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Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Mar Jun 12, 2018 11:49 am

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
¿Brillaría el sol de la misma forma a los mentirosos, a los embaucadores, a los de negra lengua y afiladas pretensiones? Un pensamiento racional sostendría una respuesta afirmativa, uno más dado a la vertiente espiritual sostendría un acalorado discurso sobre su negativa, quizás. Con Luger trasteando con sus escasos ingredientes comprados con un jornal exiguo, su respuesta parecía ser algo más gris e indeterminada. Puesto que sus embaucadoras formas pocos éxitos le habían granjeado en una vida en un principio destinada a la vacua nimiedad, pronto a la apatía irresoluble y ahora, a la ambición desesperada de quien se encuentra perdiendo el tiempo. Sosteniendo aquellos encurtidos dispuestos sobre unas hojas de algún árbol desconocido, Luger pensó detenidamente en el futuro. Pero tan pronto como Beretta reclamaba su atención estuvo ahí para ella; siempre deseoso de intercambiar pareceres, de sumergirse en sus alegorías incluso cuando pedía que cesaran. Supuso entonces enfrentado a aquellas sensaciones de añoranza que el consumidor no sabe a ciencia cierta lo que precisa como tampoco lo que necesita. Se arrepentiría de haberla hecho callar en algunos momentos, pero en el ahora limpio y maleable; disfrutaba de cada retazo de normalidad. De sana naturalidad.

- ¿Salmón? - Repetía con el gesto desencajado por la incomprensión. - ¿Me tomas por un Chunnin o algo así? ¡Ja! - Esa primera carcajada desembocó en unas cuantas justo a su vera, siempre contenidas para no resultar estridentes por supuesto, pero alguna que otra pareció hacer trastabillar su tono de imperturbable pulcritud. En virtud de una vida junto a ella, a Luger no le importaba dejar de mentir. Si seguía haciéndolo no era por mezquinas intenciones o desconfianzas, en absoluto. Tendería su mano por ella en cualquier momento ¿Cual era el objetivo pues? Miedo, curiosamente, a no resultar interesante o demasiado transparente. Frente a su vendaval, era un hombre gris, taciturno y en ocasiones siniestro. Nada que pudiera despertar pasiones, como tampoco inspirar versos ¿Pero como el Luger proyectado? Novelas, sagas, cantares podrían pronunciarse. Un hombre sin nombre que lo atase que danzaba según su propia orquesta. Algo memorable, pensó en su día. - Beretta, si tuviera salmón en casa o la capacidad de consumirlo de vez en cuando no llevaría una cesta por la calle como un vulgar zarrapastroso de por ahí. Nada de eso. - Negó, para volver a enterrar la mirada en la cesta y alzar de la misma un trozo de pescado envuelto en unas hojas similares a las anteriores. - ¡Hágase la caballa, mi amor! - Alzó aquellos trozos cortados en rodajas como si algún héroe de un pasado adverso hubiera hallado el más magnifico de los tesoros. Se acercó para colocarla frente a ella, esperando que supiera que hacer si tanto requería de alguna clase de pescado e ilusionado, algo innegable, en imaginarla esmerada en un plato dirigido exclusivamente hacia su persona. Tuvo que sonreír a sus espaldas, probablemente ruborizado de una forma que le resultaba estúpida, tanto que tuvo que borrarse aquella expresión con la diestra para volver a sus quehaceres. - Espero que te sirvan. Son de una calidad asequible, son salados y, bueno, me pareció algo aceptable. El arroz... - Se ladeó unos pasos hacia su izquierda escudriñando los cajones de su minúscula cocina hasta encontrar una bolsa a medio terminar atestada de arroz. Aproximadamente dos kilos de aquello dispuesto en un envoltorio sin marcas de algún tipo; nada más que una bolsa de arpillera algo siniestra de aquellas con las que uno podría imaginarse a algún demonio exacerbado. Presente, Luger realizó una servicial reverencia a su amada y volvió a sus ingredientes.

- Lo que quieras pídemelo, intentaré darte algún sucedáneo patético en respuesta. - Comentaba, burlándose quizás de su pobreza innegable o quizás reconociendo la existencia de una herida en su orgullo. Más animado y enfrascado en aquel duelo de aguas, calderos y pescados, Luger se permitió bajar la guardia. Relajar su postura, alzar las cejas con aparente normalidad alejándose de aquel gesto severo y cauteloso del que solía servirse. Sintiéndose a salvo, al menos en cierto sentido, se contentó y maravilló en los sabores sugeridos por las especias obtenidas. El mayor precio la ostentabas las mismas por una cantidad ínfima. Merecía la pena, pues Luger era hombre de sabores fuertes y especiados ¿Y Beretta? Entornó la vista paseándola entre las distintas muestras. Desde algo de curry, hasta simple pimienta. Negó en rotundidad, pensando que su vendaval no era dado a aquellos sabores estridentes. Su mirada y apuesta estuvo con aquellas sutiles fragancias del té, piel de naranja tostada, semillas de sésamo amarillo y negro, jengibre, semillas de cáñamo y alga nori. Todos y cada uno suponían una puñalada en su abdomen. A cada palabra leída sentía quinientos ryous fugados de su maltrecha economía. Bufó en respuesta tratando de alejar aquellos pensamientos y se decidió por un plato.

- Bien, ya sé que le voy a hacer a la monarca de mis cielos. - Anunciaba, quizás en un intento de presionarla para ir escogiendo cierta cantidad de ingredientes para disponerlos cercanos a la encimera a su espalda. Situado a escasamente un metro de su amada, comenzó a trastear con ellos, a sostener los cuencos, a medir las cantidades. Lanzado, quizás sentía ejercer una presión excesiva sobre Beretta. En un principio su vena competitiva pareció satisfecha por ello, pero de inmediato bajó el ritmo para desviar la mirada hasta ella, algo arrepentido de su brutal competencia, o al menos sus primeras intenciones. - ¿Necesitas ayuda...? -

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Mar Jun 12, 2018 3:50 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Coronada, por vez primera, en hierro en lugar de en plata, Beretta se sintió esculpida en oro. O en platino, si la apuraban. Abstraída en las marcas trazadas en las compuertas de madera que daban paso a la alacena, todavía marcada por aquel solitario velero suicida que se había atrevido a surcar el surrealista océano que conformaba su pálida piel, el vendaval irredento trataba de recuperar la compostura, la discreción y, por encima de todas las cosas, la razón. Desarmada, tal y como si su imprescindible munición hubiera sido robada -o, más bien, atraída- por azarosa obra de Luger, escondía el rostro en los enigmas que, tal vez, estuviera escondido el abandonado armario; a decir verdad, en aquellas profundidades vacías, poco había para deducir del macabro arquitecto más allá de lo evidente. Al igual que ella misma, el alabastro no nadaba en la abundancia; era tiempos difíciles para el arte en cualquiera de sus menospreciada jurisdicciones.

Apretó los labios, apresó un suspiro en los confines de su paladar y, cambiando la expresión adherida a sus suaves facciones, cerró las desoladas ventanas acartonadas y centró parte de su translúcida atención en las palabras que, ahora, Luger le dedicaba. Fingió decepción ante la revelación, tal que si, efectivamente, ambos llevaran una vida anodina, normal y, sobretodo, familiar. Cambió la piel de la poetisa por una más hogareña, sencilla de llevar; lo hacía por él, pero también por sí misma. Porque, para variar, le apetecía entregarse a la más mundana de las rutinas. O, tal vez, porque la impresión grabada en los acerados iris del presunto hombre de Estado, aunque costara creerlo, no tenía precio que le hiciera justicia. Trazó un puchero sobre la comisura de los labios, tintineo con el índice en la cerrada alacena y ladeó levemente el rostro hacia la izquierda; toda una ama de casa consternada.

¿Que no hay salmón, me dices? qué contrariedad.—sacudió la cabeza y se lamentó con ensayada gracia, igual que lo habría hecho un público amañado en la función de algún mal mago.—¿Y qué puedo hacer, entonces?—interrogó al aire, invitando al falso hechicero a que hiciera su magia y la diera una respuesta inesperada al misterio traído -o, más bien, arrastrado- al escenario. Abracadabra, la caballa emergió gentilmente de entre las insondables entrañas de mimbre de la graciosa cesta de la compra.—¡Oh!—fingiéndose sorprendida, se llevó la diestra a la boca casi como queriendo contener la dramática expresión.—Menos mal, ya me veía preparándote arroz blanco con...—nueva partitura interpreta a golpe de madera contra carne, nueva mirada avasalladora recorriendo el atrezo disponible al alcance de su productiva perspectiva.—... con pan seco de ayer.—concluyó lentamente, satisfecha de la improvisada actuación. Una inclinación, una reverencia camuflada y, amparada por las sombras que trazaba Luger al elegir los condimentos que utilizaría en su propio plato, enterró la mirada en el sinfín de utensilios de finalidad desconocida que disponían ante ella. A decir verdad, cocinar no era una de sus virtudes; ni siquiera de sus aficiones. La aburría, abrumaba y desesperaba. Todo a la vez, sí.

Pero por él, sólo por él, haría una excepción y, por una vez, trataría de disfrutar de lo que solía llamarse el momento. Efectivamente, para complacer a Luger y a la honorable apuesta pactada, renunciaría a su afición por las estrambóticas circunstancia e intentaría darle un giro a la cotidiana actividad para poder verla con mejores ojos y menores reparos. Entornó la mirada ligeramente, apoyó la palma de la mano sobre la encimera y, lentamente, retrocedió hasta los orígenes de Beretta buscando una receta que, aunque sencilla, pudiera resultarle placentera a su nuevo compañero de apartamento. Apretó los labios, absorta en la tarea de encontrar un plato adecuado para el momento y no la circunstancia, mientras observaba cómo Luger se daba a la tarea de disponer un renglón de especias en línea recta sobre la superficie que utilizarían de modesto escenario para el desfile de ingredientes. Bajo los focos, algunos frasquitos llamaron su atención y, uno en particular, le arrancó una sonrisa de medio lado; impoluta, se acercó un paso a Luger y le dedicó una suave mirada quien bien podría haber anunciado tormentas... o mares en calma. Cuestión de perspectiva o, más bien, de conocimiento en la materia insondable que atañía su plata.—Ponme agua a hervir, si eres tan amable; dos cacerolas, por favor.—arrebatadora, continuó aproximándose al arquitecto, provocando cada paso, a propósito, que la chaqueta que la amparaba rebotara contra la encimera y produjera aquel chirrido metálico que tanto le gustaba y excitaba. Ya a su lado, apoyó la punta de los dedos de la zurda sobre el brazo de Luger para, luego, comenzar a trazar un recorrido que los llevara hasta el hueco de su prominente clavícula.—¿Dónde guardas las infusiones? es imposible adivinarlo... ¿no?—ronroneó, encantadora, al tiempo que volvía a dar media vuelta y probaba a desvelar los secretos que, probablemente, se ocultaban en otro desvencijado armario al azar. De pronto, tenía otra idea.—Oh, ¿y si tú te encargas de los platos principales y yo de los postres? acabo de recordar algo que solía preparar...—se fingió despistada durante un instante, prendida de un nimio detalle al alcance de su vista.—... mi hermano, por supuesto.—y amplió la sonrisa sin dientes, porque, contra todo pronóstico, estaba disfrutando de la llana actividad. Tal vez, aquella vida no estuviera tan mal.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Miér Jun 13, 2018 11:54 am

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Fugaces destellos de una vida alterna, de un destino muy distinto y de unos compases que en su inexistencia, refulgía la existencia. Con Luger entretenido con sus especias, divirtiéndose en los sugerentes sabores que desprenderían en su plato, sospesando cuales encurtidos vertería a gusto de su vendaval y deshaciéndose en la ilusión de arrancarle una sonrisa agradable. Ni tan siquiera un agradecimiento habría necesitado de sus labios; tan solo una mirada y una conversación mundana. Nimio para cualquiera, oro insondable para los mentirosos. En su oscuro y marchito corazón, en aquel donde germinaban las maquinaciones de una existencia mecánica, correcta, pulcra y determinada; nacía algo muy distinto. Lo sintió puro en un principio, tanto como extraño en realidad. Y dejando que sus utensilios se derramasen por toda la encimera, se entretuvo preparando cada paso con suma delicadeza. Respirando con suavidad, sintiéndose Nanto, por una vez en mucho tiempo. En la forma en la que debía suceder, reparaba. Enmendando un daño nunca propiciado pero si sentido, Luger desvió la mirada para encontrarse con un  vendaval asaltando la fortaleza de hierro. Sintió un escalofrío pero contuvo la reacción, tratando de hacerle saber a su amada que ninguna forma de su arrebatadora esencia sería rechazada. Trato de disfrutar de la gracilidad de aquel gesto gélido, tan solo en el ambiente, tórrido en muchos otros lugares.

Quedó prendado al instante, con la mirada bien abierta y a la espera de sus designios. Sintiéndose vulnerable, a gusto con ello desde hacía mucho tiempo, respondió a su requerimiento con una amplia sonrisa. Antes siquiera de sostener la cazuela o prender el fuego, un beso raudo sobre sus labios a modo de deuda insatisfecha para luego dedicarse a su petición. Extendió los brazos rápidamente hacia un mueble empotrado sobre la pared, se hizo con una olla metálica, vertió agua en su interior de una botella no muy lejana a la cocina y la colocó sobre su lugar requerido. Y en menos de un pestañeo o un reproche, el agua estaba al fuego y Beretta tan ardiente como el mismo. Sorprendido no de su osadía más bien del amor que destilaba a cada gesto, Luger dejó que obrase a su propia voluntad. Pretendiendo que fuera ella quien determinara el límite; embriagado por todo ello igualmente.

- No imposible... más si difícil de sonsacar. - Respondía, sintiendo aquellas agujas de hielo ascender graciosamente hasta su clavícula. Más no hubo frío en respuesta; solo calor arrebatado, producido y vibrante. Tragó saliva, esperando que todo aquello continuase en otros términos hasta que de pronto, tan fugaz como una brisa, justo como ella era y no ninguna otra, Beretta se desvaneció. Suspiró profundamente, con deliberada aprensión por ello, pero una sonrisa se perfilaba en su rostro en respuesta. A su propuesta, asintió presto a satisfacer sus dudas. - Me parece genial. Y... ese hermano tuyo supongo que vive muy lejos ¿Verdad? - Preguntaba con cierta sorna conocida entre ambos. Supo bien que Beretta tenía unos orígenes improbables, nunca determinados por su propia palabra. Quizás transcritos mil veces, pero siempre de existencia puntillosa y desprendida. Pasados por alto, aquellos fragmentos relataban una verdad intensa y certera. Quizás él ya lo sabía todo de ella al mismo tiempo que absolutamente nada. Volvió a sonreír, o mejor aún, descubrió que nunca había dejado de hacerlo. Entregado a sus quehaceres, dejó que Beretta se encargase, encargándose del arroz hervido, del caldo basado en té verde, de aquellas sustancias encurtidas, de la especia de una cena humilde pero activa. Siempre radiante, contento de existir en aquellos instantes. Porque si bien desconocía el motivo de todo aquel nuevo respirar jamás habría osado preguntarlo.

- Las infusiones están en aquel armario sobre la encimera. Intenta alcanzarlas. - Con aquella indicación pretendía inflamar la situación, obligando a su gracil artista a colocarse en situaciones nuevas. Pues jamás había visto a su dramaturga entre los fogones, su aroma mezclado entre las especias, sus manos oliendo a caballa... no, eso nunca desde luego. Pero contento por todo ello, imaginó una vida como aquella. Tan simple, tan sentida y sincera. Junto a ella en un lugar muy lejano cuya existencia resulte remota de contemplar, cuyo nombre se olvide al ser pronunciado más de dos veces. Un mundo de prados extensos, de hogares familiares, de cielo amplio y nunca agostado, donde las estrellas brillan con un fulgor mundano pero aún intenso. Allí Luger se imaginó muriendo, dejando de ser; para que Nanto si pudiera.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Miér Jun 13, 2018 6:31 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Absorta e incierta, y sin conocer, Kan'ei flotaba en el mar muerto de su propio e irredento ser. El leve gimoteo del agua entrando en erupción marcó un punto de inflexión en las tenues mareas que mecían las nostálgicas oleas de sus pensamientos: ante la llegada del líquido al punto álgido de ebullición, para variar, Beretta se sobresaltó en el sitio. Estática, inmóvil, durante un breve instante no estuvo segura de quién era, de dónde se encontraba; ni siquiera de con quién estaba. Parpadeó, cauta, poniendo excesivo esmero en que no se la notara desconcertada, apabullada por unos vientos huracanados que ni ella misma era capaz de retener bien atados a la punta de su pluma. Con pequeños gorriones de ayer revoloteando frente a sus iris desvaídos, la memoria navegando por los ríos de tinta que se le desbordaban a cada inconsciente pestañeo y la noción de sí misma completamente deshilachada entre sus manos, se acercó lentamente a la acalorada olla y, con cuidado, se aseguró de la temperatura alcanzada fuera la correcta. Dio media vuelta y, con ensayada diligencia, rebuscó entre los numerosos y variados armarios hasta dar con los ingredientes necesarios para la impredecible receta que tenía en mente; a todo esto, no le sorprendió que el apartamento de Luger se hallara lleno a rebosar de cajones, escondrijos y casilleros. Después de todo, conocía su gusto por los secretos... o, al menos, por aparentar que los tenía y que, por lo tanto, necesitaba guardarlos en alguna parte. Sonriente, una vez, para su propia sorpresa, los hubo reunidos todos, se los quedó mirando durante un breve instante; ignorando levemente la afirmación camuflada en pregunta del adorado alabastro, asintió con ligereza a la modesta tropa de comestibles reunida.—No me esperaba que tuvieras todo lo que buscaba: felicidades.—articuló a modo de singular agradecimiento, al tiempo que volvía levemente el rostro en dirección a Luger y le guiñaba un ojo con mal disimulada picardía. Entornó, entonces, la mirada, tratando de recolectar los pasos a seguir del cementerio maltrecho que había terminado creando su memoria con el paso de los años; esperaba que mereciera la pena el esfuerzo, al menos. Tocaba ponerse manos a la obra o, de lo contrario, se las tendrías que ver frente a frente con los anhelos reprimidos del impredecible arquitecto. Además, ella también quería ganarse el derecho a ver cumplido un deseo; no todos los días, te ofrecían un premio tan apetecible.

Flores de cerezo, harina de arroz, té verde en polvo, azúcar y tres orondos cuencos de madera coronados con agua fresca constituirían la vanguardia de su pronto vanagloriado escuadrón; en cambio, esperando su momento, en la retaguardia reservaría una cucharada de soja, más espacias dulces, otro sinuoso recipiente de líquido cristalino, una ínfima ración de fécula de patata y un puñado de anko; o sésamo negro molido, para los amigos. Apretó el gesto, satisfecha con la escena recreada y, pulcra, se entregó a la tarea de amasar tres versiones diferentes del dulce ya concebido en su imaginación; una, rosada, resultarían tan dulce, meliflua, sugerente y peligrosa como la propia Beretta. Otra, para llevarse la contraria a sí misma y darle a probar un pedazo de la escondida Kan'ei, llevarían en sus mullidas entrañas diversas hierbas aromáticas. La última, para que Luger pudiera adivinar de qué postre se trataba, sería, sencillamente, la manera original de presentar la delicia popular preparada. Tarareó levemente, entregada al poco asombroso papel que, en deferencia a Luger, se había adjudicado a sí misma durante el resto de la monocromática jornada. Una vez hubo terminado de concebir las coloridas masas, introdujo todas y cada una de las espesas bolitas en el agua achispada, pendiente de las oscilaciones de volumen que esta pudiera sufrir y de otros detalles ínfimos que, en realidad, no eran más que una excusa y un pretexto para evitar dirigirle una mirada interesada al anfitrión de la cena. No quería que la creyera intrigada en el plato que él estaría cocinando en aquellos momentos; aún en la piel de una joven enamorada que todo lo haría por lo que venía siendo el poder del amor, había ciertos toques que, sencillamente, Beretta no podía permitirse perder. Mucho menos, olvidar.

Cuando las abigarradas esferas estuvieron bien cocidas -o hervidas, no dominaba demasiado el lenguaje técnico que se solía esgrimir entre fogones-, las cazó con ayuda de una cuchara y las introdujo en un bol encharcado para que se refrescaran y enfriaran mientras daba ella se daba a la mañosa tarea de confeccionar la dulce salsa que, según alguna voz sepultaba en los confines de su irredenta memoria, era la nota más característica del postre. Empleando la misma cacerola -pues, con la segunda, pretendía confeccionar un té negro adecuado para la ocasión-, combinó los ingredientes dejados anteriormente en la retaguardia y los removió hasta que conformaron una substancia espesa del color del caramelo; aunque no la recordaba exactamente así, se dijo que la presentaría como la versión del director.

Faltando tan sólo la presentación del mejor plato de la velada, clavó las coloridas bolitas en unos palitos que encontró apilados sobre la encimera que yacía tras ella para, luego, rociarlas por encima con el dócil aderezo cuidadosamente confeccionado. Engendró una sonrisa, acicaló la escena y, finalmente, sirvió un par de tazas llenas de un té de la misma tonalidad que la más irresolutas de las obsidianas y las dejó al lado de las encantadoras confituras a tres colores. Voilà, su trabajo estaba terminado. Le dirigió una mirada plagada de cercanía al alabastro todavía ocupado, le volvió a guiñar un ojo con malsano descaro y, empleando ambas manos para transportar las valiosas mercancías, se zafó hacia la mesa que ocupaba el centro del poco espacioso, pero atractivo apartamento. Las golosinas al centro y las bebidas a ambos lados de la lustrosa superficie que, supuso, no estaría precisamente confeccionada en refinada caoba de extrarradio; contuvo una risilla, magnífica.—Te estoy esperando.—canturreó, dejando que los segundos pasaran. Tal vez, no se viviera tan mal así, ¿verdad? instante a instante.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Miér Jun 13, 2018 8:25 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Parpadeó una vez; un pequeño temblor pareció invadir su figura, temió hacerlo una segunda; por si todo aquello se difuminara en las brumas de un sueño ideal tan frágil como breve su mensaje. Luger luchaba por mantenerse sobre el nimbo inalcanzable, por nunca más despertarse de aquella ensoñación tan perfecta que tuvo que hallar como falsa de principio a fin. Tal era la felicidad que sentía, que embargaba su pecho y le hacía sentirse completo, que por supuesto, nada de ello podía existir realmente. Bajó la vista, temeroso. No osó alzarla por miedo a que todo ello se derrumbara en su lívida inexistencia. Como si la madera que acariciaban sus dedos no fuera la de su apartamento, que el aire que llenaba sus pulmones con el frío expelido por Beretta tan solo fuera una cruel burla de una mente trastornada por el anhelo. Querría que todo ello fuera cierto, que el mundo girase sobre los engranajes correctos, que su vida resultara como aquella que estaban sirviendo sin ningún impedimento... ¿Era aquello la realidad? Se preguntaba con temor a conocer la respuesta, entregado en silenciosa diligencia a los quehaceres de su plato, que debía ser el principal y para dos, en lugar de tan solo para ella. Debía hacerlo por supuesto, porque de haber caminado un par de pasos hacia su lado, agarrarla por los hombros y haberla amado ahí mismo todo se habría derrumbado. Colapsado ante el peso de una realidad inalienable donde la poesía escapaba de un mundo abyecto que nada parecía tener que ver con ella. Donde el hórrido arquitecto moraba en el ostracismo, silencioso, oculto y solitario. Soñaba con sentirse amado, con verse ensalzado por sus semejantes y poder alzar el rostro con orgullo... como ella. A ella podía vislumbrarla en una escalinata plateada, rodeada de atenciones y lujos. Siendo parte de la aristocracia que merecía y el no proporcionaba. Porque la negra brea no dejaba de ser engendro de la tierra, y el celeste vendaval hija de los vientos imperturbables. Capturar una brisa en un tarro resultaba imposible, tanto como exhalar las caricias de tu tierra para llevarlas siempre contigo.

Todo quedaba atrás, todo te abandonaba... y aún temeroso de volver a parpadear con normalidad, Luger contuvo el aliento. Entregado a la cocción de la carne de caballa, correspondiendo a la frase de Beretta con una sonrisa ensayada y siempre aterrado por la inexistencia. Por saberse viviendo unos compases nunca planeados y por tanto inverosímiles. Porque no creía cuanto estaba viviendo, lo que su pecho sentía con intensidad, lo que sus manos se dedicaban con diligente empeño. En cocer sobre un adobo especiado en una cacerola metálica, usando un fuego similar al de Beretta. Pudo observala amasar aquel postre, sentía curiosidad, espanto y derrota.

Abrió la boca tan solo para ser silenciado de inmediato, apartado de un impulso emergente. Había miedo, duda y espantosa irrealidad. Hallándose en el límite de un imperio de engaños, frente a una certeza inenarrable; Luger era feliz. Nanto existía.

En ello, se dedicó en encomiable silencio a sus tareas. Dorando la carne, cociendo la salsa en aquella cacerola y preparando un par de platos, seguidos de una fuente central. Procuraba con celo que el fuego no malograra la textura del pescado, que la salsa no quedara coagulada ni demasiado espesa. Hizo uso de una cuchara para, con mimo, determinar si todo ello iba por buen camino. Sintiéndola deliciosamente salada, continuó con todo aquello. Vertiendo las especias requeridas sobre la salsa, algo más de agua buscando rebajar su intenso sabor, uno que bien invadía, más que sazonaba. De nuevo a cuchara tendida, su lengua se puso a prueba frente al intenso calor de la salsa para verse nuevamente maltratada, pero el gusto resultante mereció la pena. Esgrimió una mueca de aceptación, lejos de quedar plenamente satisfecha, la consideró como válida. Y aunque habría gustado de usar carne mas allá de simple y humilde caballa, esta sirvió a su propósito, quedando tierna pero sin dejar de ocupar su forma.

Cuando lo contemplo preparado, con mano experta y temblorosa al mismo tiempo por aquellos desmanes aún persistentes, vertió el pescado sobre la cacerola que ocupaba la salsa. Se dedicó a sazonarlo como debía, creando aquel regusto inmortal. Salsa de soja que conformase su cuerpo principal, algo de sake para dotarle de vigor al sabor, mirim que exaltado por las prisas tuvo que ir a buscar a la cesta y finalmente azúcar que recogió del montoncito de Beretta, que ya se disponía a servir sus postres. Acelerado por ello, se dedicó en cuerpo y alma a que todo quedara como debiera. Vertió algunos vegetales a modo de adorno, desde pequeñas algas decorativas hasta algunas que conformasen una guarnición exigua pero elegante. En ello parecido absorto cuando su vendaval anunciaba su triunfo. Sonrió, pero no lo hizo sin antes sacrificar parte de sí mismo. Sintiendo, temiendo, augurando que al girarse con el plato tendido todo ello se esfumaría en una exhalación postrera.

- Dame unos momentos. - Requería, finalizando el plato y sirviéndolo en la fuente principal. Con sumo cuidado, resalto una presentación arrebatadora. Con el pescado adobado en el centro, con aquellas verduras perfectamente alineadas a un lado y por supuesto, bicolores semillas de sésamo sobre la carne parda empapada en aquella salsa tan típica como magnifica. Teriyaki, recordó que se llamaba.

Comenzó a tararear una melodía bien parecida, una alegre y dispar que parecía anunciar el plato, que muy convenientemente había ocultado con un fino trapo tan impoluto como su propia pulcritud.

- ¡Listo! - Y dejó la fuente sobre la mesa, aún oculta, recordemos. Luego extendió un plato a cada lado del mismo. Dudó un instante, trastabilló en el sitio y terminó extendiéndose para unir los platos muy cercanos el uno del otro. Porque de ser un sueño; debía ser tan feliz como pudiera serle posible. - Bien, mi amor ¿Que nos has preparado? - Preguntaba con graciosa teatralidad, al tiempo que con su zurda posada sobre su plato creaba la expectación propicia. Y pudo verla, no desapareció; ahí permanecía tan etérea y tan presente. No pudo evitar extender la diestra hasta que quedase prendida de su mejilla. Acariciándola con cariño, esperando un ronroneo, un beso o un “te quiero”

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Jue Jun 14, 2018 1:21 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
A Beretta, la brillante escena le parecía, a la vez, surrealista y absolutamente normal; tan irreal y tan estática como un cuadro de Rembrand. Un momento petrificado, bañado por la escasa luz opaca que lograba filtrarse a través de la terraza anteriormente usurpada. Incapaz de catalogar la intensa emoción que se le resbalaba a cada desvanecido pestañeo, iba registrando cada uno de los detalles que componían la sencilla estampa que Luger y ella estaban compartiendo. Sospechaba, tal vez, que si llegaba a diseccionar el instante una vez muerto, sería capaz de extraer la raíz del endiablado sentimiento, del desesperado anhelo que le nacía en la hoja en blanco del pensamiento sin que nada pudiera hacer para remediarlo. Cuando se quedaba -o, más bien, le robaban- las palabras, muy a su pesar, siempre terminaban aflorando y floreciendo otra clase de deseos roídos muy diferentes a los habituales. Una familia corriente, una cena corriente, una noche corriente, una vida corriente, unas líneas... no, sin líneas. Sin versos, sin guiones y sin historias. Pero ya probaste eso una vez, escritora. Y no te gustó. Entrecerró la mirada ante la llegada del plato principal y, si Luger se creía parte de una ilusión, Beretta se empezaba a considerar inmersa en una pesadilla cuya peor revelación era, sin duda, el ansia escondida de que se volviera también un sueño... o, peor aún, una aspiración real. Apretó los labios, llevó la zurda a una de las pintorescas tacitas de barro cocido y la condujo hacia su boca de lirio, demasiado enturbiada como acertar a comentar algo apropiado que aderezara, y no agriara, el espectáculo. Porque sí, aquello tenía que seguir siendo una farsa, una actuación, un disfraz, un... meneó la cabeza, serena.—Falta azúcar.—resaltó, correcta, aún cuando siempre había dejado claramente manifiesto que detestaba los sabores edulcorados. Sobretodo, en materia de infusiones.—Ahora vuelvo.—informó, presta, mientras se levantaba de la silla y acudía de nuevo a la cocina para hacerse con un pequeño cuenco lleno a rabiar de diminutos y blanquísimos cristalitos. Mutó de expresión: cambió la sobriedad por la apacibilidad. Mucho mejor, se dijo.

Ya estoy de vuelta.—anunció su llegada, risueña, al tiempo que dejaba la cesta en el centro de la mesa y recuperaba su asiento anterior todavía coreada por el tintineo metálico de la adorada chaqueta. Confiaba en que, la arena, supiera acallar sus sospechas; o, peor aún, sus temores. No se sirvió ni una triste cucharilla de azúcar: antes de que hubiera terminado de sentarse, ya se había olvidado del objetivo de aquella repentina y poco frecuente huida.—¿Yo debo revelar mi secreto y tú puedes mantener sellado el tuyo? eso, cielo, no es muy de caballero.—refunfuñó, encantadora, mientras arrugaba con gracia su naricilla y le dedicaba un efímero parpadeo disoluto. En realidad, tenía ganas de terminar pronto con las líneas correspondientes a la cena y pasar a degustar otra clase placeres más... naturales, casuales. Se pasó la lengua por la comisura de sus labios, ávida, y fue entonces cuando la impecable diestra de Luger se atrevió a rozarla; a tocarla, a asegurarse de que, efectivamente, allí estaba. Y aquel gesto tan nimio, tan sutil y tan recatada, no solo le sirvió a Luger para liberarse de un miedo, sino para recordarla a la propia Beretta -o, tal vez, incluso a la misma Kan'ei- que, para bien o para mal, no era tinta sobre un papel. No ahora, por lo menos. Repentinamente turbada, descendió la mirada hacia nuevos horizontes desconocidos; el firmamento de añeja madera la devolvió el afecto, descarado. Sonrió de nuevo, azarosa, pues no sabía bien qué otra cosa podría hacer; ¿besarle? ¿ronronearle? ¿decirle que le amaba? no, no haría nada eso sin poesía. Sintiéndolo por Luger, su propia norma le dejaría, ahora, con las ganas de algo más allá de una mirada robada y unas mejillas pálidas sonrojadas.—En la hora de la comida, no se juega.—murmuró suavemente, escondida en aquella mano de marfil que la sostenía.—La primera introducción tiene que ser la del plato principal, no la del postre.—articuló, improvisando, al tiempo que buscaba con los iris al apetecible actor camuflado bajo el mantel y lo señalaba con un escueto ademán del rostro.—Aprovecha el frenesí del momento y preséntalo como es debido.—aconsejó, fingiendo inaudita ligereza, aprovechando la falsa entereza para volver a dirigirle una mirada cristalina y coronada en plata.—Corre o...—apresó el labio inferior entre sus incisivos y, con premeditada parsimonia, extendió la zurda -el lado del corazón- en dirección al plato principal escondido.—... seré mala...—sostuvo con la punta de los dedos un extremo del abigarrado paño, apenas alzando la esquina para que comenzara a dejarse ver lo que este ocultaba.—... y miraré bajo la manta.—provocó, incendiara, sin apartar la desafiante mirada. Un reto.—Sabes que lo haré.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Jue Jun 14, 2018 7:00 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Pero ahí estaban ambos, resonaba en respuesta de una pregunta jamás enunciada. Ella no se deshizo en los pétalos trémulos de una flor pálida, el no se hundió en los abismos inenarrables de una mentalidad horrorizada por el engaño. Todo permanecía, el aire salía de sus pulmones, su vista certera sobre los hombros cubiertos por el negro que le había ofrecido como regalo de buena fe. Beretta no se esfumaba, era real, caminaba, vivía junto a él... y él; no podía creerlo, pero tuvo que obligarse a ello. En aquel delirio que debía ser falso por concesiones de una voluntad que no supo describir. Porque todo aquello había sido obra de un destino, de un azar, de un Círculo del Lirio que aún pendía sobre su pecho, de mil mentiras danzantes que terminaron por unir a dos versados trapecistas sobre la misma cuerda. Se miraron el uno al otro... y no fue otra cosa que complicidad, afecto, amor, descarada pasión lo que les invadía. Ahí, suspendidos sobre un cordel delgado y casi invisible, en un escenario donde el público veía algo muy distinto; en una oscuridad solo perceptible por ellos; vivían, transcurrían las décadas.

Respiró con profundidad, acercándose aún más al frío cuerpo de su vendaval, como una luciérnaga a una muerte comprendida y añorada. Ella, la parte de su vida que nunca supo que necesitaba con tanto ahínco y angustioso sufrimiento. Entretenido, intrigado como nunca lo había estado con Beretta, se deleitaba en profundidad con cada momento. Atesorando aquellas miradas de plata sincera, su piel pálida como una luz de luna proyectado sobre un caudal enigmático. Aún sin creerlo, su mano se agarró con una fuerza mayor, pero siempre gentil.

- No como te imaginas desde luego.  Lo nuestro es algo más imperceptible, más profundo y básico en su singular confusión ¿Verdad, amor mío? - Nuevamente en sus palabras la embriagadora cortesía parecía presentarse, como de costumbre, su intrigante tono de voz casi susurrada y nunca estridente parecía guardar intenciones ocultas; solo una podía asegurar esta vez. Tenerla, quererla, que ella lo permitiera, por todos los cielos. Que ella concediera sus dones a un miserable como él. - Tienes razón. - Articuló con abrumador pesar. Una mala noticia por su parte que hizo que la presa se aflojara una tercera parte y que su mirada se desviara hacia su plato al tiempo que su mano se acercaba al trapo. Lo que en un principio pareció sobresalto se convirtió rápidamente en cálida admiración. Muy superior al frio expelido, a la bruma helada que su cuerpo provocaba; vio aquella mano pendiente de su mantel y no pudo sentir más que un sentimiento contundente. Uno profundo, suave, enorme... indescriptible en su placer. Tuvo que descubrir de forma tardía unas cuencas humedecidas, una mandíbula trémula y el comportamiento de un joven atolondrado. Un carcajeo pareció excusarlo por completo, al tiempo que Beretta amenazaba, Luger cedía ante su propia emoción. Porque apenas podía contenerlo, todo era demasiado para una vida demasiado aquejada de sufrimiento en una soledad escogida... y de pronto ella.

Se deshizo de su agarre, dio un par de pasos lejos de todo ello en busca de recomponerse y en el mismo impulso, forzó la más contundente de sus sonrisas; siempre altanera, siempre pulcra, vigorosa y agradable. Al tiempo que su diestra la tomaba de las muñecas, su zurda enjugaba lo que pudo haber sido y no llegó a serlo por suerte. Rió, pero aquello no tuvo que fingirlo. Lo hizo con sonora felicidad, con alegría indómita jamás deteniéndose a pensar el porqué. Pasados unos instantes, permaneció mirandola a los ojos aún con su muñeca sobre su palma. Deslizó la diestra, trató de entrelazar sus dedos con los de ella y nuevamente, su acero pareció saludar a su plata en un modo nunca antes contemplado. Saludaba, lloraba una bienvenida inesperada y aún entonces, cuando recordaba sus convicciones y formalidades de férrea seriedad Luger pareció trastabillar y ceder. Acariciando sus dedos, la acercó finalmente hasta el mantel, la dejó vislumbrar todo lo que hubo bajo el mismo y lo hicieron juntos. Quizás algo nimio, sin importancia. No para él, aún obrando sin considerar lo supo. No para él.

- ¡Mi plato estrella! Caballa sobre salsa teriyaki, aderezada con especias dulces, alcohol en justa proporción, macerada con cuidado y hecha con todo mi cariño. - Esperó unos instantes creando algo de expectación, temblando de un modo que solo él pudo haber percibido e inesperadamente nervioso, tuvo que añadir algo más por muy estúpido que le hubiera parecido al emerger. - Todo mi cariño y mi atención para quien amo. - Una sonrisa tímida pareció perfilarse en aquellos labios que hasta hacía no demasiado entonaban amenazas, negra poesía en forma de maquinaciones homicidas y control a raudales. Una fábrica de espinas, de alambre metálico que rasgaba sin asesinar; ahora degradada a la torpeza del amor. Necio, pensó de si mismo con acierto. Pero que bien se sentía por ello. - Es... es algo sencillo. Pensé que querrías algo más elaborado pero me faltan ingredientes. Lo he adornado con semillas de sésamo y bueno, en un principio quise dibujar algo especial para nosotros o alguna frase escrita. Quizás un símbolo. - Dudó unos momentos, temeroso de que todo aquello le hiciera parecer un pelele rendido a sus encantos a pesar de que así se presentaba a duras penas. Era un hombre de Estado, de rígido entendimiento, de fuertes convicciones y adusto semblante... que se ruborizaba como un adolescente. Coherente, sin duda. - Me faltaron semillitas... - Terminó por aclarar.

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Setsuna Kan'ei
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Setsuna Kan'ei el Vie Jun 15, 2018 5:53 pm

Man is the cruelest animal
Beretta
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
A veces, para ver claro, bastaba con cambiar la dirección de la mirada. Con, sencillamente, pasar de la que había sido la perspectiva principal hasta el momento a una más adyacente que, quizás, en una primera instancia, ni siquiera te habías parado a considerar como una opción válida. Y eso fue lo que, de pronto, a Beretta le sucedió mientras observaba y formaba parte de aquel dócil cuadro de Rembrandt que tanto tiempo llevaba ya recorriendo la mirada inflamada por la plata que en ella rezumaba. Lo había mirado de arriba a abajo, de lado a lado, de diagonal a diagonal; después, al darse cuenta de que no encontraba el motivo -o, más bien, el secreto- que la hacía sentirse tan incómoda, había probado a juzgarlo -que no escrutarlo- desde el más puro de los subjetivismo hasta con el menos vehemente de los racionalismo. Y, sin embargo, nada justificaba esa intensa molestia que le bailaba en el pecho, que le tamborileaba a la altura de los dedos y la obligaba a golpear con ellos la ajada superficie de madera que ante ambos se extendía. Entonces, sin saber muy bien cómo ni por qué, por fin se le había ocurrido probar a estudiar la escena desde otro punto de vista, desde otra perspectiva; se dio cuenta de que, en realidad, nunca había intentado la opción más evidente, más intuitiva, más atrevida. ¿Y si, en lugar de modificar el ángulo -ya fuera mental o físico-, modificaba, directamente, los ojos con los que miraba? sí, la escritora habría mantenido la mirada pendiente del telón a levantar, pero, ¿y el personaje? ¿qué haría la persona que bajo su piel de camaleón habitaba? parpadeó e, inspirada por una vida enterrada, convirtió los aterciopelados ademanes de Luger en el centro de la obra. En el plano principal de la pintura. En el motivo de la tela. En el protagonista de la historia. En el solista del concierto. Entreabrió los labios y, con aquella carcajada liberada, a ella misma le fue inevitable liberar otra. Más meliflua, sí; más inconstante, también. Pero por algo había que empezar, ¿verdad? había mucho que contar.

Oh, Luger, ¿has enloquecido, acaso?—bromeó, risueña, mientras reía a su lado y se dejaba apresar por aquellas manos valientes que no le tenían miedo a las brujas malvadas y a los monstruos de debajo de la cama. Tampoco a los lobos feroces ni a las princesas mentirosas, por supuesto. Mecida, encerrada y encantada como si bajo el influjo de un mago inestimable se encontrara, le devolvió la mirada al alabastro que, muy hondo de su corazón, algo prohibido despertaba. O, más bien, reanimaba. ¿Cómo te atreves a avivar un cadáver, arquitecto? ¿no sabes que la nigromancia nunca ha estado bien vista, truhán? Si lo pensó, y no lo llegó a pronunciar en voz alta, fue sencillamente por un afán tan incoherente como absurdo por mantener firme, aislada, blindada... no, impermeable a las emociones que él pudiera lanzarle. O, más bien, dispararle. Pero daba igual cuanto intentara cubrirse, camuflarse o velarse; los proyectiles liberados, las algentes saetas procreadas, siempre daban en el blanco. Tiros limpios, los llamaban. Apretó los párpados, rogando, en silencio, por un beso; pero al igual que ella antes le había dejado con las ganas, ahora era él quien, de manera inconsciente, le negaba el deseo de tenerlo entre sus dientes. Callando palabras, creando nuevos significados para el tan injustamente odiado 'silencio'. Quiso decirle un 'te quiero', a ver si así reaccionaba, pero la oración -¿o, tal vez, confesión?- le murió en la comisura de los labios antes de que pudiera dejarla volar o siquiera cobrar alas de voz. El paño que hacía de telón se vio levantado, y Beretta, que ya había olvidado que su diestra todavía continuaba, juguetona, apegada al estambótico manto, se atragantó con las palabras que no llegaría a pronunciar hasta mucho -quizás demasiado- tiempo después. Y para entonces, aunque todavía no lo supiera, ya sería tarde para evitar lo que estaba por llegar. Contuvo la decepción, pues, incluso en su inconstante veleidad, no quería desestimar el gran e innecesario esfuerzo que Luger se había tomado para ofrecerle algo digno de su, a menudo pensado en falso, refinado paladar; arqueó una ceja, le tembló la boca y, finalmente, rompió a reír de nuevo suavemente. Dulce, templada y espoleada, tal vez, por el alma de un gorrión, aplaudió al plato revelado al tiempo que acompañaba el gesto y el arrebato de una leve, pero encantadora, inclinación de cabeza.—Bravo.—alabó, escueta, pero sincera, al tiempo que se acercaba a la obra culinaria y se echaba ligeramente hacia delante para escrutar detenidamente la pieza.—Huele de maravilla.—continuó halagando. Apenada por el tonillo lastimero con el que Luger expresó su último comentario, arrugó la naricilla con inesperada gracia y, envalentonada por un impulso más de Kan'ei que de Beretta, se hizo con un puñadito de azúcar del antes traído y, lentamente, sin pedirle permiso y aún a riesgo de ganarse una reprimenda por arruinar los sabores principales del trabajado menú, lo espolvoreó por encima de la adorable caballa pulcramente salseada y de las semillas que sobre ella ya habitaban. Creó un par de símbolos concéntricos, poniendo esmero en que uno se superpusiera al otro y resultara una hazaña digna de atención y diligencia el descifrar su significado. Una vez acabado el breve verso, volvió el rostro en dirección al alabastro que tan de cabeza la traía y, veleidosa y azarosa como el viento que la propulsaba, alzó la diestra y acarició aquella piel tersa que envolvía su mejilla.—Dime, ¿qué lees?—y dijera lo que dijera, no se lo desmentiría. No ahora, por lo menos. Se recostó contra su hombro, algo cansada. ¿Sólo se ve bien con el corazón, pluma? puede que, después de todo, lo esencial sea invisible para los ojos.

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Rokujō Nanto
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Rokujō Nanto el Vie Jun 15, 2018 6:49 pm

Man is the cruelest animal
Luger
País de la LunaGetsugakure no SatoPasado
Que radiante pudo sentirse al escuchar aquella celebración de sus labios, ahí erguido como un niño tímido, con las manos tras la espalda y la mirada temerosa por un pudor que hasta ese momento, desconocía de su existencia. Para él aquello, fingido o tan hermoso como una ensoñación inconclusa significó tanto como un guiño de los que ella proyectaba de tanto en tanto. Se sintió bien, agradable, acertado por una vez en aquellos asuntos tan nimios que tanto requieren del alma humana, muy lejos de sus atavíos de monarca espeluznante. Donde su brea consumía, robaba, corrompía y perturbaba; no había cabida para aquellos momentos. Por ello se sintió respirando con un nuevo vigor sobre los hombros, con el pecho limpio y desnudo, que duda cabía en esa circunstancia. Más fue una sonrisa sin dientes, afable y sosegada como ninguna la que devolvió a Beretta con encanto. Ah, su vendaval... tan perfecta, tan risueña, tan grácil como nunca antes. Pareció poder verla en un espectro tan distinto que hasta hacia no demasiado consideró que todo ello tenía, no, debía ser falso. En su convencimiento de todo ello; Luger halló una paz que no sabía que buscaba.

- ¿Tu crees? He tardado muy poco en hacerla. Habría deseado mejores ingredientes a la altura de las circunstancias, pero... en fin. - Decidió callar porque su exigua condición no podía ensombrecer el momento. Sintiendo las tablas que pisaba desgastadas y chirriantes, la mesa que sostenía su cena astillada por las esquinas, el lumbre insuficiente y la vajilla deslustrada. No se sintió azorado en su compañía, sabiéndose satisfecho a pesar de todo ello. Comprendiendo realidades, aceptando el mundo y queriendo recorrerlo de su mano. Y al verla delimitando nuevas formas con el azúcar, su rostro no pudo contener un gesto de asombro agradable. Uno de aquellos que suceden sin más, aún sabiendo a la perfección lo que uno contempla, calientan el espíritu, relajan los músculos y parece susurrarte con voz maternal... “Todo está bien” y ello, le bastó para seguir sonriendo. Era inevitable, e incluso comenzaba a sentir un dolor punzante y bailarín a la altura de las mejillas. Incorpóreo como se hallaba, no quiso evitarlo. Sintiéndose completo, acertado en su caminar y tan pronto como ella lo hubo encarado de nuevo no hizo sino encontrarse a Nanto. Con Luger sentado en la oscuridad que le pertenecía, asintiendo en un silencio compensatorio; todo ello debía ser vivido por él y no por quien interpretaba.

- ¿Que puedo leer? - Volvió a preguntar, rodeándola con los brazos, deshaciéndose de aquella chaqueta metálica para dejarla caer sobre el suelo. Extendió los dedos sobre su espalda hasta casi abarcarla del todo. Rozando con timidez sus omóplatos, apretándola contra sí y negando tan solo un mal gesto al frío desprendido por su vendaval. Aceptando su concepto, su forma, su alegre silueta, la verdad de sus movimientos, unos sentimientos nunca confesados pero ello resultaba innecesario. Luger dejó que unos momentos se escaparan antes de seguir hablando, pero no demasiados... la comida se enfriaba y deseaba cenar con ella mientras aún estuviera caliente. Quizás conversar sobre cualquier nimiedad, hablar sobre el futuro quizás... no, muy pronto. Sobre el mar, sobre la inmensidad y si todo iba bien, sobre el mundo por recorrer. - Leo sueños, ilusiones, fantasía... - Enterró la mirada justo como ella buscaba hacerlo, pero de forma recíproca. En la cavidad suave, fragante y bien hallada de su hombro, Nanto pareció encontrar las palabras. - … una siesta a media tarde. Una comida agradable, un paseo por el campo... al azul sobre el negro, a veces al contrario. - Rió a sabiendas de lo que insinuaba. - Muy pocas, sospecho. - Comentó con cierta picaresca y de pronto, sintió que debía imprimir movimiento en el escenario. Tarareó, la agarró con firmeza, y como aquel día en el que pensó que todo se difuminaba: bailó junto a su amor. Un paso lento y hermoso, nunca excesivo, siempre preciso. Y olvidó aquella apuesta, su castigo y su reserva. Porque aún recordándola se sentía satisfecho de toda una vida. Nada había en este mundo, en el siguiente o en cuantos fueran... que pudieran ofrecerle lo que ahora ostentaba. - Te quiero. -

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Nakurusaki Metsumi
Getsu Genin

Re: Man is the cruelest animal |Social - Pasado | ft. Luger

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Vie Jun 15, 2018 7:13 pm

TEMA CERRADOPuntos otorgados a Luger.

  • Mediante post: 34 PN + 2 (bono social).
  • Total PNs: 1+ 36 = 37PN.

Puntos otorgados a Beretta.

  • Mediante post: 34 PN + 2 (bono social).
  • Total PNs: 30.5 + 36 = 66.5 PN.

Me ha gustado mucho. Este tema lo vengo stalkeando desde sus inicios (?) Son unos amores <3

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