiciera la despistada, sí, un rato largo. Siguió escuchando, anotando. ¿Realmente quería un pago justo por sus servicios? oh, claro que podía dárselo.—Si quisieras oír lo que digo en la almohada por las noches, el rubor en tus mejillas sería la recompensa que tanto buscas.—nuevo sorbo, nueva mirada, nuevo proceder.—Créeme.—añadió. Una sola palabra, a veces, valía por cientos de ellas mal dispuestas.—¿Comprar en carros de fuego? ¿nos tomas a los poetas por Ícaro? ¿o, quizás, por Faetón?—soltó una risilla meliflua, sutilmente endulzada con alguna mezcla especial (y peligrosa) de la casa.—No, querido: los escritores no compramos, hacemos que otros compren por nosotros.—y le señaló a él mismo con un levísimo cabeceo. Voilá, ahí estaba la prueba que validaba su descarada declaración.—¿Qué has traído para acompañar la borrachera?

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Mar Mayo 22, 2018 5:11 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Tan esquiva y traviesa como siempre hubo sido desde el mismo instante en el que sus primeras palabras se cruzaron, e incluso entonces se vio interrumpido por sus pareceres abstractos e idealizados. Endulzaba cada brizna de aire con el deseo y la rubrica de un poeta malhumorado que desea que el mundo sea mas bello o perfecto de lo que nunca será jamás. Lejos de las realidades nefastas y plomizas, de veras Beretta era un vendaval; viento intangible que desdeña lo terrenal, que escapa lejos. Intocable, imperturbable, libre como nada que existe en este mundo puede serlo, incluso de la misma muerte. Sus borrascas lamían los valles azarosos, los senderos inagotables, de la sed que siempre tuvo, calmaba de forma regular y nunca detestaba. Tuvo que entornar la mirada, divertido de corazón por todo lo que se comentaba con tanta ligereza, incluso una pequeña sonrisa acusatoria mancillada por ciertos tonos de suficiencia le asomaron como un animalillo travieso.

- Una descripción magnífica, cariño mío ¿Y...? - Alzó las cejas, torció el gesto y parpadeó profusamente mientras su diestra, digna y acusatoria como el dedo de un juez ciego de retribución, frotaba el índice contra el resto en un gesto que más que significar algo, denotaba justo la escasez del mismo. No hizo falta nada más que esa burla sin carcajada para reclinarse de nuevo en su asiento, recompensando su garganta con una escuálido sorbo del dulce esplendor alquilado. Descubrió a su placer personal, que incluso estando excesivamente dulce, en pequeñas cantidades era más que disfrutable. Se reconfortó con aquel hecho recién descubierto, dejando que pasaran segundos, incluso minutos enteros hasta renovar el pacto del vino entre sus labios, del dulzor descendente por su garganta. No respondió más que con sonrisas, algún que otro resoplido de fingida ofensa pero nunca con una mirada directa. Sus ojos se hallaban mas abstraídos en las danzas celestiales de aquella noche, de luna cornuda, retorcida y traviesa en un cielo azul como el profundo océano. Era una noche fresca, respiró profundamente y se descubrió algo acalorado, de seguro, por ese vino joven de tonos vehementes. Era toda una lástima que Beretta no supiera apreciar lo incipiente o lo efímero de un proceso inacabado. Incluso en ellos, uno podía encontrar algo de verdad, sentido y objetivo. Volvió a dar otro sorbo, tratando de desposeerse de los miedos por medio del alcohol, o quizás; la estupidez otorgada.

- Esta noche de luna silenciosa voy a hacer más que aprovecharte. Es una simpleza esa palabra en sí misma, amor mío. Apenas hace justicia al acto, aún menos a quien lo perpetra. Me ofende la ambigüedad, más si se dirige hacia mí y... ¿Sabes? Haré algo más que envilecer tus tiempos verbales y tus exámenes abstractos. Me siento subversivo esta noche. - Comentó casi en un suspiro de confesión, como si con ello liberase un peso prendido en el pecho que ahora se difuminaba tan solo en una exhalación. Volvió a dar un sorbo a su copa y la apoyó sobre la mesa, cruzando las piernas aún cautivo de las estrellas; tenían algo aquella noche. - Antes de que amanezca pienso quebrar algunas reglas, pervertir algunos tabúes con mi dramaturga endeudada. - Afirmaba, con tanta naturalidad como quien asegura sentir frío en invierno. Tan natural, mundano y de evidencia insuflada que no le resultó nada inverosímil imaginarse algún que otro delirio que pronto cobraría imagen mas allá de la imaginación. Aunque aquella aura de normalidad sobre lo extravagante perdió su tacto y danzar habituales en el instante en el que sus palabras comenzaron a arrancarle pequeñas sonrisas, pinceladas de un cariño nunca extinguido que ahora refulgían como aquellas estrellas lejanas, perversas y sin más rostro que un parpadeo indescifrable. Disfrutó de sus frases, incluso apartó la mirada de los escenarios mas elevados de la creación para contemplar otro bien parecido; el danzar celestial de unos labios embrujados con la belleza, las insignes palabras de una dramaturga puestas a su servicio como leales humillados a su vera, el rostro de una devoción que emergía en cada muestra; el bello devenir de sus significados. Calló no por una respuesta que no pudo hallar, lejos del silencio de hombres menos ingeniosos. Guardó silencio, el del espectador asombrado, el de quien siente el pecho inflamado por la arrebatadora inspiración engendrada de un corazón mas sufrido y más puro al mismo tiempo. Admiró sus contornos, su mandíbula entregada a la mueca del habla, el amor desprendido incluso en su fingido odio. La quería, la adoraba... era su artista y el un simple mecenas enamorado de un cuerpo que por arte fluye en lugar de sangre, que por pensamientos brindaba versos que arrancaban el pesar, a veces lo insuflaban, otras furia que atraganta. Cuando hubo cesado, incluso con la frase más mundana que aquellos labios pudieron esgrimir, Luger se halló fascinado. Dejó que algunos instantes transcurrieran, con la mirada atestada de adoración y afecto, para cuando hubieron transcurrido los insignificantes momentos que precedieron a tres latidos indignos de una eternidad con ella, habló a  falta de otro medio más elevado.

- Estoy seguro de que en mis almohadas dirás cosas que harán mucho más que ruborizarme. - Volvió a reclinarse, extendió la zurda buscando su mano.. - Sería inapropiado catalogaros a todos bajo la misma escenificación. Me disculpo. - Una pequeña risotada de cortesía apropiada, una mirada seductora, un corazón que respiraba devoción. - Podría ser cruel, como los hombres de hechos en los que yo me conformo. Señalar la calle sin cesta que ofrecer, apenas un jornal miserable como medio y podría hacerlo, tú si puedes creerme. - Le guiñó un ojo de picaresca abrumadora, para levantarse en lento impulso, besar su cabeza antes de partir y dirigirse a la mesa. - Pero te quiero demasiado, para semejante indignidad. Mejor masa endulzada ¿Verdad? - Anunciaba como quien ofrece una magnífica vianda, para desenvolver una ristra de pequeñas esferas de masa endulzada atestados de mermelada y diversos sabores perfumados: mochi. De aquellos pálidos, de contornos que recuerdan a un fino polvo, a un azúcar de débil contacto, para escudriñar la cocina en busca de un plato. Absorto, y lejos ya de las miradas de Beretta. Se dignó a hacerlo. Sonrió, como no se permitía en su presencia ¿Por qué? Cosas del escenario y decisión del autor, quiso responder.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Mar Mayo 22, 2018 6:27 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Definitivamente, detestaba aquella indeseable manía suya de añadirle siempre peso material, pútrido e inmundo, a cualquier chispa desinteresada de poesía que le regalaba. No, mejor aún; que le componía. Su pluma bailaba para deleitar su espíritu y a él, obtuso hasta de pensamiento, sólo se le ocurría mencionar, recalcar y subrayar el despreciable valor del dinero. ¿Se daba acaso cuenta del insulto que el descarado desplante suponía para su lírica? menos mal que, al menos, le quedaba la prosa para consolarse. Luger, a veces, la obligaba a lanzarle cuchillos en lugar de versos. Y luego, aún por encima, se quejaba. Incomprensible, ¿verdad? o, más bien, incongruente.—Sí, sí, sí.—articuló con ligereza, desechando cualquier clase de nota cómica que Luger hubiera pretendido echarle por encima a su poética reflexión.—Poderoso caballero es don dinero, ¿no?—desdeñó con un levísimo ademán del rostro la, a sus ojos, despreciable intención y volvió a extraviar la mirada en las alturas. Habría dado medio corazón por tener alas para alejarse de aquella decadente situación: ¿cómo iba a componer de ahora en adelante si, a cada acceso de inspiración, Luger acudiría a apagar el incendio con su fría reflexión? Deslizó una sonrisa sobre la comisura de sus casi tiernos labios: la ironía hacía, para variar, acto de presencia. Mírate, Beretta; ardes por dentro y hielas por fuera. Dio un nuevo sorbo al desgraciado 'zumo de vino' y, apenas un brevísimo instante más tarde, rotó la mirada hacia la negra brea humanizada. Y él, en cambio, que es quién apaga mis fuegos, hierve en el exterior y congela en el interior. Brindó consigo misma por lo maravillosa que podía llegar a ser la vida. Sin embargo, no tuvo mucho más espacio para continuar con sus enrevesados e inocuos planteamientos, pues el arquitecto volvió a traer la impávida noche a colación. Un brillo de danzarina picardía tiznó sus iris ingrávidos, invitándole en silencio a continuar con sus magnéticas insinuaciones. Al final, sí que iba a terminar cambiándole la polaridad.—¿Y qué tabúes son esos, corazón?—hizo girar el líquido borgoña dentro de la quebradiza copa, maquinando, pervirtiendo e imaginando sin escrúpulos. Si él pretendía romper límites, entonces, ella también tenía permitido atar nuevos hilos, ¿no?—Tal vez, lo que quieres es tocarla a ella.—lanzó al aire, fingiendo tenue y ligero desinterés. Sedal tendido, ¿picaría? no tenía prisa por averiguarlo.

Kan'ei jugaba con ventaja: conocía de antemano el afán del arquitecto por romper disfraces y máscaras. Aunque, por otro lado, presentía (o, al menos, le daba en la punta de la pluma) que los planes para aquella velada serían un tanto... diferentes. Contorsionó los labios en una sonrisa sin dientes, al tiempo que vaciaba nuevamente parte del oasis granate y devolvía el recipiente a la modesta mesa. A Beretta, para bien o para mal, los pequeños placeres de la vida no la llenaban. No de la misma forma que a Luger, al parecer.—Podrías hacerme una pequeña sinopsis del argumento que me espera, ¿no te parece, mi atrevido proyecto? no es nada educado dejar a una dama pendiente de una historia.—aderezó el tono de sus palabras con un estrecho rastro de intriga, queriendo manifestar parte de la curiosidad que ya había sembrado en la sombra de sus pensamientos. Contrajo la naricilla con gracia, intentando por su cuenta llegar a algunas conclusiones (o, más bien, imágenes) aceptables; tristemente, ningún concepto la satisfacía. Se volvió a llenar la copa por  puro capricho: algo inverosímil tenía aquel brebaje afrutado que lograba arrastrarla hacia sus fauces a cada momento ocioso que encontraba. Al final, se haría una consumidora asidua. O no, ya lo decidiría más tarde. Observó la mano tendida con cierta reticencia a darle la razón: aunque no pensaba morderse la lengua, le concedió el pequeño capricho de entrelazar sus dedos con los suyos. Prendida, pues, a la zurda de la descarnada brea, Beretta alzó la mirada hacia sus orbes teñidos de inadecuada seducción y le entregó un pálido y ligero pestañeo.—Subestimas el significado de un rubor, mi queridísimo Luger. Excitarte no es una tarea difícil: en cambio, arrancarte un sonrojo, ya es otra cosa.—se encogió levemente de hombros, manteniendo un tono adusto, casi solemne. Tendría que hacerle una demostración práctica de la teoría, sin duda. Finalmente, lo observó ponerse en pie e ir en busca de alguna ofrenda con la que calmar la acalorada sensación que dejaba el ungüento borgoña tras de sí.—¿Masa endulzada? no creo haber probado algo así jamás.—mintió con descaro, ignorando las vivencias del resto del elenco y tan solo concentrándose en las de la propia Beretta. Bajar la guardia resultaba inusualmente tentador, pero no podía permitírselo. No de ahora en adelante. Terminó las últimas gotas que pululaban en el cóncavo fondo de la copa, se relamió la comisura de los labios con refinada experiencia y se elevó de su trono de materiales baratos con la firme pretensión de causar un alborozo en la entrada. Con cuidado de no evidenciar sus movimientos, sigilosa como un camaleón buscando sobrevivir en un ambiente desconocido, se acercó a su inamovible alabastro y, con mimo, incursionó por debajo del pliegue de su camisa y pegó las manos a su espalda, esperando, tal vez, un sobresalto.—¿Qué tienes ahí para mí?—interrogó en tono cantarín, sin apartar la gelidez que había prendido a su piel. El invierno era así: a veces, volvía cuando menos te lo esperabas.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Jue Mayo 24, 2018 4:56 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Ella, algo tan simple como unas letras que conformaban un sonido, un concepto, una exhalación sin destino. Luger se revolvió en el sitio, sonrió de forma inmediata preso de un reflejo antiguo y enquistado; debía parecer cortés, recto, intrigante. No dejar que sus sentimientos fluyeran lejos de sus cauces, que su semblante se quebrara, que la porcelana negra y horrible del engaño transmutara en un rostro de carne corrupta y piel desnuda. Sonrió, a sabiendas incluso de que nadie lo observaba, tan solo ante la mirada de los dulces sobre la bandeja de madera y el reflejo de un rostro apenas perceptible. Giró la vista y este, le devolvió la mirada. Se forzó a reír en respuesta, de forma tan pulcra, tan bien ejecutada, que incluso él halló un júbilo inyectado donde no había más que palabrería disuelta en realidades alternas.

- Sin adelantos ni anticipos. Es mejor improvisar, sentirse arrastrado por lo irreconocible. Por aquello que no comprendes del todo. Bailar, cantar... lo que sea que venga después. No importa ¿Verdad? - No alzó la vista de la bandeja, disponiendo los dulces en apretada formación, en una presentación que por simple y humilde, pretendía ser como mínimo correcta. Declinó como un autentico poeta de los versos negros, como un hombre que recita con júbilo el siguiente día en su porvenir. Aún con aquella sonrisa imperturbable prendida de los labios, esta vez, no devolvió mirada alguna. Un cosquilleo le recorrió el codo hasta la punta de los dedos; lo acalló de inmediato con un silencioso golpe con la otra mano en un intento de templar los nervios. No era tanto por la situación de desenmascarar a quienes le rodearan; mentirosos, perjuros, traidores y miserables. Todos le mentían a diario, todos le miraban a la cara y vomitaban sus propias entrañas ennegrecidas a cada palabra. Y Luger no necesitaba de ninguna capacidad extrasensorial, ningún ojo místico maldito por un engendro de sangre y vísceras. Su acero sabía de aquella verdad, solo él y no el resto e sí, que aceptando el castigo, el hórrido juicio que le deparaba una vida de cacería sin conocimiento de la misma... engendró quien no fue, para quien nunca quiso ser. Y cuando estuvo a punto de ladearse, con su sonrisa importada de palidez espléndida, Beretta lo asaltó. No fue consciente de sus movimientos, y parte de sí mismo se culpó de ello de inmediato y en primera instancia, trastabilló con la bandeja aún entre las manos. La soltó de inmediato, forzó una carcajada sorprendida pero manteniendo los suaves y varoniles tonos de su voz para después apoyar las manos contra la encimera. Pronto, aquella sonrisa quedó extinguida.

- Todo lo que puedas necesitar, querida. - Respondió en tono seductor, incitando al tiempo que mantenía el ritmo. Pero su rostro, no parecía acorde a las palabras. Atrapado en un espantoso gesto de seriedad pétrea, pareció discordante con cada tono, cada sílaba y cada sentimiento ofrecido, a sabiendas de que Beretta se hallaba en su espalda. - ¿Querrías algo de esto? ¿Prefieres pagarme con antelación... o degustar un aperitivo antes de ello? ¿Ambas cosas? - Soltó una risotada, pero su semblante permaneció tan recto como desde entonces. Cautivo de una lobreguez insoportable, atrapado sin motivo aparente entre aquellos tonos suaves, candentes y seductores. Su rostro no esgrimió sensación alguna, no transmitió nada que su voz tuviera la intención de hacer, pero antes siquiera de que Beretta se percatase del asunto en cuestión; una sonrisa prendida de nuevo. Se giró, su mirada ya no correspondía a los momentos anteriores. Su semblante volvió a transmitir el calor de la devoción, la estrechez del amante. Sintiendo el frío sobre su abdomen, la acercó hacia sí, sintiendo su pecho contra el suyo; sus manos delicadas entre ambos. - ¿Que me dices? - Volvió a insistir, con las cejas arqueadas, con los ojos prendidos del objeto de su afecto, con los labios enarcados en una sonrisa de adoración confesada. Nada ocurrió entonces, todo quedaría olvidado. No había pasado nada. El silencio se guardaría, los labios se coserían. No habrá nada, donde nadie dijo nada.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Jue Mayo 24, 2018 7:48 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
¿Acaso pensaba Luger que no se daría cuenta de lo que ocurría bajo la piel que llevaba como disfraz? la subestimaba. No, más bien, la infravaloraba. Un breve, pero desquiciado, escalofrío le recorrió la espina dorsal, recordándole cosas que ya creía olvidadas y enterradas en su cementerio personal. Cesó el sonido o, tal vez, fue la propia Beretta quién decidió omitir las palabras absurdamente vacías que se le escurrían, sin vida ni alma, al vetusto arquitecto. No quiso saber, ni siquiera imaginar, qué se lo habría llevado tan lejos como para tardar tanto en reaccionar al vínculo; al tenue y gélido nexo que había creído entre ambos, presa de un arrebato tan inusual como encantador. ¿Decepcionada? contra todo pronóstico, dolida. Lo notaba, lo conocía. Le estaba hablando de juegos nocturnos en pleno día sin ni siquiera abrazar la ironía, la incandescente osadía del momento; y así, ella, no pensaba participar. Se dejó apresar por su cárcel de abrazos, negándose a articular ni una sola palabra ante el translúcido tacto de aquel cuerpo aletargado contra el suyo. Llegó el silencio, y, en esta ocasión, fue doble.

El primero, por supuesto, lo decía todo; el segundo, en cambio, ya no significaba nada. Tan sólo fingía hacerlo.—Vaya, qué curioso.—enterró el rostro en el pálido hueco que conformaba su adusto hombro, rehusando también a concederle siquiera una benévola mirada.—Me he dejado la cartera en la otra falda.—aún envuelta en la cálida prisión, se encogió levemente de hombros, tratando de mantener un tono ameno, sencillo. Mataba al silencio, sí, pero se afanaba en conservar el cadáver presente. Caliente. ¿Por qué hacer fingir al labio risas que se desmienten en tus ojos, Luger? A diferencia de a los poetas, al hombre de Estado no se le daba tan bien camuflarse dentro de su piel de camaleón. No era un fingidor nato, no era capaz de llevar la farsa al extremo de fingirse dolor y, en medio de la actuación, llegar a creerse la emoción. Si algún día quería lograr el disfraz perfecto, sin duda, tendría que aprender a no revolverse ante el cambio; fluir, a veces, era más importante que ver. Que verse, mejor dicho. Vivir, al fin y al cabo, era ser otro.

Así que, me temo, que prefiero probar los dulces.—apretó la frente contra el pecho de Luger, intentando hacerle ver que no estaba muy por la labor de sucumbir a sus farsantes caprichos.—Por ahora.—remarcó finalmente, apenas concediéndole un breve inciso antes de separarse del abrazo y volver, a paso lento, hacia la modesta, pero encantadora, terraza. Qué rápido moría una ilusión. Un propósito. En esta ocasión, Beretta no tomó asiento, sino que se acercó a la estrecha barandilla que marcaba la diferencia entre una muerte segura y una vida inapetente y apoyó ambos antebrazos sobre su deslustrada superficie. Le hacía falta una limpieza, pero no sería ella quién lo propusiera. Se inclinó ligeramente hacia delante, tentando al destino. O, tal vez, desafiando al devenir.—¿Los hay de diferentes sabores?—preguntó al aire con ligereza, mientras probaba a balancearse levísimamente hacia delante y hacia atrás.—Elige uno para mí que sepa a pensamiento extravagante.—pidió, al tiempo que cambiaba de postura para quedarse frente a la brea sin sombra. Eso sí, mantuvo la espalda bien apretada contra el quebradizo guardamiedos. En realidad, la conmovía la posibilidad de despertar cierta angustia sincera en el angosto, cabizbajo y ceremonioso Luger; ¿la creería capaz de saltar al vacío? se le escapó una dulce risa de miel. Si hubiera una buena historia al final del abismo, estoy segura de que diría que sí.—Si me convence la elección... no, mejor dicho, la decisión, prometo dar con uno que sepa al tacto de un espíritu. Del mío, tal vez.—pronunció con desvaída ligereza, suponiendo que un premio acorde a la hazaña animaría a la obsidiana esencia de su estimadísimo alabastro. En el fondo, la espantaba saberlo ausente. Lejos de ella. De Beretta, se obligó a añadir.—Oh, por cierto, ¿te he contado que el otro día me encontré con el... sencillo Kuroda?—recordó, al tiempo que entrecerraba suavemente los párpados y tamborileaba con la punta de los dedos sobre la flexible barandilla.—Me ofreció una historia, un secreto y un pensamiento... ¿con cuál crees que me quedé?

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Vie Mayo 25, 2018 11:25 am

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
En el afilado extremo de un reino de engaños y subterfugios; Beretta y Luger pendían. Suyos eran los mil nombre que nada significan y en cambio, mucho guardan tras ellos. Los pálidos contornos de una falsedad bien ejecutada, el de una farsa que se tambaleaba por antigua y vetusta, no por mal planificada. La dejó reposar creyéndose inadvertido en su angustiosa crisis, lejos de cuanto Beretta pudiera advertir. Pero pronto su frío se tornó cálido, sus palabras mortecinas y con ello, se auguró la espantosa resolución. Ella tenía ojos, veía sin que tuvieran luz alguna que se lo permitiera, percibía las sombras adustas de una mentira aguada en fingido sentir antes siquiera de que estuviera pronunciado. Pero al tiempo, se sintió contrariado, ofendido de semejante facilidad ¿Como podía estar segura? ¿Acaso no llevaban el mismo tiempo entre las bambalinas? Ella podría haber interpretado mil rostros distintos, haber sentido las emociones más dispares con la facilidad de una mano al chasquear. Pero él fue Luger, moraba bajo su piel de alabastro azaroso, ahogado en su brea inagotable, pudriéndose tras sus ojos de acero sin que este moviera un músculo en su auxilio. Se sintió ofendido, descubierto, desnudo ante la adversidad de un mentiroso que se halla atrapado, cautivo de una verdad difícil de negar. Ya no había adonde huir, ningún lugar seguro donde ni siquiera las piernas podían llevarte lejos. La verdad estaba presente, con su hórrido rostro acusatorio. La dejó ir dar palabra alguna, tan siquiera un forcejeo que le impidiese su partida; habría sido innecesario. Necesitaba de ese espacio.

Apenas un susurro a modo de carraspeo, un ademán imperceptible con sus manos enguantadas y un escalofrío por la gelidez aún persistente en su pecho. Se forzó el abdomen con la zurda sintiendo aún su frío, a modo que solo calor pudo percibir. Era su tarjeta de visita, su sonrisa de despedida; era un vendaval que arrasaba sin más medio que una ventana abierta. Eso había ocurrido, se dijo, tratando de convencerse. Dio media vuelta y sostuvo de nuevo la pérfida bandeja de dulces tan falsos como él mismo. Ya ni siquiera se esforzaba por demostrar alegría alguna. Cansado, quizás con una voluntad difuminada al hallarse expuesto, sintió unos deseos azorados de arrojar la bandeja al suelo y abandonar la vivienda. Observó la puerta tan solo un instante antes de girarse y dirigirse hacia la terraza. Aquella ensoñación murió tan rápido como su farsa; en apenas dos parpadeos, media exhalación y una pequeña muerte. Otro cadáver que restaba en aquella tragedia, comedía o lo que fuera todo aquello. Ya no le importaba en absoluto, no en ese momento.

Se acercó dejando la bandeja, a sabiendas de la petición de Beretta se dedicó unos momentos a escudriñar los disponibles. No hubo semejantes sabores, no pudo ver más que los tenues colores mezclados por el blanco de la masa. Naranjas empalidecidos, algunos rosados tímidos de su existencia, quizás algún verde inexistente ahogado por el blanco que lo rodeaba. No vio más que dulces, sabores de frutas y cítricos que nada tenían que ver con todo aquello. Se sintió de repente a cientos de leguas alejado de Beretta, como si de pronto, todo un océano, un mundo inmisericorde los separase. Ladeó la mandíbula y se decidió por un mochi cuyo tenue amarillo le pareció que contendría algún sabor ácido y exótico. Un limón que pretendería hacerse pasar por algún pensamiento extravagante y al ofrecérselo, en Luger no hubo temor de caída. Supo que Beretta no lo abandonaría tan pronto, no de aquella manera... quiso creerlo tanto, que sencillamente no pudo concebirlo. Aún entonces, sintió los delgados hilos de la aprensión tirar de él, los ignoró de forma rotunda, para terminar sentándose con un suspiro que denotaba un agotamiento impropio. Lejos de lo evidente.

- Creo que te ofreció una historia insulsa, aportaste un pensamiento afilado y terminaste arrancándole un secreto tan solo por ti misma y por su imprudencia. - Se acercó uno de aquellos mochis sin percibir cual de ellos sería. Apenas el primer bocado auguraba un sabor dulce, suave y cuidadoso. Supuso que había sido uno de fresa; supuso, porque en realidad poco le importaba.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Vie Mayo 25, 2018 8:50 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Luger parecía tan aislado de lo que le rodeaba que, de haber puesto la suficiente tinta sobre el papel, la pluma de Kan'ei habría podido palpar la distancia entre él y su propia presencia. Aquella inaudita desgana, aquella desvencijada apatía, aquel desinteresado ademán... el arquitecto languidecía sobre su maltrecho asiento y, Beretta, por su parte, apenas acertaba a retener la inquina a salvo entre sus fauces. ¿En qué especie de innecesaria e improcedente ordalía personal se había sumido el rey de sus más infames pesadillas? ¿qué clase de cimientos pensaba ofrecerle a sus cuidados castillos en el aire si ni siquiera era capaz de mantenerse erguido de pensamiento? interpretó su derrengada actitud, por supuesto, como una clarísima falta de profesionalidad. De seguir así, no volvería a contratar sus decadentes servicios. Entreabrió los labios, dispuesta a decir cualquier cosa que lo arrastrara de la desanimada letanía en la que Luger se hallaba inmerso, pero, finalmente, dejó que el aire silbara en silencio entre sus pálidos dientes de abril. ¿A quién quería engañar? aunque Beretta así lo quisiera, la mano que mecía y construía sus líneas nunca dejaría que fuera otro personaje quien sostuviera sus imperios de tinta. Torció el gesto y, dolida hacia alguien que vivía dentro de sí misma, volvió el rostro en la dirección contraria. Porque, si no podía evitarlo, al menos, le negaría la mirada hasta que, de alguna manera, le reconociera nuevamente dentro de la piel (o, tal vez, el traje) que habitaba. Cruzó las manos por delante del pecho, fingiendo descarada inocencia. ¿Jugando al despiste? más bien, al silencio. Oh, por favor, Luger ni siquiera se había molestado en aparentarse encantado ante su misteriosa propuesta; el desplante, aunque le doliera admitirlo, la había hecho sentirse atacada. O abandonada, quizás. Como inmisericorde castigo, la aciaga novelista no se dignó ni a acercar el vendaval que llevaba por mano hacia el amarillo dulce tendido. Que se moviera él, si tenía el valor necesario.—¿Así es como quieres conquistar a una dama? ¿tendiéndole la comida como si estuvieras alimentando a un perro que se pone demasiado pesado exigiendo atención? no seré esa yo, Luger.—remarcó con inusitada ligereza, ocultando el inminente rencor bajo una espléndida capa de aterciopelada delicadeza. Así se mentía, así se actuaba.

La soledad la desoía y, para su sorpresa, la compañía la oprimía. ¿Qué podía hacer ella, más que perderse en las idas y venidas de la gente que desfilaba, ajena a las desgracias que la desvanecían, por las cautivadoras calles que bajo sus tiernas piernas se extendían? arrugó la naricilla con gracia, renegando de cuanto Luger aplastaba contra su mente. No quería pensar en él, ni siquiera saberle a su lado. Cerró, pues, los párpados, aguardando, quizás, por un destello de ignorancia que la ayudara a pasar por alto el estropeado comportamiento del maldito alabastro. A veces, deseaba intensamente haber nacido insensata, torpe, poco intuitiva... pero, por encima de todas las cosas, inconsciente. Chasqueó con cuidado la lengua, sintiéndose, de pronto, ligeramente indispuesta. ¿Mareada? diluida, más bien. Le gustaba el término, le sonaba bien el concepto. Incluso enferma, Beretta creaba. Orquestaba. Pero Luger se le escapaba, y cada latido suyo discordante le pesaba más que uno propio desaparecido.—Te contaría el secreto, pero...—jugueteó con la punta del pensamiento, desinteresada.—... tengo la irredenta sensación de que no estás aquí, conmigo.—decretó lentamente, articulando las palabras con sonoridad y, por qué no, cierto bien cuidado dramatismo.—Y hablar sola nunca me ha parecido un pasatiempo demasiado encantador, ¿sabes?—se balanceó hacia delante y hacia atrás ligeramente, tentando a la suerte.—En otro tipo de novelas, los soliloquios encajan como anillo al dedo en los personajes. Lo sé.—entreabrió la mirada, todavía rehusándose a sí misma la intensa necesidad de observarle allí, sentado, tan apagado como hundido.—Pero, en este pasaje de la historia, no puedo usar ese recurso; sería, mi querídismo Luger, antinatural.—elevó sus desvaídos iris hacia el cielo, buscando consuelo.—Podría hablar sin parar: fingir que me escuchas y, al final de la anécdota, conformarme con un único comentario aparentado. Pero no, quedaría forzado. Feo de leer.—pestañeó, borrando el tedio de la sombra de sus ojos.—Demuéstrame que estás aquí, Luger, o, al menos, déjame pasar a dónde tú te encuentras; de lo contrario, me iré a la cama.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Lun Mayo 28, 2018 10:02 am

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
En el danzar macabro de una lengua sin freno, afilada, emponzoñada y ultrajada vivía Luger cautivo. Se mantuvo expectante de algo indeterminado, tan siquiera por él mismo. Propinando algún que otro bocado al dulce entre los segundos que se le escapaban de entre las manos como arena derrogada. Sin nada que ocupase sus pensamientos, sobre ese concepto se ahogaba sin hacerlo jamás, temblaba, vibraba y  se hundía en un abismo cegado por su misma oscuridad insondable, y allí Luger perecía, dejaba de ser tan solo; cuando el dulce no fue más que un recuerdo y un sabor sobre la lengua pudo salir de aquel pavoroso sentimiento. Ladeó la mirada hasta encontrarse con Beretta, pero no hubo sonrisa para recibirlo, como tampoco por su parte para hacerle saber que ahí estaba. Por alguna razón, preso de su inconsciencia, o más bien; aquella suerte de inexistencia ambivalente. Aquella disyuntiva que le forzaba a elegir entre qué era o quien creyó ser en un pasado. Confundido, absorto en estas cuestiones, había permitido que su misma máscara de porcelana se quebrase y menguara hasta que su propio devenir resultó extravagante y siniestro. Carraspeó a un lado reaccionando por fin a las palabras de su amado vendaval, muy consciente de cuanto había permitido en aquellos arrebatos de flaqueza inconsistentes. Maldijo su descuido, su dudar incesante y a todo cuanto hubiera obrado de alguna forma en aquellos procesos. Apresuró su lengua y sus palabras con el fin de no mostrarse más tiempo cabizbajo o apartado; quiso ahogar aquellas distancias que los separaban, y no habría otra forma mejor que por medio de alguna charla intrascendente. Decidió, dejarse llevar por los juegos de Beretta. Única verdad incompleta, supuso, en un mundo de falsedad.

- Disculpa por esta ausencia. Sencillamente he recordado algunas cosas que no he debido rememorar con tanta insistencia. Un recuerdo vano, enquistado e insalubre que bien hice en olvidar y mucho más en no lograr recordarlo. No eres ningún perro suplicante, amor mío. - Le dedicó una sonrisa, esta vez muy sincera tanto por sus labios como por su pecho, que apenas había comenzado a latir de nuevo. - Mi hermosa dramaturga. - Recitó con cierta sorna y condescendencia simulada. - Te dejo apenas unos segundos y casi dos minutos y ya piensas que te desprecio, que te trato como alguna alimaña... eres adorable ¿Sabes? - Una retórica que cerrase el broche de un retorno melancólico. Pronto sus mejillas volverían a recuperar el color, sus ojos la viveza de un hombre de mundo y exótico que jamás un pie puso fuera de su isla. Un auténtico bailarín de una danza macabra y descompuesta; pero que pasos, que garbo... volvió a sentirse en su piel, quizás en una prestada o bien sintética. Pero aquello habría sido justo. Convino.

Dejó que Beretta se divirtiera con sus idas y venidas, con sus palabras escogidas y apenas dio el primer paso dentro de sus mareas por palabras y acciones por representación encarnada; se vio completamente de nuevo en pleno escenario. Respiró a gusto, paladeó en el interior de su boca y le dedicó una mirada de renovada socarronería. Jamás de sus labios se entonaría semejante declaración; pero tuvo que darle las gracias en el secreto velado de una habitación sin paredes ni plena existencia. Un agradecimiento sincero de un actor a otro, que también obró como guionista y director. Sonrió en toda su plenitud, haciendo gala de sus modales y cortesías más espléndidas. No supo el porqué de su hórrida apatía, agradeció, de hecho, no comprenderlo, pero ahora se alegró aún más de tenerla a ella para hacerle salir. El tiempo apremiaba, la entrada estaba dispuesta, se dispuso a entonar su propio diálogo.

- Vuelvo a disculparme, querida. He estado algo indispuesto y soy consciente de la atención que precisa un artista de éxito de su adinerado mecenas. - Extendió ambos brazos para con ello demostrar aquellas “riquezas” en forma de terraza minúscula, piso deslustrado y posesiones ajadas. - Puede parecer encantador querida mía, pero no dejes que la tentación te lleve. Estoy aquí contigo, vuelvo a disculparme ¿Una tercera vez bastaría? - Se dedicó unos instantes para cavilar con la mirada a un cielo preñado de mil estrellas ahogadas en los humos de la industria y las luces del progreso. - ¿Deseas pruebas? Todas las que precise mi amada dramaturga, pero... ¿Solo por un secreto? - Se levantó con cierta parsimonia, mas bien expectante dramatismo hasta quedar justo frente a Beretta, con sus brazos posados sobre sus hombros y su rostro apenas unos centímetros alejado de un beso deseado. - Un secreto, una vida, un nombre y un beso. Quizás algo más en un momento bien distinto... - Insinuaba con una sonrisilla taimada y casi inexistente; presente tan solo para sus versados ojos. La empujó levemente hacia el vacío, nunca sin soltarla, jamás del todo pero si lo suficiente para hacerle sentir el fragmento de una emoción intensa. Algo simulado, aún real pero nunca completo. - Vamos, Beretta ¿Que secretos contiene ese pecho de porcelana y ese cuello de cisne prístino? ¿Y esos ojos de plata bendecida? Ellos tienen uno bien distinto ¿Verdad? - Dejó escapar una pequeña carcajada que más por el humor destilado, pareció engendrada del recato y la etiqueta. - Cuenta lo que quieras, soy tuyo desde ahora y siempre. -

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Lun Mayo 28, 2018 6:54 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Las disculpas siempre llegan tarde, pero te agradezco la intención.—devolvió con ligereza, apenas dedicándole un breve e intenso pestañeo a su querídisimo (y, al parecer, antes ausente) alabastro. El intenso orgullo de Beretta no era una grieta fácil de reparar: cualquier corte sobre su pálida cobertura, por más nimio e insignificante que resultara, llegaba a herirla profundamente. No era dolor aquello que experimentaba, sino algo, más bien, parecido a sentirse ofendida. O, como mínimo, dolida. Insultada, tal vez. Aunque un 'lo siento' (o, en su defecto, un 'perdóname') fueran un inesperado regalo del mismo tamaño que el mejor de sus fatídicos y surrealistas castillos en el aire, la tinta que atravesaba los procederes de la tempestuosa novelista no se sentía muy afín a la absolución. Mucho menos a la amnistía. Atrapó nuevamente una tenue exhalación que, en un impredecible descuido, transmutado en algente aire, casi había dado de lleno contra la adusta silueta del aparentemente extenuado arquitecto; dirigirle un suspiro, de alguna manera, habría significado mucho más de lo que estaba dispuesta a mostrar. A entregar. Desvió delicadamente la mirada hacia una esquina olvidada, queriendo cortar -sesgar- cualquier clase de vínculo visual que pudiera dificultarle la eminente y borrascosa tarea de ignorar su presencia; ¿jugar a su mismo juego? prefería la irreconciliable versión de 'darle a probar su propia medicina'. Oh, pero, ¿a quién quería engañar? nunca se le habían dado precisamente bien las frases hechas. Parpadeó una única vez, notando a Luger demasiado cerca como para poder mantener siquiera el control de su inmaculada respiración; el hilo le bailaba en la diestra de pulso temblante. Tal vez, porque era zurda. Tal vez, porque le daba miedo admitir que Luger aprendía, poco a poco, a leerla. Tal vez, porque no quería seguir avanzando por aquellos estremecedores derroteros. Él se acercaba, y ella, algente, callaba. Para su fortuna, el silencio sí que era un elemento que se dejaba manipular con asombrosa facilidad. Y allí estaba ahora, imponente, probando a balancearla sobre la irredenta cuerda floja que la sustentaba. Qué sencillo parecía dejarse caer, saborear la tentación del vacío y cerrar los ojos a todo lo demás que la rodeara; ¿qué expresión se le quedaría grabada en el rostro a Luger de verla precipitarse hacia la nada? o, en aquella ocasión, hacia la intrascendente calle. Se le antojó una última buena imagen que presenciar antes de morir definitivamente; se anotaría la fantasía, la ilusión. Sonrió.

¿Tan altas estimas tus pruebas, mi proyecto sin personaje?—tanteó, acompañando el vaivén al que la sometía sin oponer ni un pequeño aliento de resistencia. Incluso se atrevió a inclinar el rostro hacia atrás y permitir que sus mechones cerúleos se reunieran, unos momentos, con el cielo que los sepultaba bajo una presencia anodina. Gracias al viento, hasta aquel encuentro imposible se volvía, a lo menos, probable. Cambiar un 'jamás' por un 'quizá', siempre era una victoria a tener en cuenta. Chasqueó la lengua, claramente risueña. O achispada, tanto daba. El calor le surcaba las mejillas y, aunque la gelidez que emanaba de cada poro de su mortecina tez ayudaba a disimular el colorido resultado, el vivo ingenio que relampagueaba a través de sus pensamientos era todo lo que necesitaba para saberse levemente alcoholizada.—Dime una cosa, Luger.—con aquellos iris -supuestamente bendecidos en sepulcral plata- saboreando el firmamento, Beretta probó a evitar mirar la boca resuelta del emperador sin trono, pero sí reino intangible de pensamiento que gobernar. Del alfil sin reina que custodiar, pero sí espada que empuñar en su nombre. Del hombre sin sombra, pero sí reflejo del que dudar. Tantas cosas escondidas en un hombre... y todas ellas, a su retorcida manera, incompletas de los pies a la cabeza. De principio a final.—Si no te perdonara, ¿podrías vivir con ello? ¿insistirías en tus disculpas? ¿te retirarías con elegancia? ¿fingirías impasibilidad y, al cabo de unos días, volverías a buscar a tu dramaturga o, por el contrario, terminarías con tu pulso en un arrebato de incondicional desesperación? o, a lo mejor, tal vez, sólo continuarías caminando sin más. Sin preguntar, sin pensar, sin sufrir, sin cuestionar.—se concedió un suspiro porque, al fin y al cabo, aquella idea le escocía como una herida plomiza de bala en pleno pecho.—Tampoco te culparía por seguir adelante: es la parte más básica de una historia, el motor de cualquier novela que se quiera hacer llamar como tal.—razonó para sus adentros, fingiendo paulatina indiferencia. Todavía suavemente inclinada sobre la muerte más terrenal que uno pudiera imaginar, enderezó el rostro y dejó que sus casi tiernos labios quedaran a escasos centímetros de la boca de su pesadillesco caballero.—No respondas: te perdono el descuido. La inesperada ausencia.—articuló finalmente, despacio. Su risa, aunque no lo reconociera, la hacía vibrar a la altura del corazón. O de la pluma.—¿Un secreto? Kuroda disfruta demasiado de la compañía masculina.—musitó con ligereza, risueña.—¿Una vida? te doy dos: no tiene ni idea de qué ocasionó la muerte de sus padres. O, tal vez, sí que lo sabe, pero no quiere decir nada por pura desconfianza o, a lo mejor,  manoseada vergüenza.—acortó levemente las distancias: qué milímetros tan tensos aislaban una boca de la otra.—¿Un nombre? Usui, que es el caballero que le consuela alegremente en sus noches de pena.—¿un impulso más? todavía no.—¿Un beso?—rompió la distancia, unió realidades. Saltó al vacío desde su castillo en el aire.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Mar Mayo 29, 2018 12:16 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Una mueca triste tan evidentemente fingida como divertida, una mirada certera que pretendía hundirse en la plata irreverente de sus ojos, un anhelo en forma de beso que suscitaba nuevos perdones. Luger olvidó su apatía, su descorazonada sensación de no sentirse en su piel para sustituirla por su espléndida devoción. Beretta estaba entre sus brazos, apenas a unos palmos de deslizarse entre ellos para abrazar el frío aire nocturno, quizás el pavimento. Negó para sí, a sabiendas de que aquello jamás ocurriría, no podría permitirlo y aún entonces, el peligro pendiente era embriagador. Ambos parecieron comprenderlo, suscitarlo y explotarlo de formas bien distintas. Esa mueca se trastornó en una taimada sonrisa de complicidad. La adoraba, la ansiaba tanto como un demente a la luna brillante y preñada en una noche sin estrellas. Quiso besarla, sentir sus labios contra los suyos, sus manos enguantadas deslizándose por su cuerpo ceñido en negro; lo contuvieron las palabras de su vendaval, su tono de voz tan adorable que siempre lograba un nuevo efecto en sí mismo. Esta vez, tuvo que ser la obstinada sensación de proceder; el interés incontestable por la siguiente frase que luego sucederá a la próxima. Mantuvo aquella sonrisa sabiéndose perdedor de un juego de atenciones e ilusiones. Le gustó perder en aquella ocasión. Escuchó con solemne vibrar.

Se habló de pérdidas, de perdones inalcanzados o rechazados, de algún repugnante sentimiento de abandono que en ella causó un efecto más real que la simple suposición. Pronto su mirada se entristeció al verla consternada por ello, incluso roto por su petición de silencio ¿Pero como acallar una lengua que pugnaba por prestarle unas palabras de consuelo al rostro por el que su corazón latidos completos obviaba? Urdió unos instantes, deseoso de corresponder a su petición con alguna forma de elegancia extrema, de aquellas que a Beretta la hacían sentir como toda una princesa. Una aristócrata de verbos magníficos, de adjetivos aún mas elevados; ella bien lo merecía y tan pronto encontró una forma, se aprestó a ello.Sostuvo con delicadeza su barbilla perfilada con la diestra, en un gesto de suave complejidad la obligó a mirarle a los ojos; una sonrisa, una simple mirada consternada que entonaba la disculpa y negaba el abandono. Luego deslizó la misma mano hasta la suya, la posó sobre su pecho y el ritmo de un corazón resuelto quiso consolarla en un lenguaje tan solo interpretado por ella. Hubo silencio de palabra, más no de sentires. No quiso hacer nada más que todo aquello, expectante de aquella nueva ristra de sensaciones en las que sí podría entonar sus propias palabras. La dejó proceder sin apartarle aquella mirada, que pronto tornó lo lúgubre en sincera adoración; en vibrante confianza y amor.

Presta en el juego de secretos, amores y desvelos, Beretta hubo averiguado mucho sobre el chico impertérrito de entonces. Se sorprendió no por su orientación, más bien por su singular falta de discreción y aunque quiso incidir en ello, Beretta era excesivamente adorable en aquellos soliloquios arrebatados del más pulcro de los enunciados poéticos de algún libro maestro y olvidado. Tan absorto como al principio se dejó llevar por sus vientos lívidos, por sus azules y negros por palabra, omisión y bello desenlace. Y ello, por un beso tan suave como las caricias de aquel viento nocturno. No fue frenesí lo que invadió su pecho, lo que encendió su mente e insufló de nuevos afecto, aún más, por su arrebatadora artista. Fueron los dulces paladeos de un sabor exótico, uno elegante, adusto incluso y tan solemne y profundo que le resultó imposible hacer otra cosa que dejarse llevar. Que fueran sus labios los que tomaran a los suyos, que sus manos en relajada permisión la dejaran obrar cuanto quisieran y pasados unos instantes, una pequeña y delicada embestida de su nariz contra la suya. Una nueva mirada de cariño y un tímido beso de consecuencia sobre los de ella.

- Tú eres mi desenlace, amor mío. Sobre el jovencito de lengua suelta hablaremos largo y tendido pero ahora, es la tuya la que quiero y a ti a quien quiero sobre mi pecho. Bésame tan solo unos momentos más. Luego cuéntame lo que desees, tanto sobre tu persona, personajes o autoría. Pero bésame, querida mía. Toda una vida. - Y aguardó expectante de su respuesta, trémulo por una negativa que no creía posible, temeroso de alguna interrupción y sobretodo, agarrotado por un anhelo más fuerte que sí mismo. Sintió un dolor punzante en el pecho; un corazón que trastabillaba incluso más que él.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Mar Mayo 29, 2018 5:19 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Hacía mucho, pero que mucho, tiempo que la pluma de Kan'ei no se suspendía así sobre el papel, incrédula. O indecisa, tal vez. Parpadeó en repetidas ocasiones, impregnándose de las indescriptibles intenciones del adusto arquitecto; curiosamente, no fue capaz de leer más allá de lo evidente. De alguna trágica manera, se quedó indefectiblemente atrapada en su gesto compungido, en aquella falsa tristeza disfrazada de  comedia, en el roce de su boca llena de pájaros contra la suya henchida de versos. A lo mejor, ese, precisamente, había sido siempre su destino; unirse a aquellas alas pálidas hechas de labio y volar, sólo volar. Le murió la pregunta en la garganta, tan flagrante como estúpida; a fin de cuentas, volátil. ¿Proponerle una escapada? ¿a esas alturas del cuento? una  majadería, sin duda. Y, sin embargo, no podía quitarse la pintoresca idea de la cabeza.

Tanto tiempo sin respirar aire por novena primera vez le estaba pasando factura, dolor. Quería, aunque fuera durante un rato, desaparecer. Pero no, ya no deseaba hacerlo sola, sin ninguna lengua a la que aferrarse a lo largo de trayecto; le miró a los ojos, y, de no haber sido por el peso de la verdadera realidad sobre su ligero devenir, le habría pedido que lo abandonara todo y la acompañara a recorrer el mundo. A probar otras vidas, otras historias. Otros personajes. Tal vez, fuera ella la que podría enseñarle lo maravilloso que podía ser morir; lo bello que había en nacer. En elegirse, en saberse y, sobretodo, en conocerse. Y, aunque la deslumbrante saeta estuvo a punto de disparársele, la agarró en pleno vuelo, antes de que se le terminara de escapar del todo. ¿La razón? estuviera en lo correcto o errada, Beretta creía leer en las líneas de Luger un futuro distinto al suyo, un destino y un devenir completamente opuestos. O, como mínimo, antagónicos. Seguramente, él persiguiera afianzarse una posición, un lugar que poseer; ¿y ella? rastrear palabras en el viento, poemas en la tierra e historias en el fuego. Ya fuera por miedo o, precisamente, por valor, Kan'ei, para variar, calló.

Cambió la expresión prendida a sus argénteos iris: suavizó el ademán, atrapó la inquietud. Rió suavemente, contrariada. Luger, la llamaba desenlace y luego le pedía un beso de continuidad; cosas tan distintas, tan incompatibles, que bien podrían haberse repelido entre ellas. Atrajo su cuerpo hacia sí, letal. O peligrosamente encantadora, según por dónde se mirara.—Qué valiente petición, caballero.—ronroneó delicadamente, magnética, al tiempo que hacía chocar la punta algente de su nariz contra la contraria.—¿Silencias un secreto para exigirle a un final, precisamente, un beso?—murmuró lentamente, jugueteando, aparentemente despreocupada, con un botón de su negra chaqueta. ¿Imitándolo? cortejándolo a su modo, más bien. Liberó un lacónico suspiro de su descarnada cárcel de pensamiento, pícara.—¿Cómo lo quieres, cielo mío? un beso puede ser una coma, un signo de interrogación, una exclamación, un punto, un cambio de párrafo, un capítulo nuevo...—hizo rozar el aliento de su endulzada voz contra los labios del caballero estatal, arriesgando momentos. Respiraciones ahogadas.—... o incluso una historia entera.—concluyó, lívida, mientras, ahora, pegaba una de sus glaciales y descoloridas mejillas a la correspondiente de su peligroso y adorado proyecto sin personaje. Jugaba, probablemente, al despiste. O a la inocencia, quién sabe. Lo cierto era que, sigilosa, aprovechó el nuevo ángulo pulcramente escogido para cambiar la coqueta expresión adyacente a su mirada por una más entrecortada, más ausente y más perdida. Lo último que deseaba era que Luger, ya resabiado de pasar tanto tiempo a su lado, aprendiera a interpretar aquella impresión también. Algunos trapos, sencillamente, no debían ser sabidos. Mucho menos entendidos. Porque, a lo mejor, eso era precisamente lo que la aterraba; la ingrata posibilidad de que, tal vez, Luger pudiera comprenderla. Aceptarla. Se estremeció entre sus brazos, ligera. Temiendo desvanecerse, recuperó su antigua posición, a escasos milímetros de su incondicional alabastro. Mutó la piel, y la travesura volvió a adornar el tono de su nívea tez; era, a fin de cuentas, el único adorno que necesitaba emplear para atraer al hombre que, irremediablemente, yacía siempre preso de los incongruentes danzares de su fúnebre tinta.—A menudo, lo que llamamos el principio, resulta que es el final. Y un fin, a menudo, también es un comienzo. Del final, tal vez, es de donde partimos.—y antes de darle tiempo a contestar, sesgó la distancia con un beso. Largo, intenso, desprovisto de ataduras reales o imaginarias; se entregó al acto, al desmesurado afecto. Unió sus labios y, pícara, coló la lengua entre sus dientes. Acarició su espalda, tan adusta y rígida como la recordaba; notó cierto adiós en el contacto, pero también una incondicional bienvenida. Le besó intensamente porque, después de todo, no quería que siguiera pasando las páginas de su novela; temía que, de pronto, el manuscrito que la constituía, momentáneamente, se hubiera transformado en un diario. En algo personal.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Mar Mayo 29, 2018 7:32 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
En un juramento por afecto y carne ambos se unieron sin más palabras. Degustaron el sabor de quienes por tanto decidieron amar en hecho confesado, que en virtud de incontables descargas nerviosas decidieron continuar con su firme unión sin descenso. Y Luger constituyo gran parte de todo aquello, meciéndola entre sus brazos, usando su zurda para liberarla de los botones de su chaqueta, deslizándola a continuación por su abdomen en búsqueda de su piel cristalina. Aquel blanco tan gélido como cálido en sus afectos. Jamas encontró semejante mujer de reverenciados procederes, de tan elegantes maneras y tan embriagador contacto. Aquel frío que destilaba hizo que todo aquello despuntara en una pasión más intensa; que buscaba ahogar su gelidez con tórrido contacto. Frotó su abdomen con delicadeza, la permitió entrar donde bien quisiera, y su diestra los hizo salir de la terraza por miedo a que el mundo se la arrebatara preso de su inconsciencia. Era suya y no de los vientos que la trajeron. Fue el devenir azaroso quien tuvo la clemencia de disponerla en su camino; su voluntad y su hórrida brea quien la ató a su persona. No fue tan feliz en toda una vida transcurrida hasta entonces, hasta que llevándola y volteándola en unos giros que bien pudieron presentarse como los pasos de un baile olvidado y magnífico, se halló en el interior de la habitación escasamente iluminada. Percatado de ello pero aún preso con firmeza entre sus pasiones, no se deshizo de su abrazo como tampoco de su beso. Pronto su diestra ascendería hasta el cielo que por hebras de cabello cerúleo ostentaba, los acariciaría y agarraría con saña quizás tirando un poco, planeado y consecuente. La ceñía contra su cuerpo, la abrazaba, la escrutaba con la zurda y poco tiempo había transcurrido en realidad cuando su deseo se convirtió en voracidad inclemente. Pronto las galanterías ocuparon un lugar muy alejado y ajeno a todo aquel proceder.

Se apartó de ella en un suspiro arrancado, para luego volver a embestirla sin dañarla en absoluto con el fin de obligarla a deshacerse de aquella chaqueta. Un rápido movimiento de audaces manos, de versados momentos del mismo suceso en otros tiempos bastaron para hacerse con ella y, con una pulcritud apabullante en aquellos momentos, posarla con cuidado sobre el respaldo de una silla cercana. Acto seguido, un bufido de intensidad apasionada y ambos brazos agarrándola por debajo de los hombros. La empujó sorbe la mesa pretendiendo sentarla sobre ella. Igualando sus alturas, sus mundos y enfrentando aquellos aceros contra la lívida plata celestial. Se permitió unos instantes, unas exhalaciones de éxtasis anticipado. Casi podía sentir su piel contra la suya, pero antes debía encender aquellos vientos enfriados que emanaban de Beretta, ahogar sus orígenes invernales y que su vendaval se trastornara en tórrido huracán. Torció el gesto y la arropó con una serie de fulgurantes y breves besos desde el cuello hasta el oído para terminar con uno justo a la altura de la nariz seguido por una espléndida sonrisa.

- Basta de comparaciones magníficas y de poesía improvisada tal que hablada. Quiero ver a mi amada fuera de su elemento y trastabillando entre palabras ¿Que debería hacer? - Preguntaba con cierta socarronería fingida pero muy real, tanto, porque resultó serlo. Sabia bien que procederes efectuar, donde besar, donde hacerla sentir cómoda y donde extremadamente incómoda. Inflamado de sus amores y con su sabor intenso al par que frío aún pendiente de sus labios, se acercó hasta quedar entre sus piernas con el resto de su cuerpo a una distancia inexistente. Cuerpos enfrentados, una mirada surcada por una sonrisa ladina y unas intenciones tan difusas como claras. Bajo el rostro, volvió a espolear su nariz en un toque minúsculo contra la suya a modo de adorable incursión. - Abandona las tragedias, los dramas, las comedias y los paréntesis. Tan solo relájate un poco conmigo antes de la cena ¿Podrás hacerlo por mi, amor mío? O... - Retrocedió unos centímetros, se deshizo de su chaqueta con un chasquido, haciendo que la misma se transformara en férrea tierra para luego volver a conformarse sobre su antebrazo. Lo arrugó un poco, la lió de forma circular e hizo que pareciera que en su centro algo se escondía. Una forma pequeña difusa y redonda, para luego volver a mirarla en un gesto tan consternado como evidentemente falso. - ¿Y por este cachorrito, amor? ¿Lo harías por él? ¿Hmmm? - Justo tras ello, imitó con tanta nitidez un chirrido lastimero que casi pareció real excluyendo lo evidente. Volvió a reproducirlo y a cada intento, un repiqueteo de su zurda sobre el pecho de su amada. Tan solo un juego inocente sin motivo ni destino. Una farsa azorada destinada a fracasar; pero el mero objeto de su intento constituía un hecho importante. Aportaba descarada alegría, divertido teatro sin guiones ni actores. Tan solo ella; sin nombre conocido, él; que por Luger y Nanto vibraban por su amada.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Jue Mayo 31, 2018 5:44 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Veleidosa ella, altivo él; acostumbrados una a arrollar, y el otro a no ceder, siendo la senda estrecha, el choque era inevitable. Predecible y, aún así, tan indefectible como el paso del tiempo. Acalorada y, sin embargo, estremecida hasta la médula, Beretta hundió sus desatadas e imprudentes manos en la lívida espalda de Luger, buscando, tal vez, la negra brea que lo poseía; que lo pensaba y, por ende, también creaba. La funesta obsidiana que daba vida al arquitecto refulgía, siempre invisible a aquellos ojos inexpertos que no supieran hacia dónde mirar, ante sus ingrávidas líneas; por primera vez, el deseo, el ansia y el anhelo de hundir la pluma en su sangre negra y darle forma a una historia con ella se unieron para regir ya no sólo su devenir más inminente, sino su futuro a largo plazo. Porque para escribir con aquella macabra substancia, sin duda, hacía falta tiempo, valor e insistencia; no todos los cuentos, por más que pudiera parecer lo contrario cuando se trataba de Beretta, cedían a la presión de su impoluta estilográfica.

Vibrante, hambrienta de palabras, unió su lengua de escarcha al incendio ambulante que Luger espoleaba en las sórdidas profundidades de su cárcel de voz, carne y dientes. ¿El resultado? no podría haber sido otra cosa más que vapor. Excitación. Bailarina en sus brazos, pero todavía pianista en sus pensamientos, Kan'ei dejó que el desconocido Nanto pulsara las teclas adecuadas y, desnuda de botones, la arrastrara hacia el apartamento que, a partir de ahora, tendría que aprender a considerar como un hogar compartido. O, si la apuraban, prestado. Luger continuaba orquestando pulcramente la danza: tironeando de donde veía lícito hacerlo, masticando la forma de sus labios entre los suyos propios y deshaciéndose de la tela que entorpecía su ya irremediable avance, el arquitecto se habría camino hacia su, quizás, merecido premio. Oh, pero no sería tan sencillo. Abrazada, besada, acariciada; el pájaro cerúleo aleteó e, irritada a la par que encandilada, abrió los barrotes que la aprisionaban y se abalanzó hacia delante, ígnea.

Huracanada, sentada en contra de su voluntad sobre una mesa no diseñada para aquellas andanzas, haría que Luger lamentara cada breve, pero igualmente intenso, incendio encendido sobre su piel escarchada. Se abalanzó ella hacia delante e, infausta, antes de que el lunático violinista diera inicio a su tan descarnada como desinhibida marcha fúnebre de placer desatado, mordió la comisura inferior de su boca de pájaro y tironeó de ella con malicia e inusitada vehemencia. Gimió, ligera, y repitió la misma procesión de descarados besos que él se había atrevido a poner a prueba sobre su gélida tez; ¿no quería enfrentar mundos? ¿polos opuestos? ¿fuegos? que se atuviera, pues, a las consecuencias. Imantada a su cuello, mientras se dedicaba a lamer la grácil curvatura que este forjaba, le dejó hablar. A veces, como respuesta, gruñó; otras, sin embargo, rió. Lenguaje del alma, lo llamaban. Oh, pero, tal vez, tuviera que darle al proyecto sin personaje un poco de razón; primero, porque acaparar la única verdad no siempre resultaba un plato apetecible que devorar en solitario. Segundo, porque la poesía se le derramaba de tal manera a cada gesto o arrebato apasionado, que los versos ya no le pertenecían a ella, sino a la piel sobre la que los había dejado caer. Lo tenía entre sus piernas, incrustado entre sus trémulas esquirlas de hielo, al parecer, derretido; ¿se creía un donjuán? ella lo prefería un casanova.

Vaya, ¿tanto odias mi poesía?—murmuró contra su carne henchida de iridiscente deseo, apenas conteniendo el arrebato de plantarle un pequeño, pero suficiente, mordisquito en aquel hueco sin consuelo que quedaba entre su cuello y su hombro. Se alejó escasos centímetros, permitiendo que la adorable incursión llegara a buen puerto sobre su nariz; de alguna manera, el ademán se le hizo insuficiente para calmar sus anhelos. La exigencia, aunque congruente, se le hacía difícil de aceptar. Y, aún así, un instinto animal  (extrañamente natural) la obligaba a tragar. Incluso sin la divertida interpretación del pedigüeño cachorrito, Beretta habría accedido al deseo. Se guardaba, sin duda, los comentarios y la crítica constructiva sobre la obra para luego.—De acuerdo, Luger.—concedió lentamente, alzando con suavidad la zurda para arrullar la incólume mejilla del arquitecto entre sus dedos. La acarició, sembrando, inadvertidamente, pequeños brotes de prometidos vendavales.—A partir de este momento, no tendré ya nada en mi pensamiento; seré igual que hojas volando.—susurró, encantadora, haciendo descender la mano para dejarla apoyada sobre la mustia corbata del caballero sin chaqueta. Como de costumbre, estaba hecha un auténtico estropicio. Tendría que enseñarle a anudársela... pero, para ello, desde luego, primero estaba obligada a quitársela. La aflojó de su garganta con manifiesto inconformismo, más pendiente del futuro que de los trámites pertinentes que la esperaban en el presente; sí, le podían las ganas de saltarse las páginas hasta llegar al momento culmen del tórrido capítulo en curso.

Pecaba, en ocasiones, de lectora adelantada; o, más bien, acelerada. Y, como el propio Luger en ciertos momentos, se declaraba abiertamente culpable del delito. Del cargo leído.—Al fin.—la soga de tela cedió, y, sin mayores miramientos, se la sacó por encima de la cabeza embriagada de una pasión desmesurada. Arrojó la cuerda granate a un lado, poco preocupada del estropicio que pudieran causar durante la marcha; fervorosa, hizo presión con las pantorrillas sobre el cuerpo de su alabastro y lo atrajo hacia sí tirando del cuello de la camisa. Volvió a unir sus lenguas de fuego en un beso que, a la larga, terminaría estallando, incontrolado. ¿Y qué más daba? él le había pedido vaciar el tintero, y, por una vez, la pluma yacía a un lado del verso.—Ataca.—ordenó, exigente. Dos ideas que a la par brotaban, dos ecos que, al chocar, se confundían; esas, tal vez, eran sus almas.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Vie Jun 01, 2018 8:32 am

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Con su vendaval encendido, y su gelidez a punto de prender; Luger cesó en su empeño. Aquella chaqueta que por cachorro desvalido pretendía hacerse pasar dejó de ser siquiera un manojo arrugado de tela conformada de hierro. Se deshizo en arena para antes de caer siquiera al suelo ser repelida de nuevo lejos del escenario de la mesa desvencijada, que ya había comenzado a entonar su propia canción a base de chirridos lastimeros. Quizás más que los del falso cachorrillo. Lejos de percatarse en ello, Luger la dejó obrar. Sintió un apoderado escalofrío ascendiendo furioso su espina dorsal, una serie de besos devueltos que terminaron por encenderle a él mismamente. Todo cuanto quisiera probar de su cuerpo, estuvo a su disposición sin ningún reparo. E incluso aquella dentellada fue correspondida con una carcajada, un pequeño gruñido a modo de chispa de un dolor agradecido. Nunca fue de aquellos, por supuesto. Pero incluso un sorbo diminuto como aquel podía deleitar el gusto más conservador y reservado.

- ¡Al fin! - Exclamaba en un tono liberador e insuflado de desesperación acentuada. Llevaba posiblemente años esperando aquellos remansos de tranquilidad, donde no habría más belleza que la que contemplaba en silencio, ninguna pretendida ni elaborada. Asió su mano en contacto con su mejilla, le propino un beso escueto sobre el dorso, otro sobre la misma palma, y para cuando quiso ser consciente ya había sembrado su mano de cariño incipiente. La ayudó en su tarea de desprenderse de aquella corbata y ante los primeros intentos, Luger la dejó obrar levantando ambas manos enguantadas. Como si con ello se hallara desarmado y sin palabras. Una vez fuera, la observó volar por los aires antes de dedicarle una mirada suplicante. - Muy atrevida... ¿Querrías más? ¿Lo necesitas? - Insuflaba el deseo, alimentaba las brasas de una pasión de por sí ardiente. Con fervor, con embaucadora posesión, Luger se mantuvo expectante apenas unos instantes. Unos en los que su acero pareció más vivo que nunca, su sonrisa afilada como una espada prendida en las corrientes de la medianoche y pronto, se abalanzó contra su amada. Besando desaforadamente su cuello, su cuerpo se halló frente al suyo. Su pecho de brea corrompida contra el suyo de vientos inalcanzables; ahora el uno junto al otro, su calor frente al intenso frío que a su alrededor danzaba cual impávido guardián. Esos vientos, esos abyectos que tanto parecieron rechazar a Luger pronto morirían en la torridez, en la pasión desaforada e imprudente, en un fuego que ardía con intensidad y ninguna luz producía. Ciego de espanto, tan solo percibiendo la otra llama en su amada, se arrojó sobre ella.

Con un gesto delicado, la rodeó con sus brazos, la besó de manera ascendente hasta llegar a uno de sus trémulos oídos. Esos tan pequeños, tan perfectos y conformados a su parecer en el mas puro y prístino de los motivos. Tan graciosos ellos, le arrancaron una sonrisa y una carcajada, que a ellas les sobrevino una nueva andanada de dentelladas propias de Beretta, ahora impuestas sobre su propia piel. Pronto pasaría a sus labios, con sus manos en absoluto azarosas ni perdidas entre los pliegues de la ropa de ella. Certeras en su haber, comenzaron a desbotonar su blusa, a deshacer los nudos y a liberarla a ella aún más, siendo cada vez más quien buscaba y de forma que jamás querría confesar; menos Beretta.
La poesía pareció guardar silencio, la autora cesaba de ser para que resurgiera la persona y aquello brindaba una oportunidad a Luger. Un beso alargado, suave y delicado sembró entre sus labios. Una diestra junto a una siniestra que desabrochaban los cuatro botones ascendentes de su blusa, una de ellas que se internaba en las entrañas del pudor en busca de un calor que ahí moraba, pero que el frio negaba. Aquel beso fue una nota grave y sostenida que mucho aguantaría en la pieza, con su diestra deshaciéndose de los últimos botones y liberando el abdomen de Beretta a sus desmanes. Con ambas manos enguantadas acariciando su piel de alabastro, de perla tallada, de obra por el mármol, de inflamado amor que de barreras no entendía. Trastabilló en el sitio; un acceso de pasión que le impulso a acercarse aún más, a convertir aquella gravedad por beso en un crescendo brutal de pasión desenfrenada. Sus manos pronto visitaron algo más que simple piel perfecta. Acariciando sus contornos, sintiendo la excitación apoderarse de su cuerpo y necesitándola más cerca aún, sus ansias emergían con fuerza. La contundencia de estas le hicieron pensar de inmediato en su habitación, en unas luces que debían desaparecer y en otros fuegos que debían prender. Lejos de poder intentar siquiera articular una palabra pasó de nuevo a su oído izquierdo, al tiempo que su zurda rodeaba su cintura y su diestra encontraba refugio en su pecho; cual madriguera para un pequeño animalito.

- ¿Deberíamos seguir...? ¿O mi vendaval preferiría tener tiempo para comer? - Dejó escapar un suave exhalación, seguido de un par más de aquellos besos fervorosos y húmedos sobre el lóbulo. - Los dos sabemos que de seguir así podemos olvidarnos de cenar adecuadamente, amor mío. - Ello le hizo saber un concepto bien sencillo. Dos palabras, tan comunes como su respirar. Su amor... siempre lo había dicho al fin y al cabo ¿Por qué no decirlo? ¿Por qué no obedecer por una vez a los instintos y a los deseos pacientes? Insuflado de aquello, Luger pareció aguardar un instante; Nanto ocupaba un lugar casi desconocido. - Te quiero ¿Lo sabes? No podría vivir sin ti. Sin tu arte, sin tu belleza tan carnal como abstracta. Seré débil, evidente o quizás redundante; no me importa. Eres... el eje de mi vida. No me importa no ser el tuyo. Me basta con que estés conmigo. - Un abrazo justo tras esas palabras, una emoción contenida, quizás algo más que no llegaba a nacer en sus labios. Luger ocupaba su cometido, continuaba con la andanza. Volvió a prender un cálido beso sobre la nuca y pronto sintió los labios entumecidos. Amoratados quizás, afectados por aquel frío inherente a su amada. Volvió a besarla.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Vie Jun 01, 2018 5:46 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Serena la luna alumbraba el firmamento, mientras que en la tierra que Beretta había prometido, por el momento, pisar, dominaba una profunda quietud; ni voces, ni roncos gruñidos, ni tiernos quejidos de apasionados laúdes rompían el inestable voto de terrenal conciencia que, transitoriamente, la pluma de Kan'ei le había concedido al adusto arquitecto que llevaba brea por pensamiento. Aunque le corroían las entrañas las ansias de, clandestinamente, alumbrar metáforas, versos y alegorías a cada beso desenfrenado, Beretta se mantuvo, contra todo pronóstico, fiel (sí, fiel, no leal) a la causa entregada. Apretó los labios, soltó un pálido gemido estremecido que bien podría haber sido confundido, fácilmente, con una exhalación perdida; hundió las uñas en la piel tiritante de Luger, queriendo recubrir de noble escarcha aquella substancia negra, pero a la vez invisible, que bullía, ardiente, en su interior. Cristalizaría su alma, le enseñaría lo que era, realmente, meterse de lleno en el ojo de un huracán.
El caballero de hierro inexorable podría creer estar enfrentando incendios, fuegos, llamas, pero la verdad, ante la emponzoñada tinta de Beretta, tomaba una forma muy distinta; atípica. El imprudente Luger, por más que quisiera opinar lo contrario, no derretía, a cada incontrolada caricia, una esquirla de hielo pegada a su piel; lo que hacía, en su lugar, no era otra cosa que prenderle fuego a un viento desenfrenado, a mil mareas de brisa tempestuosa que, finalmente, se coronaban en rojo y giraban, liberadas de cualquier frío impedimento, alrededor de su infausto devenir. Un tipo listo habría huido, pero Luger, por encima de inteligente, era osado.

Es estremeció entre sus brazos, y oyendo besos por palabras, cerró los párpados con inusitada vehemencia buscando, al igual que un ciego, recurrir al resto de sus avivados sentidos para mejorar la experiencia. O, mejor dicho, las indomables sensaciones que azotaban, desbocadas, cada pequeño recoveco olvidado de su cuerpo. Partes que jamás creía haber sentido como realmente suyas, de pronto, vibraban, achispadas, contra su encierro inmerecido de tela. Entonces, él habló. ¿Y Beretta? ronroneó, encendida. O, mejor dicho, prendida.—¿Hm?—interrogó, claramente decepcionada por la pausa improvisada, mientras recorría con la punta de los dedos la superficie incólume que temblaba, henchida de irrefrenable deseo, a cada bien premeditado paseo de su dominante siniestra.—¿Que si quiero más, dices?—repitió lentamente, apegando todavía más su pecho a medio desnudar contra la camisa deshecha del hombre sin sombra y uniendo la desembocadura de sus casi tiernos labios con el lóbulo de su oreja. Al parecer, Luger no era el único que sabía jugar a pronunciar los sonidos correctos. Que conocía, por decirlo de alguna manera, la magia de todo aquello que no se decía, pero que se deseaba escuchar por encima del resto de ruidos que retumbaban, superfluos, contra la realidad vivida.—¿Que si lo necesito, preguntas?—lamió la zona usurpada y, adelantada a sus movimientos, le ayudó a liberar de la horca a los últimos condenados a muerte que quedaban imprudentemente prendidos en su desvencijada blusa. Una obra de caridad inaudita para el pueblo de cuero que la habitaba, sin duda. Volvió a ampliar distancias, corrompida por un sentimiento demasiado atávico como para ser siquiera comprendido y se le quedó mirando apenas un trémulo instante; el alma de Luger, peligrosa, se transparentaba tras aquel par de sombras que coronaban la gravedad de sus iris. Sereno, vívido, ardiente; así le veía, así le sentía, así le... ¿quería? Una caricia inesperada traspasó sus inexpugnables defensas, y los dedos del pionero dieron buena cuenta del tesoro que escondía tras la superada prisión de descolorida tela; se estremeció, de nuevo, ante el contacto sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Para contenerlo. Tembló e, intentando domar el escalofrío que le serpenteaba a través de la espina dorsal, juntó su boca contra la del alabastro y se entregó al amor que de allí emanaba; abrumador, discordante, intenso como nada antes experimentado. Gimió todavía contra sus labios, tratando de alargar, como buenamente pudiera, el candoroso momento. Se olía el final: o, al menos, otro comienzo. No quería terminar, mucho menos empezar. Lo atrajo más hacia sí, doliente.

Se rompió el tempo entre sus manos: se le escapó, sin que nada pudiera hacer por remediarlo, el hilo de la partitura de entre los dedos. Nuevamente separada del objeto de sus más profundos deseos, le dedicó una mirada desconcertada; turbada, más bien. Quien le pedía silencio, ahora se negaba a callar. Entreabrió los labios, dispuesta a dejarle caer algún reproche sobre los hombros, pero las palabras de él se le adelantaron y el veneno fue a morir en su garganta. La saeta se le clavó en el pecho, justo a la altura de la máquina a la que llamaba, por ceñirse al guión, corazón. 'Te quiero', le decía, y aquello la mataría un poco cada vez que quisiera recordarlo. ¿Quién le había pedido que pusiera el sentimiento en voz? ¿que dotara de alas a una emoción que, hasta el momento, ambos habían hecho bien en mantener provisionalmente encerrada en una habitación sin ventanas dentro del corazón? El abrazo la ayudó a suavizar la reacción que, por momentos, amenazaba con estallar en su interior; inmovilizada por culpa de dos sencillas palabras, Luger consiguió, finalmente, lo que tanto tiempo llevaba buscando. Beretta se hizo a un lado, despojada de líneas que seguir, y Kan'ei se quedó atrapada entre dos brazos que le pedían que se quedara. Si no ella, su personaje. Si no su personaje, su historia. Si no su historia, al menos, su tinta. No sabía cómo corresponder, cómo responder a aquello que, entre todas las cosas del mundo, era la última que habría deseo escuchar en boca del único personaje que había logrado traspasar sus barreras; sus ríos, cuidados, de tinta. ¿Mentirle, sería lo más adecuado? ¿y decirle tan solo media verdad? entonces, si llega el día en el que le cuente el resto, dirá que mentí dos veces. ¿Cómo proceder, pues? le devolvió el contundente abrazo, esperando, tal vez, que el tiempo tiñera su piel de camaleón del color adecuado.—Oh, Luger.—susurró, perdida y rescatada por otro beso sobre nuca.—Créeme cuando te digo, que seré tu viento cuanto tiempo me esté permitido.—murmuró, dejándole labrar aquel sendero de pasión mientras aprisionaba su cuerpo con las pantorrillas e inspeccionaba más abajo de lo que la espalda ofrecía.—Así que navega, velero mío, sin temor alguno por la mar; ni un sólo navío enemigo, ni una sola tormenta que no sea mía, alcanzará a torcer tu rumbo. Estoy contigo... estaré contigo.¿no añadirás un 'por ahora', escritora? insuflada de nuevos ánimos, apoyó las manos en los hombros del arquitecto y lo empujó levemente hacia atrás, clamando por interponer aire que fuera tan solo suyo de por medio.—Mi luciente cristal, mi nácar brillante... el viento está hambriento, y si no quieres que se vaya a buscar árboles que arrancar para saciar su apetito, será mejor que le ofrezcas algún sacrificio o tributo apto.—zanjó el asunto, lívida no de frío, sino de miedo. ¿A qué? a desaparecer. A morir. A volar.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Lun Jun 04, 2018 9:16 am

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Atrapado en la cadencia de unos besos cálidos, amoratados y cuyo dolor en la comisura no le hicieron retroceder un instante. Uno tras otro, con su vendaval pronunciando y su arquitecto edificando. Pensó en sus palabras y sintió al instante una punzada en su marchito corazón de maquinaria extraviada. Acaso... ¿Tan solo tanto tiempo como se le permita? ¿Quien? Y ello finalmente le arrancó del trance afectuoso en el que se encontraba. La sangre volvio a fluir entre sus delgados labios de alabastro y terminó por apartarse con lentitud, quedando frente a ella con el gesto compungido y roto, por la mentira. Henchido de ella, de nuevo siendo cómplice de la bella poesía, viéndola siendo incapaz al completo de abandonar sus formas veleidosas, tuvo que sonreirle finalmente. Ignoró su dolor incipiente; aquel que florecía como una flor tímida y desdeñada. Él siempre creyó que aquella belleza sería suya. Lo halló inverosimil en un principio, pero el tiempo aquello sepultó ¿Y ahora, de bruces contra la realidad? Doloroso, sin duda.

- Me dijiste sin poesía, amor mío. Nada de palabras escogidas ni partituras que usar conmigo ¿No lo recuerdas? - Alzó ambas cejas en un gesto que se halló bastardo entre la traviesa complicidad, y el incisivo dolor agudizado. Quiso escrutar aquellos acertijos entonados cual canción inescrutable, determinar qué significaba el viento de sus palabras, el celeste de su cabello y quizás el destino de sus senderos. Pero era un hombre, quizás de mente afilada y de corazón devoto. Pero nunca un artista ni un caminante de palabras hermosas. Resignado, pero nunca derrotado, Luger volvio a besarla en los labios haciéndola callar unos instantes, para luego alejarse lentamente. Un fulgor atravesó su mirada, su diestra y su zurda la rodearon con ávida expectación. - Castigo por tus faltas, querida dramaturga. - Enunciaba justo al instante en el que la obligaba a levantar los brazos al tiempo que sujetaba su blanca camisa entre sus dedos enguantados. Antes de un suspiro, el gruñido de desaprobación o una simple mirada acusatoria, Luger la despojó de su camisa en un movimiento tan gracil como fulgurante. Dió un par de pasos atras, se giró sobre sus talones, la dobló en pulcra ejecución y la dejó descansar en su regazo. Sonriente, y contemplando el abdomen desnudo de su Beretta, no pudo contener su sonrisa mas elocuente o vigorosa. Quizás de una viveza robada en otros menesteres.

- ¡Ahá! Mi vendaval sin camisa es mucho más sensual ¿No crees? Querida, tu castigo no es otro que cocinar conmigo y bajo unas reglas muy explícitas. - Corrigió su postura y de un taconazo de sus zapatos de cuero adusto, pareció un metre desaliñado de corbata inexistente y blusa blanca de mujer por pañuelo. - Ambos cocinaremos, no solo yo como suele ser, mi preciosa estrella. Yo mismo prepararé tu cena y tu, sin camisa por supuesto por haber faltado a tu palabra por medio precisamente de la misma, me cocinarás a mí ¿Preparada amor mío? - Erguido como estaba, Luger entonó su desafío con la sucesión rítmica y locuaz de un maestro de ceremonias. De voz clara, susurrante como de costumbre y por supuesto, divertida por lo que debía narrarse. Antes de continuar, se dedicó unos momentos a escrutar la bella anatomía de su poetisa. Aquel cuerpo de piel pálida que tantos deseos engendraba en su pecho. Nunca en toda su existencia supo de una mujer semejante, de belleza tan pura y corrompida en su forma particular. Existir junto a ella, dormir junto a su cuerpo... ¿No era acaso lo más dulce de toda una vida? Suspiró en anticipación a sabiendas de que algo debia jugarse si quería despertar el interés de su amada. Apenas unos segundos despues y quizás algunos más por la evidente distracción se decidió finalmente. - ¡Por supuesto! Quien antes termine deberia recibir algo... ¿Verdad? Hagámoslo interesante. - Se encogió de hombros, entonando la última frase de forma lenta, seductora y embaucadora. - Ninguno sabrá de la exigencia del otro y solo se sabrá si consigue la victoria. Debe cumplirse, sin preguntas ni desplantes. No hay trampa que valga o... - Su mirada pareció desviarse a todas direcciones tratando de encontrar alguna forma de coacción. Pasados unos segundos, lo evidente fue lo más acertado. - ... no llevarás camisa en esta casa jamás. Es un juramento de caballero, tienes mi palabra de que no será así. Bien, querida mía ¿Que me vas a preparar? -

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Lun Jun 04, 2018 1:01 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Kan'ei, con la pluma apartada a un lado de sus pensamientos, se sintió, más que viento, dañina. Más que un vendaval, una plaga. Ante el dolor con el que Luger la atravesó a golpe de iris velado, la escritora se revolvió sobre la mesa, sorprendida de descubrirse responsable de un crimen que llevaba, al parecer, ya incontables estaciones cometiendo. Quiso enmendar la herida, pero el daño siempre iba un paso por delante y, antes de poder articular siquiera una palabra conciliadora, Luger fingió superado el choque e hizo bailar el tema de la conversación entre sus manos hasta darle un color, una forma y una consistencia completamente diferentes. Borrón y cuenta nueva, lo llamaban algunos. Ignorar lo evidente, lo apodaban otros. Y aunque a Beretta le hubiera gustado dar un paso al frente -metafórico, por supuesto- y pedirle un perdón de tinta por la mala elección de las palabras, se quedó en el sitio, inmóvil, casi inanimada. Quizás petrificada o, peor aún, congelada. No se movió, porque, después de todo, saberse culpable no tenía nada que ver con someterse a juicio; mucho menos, con aceptar la condena merecida. Enterró una mirada distante, tan lejana como plateada, en la inconstante sonrisa torcida del caballero... no, del rufián de Estado. Apagaba el dolor con picardía, y aquella, por más que le pesara, era una medida tan válida como cualquier otra. Le seguiría el juego, porque, de alguna manera, esperaba que supusiera la absolución. ¿Redención? ¿amnistía? no las quería. No ahora.

Pestañeó, y la distancia desapareció de sus ojos y regresó a donde siempre debería estar, el alma.—Oh, por favor, si no...—pero no llegó a articular la protesta, porque unos labios tan conocidos como deseados le cerraron la boca con un beso. Ni tiempo a devolverlo tuvo, pues Luger volvió a separarse y, en esta ocasión, a hablar de castigo. Y ella que creía haberse librado del juicio y su correspondiente pena: levantó los brazos casi más por rendir cuentas con su marchita conciencia, que por querer concederle el gusto al arquitecto de ver a un imperio sin camisa. No obstante, fuera por el motivo que fuere, se dejó hacer; un don que, para bien o para mal, sólo él poseía. Echó de menos la tela respaldando su poesía, pero no se atrevió a quejarse al respecto. Parecía, visto desde alguna descarada perspectiva, un trato justo. Ella se había rehusado a desnudar la lengua y él, ahora, la obligaba a hacerlo de una manera un tanto más literal. Sonrió, entretenida.

Cruzó los brazos bajo el pecho, fingiendo tiritar bajo un gélido vaho que, en realidad, pocos efectos podía tener sobre su piel escarchada; la escasa tela que quedaba recubriendo su pecho, negra y lúgubre como ella misma, pugnaba por seguir manteniendo aquellos dos secretos a buen recaudo.—Oh, admítelo.—susurró, magnética, mientras descendía de la mesa con un suave salto.—Esto es lo que querías desde el principio, ¿eh, maestro?—bromeó, jocosa, quedando frente al intento de cocinero. Apegó su cuerpo contra el suyo, buscando, tal vez, desequilibrar sus defensas con ligereza; se acercó un paso más, atrevida.—Por hacer una referencia gastronómica... crees que este pececillo ha picado el sedal y está listo para ser cocinado, ¿verdad?—canturreó, en apenas un siseo, mientras se ponía de puntillas y rozaba el oído del alabastro con la punta más afilada de su voz.—Pero, te equivocas.—entonó, candorosa, volviendo a aumentar ligeramente la distancia inclinándose hacia atrás de nuevo.—Esta carpa, todavía tiene unos momentos de vida; va al mejor restaurante de la ciudad, así que la mantendrán nadando en el estanque hasta que algún comensal la pida.—jugueteó, despistada, con un mechón cerúleo que le colgaba, cautivador, a un lado del rostro. Apenas le miró, buscando crearle expectación. No parecía opacada, ni siquiera incómoda, ante su nueva condición; resiliencia, se llamaba. O inminente retribución, tal vez. Giró sobre la punta de los talones, solemne, y se encaminó hacia la diminuta cocina sin dirigirle ni un solo gesto de aceptación. ¿Qué estaba maquinando la brea que llevaba por cabeza? no quería, pero necesitaba saberlo. Con los brazos nuevamente cerrados bajo su desprotegida delantera, se mordió el labio inferior de espaldas al arquitecto y se tomó unos instantes para sopesar el momento. La balanza, desubicada, no sabía ya ni hacia dónde inclinarse; aquel juego la superaba.—Podría decirte que sí, querido maestro sin personaje, si garantizaras igualdad de condiciones.—articuló con exagerado dramatismo, dándose la vuelta para quedar, tras la mesa, claramente expuesta a él.—Mírame: podría salpicarme agua hirviendo, y a ti te daría igual. Eso no sería para nada justo.—negó repetidas veces, encantadora en su papel.—Sin camisa tú también o... devuélveme la mía.—sonrió, llena de picardía, y apoyó las manos contra la encimera de atrás, desvergonzada.—Te dejo elegir lo que quieres comer, así de benevolente soy.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Lun Jun 04, 2018 4:01 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Sanado de espanto, Luger sabía con certeza de la inefable condición de su monarca de invierno. Ladeó la cabeza ligeramente hacia un lado y permitió que aquella gelidez que la invadía, presuntamente, siguiera su curso como si nada. Era ingenuo hacia ella en multitud de ocasiones pero aquella no iba a ser una más que apuntar en un cuaderno envejecido con una pluma desgastada. Sonrió con recato, en su respuesta.

- ¿Tan transparente te resulto? - Preguntó con un tono arrastrado de sorna al tiempo que desviaba la mirada para luego devolverla justo al lugar al que pertenecía. Tan absorbente, con aquel pecho realzado por la acción de su persona, no hacía otra cosa más que tentar. Embaucar con su piel de porcelana, con el suave calor que solo él parecía saber encontrar, con sus caricias que escalofríos sembraba pero al tiempo afecto descomunal. Quiso arrojar la camisa al suelo y saltar a sus brazos. Quizás dedicarle la admiración que debiera a aquel cuerpo escultural, hermoso, perfecto, perfilado en el blanco más puro y celestial de la bóveda inalcanzable. Pronto se situó perdido, carraspeo suavemente y volvió al juego de danzares y palabras; como de costumbre. La sintió cerca, su frío con ella y el calor que su propio cuerpo desprendía. Dos avatares de un amor sincero, quiso creer. Dos semblantes de un mismo concepto que el pugnaba por controlar; debían cenar y con aquel susurro que desperdigó sorbe su cuerpo todo un torrente inexplicable no irían muy bien encaminados. Trastabilló en el sitio y la rodeó con la mano libre desde la cintura. No pudo contener el deseo involuntario de llenar su palma enguantada de su cuerpo inmaculado. Solo de palabra, porque de su historia el arquitecto sabía demasiado; y la brea ensuciaba. Mucho, además.
Quiso responder a sus palabras, pero cautivado de nuevo por sus formas elegantes, su embriagadora palabra entonada y aquel cuerpo que tanto ansiaba incluso tras tanto tiempo le resultó imposible. Dos, tres... quizás incontables respuestas parecieron agolparse en su garganta. Tragó saliva y la dejó marchar no sin antes contener de forma abrupta un gesto apenado por ello. Cerró los ojos y tras ello sonrió. Porque debía hacerlo. Porque disfrutaba de su tacto, de su fragancia a lirios en un invierno velado. De nuevo aquellos escalofríos como torrentes, como descargas, como vendavales insuflados por ella... alzó la vista y allí estaba. De espaldas y esperando una respuesta digna. Nunca tanto como se mereciera, se temía. Trataría de esforzarse por ella. Bien merecía el sudor, la sangre y el sacrificio.

- No tendrás que esperar entonces. - Se encogió de hombros alzando ambos brazos hacia los lados en un gesto de bienvenida evidente. Poco después arrojó la camisa perfectamente doblada de su amada contra una silla cercana. Entrecerró la mirada deseando que impoluta quedara sobre ella, pero el viaje nada bien le sentó y terminó por descansar desordenadamente sobre el asiento. Chasqueó la lengua con celeridad y volvió al frente que en verdad le importaba. Con una Beretta apoyada sobre la encimera, exhibiéndose y mostrando cuanto el arquitecto deseaba en toda una vida como la suya, maldijo en cierto tono sarcástico su propia suerte. Era difícil negar nada ante su presencia, prácticamente... jugaba con desventaja.  - De acuerdo. - Esgrimió sin más, demostrando que no habría discusión posible. Era justo, quiso mostrar, aunque en realidad carecía de fuerzas para rebatir el más mínimo argumento ante aquel cuerpo objeto de su devoción. Ante su mirada de plata engalanada y aquel pecho recatado incluso en aquel estado Luger bien poco podía obrar.  - Por ti, mi Beretta seré justo. Aprovéchalo, no lo soy muy a menudo y quizás tengas que escribirlo luego. - Comenzó a deshacerse del chaleco de su traje a dos piezas cuando de pronto un destello de lucidez le atravesó la consciencia. - Por luego me refiero a mañana... o pasado. No te pongas a escribir, amor mío. - Añadía a modo de vacuo seguro contra algún resquicio que su astuta dramaturga pudiera utilizar. Fuera su chaleco de negras hebras seguía su camisa de colores similares. Botón uno tras otro, no apartó la vista de aquel premio que se le ofrecía apenas a unos metros. Aquel torso, aquella mujer... invadido de nuevo por el deseo y quizás los arrebatos de una lujuria preeminente tardó algo más de lo necesario pero al fin estuvo hecho. Se desabrochó el ultimo de los botones y en un gesto tan fugaz como elegante en su ejecución la depositó sobre una de las sillas cercanas a la mesa desvencijada de hasta hacía unos momentos. Al apartarse se detuvo. Dudo unos instantes y observándola tan radiante, hermosa y perspicaz, quiso sencillamente relajarse por una vez. Dejar que Luger, sus entramados y engaños callaran unos instantes. El recuerdo de una noche sin mentiras, engaño ni belleza precipitada. La quería, la adoraba... y se merecía mucho más. Decidido, se arrancó los guantes de las manos y los arrojó contra la mesa a sabiendas del frío. Ignorándolo. Solo ella todo su mundo merecía... ¿Le negaría el tacto de sus manos? ¿Algo tan nimio... tan sentido y necesario?

Se acercó en un par de pasos ceremoniales por su lentitud y garbo, justo frente a ella, la rodeo con sus manos desnudas y pudo tocar su piel de alabastro. No hubo duda que le advirtiera sobre el frío de su piel, sobre la gelidez que ella desprendía y pronto sentiría sobre su propio pecho. Desoyéndolo a propósito: su pecho contra el suyo, sus manos sobre su tersa espalda. El tacto del frío intenso y su calor luchando denodadamente contra ello. Un beso sobre uno de sus ojos de corazón plateado y una mirada sostenida durante unos instantes. Sintió amor, mucho frío en un principio... pero luego no importó del todo.

- ¿Seguro que eso que llevas sobre el pecho no es alguna clase de estafa a mi regla? Yo estoy desnudo al completo desde mis caderas hasta mi cuello... ¿Por qué tú no deberías? Sé justa. Como yó. - Incidía, con un singular tono de burlesca farsa pero aún entonces, a sabiendas de la soledad de un hogar triste hasta aquel día, no vio razones para negarlo. En el fondo, quizás solo ansiaba el contacto directo y sin trabas. No sería la primera vez, pero sí tan ansiada como el resto.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Mar Jun 05, 2018 12:14 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Luger, para variar, le leyó el pensamiento; ante el justo ofrecimiento, para qué negarlo, se le había pasado inmediatamente por la cabeza la posibilidad de abandonar el concurso culinario, darle la espalda al arquitecto de una manera muy diferente a la antes vista y, sentada sobre el lecho calloso del mismo, derramar palabras sobre una hoja en blanco, un pañuelo o, tal vez, una camisa. Sin embargo, la acertada y precavida puntualización de Luger la retuvo en el sitio, expectante de sus próximos movimientos. ¿Realmente estaba aprendiendo, poco a poco, a leerla? ¿o, peor aún, a comprender  (o, a lo mejor, a descifrar) el sentido preciso y buscado de su sus contradictorias líneas? la idea, sencillamente, la aterró. O, más bien, la espantó. Cualquier persona podía abrir un libro y verse atravesado por su historia sin detenerse realmente a entenderla, a interpretarla o, como mínimo, a discernir los puntos más evidentes de la misma. La mayor parte de los lectores leían, sí, pero no llegaban nunca a rozar significados, a posar un pie sobre los mundos descritos; y aunque Beretta siempre decía que se habría desprendido, sin dudarlo, de su mejor pluma por encontrar a alguien que supiera cómo leerla  a ella correctamente, la certeza de que ese desconocido podría ser el propio Luger, le nublaba el corazón. O, lo que era más amargo aún, la perspectiva. Contuvo el aliento, apresando un verso entre sus labios; mustio, agrio y, por encima de todas las cosas, asustado. Escondió la mirada en las  límpidas manos que desabrochaban el chaleco de Luger, en el hombre que, con destreza de maestro de orquesta, las manejaba; compuso una sonrisa magnética sobre sus labios, y, de haber querido hacer la gracia, Kan'ei habría articulado con ligereza 'atraer'. Pero no lo hizo, porque se encontraba huida hasta de su propia tinta. Contra la encimera maltratada, la novelista apretó los dedos con mayor firmeza; como bien había apuntalado Luger sobre su piel, quería salir corriendo a escribir. En esta ocasión, para desahogarse como persona, y no como personaje. Palabras, necesitaba palabras. Sí, así todo marcharía sin contratiempos. Seguiría funcionando, avanzando.

Antes de que lograra regresar del todo a la realidad que le tocaba afrontar, el pecho ardiente de Luger ya se encontraba buscando refugio en el suyo; el contacto, por supuesto, la hizo estremecerse entre sus manos desnudas. Un momento, ¿desnudas? sí. El roce de las falanges expuestas le arrancó un gemido incontrolado, que le ascendió desde el pecho hasta la garganta sin más impulso que el de la propia excitación que la azotaba. Por un instante, pensó en deshacerse de la estrecha tela negra que cubría dos de sus más bien guardados secretos; dudó y, finalmente, decidió mantener su injusta condena. A diferencia de Luger, Beretta no se sentía especialmente generosa aquella noche... o, más bien, particularmente predispuesta a dárselo todo hecho. Acarició ella misma el incólume torso de su querido alabastro, trazando con la punta del índice pequeñas volutas invisibles sobre sus relucientes pectorales; si quería ser un guerrero, le hacían falta algunas cicatrices que revelaran el malestar de sus entrañas. Apretó los labios y, conteniendo las ganas de acurrucarse en el hueco de su clavícula, tragó cuanta saliva fue capaz de reunir en un parpadeo.—Oh, me ofendes.—articuló con fingida indignación, alzando la mirada para mantenerla siempre cruzada con el acero iridiscente del hombre de Estado. Sí, elevó la barbilla, indignada ante el, a sus ojos, descarado desplante.—¿Cuándo he estafado yo a alguien, Luger?—interrogó, orgullosa, mientras se daba nuevamente a la tarea de dibujar serpentinas sobre el pecho de su personaje preferido. Menudo elemento estaba hecho el hierro blanco, sin duda. Se mordió el labio inferior, jocosa, al tiempo que empujaba unos milímetros hacia atrás al caballero y retrocedía ella misma hacia puerto seguro. No era el momento apropiado: no todavía, al menos.—Mis personajes siempre van de frente, para tu información.—manifestó, claramente mintiendo, para luego girar sobre la punta de sus impolutos tacones y ofrecerle una nueva visión de su algente espalda al desvergonzado Luger. Cabeceó de izquierda a derecha, tan exageradamente dramática, que la obra pasó de tragedia a farsa en menos de lo que un espectador habría tardado en tomar asiento frente al escenario.—Si no llevase esta tela que tanto repudias, las condiciones dejarían de ser justas. Estaría tan incómoda como un columpio balanceado por el viento en su día a día: qué horror, ¿no crees?—se defendió, inmisericorde, comenzando a dar diminutos pasos hacia atrás, en dirección a su ¿amado? intento de cocinero.—Aunque, claro, si tanto insistes en que me la quite de encima...—se detuvo al notar que su cuerpo daba contra el embaucador de tempestades. Se apretó contra él, queriendo que aquella parte en la que desembocaba su espalda rozara de lleno lo que bien abajo escondía el orgulloso Luger. Se removió ligeramente, cautivadora; o, más bien, seductora.—... tendría que exigirte otras condiciones colgantes a ti también. Ya sabes, para equilibrar la balanza.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Mar Jun 05, 2018 10:43 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
En un evento mas propio de una naturaleza caprichosa e insondable... su vendaval temblaba junto a su pecho. Aunque era su piel la que sentía el castigo inmerecido del frio en respuesta del cariño y la confianza, le pareció que fue ella quien más sufría y quien en verdad padecía. Rodeándola con firmeza se permitió ceñirse en su agarre, sentir su suave piel deslizarse entre sus dedos, el delicado aroma del celeste de su cabello inundando sus pulmones con su fragancia. Lejos de su mirada, quiso pensar o realmente siquiera lo determinó, cerró los ojos. Hizo que su diestra describiera unos círculos inaccesibles en su delicada adoración de la piel prendida de devoción. Luger dejó escapar una única carcajada con ambos ojos por acero cegado a la plata, al cielo y a su belleza. Serían sus manos y el resto de sí quien la disfrutaran entonces.

- ¿Te ofendo? - Preguntó tras ella, volviendo a dejar escapar nuevamente otra minúscula carcajada susurrada, expelida como una exhalación grave y divertida. Torció los labios en una mueca de reproche aún con los parpados sellados y la zurda uniéndose en la orquesta de su hermana. - Si aquello no era engañar entonces sería otra cosa muy parecida. Con las mismas palabras y probablemente con un resultado similar. Agh, que desconsiderado soy en ocasiones. - La sorna era evidente y la burla se hallaba servida sin necesidad de presentaciones de ningún tipo. Beretta se giró y el chasquido de sus tacones contra el suelo de madera parecieron servir de aviso a su mirada oculta al mundo y viceversa. La visión de su espalda le hizo interrumpir una inspiración, que su corazón se impulsara con mas brío y se decidió a no volver a cerrar los ojos. Arqueada, perfecta, pálida como debía ser en ella y en verdad le encendía y excitaba. Una espalda tan femenina, tan bella como las palabras que declamaba por sus labios y por unos momentos suyo fue, y esa espalda un obsequio que con sumo gusto tomaría por propio.
Desvergonzado, completamente esclavo de aquellos impulsos, parecía que la cena tardaría algo más que unos momentos y el calor que le invadía como un torrente en las zonas más bajas parecía atestiguarlo. Pasó la yema de los dedos de ambas manos por su espalda, dejando que hablase cuanto quisiera, prestando la atención necesaria. Pero era su espalda de arrebatadora belleza e hipnotismo quien acaparó toda su voluntad. Acarició con la zurda los hoyuelos tras sus caderas; tan graciosos, femeninos y perfectos. Con un pulgar sentía la irregularidad y el resto de sus dedos parecieron perderse en la suavidad del lugar. Su diestra, adusta y aventurera como mano dominante, ascendía por su espina dorsal causando toda clase de efectos sobre el cuerpo del arquitecto.
Se descubrió con el gesto ausente, la mirada clavada en los movimientos de su diestra avezada y pronto, cuando ella misma se acercó hacia donde la rigidez hizo acto de presencia desde hacía mucho, sintió que todo aquello se avocaba al lugar prometido, ansiado y necesitado.

- Sería justo... muy cierto. - Acertó a decir con dificultad y aún entonces con pulcra ejecución. Incapaz de pensar en profundidad, Luger paseaba la zurda por sus caderas, rodeando su cuerpo y terminando sobre su terso abdomen. Ya el frío no supuso ningún impedimento y aunque en ocasiones tiritaba por ello decidió ignorarlo, sacrificarse en pos de un beneficio en contundente evidencia mucho mayor. Y en el término de sus palabras, quizás demasiado absorto en el cuerpo de Beretta, pugnando por mantener el control... hizo lo que Luger hacía en aquellas ocasiones. Actuó, y eso se tradujo en un fugaz movimiento de su diestra. Un ataque fulgurante hacia la unión de aquella tela que su pecho ocultaba y con aquello, si bien no se deshizo del mismo, advertía. Ni una risa fugada, tan siquiera un mal gesto a sus espaldas y antes de que su vendaval quisiera escapar de su destino sentenciado, Luger deslizo ambas manos bajo sus hombros y la atrajo hacia sí posándose sobre su pecho. En un parpadeo ella estaba contra su cuerpo, no trémulo del frío que ella desprendía de forma natural ¡Desafiante, caluroso y acogedor en cambio! Se dispuso entonces a trastear con cuidado de no desprender la tela, a besar aquel cuello de cisne embaucador durante unos segundos. Haciéndola sentir atrapada, ceñida contra el cuerpo pálido de quien la amaba. Se permitió una pequeña pincelada de su lengua azarosa en la unión del cuello con sus hombros. Dos besos más hacia la clavícula y entonces acercó los labios a su oído en una parsimonia expectante, contenida y disciplinada.

- Amor mio, te lo permito solo unos momentos. - Una zurda pesarosa que se separaba de su hogar prendido y a un chasquido su chaqueta de hierro se descompuso. Viajó por toda la instancia hasta encontrar la mano que la encomendaba y en un gesto lento y familiar, Luger tuvo que despedirse de sus buenas amigas para deslizar la chaqueta por encima de los hombros de su amada. No hubo palabras tras ello. Pero imaginar el agua hirviendo haciéndola temblar, o cualquier daño contra su persona le causaba un malestar insoportable. Se sentía manipulado, probablemente. No pensó en ello un instante, tan siquiera un sentimiento desvelado. La besó con parsimoniosa lentitud en una de las mejillas y terminó por alejarse. Dio la vuelta sobre sus pasos y comenzó a trastear con los ingredientes.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Dom Jun 10, 2018 9:30 am

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Como de costumbre, Beretta -o, en este caso, Kan'ei- recibió la advertencia con toda la diligencia que su expuesta situación le permitía demostrar. La estrecha tela cedió y, de no haber estado acompañada su sujeción de unas -seguramente, para Luger- indeseables tirillas de algún tejido de precio ominoso que pasaban por encima de sus acristalados hombros y se unían al nexo desatado, seguramente habría terminado perdiendo esa escasa y absurda dignidad que, por el momento, todavía podía esgrimir a modo de inviolable lanza abisal. Alzó la barbilla, presa de un enrevesado escalofrío que, más que lineal, trazó una órbita en espiral alrededor de su columna vertebral; Beretta tembló, sí. El contacto de aquellas manos expertas que sabían a la perfección donde tocar para incendiar, enfriar o enturbiar no hacía sino aumentar la necesidad de continuar provocando su anhelo, desatando sus grilletes y pugnando por ser ella, y no Luger, quien finalmente consiguiera transmitir un mensaje. O, mejor aún, un significado. Apretó los labios, condenada a, por el momento, dejarse subyugar sin poder ejercer ninguna clase de influencia real para hacer girar las tornas e intercambiar posiciones en el ruedo. En la partida que, desde hacía ya un lustro entero, llevaban disputando el uno contra el otro; se mordió el labio inferior, displicente, para luego buscar con la zurda la mejilla pálida que se acercaba, atraída, a su clavícula, a su cuello, a su rostro, a sus ojos, a su cabello, a su oído y, por encima de todas las cosas, a la ventisca. Rozó la incólume superficie con la punta de los dedos, queriendo sembrar tempestades, vientos gélidos; nunca dejando que el hielo encontrara entraña ajena en la que anidar, tan solo le permitía probar su mundo, su realidad. La perspectiva, falsa o no, de la propia Beretta.—¿Qué pretendes?—interrogó, absorta en el tacto y no en la palabra, ante la última y estimulante declaración del arquitecto. ¿Cedería, tal vez, a su propuesta de trato justo? una daga con forma de tenue sonrisa sobre sus labios, una pluma lista para levantar testimonio del movimiento que, a sus ojos, Luger estaba a punto de llevar a cabo. Aguardó el sonido de los pantalones al caer, el de la tela al liberar una bestia cautiva y el de un suspiro al recorrer distancias cortadas. Pero, ni de lejos, fue aquello lo que realmente sucedió; no hubo convenio aceptado, pero, a cambio, Luger le entregó un giro argumental, un detalle que, al lector, le habría despertado sentimientos encontrados. Intensos, sin duda. Insensatos, también. Penetrantes hasta la médula, sobretodo. Gimió, inspirada.

A un gesto a mano alzada del imprevisible Luger, la nueva piel de hierro se adhirió a la de camaleón como si, en realidad, siempre hubieran estado destinadas a permanecer juntas; acompasadas, cada una dentro de sus propios rangos de acción. Envuelta en el disfraz más usual e inverosímil del macabro arquitecto, levemente estupefacta -dentro de lo que cabía, teniendo en cuenta que hablábamos de Beretta- por lo que acababa de acontecer, se estremeció de los pies a la cabeza, incapaz de articular palabra sensata. Formando un nexo de unión con su tez, con su cuerpo y con su alma, la arena metálica respiraba a su vez, amoldada a aquel vendaval como recipiente que le acababan de conceder. Sintiéndose, para variar, muda de impresión, asombro y excitación, Beretta se llevó una mano al centro del pecho y acarició la estructura allí construída con inmaculada atención; de pronto, se daba cuenta de que, por más sorprendente que pudiera resultar, nunca había llegado a tocarla. A notarla bajo el peso de sus veleidosas manos, a palpar la carga que Luger llevaba sobre los hombros día sí y noche también, a arrullar las diminutas partículas de hierro inexorable que, en la soledad del compositor sin talento para la música, le habían acompañado en sus horas más lúgubres. Intercambiando papeles con el brillante alabastro, fue ahora, Beretta, la que tuvo que fingirse estable, serena. Quiso no darle demasiada importancia, susurrarse a sí misma al oído que no era más que un gesto valioso, pero esperable tan tantos años de endiosado dominio de los hilos que circulaban en torno a su vida; sin embargo, hasta a ella le sonó a  mentira. Un mundo regalado, más que flores, se merecía un universo a cambio. Agradeciendo que Luger hubiera desaparecido bajo un velo de espalda, Kan'ei se estremeció una última vez dentro de aquella piel algente, lustrada y, por encima de todas las cosas, querida. Cada uno ofreciendo su propia clausura del telón hacia el otro, cada uno inmerso en una realidad diferente; pero siempre complementaria, desde luego. Negándole la visión de lo que acontecía por su retorcida cabecita, Beretta notó agua recorriéndole el rostro, nublándole la perspectiva que con tanto afán defendía; baja de defensas, rendida, para variar, en la guerra, dejó que la lágrima navegara a través de sus iris hasta suicidarse, finalmente, hacia el suelo.—Gracias.—fue lo único que articuló. Con tono ausente, desprendido de su misma carne, se acercó a las alacenas y abrió una al azar, buscando, tal vez, los ingredientes adecuados para la ejecución del plato.—¿Dónde guardas el arroz y el salmón, Luger?—tocada y, a lo mejor, hundida, escondió el rostro tras aquella barrera de desvencijada madera. Las murallas, después de todo, estaban dentro de nosotros mismos.

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