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Chico tonto. (Social pasado)

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Yoshio Shita
Konoha Genin

Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Yoshio Shita el Vie Jun 08, 2018 10:25 pm

Los pasos en la arena se borraban rápido, el viento rellenaba las huellas y se perdía el rastro. El joven Yoshio  caminaba con un trapo a la cabeza para evitar el rol y la arena, y este caía por su espalda, era de color naranja parecido al color de su entrono. No estaba muy entrado en el desierto del país del fuego, era lo más lejos que había estado jamás de su casa, pero seguía caminando. El chico dudaba de cuanto más iba a caminar, sabía que aquello no le llevaría a ningún lado, pero después de todo su viaje no tenía ni el más mínimo sentido, y tampoco se lo buscaba.

El viento levantaba la arena y el calor era fuerte, el sudor hacía que el viento le enfriase la piel, le quedaba poco agua, no tardaría en dar la vuelta. Su vista alcanzaba arena y se llegó a preguntar si alguien de verdad utilizaba aquel terreno tan agresivo y poco amable, y sinceramente se veía a sí mismo como un idiota por estar allí, donde nada se le había perdido, pero igualmente se veía como un fracasado mucho antes de emprender su camino, así que esa sensación no le detenía en absoluto.

Sus pasos se pararon ante un gran roca en su camino, esta le protegía del viento y le daba sombra. El chico llegó al cobijo y se quitó aquella tela anaranjada que le protegía, se sentó en la fina arena y sacó de su equipaje un pellejo lleno de agua, del cual bebió y se mojó sus labios ya secos.
Mirando al camino por el que había venido, dudó ligeramente de si podría encontrar el camino de vuelta, pero se relajó al tener el sol como compañero y guía indispensable. Se quedaría allí hasta la noche, el resto de luz que quedaba sería para pensar y escuchar el eco de divagaciones.
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Kazashi Furukawa
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Kazashi Furukawa el Dom Jun 10, 2018 11:43 am

Chico tonto.
Kazashi Furukawa
País del FuegoDesiertoPasado
Así toda la vida; errancias, cantos, mares de yerma tierra, desiertos, ciudades y reflejos fugaces de todo lo que había perdido para siempre. Con las manos hundidas en las entrañas de una montaña de inestimable arena, Kazashi, aún sabiendo que era una hazaña tan inútil como poco fructífera, trataba de abarcar con sus deshojadas palmas todo aquello que, desgraciadamente, ya no le incumbiría jamás. Guerras que no libraría, muertas a los pies de unas memorias demasiado difusas como para legitimar y reconocer abiertamente como suyas; batallas perdidas, en las que ella nunca participaría. Vidas desvencijadas que, a aquellas alturas de la historia, ni siquiera acertaba a considerar como familiares, se amontonaban a la amplia cola de recuerdos desvanecidos que, aunque trataban de resistir al inexorable paso del tiempo, no podrían contener los incontestables efectos de las mil y una estaciones que, al final, terminarían poniéndole fecha de caducidad a su vida útil. Al principio, la ayudaban a llorar; a desahogarse. Después, a aguantar; a seguir, a soñar, a curar. ¿Y ahora? rememorarlos no dolía, no escocía, no ardía. El desierto, corona de su infancia, estaba destinado a cambiar o, por el contrario, a morir. Y ella, por más que le pesara, no podía hacer nada para evitarlo; recuperar una tierra yerma nada traería, nada convendría. En cambio, auxiliar al suelo que la había acogido y visto crecer, sí. Pero no podía dejarlo estar sin más, ¿verdad? olvidarse de un nombre sin luchar para evitarlo. Al menos, les debía eso; ¿a quiénes? a ellos, por supuesto.

Escarbaba ahora en la arena, forcejeando con las masas más rígidas que, inamovibles, se oponían a sus, supuestamente, buenas intenciones.—Vamos.—mascullaba la turbulencia de duna en el desierto, con las uñas llenas de polvillo irredento a causa del ingrato esfuerzo.—Vamos.—repetía de nuevo, incansable, mientras el hueco en la superficie comenzaba a cobrar fuerza, intensidad y, sobretodo, presencia. Eso era, precisamente, lo más importante del momento. Que el agujero llegara a algún nexo de unión con todos aquellos otros desiertos que poblaban el mundo que habitaba, insulsamente, la humanidad. Tenía que existir, ¿verdad? estaba segura de ello. Contrajo el rostro en una mueca de angustia: o, tal vez, de indómita frustración disfrazada de irresoluta consagración. A punto estuvo de darse por vencida y, como bien le había sugerido su casi padre al iniciar la inconveniente expedición, utilizar su propio don innato para remover la arena y, con maña y no saña, cavar la tumba que anhelaba.

Pero aquello, a ojos de sus vehementes ideales, no habría estado bien; no habría sido, como solía decirse, justo. Su... ¿gente? había defendido murallas, sostenido castillos y mantenido defensas hasta la última exhalación clamada, así que ella, como mínimo, les erigiría un homenaje digno. Adusto, como ellos mismos, pero del que pudieran sentirse orgullosos allí dónde estuvieran. Si es que algo esperaba por las vidas perdidas más allá de la muerte. Sinceramente, lo dudaba. O, mejor dicho, lo cuestionaba. Se secó el sudor de la frente, diligente, y, cuando creyó que la profundidad era la debida, retiró las manos para extraer un puñado de cenizas de arena de su bienaventurada calabaza. Desgraciadamente, nada más abandonar la chapucera excavación, la duna se recompuso de la execrable obra y echó por tierra -nunca mejor expresado- todos los castillos en el aire -o de arena, más bien- que llevaba gran parte de la tarde construyendo. Se quedó ahí, sentada sobre las rodillas, mientras se preguntaba qué demonios estaba haciendo en una duna de un país lejano, llorando sus desgracias, cuando alguien, en casa, podía estar necesitando ayuda. Auxilio rogado. Se pasó la diestra por la cara, dejando diminutas motas de arena a la altura de las mejillas; soltó una carcajada y, decepcionada, para no variar, con sus inconstantes decisiones, se puso en pie, se echó la calabaza a la espalda y comenzó el regreso a la civilización llevando prisas por buenas consejeras. De nuevo, se había equivocado al elegir, al pensar. Se reprendió, por supuesto.

Cuando el recorrido empezaba a hacérsele cuesta arriba y su resistencia adquirida al calor comenzaba a dar muestras de lo que el tiempo podía hacer con la memoria, Kazashi tomó una nueva y, esperaba, certera resolución; descansar. Lo mínimo, lo justo como para secar las lágrimas que, sin darse cuenta, le obnubilaban la mirada y le impedían llevar una marcha digna de una orgullosa militar de su inconmensurable, incontestable e insuperable nación. Los largos períodos pasados a la vera de la estrellada y eminente Yatori Hoshino, sin duda, habían hecho mella en ella; o estigma, según el punto de vista desde el que se mirase. Arrugó la naricilla con gracia al vislumbrar la silueta de una vetusta roca alzada en lo que, a sus ojos, todavía era la lejanía; reacia a creerse lo que la perspectiva le anunciaba, sujetó con mayor firmeza las correas de su estimado instrumento y se precipitó en una alocada -y poco conveniente- carrera hacia el peñasco. La sorpresa llegó, curiosamente, cuando se encontraba a menos de un triste metro de la mencionada piedra. Una persona, de carne y hueso, se encontraba reposada contra la sólida espalda de lo que, a partir de ahora, llamaría monumento. Paró en seco, perpleja.—¿Hola?—anunció su propia llegada, incapaz de deshacer el nudo que le atenazaba la garganta.—Tres preguntas.—proclamó, ligera, mientras retrocedía un paso hacia la senda recorrida.—¿Eres un espejismo?—lanzó la primera saeta, azarosa.—Sea o no sea así, ¿quién eres?—se pasó la lengua por los labios, con la bandana de su propia tierra natal ondeando a la altura de la cintura.—¿Qué haces aquí?
Estadísticas:
  • Fuerza : 01
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 03
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 03
  • Voluntad : 03
Chakra : 73
Cosas:

Estado de Kazashi
Chakra al 100%: Descansada y en perfectas condiciones. Puede pelear con todas sus facultades físicas.
inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato — Colgando en su cintura.
2 píldoras de soldado — Bolsillo del pantalón.
Daikiri - En la cadera.
Calabaza - En la espalda.
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Yoshio Shita
Konoha Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Yoshio Shita el Lun Jun 11, 2018 9:07 pm

El viento le hacía una agradecida y continua compañía. Era un sonido siseante que no se detenía, en ocasiones muy fuerte y hasta ensordecedor, aunque se había relajado con el contar de los pasos y el movimiento del sol, de manera que ya no era un sonido tan potente. Yoshio agradecía el ruido que le acompañaba, así como la dificultad que había supuesto por el camino, le daba una escusa para no tener que pensar y preocuparse por otras dificultades, hasta que se paró porque sus pies no pudieron más.

Ya llevaba a la sombra un rato, estaba con la espalda apoyada en el monumento y la katana pasaba por su hombro, estando entre sus rodillas clavada en la arena fina. La misma resultaba hacer un lugar cómodo para sentarse, a pesar de que el monótono sonido casi había pasado a ser ignorado. Su mirada estaba fija en la arena, aún con el trozo de tela al rededor de su rostro y cabeza, si se lo quitaba se llenaría de arena, y aquello sería impresionantemente incómodo. Su mente empezó a divagar por sus días desperdiciados, empezó a pensar que ya no trabajaba, que tampoco hacía misiones ni avanzaba en su entrenamiento, a preguntarse qué había sido de sus compañeros de academia, y como de fuerte serían en comparación de él mismo. La vergüenza y la frustración asolaban su rostro escondido, menos mal que estaba solo para que nadie lo viese, sería gracioso hacer aquella peregrinación por su país para encontrar a alguien que pudiese mirarle al rostro y leer la vergüenza que sentía de sí mismo en sus ojos.

Yoshio se marchó sin decir nada, solo se lo dijo a su tía y no dio fecha de vuelta ni motivo, solo se fue. Ahora ella estaba sola, tenía edad para trabajar, desde luego, pero se sentía culpable, aunque ni de lejos tan culpable como mal y triste por no conseguir lo que pretendía a pesar de que el camino a seguir parecía claro y sencillo. Simplemente no podía seguirlo, le pesaba, le angustiaba, se sentía mal y todo se acumulaba en su garganta, saliendo por sus ojos cuando nadie le miraba. ¿Acaso no podía hacer lo que siempre había soñado? No sabía por qué era tan difícil hacerlo, simplemente seguir el camino y el trabajo que había soñado le hacía perder las ganas y le asolaba el corazón, dejándole vacío y sin ganas de seguir respirando, sin ganas de que su corazón siguiese palpitando. Tan solo y triste, a nadie le importaba, desde luego, él lo sabía, pues no pretendía que nadie le solucionase los problemas ni se parase a su lado para facilitarle la vida. Solo quería saber que y como debía proceder, solo quería saber que podía hacer para que ese vacío se fuese.

Una silueta le distrajo de repente, no estaba solo. Aún estando tan lejos no estaba solo. Si existía algún dios era un maldito necio cruel, al menos así pensaba Yoshio, un necio malintencionado y con mal sentido del humor.
El joven miró con su rostro oculto en su tela, el dolor en la garganta desapareció, manteniendo sus ojos secos, no había dolor que pudiese hacer quedarle en vergüenza, sus problemas eran suyos y de nadie más. Se quedo esperando a que aquella persona se acercase, no sabía quien era, pero no estaba de ánimos de pretender nada, no quería pensar la manera correcta de actuar; no tenía ganas de complicarse.
Ella llegó a la sombra del monumento, así que pudo verla; aquella chica era simplemente preciosa, o al menos eso le pació al joven, seguramente la chica más bonita que había visto, y aún así se negó a quitarse aquella prenda que ocultaba su rostro. Parecía cansada, al menos por las preguntas que le hizo. El chico en cambio se quedó mirando aquella calabaza gigantesca que tenía en su espalda, lo que ya le decía que alguien muy normal no era. Sus ojos se paró en la banda que tenía a la cintura, aquello simplemente era la guinda, esa chica tan hermosa parecía ser su señora.

La cinta del joven estaba oculta en su brazo, bajo el hombro, y además bajo la tela que le pasaba de la cabeza hasta los hombros y terminaba en la espalda, tarde o temprano la vería, pero pondría a prueba su suerte sin revelar nada de su oficio o nombre. Y así respondió con una voz cansada, mientras se levantaba lenta y perezosamente, para responderle a todas las preguntas en una. -Yo solo soy un chico tonto-. En una mano tenía su katana, en la derecha, pero esta la dejó atrás, mientras que con la zurda le extendía un pellejo con agua, de piel de color marrón oscuro, agitándola para que pudiese escuchar el sonido claro del líquido mientras se lo ofrecía y le invitaba al espacio que se había apropiado momentos antes.

Después de eso volvió a la pared del monumento y apoyó su espalda, le había dado el pellejo para que bebiese lo que quisiera. Después de esa casualidad el joven había decidido que aquel era el límite de su camino, y que volvería a su hogar esa misma noche. Se sentía incómodo en presencia de esa chica por varios motivos: Para empezar aquella calabaza extraña ya le decía que alguien normal no era, seguramente de un clan, dado que también aquel no era un lugar para encontrarse con gente normal y corriente. Segundo era la hermosura de la chica, que le hacía sentirse incómodo por no saber reaccionar, e incómodo doblemente por verse incapaz de pretender algo, ya que era un desgraciado a sus propios ojos, como para compartir esa desgracia con alguna mujer. Y por último estaba el tema de que aquella simple chica podía acusarlo y le podía ejecutar por una falta de respeto, lo cual tampoco le resultaba agradable, y le recordaban que era un fracaso por nacimiento, además de pobre, mediocre y débil.

Estadísticas:
  • Fuerza : 12
  • Resistencia : 12
  • Agilidad : 11
  • Espíritu : 2
  • Concentración : 4
  • Voluntad : 4
Chakra : 68
Estado:
Chakra al 100%
Inventario:

Banda de Konoha. (En el brazo derecho)
6 Shurikens. (En el estuche pequeño del muslo izquierdo)
6 Kunais. (En el estuche pequeño del muslo derecho)
Mecanismo de Kunai oculto. (Muñeca derecha)
Kinzoku Ishi (Debajo del abrigo, en la cadera por la espalda)
Katana. (Entre sus manos o su cadera)
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Kazashi Furukawa
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Kazashi Furukawa el Miér Jun 13, 2018 10:59 am

Chico tonto.
Kazashi Furukawa
País del FuegoDesiertoPasado
Dos estigmas hendidos, casi sin querer, en la piel de un alma herida; esa fue la primera impresión que a Kazashi le embriagó el corazón al establecer un nexo de unión entre las puñaladas ambarinas del desconocido y las rosas carmesís que sembraban sus propios iris. Le pareció que, de alguna manera, ambas miradas tenían algo en común; de una forma u otra, ya fuera externa o interna, la hemorragia que las nublaba hacía que, lentamente, se desangraran por dentro. Contuvo el aliento y, ante la inusual respuesta ofrecida, retrocedió un único paso; tal vez, asombrada. O, a lo mejor, asustada. Ladeó el rostro unos centímetros hacia la izquierda, entrecerró los párpados levemente y, con el zurrón todavía extendido en su tempestuosa dirección, le sonrió con una complicidad cercana.—¿Un chico tonto?—repitió suavemente, incapaz de contener una vigorosa carcajada que hizo mutar la expresión rígida prendida en sus normalmente despreocupadas facciones a una más relajada, confiable y, por qué no, animada.—¿Por qué no las dicho antes? ¡yo también soy medio imbécil! entre los nuestros, nos entendemos.—articuló con espontánea ligereza, al tiempo que destensaba la postura y deshacía la presión impuesta a su mandíbula. Resuelta, se pasó una mano por la cara, borrando los últimos rastros de oasis no queridos que pudieran quedar adheridos a sus pálidas mejillas y se acercó lentamente, apenas extendiendo la zurda para hacerse con la ofrenda tendida y llevársela, con cuidado de no derramar parte de su contenido en balde, hacia los labios. Dio un sorbo, reacia también a abusar de la extraña cordialidad del sombrío viajero. Le costaba apartar la mirada de aquellos ojos heridos; dañados.—Con esto me basta: aguanto bien el calor.—constató, para luego volver a tenderle el zurrón al intrigante caballero de las dunas.—O, al menos, eso creo.—se aproximó a su posición y, con inesperada tranquilidad, se apoyó en el segmento del monumento que quedaba a uno de los lados del desconocido; el tacto de la algente piedra contra su marmórea espalda, para variar, se sintió extrañamente placentero. Como si fuera una especie de palmadita en el hombro que quisiera susurrarla al oído: 'adelante, avanza, aquí estoy yo para velar por ti'. Un padre, una madre o un hermano, tal vez. Echaba de menos llorar, quizás. O gritar.

Un par de momentos en silencio bastaban para alimentar un deseo muerto o infectar una herida a medio sanar: igualmente, una pareja de palabras bien pronunciadas eran suficientes para curar. O, como mínimo, aliviar. Se pasó la lengua por los labios, dispuesta a decir algo. Cualquier cosa.—¿Por qué no te destapas la cara?—murmuró, al tiempo que se apartaba uno de sus propios mechones castaños de delante del rostro y extraviaba la mirada en un punto anodino del desértico firmamento que, sin pretenderlo, los sometía bajo su melancólico y opresivo influjo.—¿Es alguna clase de moda que se sigue en el País del Fuego?—interrogó, presta, mientras planeaba su siguiente movimiento para no dejar que el predestinado encuentro cayera en el saco roto del silencio.—Oh, qué estúpida soy.—se corrigió, vivaracha y encendida como una vela que forcejaba contra el viento por mantener su patética llama avivada.—Es para protegerte del viento, ¿verdad? pues te estás perdiendo una de las mejores cosas del desierto.—le reprendió, falsamente solemne, al tiempo que le propinaba un leve empellón con la cadera para hacerle perder el adusto centro de equilibro que se había construido. Le guiñó un ojo, ¡un ojo! y luego quiso retomar la conversación.

Además, quiero verte la cara.—manifestó como quien no quería la cosa, cruzando los brazos tras la espalda e inclinándose ligeramente hacia delante y hacia atrás sobre la punta de los pies.—Ya sabes, tengo que asegurarme de que, efectivamente, perteneces al selecto grupo de idiotas del que afirmas formar parte. Soy algo así como la capitana, y estaría mal por mi parte no constatar si llevas o no la estupidez pegada a los mofletes.—se encogió despreocupadamente de hombros, audaz. Plegó los labios, pensativa. ¿Por qué siempre terminaba viéndose atraída hacia todas aquellas personas que, en la distancia, le parecían necesitar ayuda? sonrió, cegada por una diligencia que, a la larga, le reportaría más problemas que beneficios. Tal vez, lo hacía por la mal llamada vocación. Quizás, porque encontraba en ello su propia salvación.—Sigues teniendo que decirme tu nombre: es el protocolo, lo siento.—y le tendió la mano en forma de saludo formal e introductorio, expectante. La espada, no le daba miedo. No ahí. No en casa.
Estadísticas:
  • Fuerza : 01
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 03
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 03
  • Voluntad : 03
Chakra : 73
Cosas:

[/b][/color]
Estado de Kazashi
[color=#cd5500]
Chakra al 100%: Descansada y en perfectas condiciones. Puede pelear con todas sus facultades físicas.
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Bandana de Kumogakure no Sato — Colgando en su cintura.
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Yoshio Shita
Konoha Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Yoshio Shita el Miér Jun 13, 2018 4:14 pm

Aquella chica pasó su mano por las mejillas, ligero y rápido gesto que el joven captó. La mirada, a menudo vacía y con una expresión cansada del chico, pasó momentáneamente por aquel detalle, dándose cuenta de que aquellas apalabras alegres no daban a entender la completa realidad de aquella persona. ¿Y qué importaba? Yoshio acostumbraba a alejarse de los asuntos de los demás tanto como le fuese posible, rara vez podía cambiar algo con sus limitaciones, rara vez era útil, y rara vez podía suponer un factor de valor, así que rápidamente pretendió olvidar aquel afligido gesto frente el que no pretendía hacer nada, y así mantener la compostura y la aparente lejanía. Intentando mantenerse lejos de cualquier tipo de pena o miedo que aquella chica representaba para él, suponiendo mas miedo que pena, evitó volver a mirarla a los ojos, pues tampoco quería que ella mirase los suyos. Cogió el zurrón y lo colgó rápidamente bajo las prendas largas que vestía.

El comentario de la chica le llamó la atención, ya que le hecho de que aguantase el calor era un factor que hacía sospechar al joven que, a pesar que posiblemente no tuviese nada que ver, su actitud defensiva y su continuo comportamiento distante le hacía sospecha de que era una cualidad de algún tipo de habilidad. Aquello no ayudaba, ya que acrecentaba el temor que el chico tenía, o quizás eran los celos; quizás podía ser odio. No la conocía en absoluto y ello hacía que el chico pudiese mantener aquella barrera que él mismo quería poner para no tener simpatía ni agrado por ella, pues así sentía que todo estaría mejor, y que su falta de utilidad ni rasgos característicos o increíbles, como otros muchos ninjas podían tener, pasaría inadvertido.
Suspiró de forma profunda al apoyarse en el monumento con ella al lado, si era cierto que le hizo gracia que ella misma se considerase una idiota, ese sentimiento despreocupado le ayudó a relajarse, pero aún así no pudo olvidar el gesto de limpiarse las mejillas. No le estaba diciendo toda la verdad, puede que si sus palabras eran ciertas, pero su actitud alegre no era real, o al menos no entendía como podía serlo teniendo en cuenta aquel gesto. Pero aún más allá de eso, ¿qué le importaba? Se suponía que le tenía que dar igual. Allí apoyado cerró los ojos para tratar de calmarse un poco, estaba empezando a ponerse nervioso al sentirla al lado y hablar con ella, no estaba acostumbrado a ser el centro de atención, aun menos en frío y sin ningún objetivo claro como entrenar o un encuentro espontáneo. ¿Qué se suponía que debía hacer?

Pasado un momento en silencio, el cual el chico usó para meditar e intentar centrase en mantener una actitud algo distante, pero que parecía no conseguir ya que empezó a sentir un picor por la espalda de nervios, la chica empezó a hablar. Yoshio calló en que el silencio le resultaría evidentemente incómodo, pero lo que le pidió era exactamente lo contrario a lo que quería. El joven giró ligeramente su rostro oculto en aquella tela, no llegaba a mirarle al rostro, pero le prestaba atención. La chica dialogaba sola, era normal, el castaño no es que fuese muy hablador. -¿Cómo iba a ser posible que existiese una moda tan estúpida como esa?- Pensó el joven, que aún mantenía el silencio. Seguido de una leve y oculta sonrisa al escuchar su propia acusación de estúpida, la verdad que coincidía con aquella agradable desconocía, era algo estúpido pensar aquello sobre las modas.

Lo siguiente fue algo que le sacó de su estado serio y forzosamente distante, aquella simple broma y el pequeño envite le obligó a mirarla directamente a los ojos, cuando esta le giñó con una actitud juguetona, le sacó totalmente de lugar, rompiendo su estado lejano o pretensión de ser desagradable; no podía ser desagradable frente aquella delicia de chica. El corazón se le paró dejando escapar su respiración, mientras trazaba una linea fina en sus labios, seguido de unas pulsaciones aceleradas que consiguió disimular con la destreza de un actor, seguramente por pasar años evitando llamar la atención de todas las personas que le rodeaban en su día a día. Notó un calor subiendo por su cuello y eclosionando en su frente, mientras que apartó la mirada ligeramente para volver a mirar al suelo. ¿Qué había sido eso? Era un idiota por reaccionar así, se iba a meter en algún problema del que saldría haciendo el ridículo, seguramente.

El chico se veía superado por su incapacidad de responderle o actuar de forma desagradable, costumbre propia para alejar a las personas que le ponían nervioso. No sabía como responder en absoluto, así que pensó rápidamente como podía detener aquello antes de responder sin pensar y decir alguna estupidez, alguna que fuese demasiado cierta. -¿Quieres ver mi cara y saber mi nombre?- Dijo el joven apresuradamente, aún manteniendo un tonto de tranquilidad y algo de solemnidad en sus palabras, había algo que podía hacer para mantener la distancia, que era sacar un tema que la incomodase tanto como lo estaba él. Realmente no sabía porque iba a hacerlo, solo sabía que era su forma de actuar, tenía un espacio personal íntimo que se estaba desmoronando, y necesitaba mantenerlo, o al menos creía necesitarlo. -Me podrás quitar la tela tú misma, y te responderé a todo lo que quieras, si antes me explicas porque estabas llorando.- No había podido quitarse el gesto de sus mejillas de entre sus pensamientos, si no lo hubiese hecho, el chico seguramente no se habría dado cuenta de las marcas, pero lo hizo. Con esto esperaba que ella siguiese hablando en vez de tener que hablar él, ya que no le gustaba, le ponía nervioso. Para poder hablar, antes tenía que observarla más tiempo y más detenidamente, después de todo le estaba empezando a gustar su forma de expresarse, así como escucharla y verla, era preciosa, por mas que pretendiese evitarlo y olvidarlo, no sabía si sentirse un estúpido porque se sintiese bien tener aquella compañía, o por no saber alejarla para mantenerse solo. En ese momento todos sus pensamientos ordenados e inamovibles por años estaban alborotados como una bandada de pájaros, del cual no podía sacar una conclusión clara de lo que él mismo quería.

Estadísticas:
  • Fuerza : 12
  • Resistencia : 12
  • Agilidad : 11
  • Espíritu : 2
  • Concentración : 4
  • Voluntad : 4
Chakra : 68
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Kazashi Furukawa
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Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Kazashi Furukawa el Jue Jun 14, 2018 9:58 am

Chico tonto.
Kazashi Furukawa
País del FuegoDesiertoPasado
Algunas preguntas iban a morir al centro del pecho, a la altura del corazón; algunos detalles, disfrazados de armas blancas, se clavaban en la boca del estómago, turbando las entrañas y carcomiendo el pensamiento. Algunos momentos, por más que trataran de ser evitados, indefectiblemente, terminaban llegando. Kazashi, de pronto, se vio cuestionada, apuñalada y, lo peor de todo, superada; sentimiento conocido, ya saboreado, pero nunca masticado, digerido y, mucho menos, procesado. Asimilado. Apretó la mandíbula, volvió a pasarse la mano por las arenosas mejillas; parecía querer borrar la prueba de su delito para evadir la condena y, con suerte, hasta el juicio. De inmediato, dejó caer la exhortativa extremidad a un lado; la dejó inmóvil, estática. Muerta, tal vez. O en coma, más bien.

Pestañeó, porque no se podía negar lo evidente; suspiró, porque ella, por más que le pesara, no tenía ese poder de hacer como que las cosas no pasaban y los hechos no dolían. No era ligera como una guillotina: tampoco valiente como Yatori Hoshino le pedía que fuera. Por no ser, no era ni una persona fácil de llevar. De aguantar. Cruzó los brazos tras la espalda, pendiente de, tal vez, lo que el viento pudiera soplarle al oído. Pero susurrarle a la arena, incluso a alguien como ella, se le hacía difícil; principalmente, porque no tenía una conciencia a la que pudiera pedirle que le hiciera favores. Por ejemplo, que se metiera en las vías respiratorias del arisco viajero, le atragantara un poquito hasta dejarle sin aire y, después, cuando él ya no pudiera pensar en nada que no estuviera relacionado con respirar, le dejara en paz. Así, al menos, se olvidaría de la pregunta. De la contraoferta puesta sobre la mesa. De las lágrimas secas que habitaban las dunas desérticas de sus sonrojadas mejillas. ¿Realmente le estaba deseando un atragantamiento fortuito a un pobre desconocido que poco tenía que ver con sus desvaríos internos? sólo moderadamente, que conste en acta. Se sintió, como tampoco era novedad, una mala persona. O un mal médico, como mínimo.

Oh, qué perspicaz.—articuló con cierta apatía, casi fingiendo desinterés hacia sus propias desgracias.—Estás hecho un águila, ¿eh? ¿o era un lince? bah, ya no me acuerdo.—halagó, mostrándose un tanto indiferente, mientras planeaba el siguiente movimiento a realizar. Improvisar tampoco era su punto fuerte, ni mentir. Estiró los brazos hacia arriba, desperezándose como buenamente podía. A decir verdad, sólo intentaba arrastrar los segundos para que le concedieran minutos. Alargar el tiempo, según su casi padre, era una de las pocas cosas que se le daban de lujo; forzó una sonrisa desgastada sobre los labios, imaginándose la manera en la que Yatori Hoshino se habría enfrentado a un instante como el que le tocaba a ella vivir. Le salió mal la jugada: un 'métete en tus asuntos' no parecía encajar correctamente en su garganta, como si las cuerdas vocales que allí vivieran se pusieran en huelga con tan sólo pensarse sonando bordes. Cabeceó de izquierda a derecha, resignada a convertirse, nuevamente, en un libro abierto para un extraño. Cosas que pasaban, supongo.—Primero: la gente del desierto no llora. Suda.—elevó el dedo índice, queriendo representar una solemne enumeración como las que su maestra llevaba a cabo con ella cuando quería ponerle los puntos sobre las íes. Muy a menudo, por cierto. Demasiado, incluso.—Segundo: cuando alguien te extiende la mano, la aprietas. Así funcionan las cosas, chico.—constató en un tonito agudo, casi parecido al de un reproche. Pero no era lo suyo regañar, así que, en lugar de forzar las cosas, alzó el dedo corazón y continuó lanzando saberes verdaderos.—Tercero: tú también deberías estar sudando por los ojos.—última falange que ondeaba al viento, última saeta desplegada hacia ninguna parte. Sin saber muy bien qué demonios debería hacer ahora que tenía las cartas puestas sobre la mesa, se dedicó a enfatizar la mano alzada por delante de la cara del desconocido, como si, de aquella manera, sus palabras pudieran cobrar alguna clase de valor o peso extra.—Los desiertos son cementerios, nacimientos y, por encima de todas las cosas, puntos de inflexión; tendrías que llorar por los cadáveres, las vidas y los cambios.—dejó que la diestra retornara a su antigua posición, al tiempo que alargaba la curvatura ensanchada en su boca y extraviaba la mirada en un punto remoto de la inmensa duna que se extendía, inmisericorde, frente a ambos. Entonces, cayó en la cuenta de que le había faltado darle un consejo importante al aprehensivo viajero de ademanes taciturnos y mirada herida, que no apenada; rotó la mirada y la hizo caer sobre él.—Y nunca ofrezcas tu agua en el desierto... sería como si, en el abismo, le dieras tus alas a otra persona.—y aquello, aunque pudiera sonar irrelevante, se lo decía en nombre y por cuenta del clemente desierto que ahora pisaban. Confiaba en que, llegado el momento adecuado, no se le olvidara.
Estadísticas:
  • Fuerza : 01
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 03
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 03
  • Voluntad : 03
Chakra : 73
Cosas:

[/b][/color]
Estado de Kazashi
Chakra al 100%: Descansada y en perfectas condiciones. Puede pelear con todas sus facultades físicas.
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Bandana de Kumogakure no Sato — Colgando en su cintura.
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Yoshio Shita
Konoha Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Yoshio Shita el Jue Jun 14, 2018 7:27 pm

Sus palabras directas habían tenido el efecto buscado, aunque esto no significaba que fuese satisfactorio. El cambio de expresión fue inmediato, los ojos de Yoshio se plantaron en el rostro de aquella chica de forma veloz, viendo el fruncir de los labios y, lo que él entendió, como gestos de rabia y desanimo producidos por aquellas desafortunadas palabras, a propósito hirientes. Siguió un rato de silencio en el cual la chica meditaba, con gestos que le parecieron nerviosos, formas de conducir una rabia interna, con las que el joven estaba muy familiarizado por desgracia. Se congelaron los sonidos, aunque duraría poco, era el primer silencio que de verdad molestaba e inquietaba al joven, haciendo uso de una manía que le desagradaba, jugando con la yema del dedo gordo entre su dedo índice, a modo de nerviosismo. Aunque todo esto estaba oculto bajo su tela naranja, del cual solo se podía ver un ligero movimiento de cabeza para mirar a aquella pequeña y dulce mujer.

Siendo sincero el chico no sabía porque había hecho aquello, llevaba días solo sin poder hablar con nadie, vacío y con la mente llena de un ruido desagradable e inentendible, en ese lugar apareció aquella chica que pretendía ser alegre y amable, y lo estropeó todo, seguramente le hizo daño y arruinó la situación. ¿De verdad quería ser así? El castaño se empezó a preguntar de forma indirecta cuando empezó a ser tan rematadamente capullo, mientras meditaba esto en la fracción de segundo que tardo en arrepentirse de las palabras que acababa de hacer, bajo la tela sus labios formaban una fina linea, y notó la tensión en los músculos de su mandíbula.

Rápidamente quiso disculparse, pedirle perdón, quitarse la tela y volver a verla con aquella falsa expresión alegre, pero ya era tarde, estaba dicho. Pretendería no volver a estropear las cosas de nuevo a modo de disculpa, al menos para estar a fin consigo mismo.
La chica cruzó los brazos tras de sí, como si pretendiese volver a hablar, cosa que no pensaba impedir, ya que después de todo y aunque le supiese mal lo que hizo, consiguió su objetivo, que ella siguiese hablando, pero esta vez sin tapujos. O al menos no los mismos tapujos. El chico cogió la espada y clavó el saya en la arena, dejándola allí estática, dado que no quería tener ningún tipo de aspecto amenazador. Solo pretendía que la situación se calmase. Después de eso se puso frente a la chica y se sentó de rodillas, al tradicional estilo japonés, haciéndole señas para ofrecerle una conversación. Con su katana clavada a su izquierda y sus manos visiblemente en sus rodillas, pretendía darle un ambiente mas formal, para quitar lo tensión que se había producido en aquel singular lugar.

Aunque llegase tarde, pretendía ser educado, compensando de algún modo el no haberle dado la mano. Mientras notaba sus rodillas hundirse en la mullida y templada arena, escuchó palabras de la chica que, al menos a los oído de Yoshio, buscaba quitarle importancia al asunto, cosa que no funcionaba. El chico solía intentar disimular a diario lo que sentía hacia los demás, y en ello aprendió que las palabras no hablan mas que un escrito, y que lo único importante es el lenguaje que no se habla. Aquellas expresiones le mostraron el dolor de la joven como un lienzo, y aquello le afligía más de lo que podría haber pensado. El castaño se negó a contestar sus primeras palabras, como se negó a contestar a varias más cosas que dijo, a pesar de escucharlas todas con atención.

La gente del desierto no llora. Aquello era como decir que se le había metido arena en los ojos, aunque puede que hubiese algo oculto que no entendiese en esas palabras. Sus palabras adquiría una tonalidad mas severa, cosa que era totalmente previsible y entendible, ahora solo quedaba escuchar.
La segunda era una lógica incuestionable, había sido mal educado, aunque también es cierto que no la conocía, pero seguía teniendo razón. Cuando alguien te ofrece la mano, lo correcto era corresponder, pero mas allá de eso, le dolió que le llamase "chico". Ese pensamiento y sentimiento era estúpido, el mismo se había presentado como un "chico tonto", pero al decirlo con una tonalidad seria adquiría otro significado, aún así cerró los ojos y lo comprendió.
La tercera era algo que no pudo comprender, puede que por su naturaleza mas lejana, egoísta e insensible. ¿Por que se suponía que debía de llorar por gente que no le importaba? Lo escuchó hasta el final, pero no le convenció en absoluto. Y después escuchó lo del agua, aguardando y pensando muy bien en la respuesta que quería darle, pues odiaría explayarse demasiado o hablar mas de lo necesario.

Por otra parte, aquel tono mas serio y fuerte le daba un atractivo sexy a los ojos del joven, cosa que pretendió ignorar con todas sus fuerzas. -Lamento ser desagradable y maleducado, la verdad es que no me fío de quien no conozco. Lamento que el desierto sea tan importante para ti, la verdad es que no me importa quien haya muerto aquí.- El joven intentó hablar con un tono serio y grave, como sentenciando con cada palabra que pronunciaba. Aún así, y a pesar de que le gustaba acabar con las conversaciones rápido, en aquel momento vio preciso darle a ver una pequeña parte de si mismo, una pincelada de su color expresando una opinión que fuese mas cercana, cosa que le parecía extraño incluso a él. -Y si me encontrase en el abismo, le daría mis alas a la persona que se las mereciese. Desde luego ese no sería yo.- Apretando sus manos en sus rodillas en un descuidado gesto de verdad grave, cerrando los ojos y aseverando sus palabras, así quiso concluir; quizás a modo de disculpa; quizás a modo de verdad. Aunque aún le quedaba algo más que, sin saber por qué, necesitaba contar. -Me llamó Yoshio Shita.-





Estadísticas:
  • Fuerza : 12
  • Resistencia : 12
  • Agilidad : 11
  • Espíritu : 2
  • Concentración : 4
  • Voluntad : 4
Chakra : 68
Estado:
Chakra al 100%
Inventario:

Banda de Konoha. (En el brazo derecho)
6 Shurikens. (En el estuche pequeño del muslo izquierdo)
6 Kunais. (En el estuche pequeño del muslo derecho)
Mecanismo de Kunai oculto. (Muñeca derecha)
Kinzoku Ishi (Debajo del abrigo, en la cadera por la espalda)
Katana. (Entre sus manos o su cadera)
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Kazashi Furukawa
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Kazashi Furukawa el Sáb Jun 16, 2018 9:34 am

Chico tonto.
Kazashi Furukawa
País del FuegoDesiertoPasado
El adusto desconocido resultó ser una persona de lo más exagerada, de esas que se lo tomaban todo demasiado en serio. Demasiado, como solía decirse, a pecho. Y es que, que clavara la saya en la arena tuvo un pase, pero que eligiera, prácticamente, casi postrarse ante ella rozaba ya el límite de una delgadísima raya de contención que Kazashi no sabía ni que tenía. Atónita y confundida a partes iguales, las mejillas -aún descoloridas por el azote de la imbatible e inexpugnable intemperie- se le ruborizaron ligeramente; no de vergüenza, tampoco de pudor. Más bien, de genuina incomodidad. No, no sabía muy bien cómo decirle que, aquellos rígidos y vetustos desplantes, estaban un tanto fuera de lugar teniendo en cuenta dónde y de qué manera se habían encontrado. Aunque la primera parte de la oración que el arisco muchacho articuló estuvo a punto de pasar por buena, la secuela terminó por arrancarle una breve, escueta y animada carcajada. Enarcó una ceja, risueña. ¿De dónde había salido un tipo semejante? el mundo, desde luego, rezumaba mil y un misterios inexpertos por cada recoveco abierto, descubierto o investigado. Ocultó la comisura de sus labios tras la diestra, queriendo enjaular la risilla, tan nerviosa como desenfrenada, que se le escapaba a cada instante desatado.—¡Ai, qué bueno!—la zurda, queriendo ayudar en el cometido de doblegar los indómitos accesos de incontenibles carcajadas que le sacudían el cuerpo, se posó sobre el vientre de Kazashi y ayudó a que su tripa no se viera superada por las alegres contracciones que la hacían vibrar por momentos.—E-Es... ai.—y continuó descojonándose un ratito más. ¡Pero era sin querer! que constara en el acta informativa del juicio... si es que llegaba a producirse alguno, claro estaba. Cuando finalmente logró dejar de reírse, se pasó unos segundos hipando contra el dorso de su mano, todavía algo descontrolada.—¿Lamentas que el desierto sea tan importante para mí? ¡¿por qué?!—interrogó, repentinadamente interesada, mientras se inclinaba hacia delante unos centímetros. Le habría gustado mirarle a la cada mientras hablaban, pero, por ahora, no las tenía todas consigo como para atreverse a despojarle del velo que él mismo se había impuesto. Innecesariamente, eso sí.

Nunca deberías decirle a alguien que está de más que algo le importe tanto.—le reprendió, tras un mínimo momento de pausada contemplación, al tiempo que volvía a recostarse contra la algente pared de piedra y extraviaba la mirada en un punto anodino por encima del estoico viajero errante.—Las cosas que nos importan...—se pasó la lengua por los labios, rauda.—... o nos han importado tanto son, precisamente, las que nos definen o han definido.—murmuró, en apenas un hilo trémulo de oscilante voz, para luego dejarse caer sobre las rodillas, justo como el estrambótico desconocido.—Son viento en esas alas a las que quieres renunciar: quizás, justamente porque no tienes cosas que te importen tanto, te cuesta tanto conservarlas y, por eso, quieres deshacerte de ellas cuanto antes.—aventuró, tal vez, demasiado ligera. Aún le quedaba cuerda para rato.—Nunca des tus alas, aunque no te creas merecedor de ellas.—y aquello, más que por él, iba por ella misma.Si te consideras indigno de tus propias alas, úsalas para ayudar a otros, no a otro.—clavó una mirada resuelta, impetuosa, en el alma adormilada y algo apática del demacrado individuo. Empezaba a entender lo que solía increparle Yatori Hoshino acerca de lo indeseable y desagradable que podía llegar a ser la llamada autocompasión.—No las regales, aprovéchalas; agítalas, elévate, consigue cosas que te importen tanto como para que sean el viento que las impulse y ayuda a ascender a otros. Eso, créeme, te hará digno y merecedor de ellas.—aclaró, álgida, haciendo descender levemente la intensidad del tono hasta que regresara a una mucho más calmada, amena. No era nadie para darle sermones a un descarriado extraño... ¿de nombre Yoshio Shita?, no le quedó muy claro. La revelación le arrancó un leve sobresalto. Intuía que el segundo elemento de la ecuación se encontraba nervioso o, como mínimo, algo incómodo, pues le había bailado ligeramente la entonación en la más que esperada introducción.—¿Quién te llamó así? ¿o quieres decir que te llamabas, antes, así? ¡no, no, no, espera! ¡ya lo tengo!—índice en alto, teoría bailándole a la altura de la garganta. Un clásico.—¡no es que te llames Yoshio Shita! ¡es que el otro día te llamó por la calle un tan Yoshio Shita!
Estadísticas:
  • Fuerza : 01
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 03
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 03
  • Voluntad : 03
Chakra : 73
Cosas:

[/b][/color]
Estado de Kazashi
Chakra al 100%: Descansada y en perfectas condiciones. Puede pelear con todas sus facultades físicas.
inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato — Colgando en su cintura.
2 píldoras de soldado — Bolsillo del pantalón.
Daikiri - En la cadera.
Calabaza - En la espalda.
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Yoshio Shita
Konoha Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Yoshio Shita el Lun Jun 18, 2018 7:06 pm

Una linea muy fina dibujada por la comisura de sus labios, vergüenza. Aquello fue lo que sintió frente a la carcajada desenfrenada y el error que tuvo al hablar. Quizás el pensarlo demasiado le puso nervioso y fallase de una forma tan estúpida. Bajó un poco su mirada para que tampoco viese ese gesto de rabia, generalmente el chico se levantaría y se iría, pero a no ser que se fuese caminando por el desierto, perdido y cansado, poco más iba a hacer. Con la negación a un orgullo profundo de su personalidad, que había llevado años rechazando, el chico se quedó simplemente allí quieto, sin decir ni hacer nada más que apretar sus dedos en sus rodillas de una forma poco visible y muda. ¿Qué importaba ya? Se preguntaba el chico mientras escuchaba la fina risa, aquello podía dolerle, y aún así era consciente de que era una estupidez, rasgo de una personalidad demasiado seria, una que no le pegaba a alguien que no podía exigir respeto ni tampoco lugar. Le comía por dentro la rabia, lenta y segura, rabia que con el tiempo, se transformaba en una impotente pena, pues era un sentimiento que se le quedaba dentro, a excepción de alguna explosión de ira esporádica, la cual no llegaba a entender.

Al menos le hacía reír. Un pequeño consuelo para el castaño, que le nacía un sentimiento encontrado, permitiéndose liberar un poco de aire y relajar la tensión que crecía en su espalda. Al menos esa chica tan bonita estaba riendo. Rara vez conseguía hacer reír a una chica hermosa, y aunque no fuese su intención, al menos se reía. Cerrando los ojos y liberando sus labios en un soplo de aire fino, se relajó frente al nuevo pensamiento positivo que apenas llegaba a creerse: -Ha dejado de estar triste-. Pensaba en sus adentros. -Antes lloraba y ahora se ríe, ella se siente mejor. No tengo que tomármelo tan en serio, ni siquiera conoce mi rostro-. Continuó en su cabeza, casi desesperado por mantener la compostura.

Mientras el Joven se esforzaba en tener algún pensamiento positivo y así aplacar su naturaleza estoica y, ¿por qué no? cabezona, el mar de risas se detuvo cuando se agotaron, empezando una conversación donde una chica hablaba, y un chico escuchaba. La lógica de la chica podría ser cierta, "las cosas que nos importan son las que nos definen", el problema es que no te importe nada ni nadie y no tengas nada que te defina. Pensamientos oscuros y contradicciones frente a las palabras que, aparentemente tenían sabiduría, rondaban la cabeza del castaño, pensamientos que no saldrían por sus labios

Finalmente la chica se sentó frente a él. Tardó demasiado, le hizo pasar vergüenza, chica egoísta. Fue el juicio inmediato que pasó por la cabeza del joven mudo, ya que se rió sin importarle como se pudiese sentar él, además de ignorar la invitación, por muy extraña que fuese, a conversar. Aquello tenía poco sentido, y lo sabía, pues él rechazó su mano, pero eso era algo muy distinto a reírte de alguien. Chica egoísta, como casi todas las que eran guapas, solo ellas se lo podían permitir ser. A pesar de esto, el joven no le miró, ya que la tela tapaba su rostro, solo llegaba a verle las rodillas.

Lo siguiente que le dijo, la continuación que se demoró un instante, en el cual la mente de Yoshio había opinado sobre todo y más, continuó, esta vez gustándole mucho menos lo que decía. Hablaba sobre el significado de las alas y el su opinión al respecto, y mas allá de que tuviese o no razón, no le gustaba que nadie le hablase como si tuviese la verdad absoluta. ¿Qué sabría ella por lo que él había pasado? ¿Qué sabría él por lo que ella había pasado? Palabras vacías de razón, opinión vacía de valor. Un rechazo total, tan recto y exagerado como la personalidad natural del chico, él no aceptaba los consejos ni las palabras de nadie que ni siquiera lo conociese, quizás por eso estaba así de triste y perdido.

El sermón siguió, mientras el joven escuchaba. A pesar de que no solía, en ningún caso, hablar sin pensar mas de dos veces lo que iba a decir, notaba un calor subiendo por su pecho, el cual se dirigía hacia su garganta. Cuando ella acabó de hablar sobre el recurrente tema, el chico puso la espalda recta y le miró a los ojos directamente. Su mirada no era casual ni distraída, casi muerta, como solía serlo. Esta, vez llamaba a la agresividad, y abandonó cualquier pretensión de disimular lo que decía, con una confianza insólita y una seguridad que no solía dejar ver. -¿Quien eres tu para decirme que debo o no hacer con mis alas?- Dejando un breve periodo de tiempo para seguir con lo que parecía que comenzaba a decir, en el que casi se arrepentía de hablar de manera rápida, casi rozando la agresividad o la intimidación. -¿Quien es nadie para decirme a mi que debo hacer o a quien le puedo dar lo que me pertenece? Quizás no sea cuestión de elevarte, quizás debas enfrentar el abismo. A mi los demás no me importan, ni tampoco mancharme las manos. No tengo miedo a lo que depara la oscuridad. Yo no me elevo ante los problemas, yo quiero romper cada barrera y límite. Y si le tengo que dar algo a alguien, será mi estela. No necesito alas, solo necesito fuerza para crear un camino nuevo-. En ese momento de convicción, en el que interrumpió cualquier palabra alegre o triste que la chica pretendiese continuar, el joven no prestó atención a lo que decía o del significado que tenía para él, del cual no parecía darse cuenta conscientemente. Solo lo soltó como le salió. Casi como si rasgase su depresión, la cual era mas notoria al ver su verdadero rostro, y pudiese verse a él mismo, casi como si, por un momento, partiese aquella barrera que jamás había podido partir y lo viese todo claro. Dos segundos en los que su mente dejó de escuchar el ruido, para encontrarse con la claridad absoluta de un objetivo y una convicción poderosa tras él. Solo dos segundos.

Después de eso, en un momento donde había mirado a aquella chica directamente a los ojos con su rostro al descubierto, volvió a mirar al suelo. Volvió el ruido, volvió la niebla. Todo sentimiento de claridad se volvió oscuro con una mirada cabizbaja. Después de todo, y por mucha convicción, el chico recordó quien era, cuales eran sus limitaciones. Recordó que aquella chica podía enviarlo a la prisión, ya que era su señora y superiora por nacimiento, que toda su familia venía de una estirpe llamada al fracaso. Recordó su apellido y su casa a punto de desplomarse al suelo. Recordó que su entrenamiento no había servido para nada, y calló de nuevo. Se hizo el silenció, en su garganta y su cabeza, se hizo el silencio frente a lo que acababa de decir, no hacía nada. Solo estaba allí con la cabeza oculta de nuevo, y un dolor en la garganta que le impedía hablar.
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Kazashi Furukawa
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Kazashi Furukawa el Mar Jun 19, 2018 10:36 am

Chico tonto.
Kazashi Furukawa
País del FuegoDesiertoPasado
Dos puñaladas que, de estigmas hendidos en la carne del ignominioso vagabundo, pasaban a puñales; voz que, de querer camuflarse en la realidad con la que le había tocado lidiar, pasaba a querer rasgar cuantas falsas verdades se le pusieran por delante. Aunque Yoshio Shita le clavó una mirada en el corazón, Kazashi no se inmutó; estática, recta y, para variar, templada en lugar de ardiente, le sostuvo el gesto. ¿El desplante? la advertencia. Porque, de alguna manera, Kazashi quería pensar -o, mejor aún, creer- que, después de tanto tiempo asimilando las constantes  y certeras reprimendas de Yatori Hoshino, se sentía por encima de todo eso. ¿Del qué, exactamente? de las diferencias insalvables, de las  perspectivas irreconciliables, de los abismos incontrastables que, indefectiblemente, en algún momento siempre terminaban separando, distanciando y, por supuesto, aislando a las personas. Estaba cansada de buscar semejanzas, de las influencias; no caería, no cedería. Manos formando puños, inconformismo moldeándose a la insondable cárcel de pupila impuesta; espalda derecha, figura rectilínea domando la comisura de sus casi rebeldes labios. Displicencia contenida en estado puro. Le dejó hablar porque, después de todo, era lo correcto; le permitió seguir opinando porque, al fin y al cabo, tenía derecho a ello. Esgrimiendo la templanza como arma, le devolvía la mirada con la misma enfermiza e irremediable fiereza. ¿Estoica? ni un ápice. Tolerante, más bien.—Según tú, nadie.—replicó, ligera, mientras mantenía la mirada afilada y la entonación igualmente acerada.

¿Y quién eres tú para decirme lo que quieres hacer con esas menospreciadas alas? si no soy nadie para opinar, tampoco para sentir. Mucho menos para empatizar.—constató, inusualmente feroz, al tiempo que le atravesaba con la sombra indómita de una mirada coaccionada para no incendiar, pero nunca acallada del todo para no vibrar.—Si no soy nadie, no me tienen que interesar ni tus irrisorios puntos de vista, ni tus superfluos razonamientos, ni tus condiciones de vida, ni tus circunstancias, ni, por supuesto, lo que sientes y cómo lo sientes.—apretó la mandíbula, implacable; algunas cosas, por más que se quisiera dejarlas estar, sencillamente, no se podían dejar así. Ultrajadas, deterioradas, desgastadas.—Siguiendo esa línea de pensamiento que balbuceas, no tengo por qué conectar contigo. No tengo por qué sentir que estás aquí, a mi lado; conmigo, sufriendo, llorando, ocultándote y, tal vez, muriendo lentamente.—enterró la mirada en aquella tela condenada, en aquel hombre enmascarado al que, mientras se le llenaba la boca hablando de romper límites y atravesar abismos, se afanaba inútilmente en esconderse tras un velo. En huir.

Vergonzoso.—Si todo el mundo fuera como tú, estarías muerto.—articuló lentamente, con la lengua suelta y desprendida de cualquier decoro que antes hubiera querido guardarse para sí.—No sólo tú, sino todos los que vivís en esta llamarada a la que llamáis casa.—cruzó los brazos a la altura del abdomen, reprimiendo a duras penas la necesidad de inclinarse hacia delante y menear al equivocado Yoshio Shita de los pies a la cabeza. Apretó la mandíbula, tensó cada articulación inherente a su ardiente fisionomía; jamás impondría sus ideales, pero tampoco cedería ante los de otros. Mucho menos, ante unos tan exagerada y descaradamente hipócritas.—Chico tonto.—tomó aliento, encendida.—Chico egoísta.—prosiguió, murmurando los atrevimiento scasi como si de un improvisado e incendiario mantra se trataran.—Chico falso.—entrecerró la mirada, obligándose a sí misma a no retirarla bajo ninguna circunstancia.—Quieres resumir tu vida, tu devenir, tu tesoro, en tres horrores; destruir, abandonar y sobresalir.—torció los labios en una suerte de sonrisa sin dientes. Amarga, herida y, por encima de todas las cosas, ofendida.—Quieres desgarrar lo que se te ponga por delante sin pensar en los que vienen detrás, teñirte las manos con la sangre de quien se te interponga en lugar de con la de las personas que ayudes durante el camino o con la de quien intenta hacer daño a los tuyos; y lo peor de todo, quieres que los de detrás muerdan, mastiquen y traguen los desechos que vayas dejando al avanzar.—la inquina, la apatía y el desprecio se adueñaron -o, más bien, se apoderaron- del único vehículo que había mantenido libre de rabia hasta el momento; su voz. Ahora sí, Kazashi cerró los párpados un instante, respiró hondo y, con calma, extendió la diestra en dirección a Yoshio Shita, el hombre que trataba de dejar el mundo atrás, pero que siempre iba un paso por detrás de este. Patético, no triste.—Da la cara, Yoshio Shita.
Estadísticas:
  • Fuerza : 01
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 03
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 03
  • Voluntad : 03
Chakra : 73
Cosas:

[/b][/color]
[/b][/color]
Estado de Kazashi
Chakra al 100%: Descansada y en perfectas condiciones. Puede pelear con todas sus facultades físicas.
inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato — Colgando en su cintura.
2 píldoras de soldado — Bolsillo del pantalón.
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Yoshio Shita
Konoha Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Yoshio Shita el Vie Jun 22, 2018 7:12 am

La mirada del joven se clavaba en la de la chica, devolviéndosela, aquello se había convertido en una situación muy tensa, donde el corazón del chico palpitaba rápido, como pocas veces lo hacía. Aquella chica hablaba como si lo supiese todo, como si tuviese que das las gracias por seguir vivo, todo eso hacía que el apagado orgullo y la olvidada furia de Yoshio se encendiesen como yesca tras una chispa. Yoshio no le había dicho en ningún momento que tenía que hacer ella, si no más bien quería que dejase de pretender saber que camino tenía que tomar. Su pensamiento no cambiaba y no conseguía entenderla, lo que decía tenía poco sentido para él desde el principio. -Yo no busco que empatices conmigo, ni lo dejo de buscar. Me da igual que sientas, ese no es mi problema. Si yo no encuentro mi camino, que nadie lo encontrará por mi, ni me lo mostrará-. Sus gestos gesticulaban entre la incomprensión y, quizás, el asco. El asco que sentía a ver que una persona que jamás había podido ponerse en sus zapatos, pretendía decirle como o que tenía que hacer, y le hablaba de simpatizar a él, él que había sentido como todos le pasaban por encima sin poder hacer nada, ni tampoco culparlos por ello. Las expresiones de ella le daban a entender que decía aún más de lo que el castaño entendía, pero aún así no podía ni quería comprenderla. No importaba si tenía razón o no, solo importaba el hecho de que no tenía derecho a meterse en su pobreza, sus limitaciones y sus sentimientos y hablar de ello, era lo único que había tenido siempre para él como algo propio, por desagradable que fuese, no iban a arrebatárselo también.

-¿Cómo se supone que voy a conectar yo contigo? Perteneces a una tierra que, casi se podría decir, que practica la esclavitud en tiempo de paz-. El pecho le quemaba, como una gran llama que consumía todo el vacío que tenía dentro. Tanto tiempo callado, creyéndose una imagen de sí mismo que había ido forjando, para descubrir de pronto, que no era así, que podía ser un basilisco dispuesto a morder y escupir veneno. Él mismo se sorprendía, pero aún tenía mucho veneno que escupir. -¿Alguna vez has trabajado hasta que tus manos se han puestos duras y amarillas, para comer pan un día entero, y vivir en una casa que cruje?- Después de ver a la chica guapa y detenerse un rato, con una mirada capaz de atravesar una piedra, ya que conocía exactamente lo que hablaba, cambió la pregunta a una que creía más acertada. -¿Alguna vez has trabajado siquiera?- Sin esperar a una respuesta, se levantó de forma súbita, haciendo que su capucha se deslizase hacia atrás y dejase al descubierto un rostro al que parecía no importarle ser visto. - ¿Este desierto es la tumba de tu familia? Yo ni siquiera sé donde está enterrada la mía. La verdad es que no me importa, jamás los tuve a mi lado-. Se giró, poniendo la diestra encima de la empuñadura de su katana, rozando el pomo. -Y tampoco es algo que me importe, no me han dado nada más que una vida que no pedí. No te atrevas a llamarme egoista, tonto o falso, cuando no sabes de que estás hablando-. Tiró levemente de la katana, dejando ver su acero levemente. -Esto es lo más valioso que he podido conseguir y lograr en mi vida. Lo conseguí yo solo, trabajando más de lo que se merecía-. Después de eso, volvió a mirar a la chica fijamente, con un rostro y tono agresivo inculpándola de algo que no decía directamente. -De entre todo lo que tienes, incluida tu sangre y tus capacidades. ¿Lo has logrado tu sola? ¿O por el contrario ya has nacido con ello?-. Luego la volvió a dejar, ahora mirando a la chica. -Ni sangre, ni familia. Me llamas tonto o egoísta, cuando ni siquiera me has dicho tu nombre. Yo te estoy compartiendo la verdad, y tú a mi, tu simple juicio. Dime, ¿cómo puedes estar tan segura de tu certeza, cuando no sabes quien soy? ¿Cómo me hablas de compartir y empatizar, cuando no me compartes ni tu nombre?-.

Se llenó el pecho, respirando profundamente el aún caliente aire del desierto. Se calmó brevemente, cerrando los ojos y callándose, el frío empezaba a levantarse. Llevaba ya largo rato hablando con aquella chica, y aun no le había contado nada de si misma. Y al contrario, si era un poco lista, podría haber deducido la historia completa del chico. Se sentía totalmente tonto, de remate. Se llevó las manos al brazo derecho, quitándose la banda ninja. Al hacerlo se la acercó, con la palma de su mano abierta, pues ya que le contaba su vida, al menos le daría pruebas. La banda estaba acompañada de una palma callosa, fea y amarilla. Marca de trabajo duro desde pequeño, y alguna cicatriz resaltada por el propio callo, en las yemas sobretodo. -Puedes quitármelo todo, mi señora. Realmente debería de inclinarme ante ti, por el simple hecho de haber nacido aquí y tú allí. No te lo mereces, ni yo me lo merezco. Así son las cosas reales, y siempre serán injustas. No me hables de empatizar, llevo haciéndolo desde que tengo memoria, y jamás ha funcionado-. La mano callosa era señal de su trabajo infantil, la prueba de que, a pesar de que ya no empatizaba, si lo había hecho no demasiado tiempo atrás. -A mi no me ayudó nadie, y no lo espero ahora. Ni lo quiero, ni lo haré. Aprendí bien como funcionan algunas cosas-. Hizo especial ahínco en "algunas", para no dárselas de entendido, pues si se sentía mínimamente orgulloso de algo, era de entender las cosas reales. Volviendo a ponerse la banda en el brazo. -Supongo, por ese armatoste que llevas a la espalda, que solo por tu sangre eres realmente mas valiosa que yo. Y tú, desde tu "privilegiado" estatus por nacimiento, pretendes decirme como debo de hacer las cosas-. Con un chasquido irritado de su boca puso fin a sus palabras, ahora si que lo había comentado todo, o eso creía. Desde luego, si no le había comprendido ya, no lo haría jamás. Y aún así, siguió. -¿Harás que me arresten por decirte la verdad? Ya sé, debería de dar las gracias porque mis antecesores perdieron una guerra, y ahora estoy vivo por su misericordia. Vivo para cumplir tus ordenes-. En ese momento le daba igual soltar todo lo que tenía, su camino en busca de "algo", pareció concluir en vaciarse todas aquellas palabras atragantadas en su garganta. Quizás por eso le dolía, por no hablar.
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Eijiro Yotsuki
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Eijiro Yotsuki el Vie Jun 22, 2018 10:36 am

Chico tonto
Eijiro Yotsuki
Pais del FuegoDesiertoPasado
Sobre una fecha sin significado aparente, sin motivo alguno o pretensiones predecibles, Eijiro había decidido apartar sus regias posaderas de su lujosa residencia familiar tan solo para buscar a su chica, a su Kazashi Furukawa de siempre. Siendo claros, pues a Eijiro de la estirpe Yotsuki le importa bien poco cuanto la gente tenga que pensar sobre su persona; la siguió. Oh si, recorrió países tras ella solo para forzar un encuentro magnífico y esplendido donde pudiera se alabado por la única voz que al escucharla hacía que le temblaran hasta las pantorrillas. Por su Furukawa bien valían los kilómetros, la compañía de inmundos “konohianos” o el pútrido aliento de un cochero desdentado y pagado en exceso. Con cierta sonrisa leonina de suficiencia, casi podría haberse dado palmaditas en la espalda de lo generoso que podía ser a veces. Y es que con esa carreta cochambrosa y esa conducción digna de un enfermo mental de la que hacía gala, bien habría estado que fuera el cochero quien le pagara a él y no al contrario. Se encogió de hombros, despreocupado, tratando de disfrutar del viaje al tiempo que su carro personal seguía a la zaga el transporte de Kazashi.

- Ah... castaños. - Ello le arrancó un gesto de asombro, un aspaviento mal disimulado y que se acercase a uno de los extremos del sendero. Pudo contemplar toda clase de arboles pardos, de bella estampa, de buena salud y aspecto. Disfrutó de todo aquello en un silencio inconcluso, perdiéndose donde el viento los azoraba sobre las mareas celestiales, inspirando justo tras ello tratando de recordar aquellos olores. - Castaños... - Volvía a repetir, inspirado, cautivado y desgraciadamente, distraído. Cuando quiso darse cuenta, su carro se había desviado de su rumbo, su Kazashi perdida entre los lares mas abyectos de aquel país de holgazanes miserables y sus planes de acudir cual sombra solitaria y errante echados por tierra. Por supuesto, llovieron golpes con la mano abierta, tanto al aire como al carro, desde la nuca del carretero hasta a la misma tierra. A la que se encargó de humillar como tan buenamente supo con toda clase de improperios exageradamente conformados. Tanto era así que el carretero tuvo que aplaudirle un par de veces por sus imaginativos improperios. Se sintió halagado, y sencillamente, le indico que le llevase por el último desvío. No había sido tanto tiempo. Debía ser aquel o ninguno.

A toda prisa, y con el burro al borde de la extenuación llegaron con una celeridad asombrosa para semejante bestia. El carretero, supongo que de advertido ante las collejas recibidas no se permitió ni un instante de descanso para señalar el carro fugado de la persecución a gatas. Porque si, antes iban a un ritmo casi vacacional. Eijiro volvió a preguntarse que tenía aquella nación que pudiera atraer a la jovencísima y arrebatadora Sabaku.

- Pos... ¿Un novio? - Añadía el carretero, que se hallaba justo a su lado con el gesto pueblerino contraído por la duda mas intensa.

- No... no me joda, Kikeru ¿Como va a ser eso? - Le devolvía Eijiro alzando las manos al aire como si aquello resultase tan inaudito como imposible. - ¿Con quien, con... con un puto konohiano? ¡No, diablos! -

- Mi señor, a veces la chicas van por ahí a conocer gente. Y me llamo Kishu...  -

- ¡Mierda, Kikeru! ¡Cállese o le haré comerse la tierra que le vio nacer del culo de su madre! Agh... pero que repugnancia ¿Como puede decir eso y quedarse como si nada? - Eijiro tuvo que echarse hacia atrás del respaldo tan solo del disgusto. Atusándose su melena rubia, acariciando su larga coleta y pensando en un silencio sepulcral las verdaderas razones. Se llevó la otra mano sobre el pecho, frunciendo el ceño y sintiendo una suerte de presión interna. Algo que parecía salir, que parecía temblar y no cesar. - Y... ¿Hay algún desierto cercano, Kikeru? -

En menos de una exhalación el carretero le llevó al lugar indicado. Era algo absurdo, quizás una ridícula presunción el pensar que Kazashi al ser Sabaku se acercaría por instinto a los desiertos como un gato a una camita mullida. Por experiencia lo segundo era algo asegurado, y teniendo en cuenta el como Pochi imitaba a Kazashi y viceversa no era algo tan descabellado. En unas horas, llegaron a aquel desierto. Aquel secarral yermo, que por lo visto hacía de frontera con un país extinto, le hizo esbozar a Eijiro el mas sincero y glorioso gesto de repugnancia desde hacía semanas. Bueno, quizás apenas unas horas. El País del Fuego era extenso y estaba lleno de horrores.

Nada, si contamos como nada a la misma arena interminable y el ocasional cadáver siendo rapiñado con brutal ferocidad por algún que otro animalejo carroñero. A veces le parecía ver a un konohiano acechando entre las dunas, pero prefirió pensar que eran costumbres nativas eso de acechar de forma siniestra desde la lejanía. Le pagó una reluciente moneda de Kumogakure al carretero y su rostro iluminado por el dorado de la misma pareció hacerle saber que su patrón al menos tenía dinero encima. Se le ordeno que permaneciera por ahí. Al tiempo que Eijiro se internaría en las espesuras en busca de Kazashi, o sencillamente se perdería. No supo realmente cual de las dos opciones sería la más probable.

Por buena estrella o unas capacidades deductivas acordes a los estándares de su hogar de origen, Eijiro acertó. El muy bastardo estuvo a punto de echar la voz al cielo cuando tras apenas unas cuantas dunas atravesadas pudo divisar una gran roca y a su lado...

- ¡Mi chica, si! - Eso quizás lo pronunció demasiado en alto. Pero se supo lejos en exceso, y seguro de su factor sorpresa bajo la manga, rodeó la roca de modo que quedase entre Kazashi y el mismo Eijiro. Avanzo renqueante, con aquella sonrisa tan particular mostrándose como la verdadera triunfadora de la ocasión. Y de veras, aliviado por no haberla contemplado en brazos de algún konohiano mugriento. Le sobrevino un escalofrío de lo más desagradable. - Puto Kikeru... novios, dice. Mi Kazashi es más refinada, por supuesto. Como iba si no... - Y pronto una voz masculina pareció esclarecerse en la lejanía. Al principio quiso creer que se trataba de algún espejismo horripilante. Se llevó la vista a las manos por si en algún casual se habían convertido en tortugas o alguna excentricidad por el estilo. Nada. Tan maravillosas como siempre. Les dio un beso a cada una y alzó la vista algo confundido ¿Y que halló para su desgracia, una vez justo al lado de la gran roca? A una voz masculina soltando alguna que otra gilipollez. En un principio, aterrado, no supo que pensar sobre aquella situación y mucho menos que le diría a Kikeru sobre su vaticinio acertado. Si algo le jodía más que todo aquello era darle la razón, porque estaba muy seguro de que fuera quien fuera; él era mejor.

Ah, pero esos ofrecimientos, esos detalles... era un konohiano ¿Y la situación, tan formal y ofensiva? Detestable. Henchido de un orgullo nacional, rabia y lo que percibió como aquella presión pero en un compás muy distinto, se abalanzo sobre la piedra a su espalda. En menos de unos cuantos movimientos, la hubo saltado por encima, cayendo de pronto justo entre ambos. Lejos de sus pretensiones, no hizo más que levantarse de pronto y dedicarle una sonrisa de las suyas a Kazashi; amplia, segura y suficiente.

- ¿Que tal, Kaza? - A modo de saludo y tras ello, un dedo acusatorio al konohiano desarrapado de su otro lado. - ¡Cállate capullo! - Tajante, dio tan solo un paso a su lado permitiendo que Kazashi también pudiera verlo, al tiempo que se llevaba la zurda sobre la empuñadura de su Daikiri y la diestra con el puño cerrado y tensado. No sabía del contexto, no podía hacerlo de ninguna manera ¿Y que podía ocurrir? Solo sabía que había una Kazashi siendo acusada de imbecilidades y fuera quien fuera el culpable; debía callar y era un capullo. No iba a permitirlo de ninguna de las maneras. - Ahora dime, sucio konohiano come-tierra ¿Quien demonios te crees que eres, pimpollito? -
Estadísticas:
  • Fuerza : 12
  • Resistencia : 7
  • Agilidad : 12
  • Espíritu : 12
  • Concentración : 7
  • Voluntad : 7
Chakra : 74
Inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato - Prendida en el cinturón.
Daikiri - En el cinto, lateral izquierdo.
Estuche pequeño - Muslo derecho - 2 Kunai, 3 Shuriken.
Estuche pequeño - Muslo izquierdo - 1 Kunai, 3 Shuriken
Estuche mediano - Zona lumbar - Alambres ninja x05, Bombas de humo x02, Píldoras de soldado x02
Comunicador - Oído derecho
Puños americanos - Enfundados en el cinto, lado derecho

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Kazashi Furukawa
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Kazashi Furukawa el Vie Jun 22, 2018 11:50 am

Chico tonto.
Kazashi Furukawa
País del FuegoDesiertoPasado
Un hombre vacío, lleno de sentidos vacíos que articulaba, o escupía, palabras igualmente vacías a cada hueco e insípido sonido lanzado a la intemperie. Más que dañarla, las dagas de voz le dolían. Cosas distintas, aparte. La tumba de arena que pisaban se convertía también en el patíbulo de la poca credibilidad que Yoshio Shita le había inspirado desde la primera opinión pronunciada. Asidua creyente de los intercambios de perspectiva, de la equitativa compartición de ideas, la manera de expresarse que empleaba el vagabundo errante la irritaba. Le arañaba el corazón, el centro mismo de aquella inmisericorde empatía que, a menudo, más problemas que beneficios le traía. El hombre ya estigmatizado como obtuso y absurdamente abyecto de pensamiento gesticulaba, lleno de una animadversión tan ciega como injustificada.—¿Te da igual que las personas a tu alrededor sientan? ¿que tiemblen, igual que tú? ¿que lloren? ¿que sufran? ¿que se lamenten de la misma forma en la que tú lo haces ahora? qué asco.—repulsión reflejada en cada árido timbre que entonaba, ira titilando a la altura de los ardientes iris que la coronaban, rabia centelleando en la expresión utilizada. Apretó los puños, la mandíbula y el autocontrol; algunos puntos de vista, sencillamente, no eran aceptables. Mucho menos, tolerables.

Yoshio Shita, preso de un egoísmo desmedido, prepotente, estaba tan ciego como solo. Un camino andado o volado sin nadie a quien mirar no era un viaje hacia la superación, el progreso y la gloria, sino una penitencia autoimpuesta.—Te contradices.—masculló, impertérrita, mientras contenía a duras penas el impulso de dejar volar su resuelta diestra en dirección al abominable rostro oculto del errante descarado.—Retuerces tus ideas tú solo.—juntó los labios, trazó una fina línea recta que pretendía afianzar el escaso control que le quedaba sobre sí misma en aquella miserable situación. Repulsión, rechazo, reprobación; emociones que, hasta el momento, nunca había llegado a reconocer como suyas. Por primera vez, Kazashi se sentía, en lugar de contrariada, decepcionada con alguien.

Lo haces mal.—y se refería a la perturbada manera en la que Yoshio Shita entendía -o, más bien, creía entender- el concepto de conectar, vincular y asertividad. Degeneraba la empatía, la convertía en una cuestión de comparaciones, no de similitudes. De nuevo, egoísmo desmedido rezumaba cada insolente y desubicada declamación del cada vez más arisco extraño.—¿Esclavitud? ¿no sigues cobrando tu sueldo por cada insulso trabajo que haces, Yoshio Shita? la paz terminó, la paz resultó ser insostenible. El juego de la política te queda grande, como a todos los que no formamos parte de él.—porque, antetodo, Kazashi amaba a su patria y no estaba dispuesta a permitir que un aberrante extranjero se atreviera a hablar sobre los tejemanejes de su gloriosa tierra.—Siguiendo esa línea asquerosa, ¿cómo debería yo conectar contigo? provienes de una tierra sucia, decadente, débil.—le perforó con la mirada, inclemente, encendida y, por encima de todas las cosas, inflamada de espanto.—¿Alguna vez has luchado en una guerra, Yoshio Shita? ¿o tan sólo te pusiste a picar en la tierra mientras tu amada patria era ocupada? ¿insultaste a los soldados del País del Rayo por honrar al país que los crió y los embraveció o, por el contrario, te recriminaste a ti mismo no haber intentado hacer algo al respecto? imagino que lo primero. En Kumogakure nos expandimos, nos adelantemos al resto del mundo y extendemos nuestra gloria por todo aquello que rozamos. No nos resignamos, no lloramos, no nos autocompadecemos de las desgracias que nos puedan ir ocurriendo a lo largo del camino. ¿Trabajaste en el campo y te llenaste las manos de cayos? felicidades, Yoshio Shita, porque has tenido una vida mediocre, algo que muchos otros jamás podrán decir. Otros que a ti no te importan, por supuesto.—imitando al propio Yoshio, se puso en pie de un salto, pasando por alto el repentino desprendimiento del turbante. Le importaba una mierda la cara de Yoshio Shita. Era su corazón, lo que la sacaba de quicio.

Este desierto es la tumba de tantas cosas que, tal y como piensas, nunca podrás llegar a entenderlo del todo. Y eso, Yoshio Shita, me parte el alma.—torció los labios, forjando, a fuego lento, una sonrisa desvencijada, maltrecha. Cínica, tal vez. Y triste, muy triste.—Todavía tienes una tierra que arar, un trabajo con el que cumplir y una vida por la que luchar; en el país del Viento... ¿sabes qué quedó? arena. Incontestables, abominables e incontrolables mareas de arena muerta.—mandíbula relajada, espalda recta, mirada firme. No hubo dolor en aquella canción. Tampoco resignación. Sólo resiliencia, adaptación innata al cambio.—Para no importarte mi vida, bien que me cuentas la tuya.—una afirmación, un hecho que, aunque superfluo, no dejaba de llamar la atención.—Ni sangre, ni capacidades, qué lástima de ti, ¿verdad? pobrecito Yoshio, el rey de la autocompasión. ¿Crees que nacer con una habilidad inherente a la estirpe es un don? en muchos casos, es una maldición. ¿Sabes qué ocurría con un Sabaku nacido en el país del Viento? era condenado, por el mero hecho de poder hacerlo, a defender unas murallas que no les protegía a él, a entregar su vida por una causa que no entendía. Yo comprendo la causa que sigo, la comparto, y por ella moriré de ser necesario. Te afanas en defender tu corta visión de la vida porque, en realidad, sólo quieres regodearte en tu miseria y lloriquear por tu triste perspectiva; eres igual que el resto de habitantes de esta condenada y nauseabunda nación. Victimista, egoísta, quejica.—enfurecida, ni siquiera le quiso dar importancia al hecho de que Yoshio Shita resultara ser un militar perteneciente al país subyugado. A fin de cuentas, la katana que portaba ya revelaba, en cierto sentido, que el errante viajero cargaba sobre sus hombros alguna clase de ocupación militar.—¿Y ahora te sometes? ¿qué quieres ahora, Yoshio, que te haga mártir?—y a punto estuvo de reír, si no hubiera sido porque, en realidad, quería llorar.—¿Es esto lo que Konohagakure tiene que ofrecerle al mundo? ¿lloricas? ¿soldados que viven en la autocompasión?—apretó la mandíbula nuevamente, encarada. Y entonces, de detrás de la roca, emergió una sombra que, aunque normalmente repudiada, en aquella ocasión le quitó un peso del corazón.

¿Eijiro?—murmuró, asombrada, mientras se hacía a un lado y, de piedra, congelada en el sitio, observaba la retahíla de ofensas que el leonino soldado le dedicaba a la hoja marchita.—¿Qué haces aquí?—apartó la mirada, tratando de impedir que el mar en el que querían deshacerse sus ojos cobrara vida.—¿Me has vuelto a seguir hasta el fin del mundo? ¡espero que le hayas pagado al cochero!—la energía era falsa, y la sonrisa, por supuesto, también. Una última mirada a Yoshio Shita, una última respuesta que dejar, antes de llegar al inciso, en el aire.—¿Sabes por qué no sabes mi nombre, Yoshio Shita? pues...—parpadeó, velada su mirada por la tormenta, mientras contenía el aliento.—... porque no me lo has preguntado.—y sonrió, entristecida. Porque aquello tenía que ver con la empatía.
Estadísticas:
  • Fuerza : 01
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 03
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 03
  • Voluntad : 03
Chakra : 73
Cosas:

[/b][/color]
[/b][/color]
Estado de Kazashi
Chakra al 100%: Descansada y en perfectas condiciones. Puede pelear con todas sus facultades físicas.
inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato — Colgando en su cintura.
2 píldoras de soldado — Bolsillo del pantalón.
Daikiri - En la cadera.
Calabaza - En la espalda.
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Yoshio Shita
Konoha Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Yoshio Shita el Vie Jun 22, 2018 5:21 pm

Aquella mirada de la que se había desecho, una que se podría describir como casi lúgubre, vacía y sin mensaje detrás de aquellos ojos inmóviles. Esa misma mirada que había vuelto. Yoshio dijo todo lo que tenía que decir, había visto partes de sí mismo que creía no tener, después de la afrenta personal repetida por aquella chica, había exhalado fuego, había recuperado su genio parcialmente, y se había vaciado de palabras y sentimientos. Lo agradecía, no era consciente, pero se sentía mejor. El espíritu apenado del joven no siempre fue así, escondiendo su honor y orgullo tras una barrera de imparcialidad, lejanía apática y egoísmo, cosas que seguía defendiendo como suyas, puesto que mantenía que aquella chica no era nadie para echarle en cara cosas que desconocía y jamás había vivido. Aquello no era una competición sobre quien lo había pasado peor, el chico entendió, una vez exhalado el fuego y con nuevo hueco para sentir, que aquella chica también tenía una historia. Una de esas historias que deben ser contadas. Uno de esos secretos que guardamos, de los que nadie sabe nada.
Apoyó la espalda contra la gran roca, dado que ya no quería sentarse mas a conversa. Cruzando sus brazos y escuchando a la joven, palabras hirientes y gestos agresivos que ya no tenían impacto, lo sofocaba todo con la misma mirada al desierto y una nueva actitud ajena a la discusión, ya había dicho todo lo que tenía que decir, y nada de lo que ella mencionaba le quitaba su única verdad. Nadie podía juzgarle. Nadie tenía conocimiento de causa.

Como agua sobre e plumaje de un pájaro, las palabras resbalaban. Él joven ni se inmutaba ni se ofendía, ya no. Continuó lo que había estado haciendo, posiblemente lo único que se le daba bien, escuchar. Escuchó a esa chica, intentado comprenderla de verdad, intentado entender lo que quería decirle y tratando de ver su punto de vista, pero era difícil. Era difícil empatizar con alguien que por nacimiento era superior, era sumamente difícil intentar entender que su vida vacía y carente de ayuda era afortunada, exactamente igual que le resultaba imposible entender que sus problemas resultaban inválidos o menos por el hecho de que hubiese otros peores. No comprendía que esa chica le estuviese pidiendo empatía cuando nadie la había tenido con él en su corta vida, sería un niño y estaría enfadado, pero tenía la certeza de que no se equivocaba, no podía pedirle eso. Yoshio no era patriota, estaba seguro de que a su corta edad había dado, con creces, mucho más de lo que había recibido de su país, estaba seguro de que sus deudas estaban saldadas, a pesar de que tuviese algo que "pagar" por nacer y.. no morir. Él no tenía la culpa de la guerra, de aquel juego de política que aseguraban que le quedaba grande, podía ser cierto, tampoco quería meterse en los motivos de cada uno ni justificar nada. Con los brazos cruzados y unos labios que por fin sellaban, ojos que se lanzaban al desierto intentando calmar su interior, había entendido que ella no quería escucharle ni comprenderle, solo convencerle, lo que era una pérdida de tiempo.

Si quizás aún quedaba un ápice de ánimo por contestar a todas aquellas nuevas afrentas que ella le decía, cosas tristes que había escuchado de otro país, pero no había estudiado, no lo hizo. Aquello estaba cerca de un conflicto serio, donde el que más perdería era Yoshio, aún así le hacía gracia, y le daba aún más rabia que ella intentase hacerle empatizar con una causa que desconocía e ignoraba, una causa lejana, ajena, por la que poco podría hacer y por la que poco haría nada. De nuevo el dilema que rondaba su cabeza, ¿debería sentirse afortunado porque su dolor y amargura no podía ser tales comos los de otro? Que estupidez, en el mundo pasan cosas horribles por algo más grande que él, era consciente, y no por ello iba a dejar de intentar buscar lo suyo. ¿Cómo se podía medir los males de personas completamente distintas? Y, ¿por qué había que medirlo o compararlo? Era absurdo

Fue justo cuando llegó un chico que no conocía, uno desagradable y con pinta de niño mimado. Era la clase de persona perfecta, esos a los que el joven Shita odiaba especialmente. Yoshio lo miró, casi sorprendido, no sabía quien era, solo su aspecto y sus gestos, y estos cantaban que era alguien odioso. Lo mas curioso fue el gesto y el mensaje de la chica, la cual parecía conocerlo, y el cual parecía tener antecedentes en lo respecto a ella, quizás antecedentes pretenciosamente amorosos. Para sorpresa de nadie, aquello tampoco le importaba al joven. El atractivo de "Kaza" se había ido todo por su garganta y prepotencia, su facilidad para señalar y para pensarse por encima de cosas que no había llegado a conocer. Ahora su mayor preocupación era hasta que punto esta nueva persona iba a darle más problemas aún, aunque al menos le resultaba agradable que fuese directo. Yoshio se acercó hacia el nuevo chico con paso lento, sacando el pellejo de agua que tenía guardado, ofreciéndoselo a una distancia considerable, sin acercarlo, pues sospechaba de que se lo podría apartar de un manotazo o algo similar. -Pues soy alguien que te ofrece agua. ¿Y tu?-. El talante agresivo de aquel chico no le molestaba ni un ápice, sus insultos directos y genéricos se disolvían en un caso totalmente omiso, ya que si no era nada que pudiese ser personal Yoshio era impasible. Si bien era cierto que su posición agresiva podría llegar a ponerle en tensión, ¿qué iba a hacer frente a dos ninjas de Kumogakure? Si se enfrentaba y los mataba sería perseguido por dos países, y dudaba de poder hacerlo, tampoco tenía la sangre para ello. -Que de gente hay en el desierto. ¿Quien sois vosotros?-. Preguntó mirando a Kaza, directamente, respondiendo así de manera indirecta a su último comentario. Yoshio era consciente de que toda aquella discusión la había iniciado él, por su talante agresivo, así que al menos, le hizo caso en una cosa. Le preguntó quien era, mirándola para que entendiese que lo hacía por sus palabras.
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Eijiro Yotsuki
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Eijiro Yotsuki el Vie Jun 22, 2018 6:00 pm

Chico tonto
Eijiro Yotsuki
Pais del FuegoDesiertoPasado
Inconsciente, efervescente, enérgico como una estrella parpadeante en sulfuroso furor. Se presentó amenazante hacia el presuntuoso de pellejo pardo. Bastó un simple vistazo para tornar ese gesto que pretendía intimidar y mostrar hostilidad, en un semblante contraído por la nimiedad y quizás, algo de repugnancia. Más relajado, lanzó un aspaviento al aire contemplando aquella placa de helechos mal dibujados y esas formas tan pueblerinas. Por supuesto, era un come-tierra de los más fastuosos. Nuevamente en su rostro, parecieron torcerse de nuevo los derroteros hasta conformar uno que bien representaba algo de tedio sin igual.

- Eijiro de la estirpe Yotsuki, capullito. No es necesario que te arrodilles si no quieres, pero estaría genial, dada... bueno, eres un konohiano de aquellos. - Tan pronto como hubo arreglado las cosas, desvió el rostro hasta encontrarse con Kazashi, con una nueva sonrisa de las suyas despuntando solo para ella. Fulgor ofrecido a quien sus pasos dirigía. Se puso recto, en una posición tan regia como correcta. - Hasta el fin de mis días, mi querida zarpitas de arena. Y... - Frunció levemente el ceño, como si aquello se hubiera convertido en alguna clase de rumor insidioso sobre su persona. - … mi familia no tiene deudas, cielos. Te lo perdono porque ese cuerpecito me ha dado más de un momento, que conste. - No pudo faltar un toque con el indice del dedo sobre la nariz de Kazashi, a modo de guinda sobre el pastel, repiqueteo de batuta o muestra presencial. Con una mirada de sus ojos claros, quiso decirle que ahí estaba con ella. Que contuviera el llanto, que le insultara cuanto quisiera, que rompiera a llorar en otro momento si lo prefiriese. En apenas unos instantes, Eijiro quiso decir mucho más de lo que estaba haciendo. Nuevamente, fue él mismo el impedimento. Volviendo de nuevo el rostro ante el impresentable, cambió por completo el tono, como ameritaba con aquella escoria. Una bota de agua ofrecía. Quiso sonreír, pero tan solo le salió una boca torcida por la decepción y quizás, algún que otro retazo de repulsión. - Ah, claro... - En corte claramente condescendiente, Eijiro no se movió del sitio; junto a Kazashi, pero aquello le bastaba por el momento. - Veo que también hablas el idioma con propiedad limitada, supongo que no podía esperar demasiado de los desarrapados de esta nación infecta. - Carraspeó, con la mirada entornada en un gesto de clara suficiencia. - Apenas me has dirigido unas palabras y ya te has equivocado varias veces. No, no, no, no... ¡No! - Exclamó sobre su última y monótona negación. Parecía condescendiente, casi paternal en la figura de un hombre hecho y derecho explicándole a un nativo iletrado las materias del mundo. - Eres... un tarado anónimo de la nación actualmente reconocida oficialmente como el culo afeitado de una rata moribunda. Tu, aguador desgraciado, eres tan solo un miserable capullo que ha tenido los huevos de dirigirle más de dos palabras mal pronunciadas a ella. - Un dedo recto parecía señalar a su lado, justo en dirección a Kazashi. Un paso hacia adelante lo siguió con una severidad clara. Eijiro se mostraba enfadado, furioso en realidad, por sentirse alejado de ella cuando no debió haberlo hecho. Maldijo a Kikeru y al zopenco de su burro.  Inspiró con suavidad y sin siquiera acercarse a aquella bota mugrienta y provinciana, posó la diestra sobre un par de láminas de acero prendidas de su cinturón: puños americanos, se les denominaba. No sabía muy bien porque...

- Guarda ese pellejo repugnante extraído del culo de algún compatriota y pide perdón, come-tierra. - Provocador, exultante y en claro sentido, muy ofendido por todo cuanto se pudo haber dicho, las posibilidades resultaron ser mucho peores que los hechos en sí mismos. Superior, espléndido, a Eijiro no le cabía duda que aquella conversación había resultado mucho más malsonante de lo que en un principio parecía ¿Como si no Kazashi habría estado tan afectada por todo ello? Lanzó un resoplido al aire, expectante de cualquier movimiento desde el instante en el que pronunció la primera palabra. - Y ahora que vengo a poner orden te suavizas como una putilla... patético. Aunque es lo propio de estas tierras ¿Verdad? - Dejó escapar unos instantes, creando una expectación con la que pretendía provocar una reacción. - Dime, Kazashi... - Ladeó el rostro tan solo unos grados, tratando de captar su atención en un gesto contenido sin apartar un instante la vista de aquel insolente. - ¿Que clase de gilipolleces te ha contado? -
Estadísticas:
  • Fuerza : 12
  • Resistencia : 7
  • Agilidad : 12
  • Espíritu : 12
  • Concentración : 7
  • Voluntad : 7
Chakra : 74
Inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato - Prendida en el cinturón.
Daikiri - En el cinto, lateral izquierdo.
Estuche pequeño - Muslo derecho - 2 Kunai, 3 Shuriken.
Estuche pequeño - Muslo izquierdo - 1 Kunai, 3 Shuriken
Estuche mediano - Zona lumbar - Alambres ninja x05, Bombas de humo x02, Píldoras de soldado x02
Comunicador - Oído derecho
Puños americanos - Enfundados en el cinto, lado derecho

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Kazashi Furukawa
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Kazashi Furukawa el Sáb Jun 23, 2018 7:12 pm

Chico tonto.
Kazashi Furukawa
País del FuegoDesiertoPasado
¿Defender o atacar? ¿socorrer a alguien de algo o, por el contrario, arremeter de frente contra el obstáculo y abandonar lo que, presuntamente, debía ser rescatado? ¿apoyar incondicionalmente o sobrepasarse en el acto y terminar hiriendo en lugar de auxiliando? la delgada línea que separaba esos conceptos opuestos era fácil de traspasar, sencilla de burlar, cómoda de ignorar. De pasar por alto. Kazashi, en pie frente a y al lado de uno y otro de los presuntos contendientes, no pudo evitar un pensamiento ácido, de esos que escocían a la altura del corazón; Yotsuki Eijiro, aunque lleno de buenas intenciones, siempre terminaba cruzando la frontera de lo correcto y adentrándose en las abisales e insondables mareas de la hostilidad más manifiesta y de la agresividad más presuntuosa. El aire árido que los atravesaba, de alguna manera, le concedía cierta aureola guerrillera al león encendido; hostil. Carraspeó, entrelazando los brazos por debajo del pecho y perdiendo levemente la esperanza de que aquel inesperado encuentro a doble banda pudiera terminar yendo por cálidos derroteros. Ni el desierto tenía ese poder, esa influencia poderosa que podría volver el más arisco de los comienzos en la más enriquecedora de las experiencias. Enterró la mirada en la tierra desparramada, revuelta.—Baja la voz, Eijiro.—murmuró, impasible ante el diminuto toque en la nariz depositado por el radiante soldado.—Por favor.—porque aunque nadie lo entendiera... no, porque aunque nadie quisiera entenderlo, para ella, aquello era un cementerio. Una tumba colectiva: un homenaje a un pueblo extinto y a un recuerdo yermo.

Entrecerró los párpados, condenada a los sobresaltos. Suspiró, algo agobiada, y retorció los labios en una sonrisa rotunda, que no dejaba lugar a dudas, ni mucho menos a futuras réplicas.—¡De nada, en realidad!—articuló, ligera, al tiempo que alzaba la diestra y le propinaba un par de vehementes palmaditas en la espalda a su más ¿habitual? compañero de improvisadas andanzas.—¡De perspectivas, tal vez!—continuó aporreando, falsamente emocionada, aquel tambor en el que había convertido los contundentes omóplatos de Eijiro, en un arrebato de exagerado y degenerado entusiasmo.—Sólo hablábamos sobre la empatía, ¿verdad, Yoshio Shita?—apenas redirigió la mirada levemente hacia el mencionado extranjero, certera. Moverle las orejas al león cotilla ya era suficiente problema de por sí como para, encima, pisarle la cola a propósito. Conociendo al nacionalista Yotsuki, según la versión contada, lo veía lo suficientemente capaz como para buscarle problemas al presunto espadachín viajero. Se mordió la cara interna de la mejilla con saña, conteniendo el vaivén de emociones contradictorias que le impedían reaccionar como era debido. Yoshio Shita había despertado a la altura de su abdomen una miríada de odios diversos nunca antes experimentados, sí... y, sin embargo, tras la historia oída, digerida e imaginada, no quería ver arder la tierra arada que, al parecer, era la vida del opaco y apagado militar. Aún si él nunca llegaba a enterarse de lo que aquel tono ameno podía frenar, le salvaría de la celda en la que bien podría haberse convertido su impredecible devenir. Un favor, a cambio de una discusión.—No hace falta que te pongas así, blanquito.—¿parar la inconstante y frenética danza de tamborileos contra su espalda? ¡ni en broma! eran una prueba de su buen humor, de lo bien que iba de todo, de... ¿importaba, acaso? ¡era divertido! Cabeceó de izquierda a derecha, volviendo a abrir los ojos con brío y a centrar la mayor parte de su atención en el hombre absurdamente adusto, triste y herido. Aún incluso tras la frondosa e irredenta confrontación, Kazashi sentía la insurrecta necesidad de acariciar aquel estigma hendido en su piel y sanarlo. No arreglarlo, por supuesto; las cicatrices, después de todo, eran tan necesarias como los propios remedios. Recordaban, forjaban e inspiraban.—Puedes llamarme Kaza, Yoshio.—concedió, con un alegre ademán del rostro, mientras señalaba ahora con la barbilla al guerrero bravucón.—Y tú no puedes llamarme zarpitas de arena: sólo Reina del alto desierto, si me apuras.—le guiñó un ojo, ¡un ojo, algo antes nunca visto!, le sacó levemente la lengua y le picó con un dedo en el hombro.—Ah, este tipo de aquí es Yotsuki tercero Eijiro, un alma libre.—anunció, briosa, para luego pasar el brazo por los hombros del aludido y apretarlo ligeramente contra sí. Cálmate, le pedía con el generoso acto.—La mayor parte de las veces, claro.—susurró por lo bajo, levemente estremecida. Arriba, tenía que venirse arriba; o caería, y eso, por encima de todas las cosas, no se lo podía permitir.—¡Es cierto! ¡estamos en el desierto! no tenéis ni idea de lo que eso significa, ¿verdad?
Estadísticas:
  • Fuerza : 01
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 03
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 03
  • Voluntad : 03
Chakra : 73
Cosas:

[/b][/color]
[/b][/color]
Estado de Kazashi
Chakra al 100%: Descansada y en perfectas condiciones. Puede pelear con todas sus facultades físicas.
inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato — Colgando en su cintura.
2 píldoras de soldado — Bolsillo del pantalón.
Daikiri - En la cadera.
Calabaza - En la espalda.
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Yoshio Shita
Konoha Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Yoshio Shita el Sáb Jun 23, 2018 11:50 pm

Insultos sin parar. El chico que acababa de llegar no paró ni un instante de intentar ofender a Yoshio, el cual estaba estático desde su posición tranquila, mirándole fijamente a los ojos casi sin parpadear. El joven que se presentaba estoico, ya que él era así casi por necesidad, no respondió ni a un solo insulto en ningún momento, pues aquellas ofensas simples y directas era algo que, prácticamente nunca podría sacarlo de sus casillas. El joven castaño era alguien muy tranquilo, los años de silencio y su situación poco ventajosa le enseñaron a guardar silencio y tener paciencia, siempre que no mencionase nada personal que fuese cierto, Yoshio jamás respondería de forma agresiva. Llegaba al punto en el que le hacía sentir más cómodo, curiosamente. Aquel comportamiento tan superficial y agresivo le era mas familiar y esperado, llegando hasta parecerle graciosa la gama tan impresionante de insultos creativos que ese chico tenía, era casi admirable. A diferencia de la conversación subida de tono y tan personal que tuvo antes, el cual si le hacía daño y le presionaba en aquel lugar sensible, del que no quería sacar nada a la luz. Poco a poco el joven volvía a meterse en su barrera y burbuja, donde todo le parecía mas lejano, mas impersonal, y podía mantener una actitud mas conforme a su realidad.

Entre tanto alboroto de palabras malsonantes a su persona, Yoshio se preguntaba que es lo que aquel chico rubio decía realmente, y por que. Le miraba a los ojos sin perderlo mientras lo observaba tranquilo, no le amedrentaba ni tampoco le asustaba, eso lo quería dejar claro de una forma pacifica. Parecía estar molesto por escuchar algunas palabras hacia Kaza, era protector. Era evidente que tenía una relación íntima, amorosa seguramente. Era una persona engreída, que no quería decir que fuese malo, solo odioso. Tenía una moral muy alta, orgullo y prepotencia, llegando a captar el interés de Yoshio, de una forma extraña ese chico le caía bien. Protector, y desde luego, insistente, pues parecía que ella era el único motivo por el que estuviese en mitad del desierto. El nombre Yotsuki le sonaba, como casi todos los apellidos de clanes que, por nacimiento, ya eran mejor que el castaño taciturno, pero el orgullo por su apellido ya se lo dejaba mas que claro. Esto hizo que el asco hacia esa persona aumentase, creando una dualidad de sentimientos, entre el asco ya mencionado, y el agrado tamibién mencionado. Pero como de costumbre ni hizo gesto de ello en ningún momento. El joven Shita seguía aún algo acelerado, hasta el punto en el que no se arrodillaría aún si se lo pidiese directamente, quizás tuvo suerte en que no lo hiciese, si no, hubiese tenido un problema serio. Se dio cuenta de eso mientras el rubio hablaba, tenía que relajarse mas y pensar bien lo que decía, no quería volver a prenderse de nuevo y decir lo que realmente pensaba.

Suspiró mientras ellos hablaban, pues tampoco es que tuviese mucho que responderle. Tenía que pensar y elegir las palabras que usaría, y eso requería algo de tiempo y calma. Sacó su cantimplora y bebió algo de agua, y se quedó mirando al cielo brevemente. Las nubes redondas y blancas, aquello siempre le ayudaba a calmarse. Tenía la costumbre de mirarlas mientras jugaba y chasqueaba las uñas bajo aquella tela anaranjada, estuviese donde estuviese, las nubes le acompañaban, aunque tuviese una tonalidad distinta por la arena que había en el viento. Esas gigantes blancas le daban paz al joven, pudiendo evadirse un instante muy agradecido, aquellas emociones tan nuevas se podían aplacar con un sentimiento tan familiar.
Con un suspiro corto, volvió a la realidad, dispuesto a contestar algo corto, algo que no le metiese en las problemas. -Mas bien, hablábamos sobre la falta de empatía. Es una chica de palabras agudas y... convincente-. Dijo mientras le miraba a ella, entendía que era demasiado buena como para buscar meterle en un lío, quizás le hablaba de ese tipo de simpatía, quizás hasta tuviese algo de razón. -Hasta puede que me haya convencido. Las cosas nunca son blancas o negras-. Continuó con un semblante serio y una voz monótona, esta vez desvió la mirada hacia su cantimplora, mientras la cerraba. Su corazón volvía a palpitar, eso último no lo tendría que haber dicho, aun estaba más acelerado de lo que pensaba; tenía que callarse. Evidentemente era una alusión a que podía aceptar que tuviese razón, pero no toda la que ella creía tener, y animar de nuevo la discusión era lo contrario a lo que buscaba.

Se incorporó, guardó su agua, cogió su katana y la acomodó en su cintura. Volvió a ponerse el trapo en la cabeza, pues temía que su pelo se llenase de arena, aquello sería muy desagradable, y aún tenía que volver a su muy poco amada casa. En principio planeaba descansar esa noche en aquel lugar, pero aquella discusión le dejó claro que le sobraban fuerzas, y también le dejó claro que el desierto era una lugar muy especial. Cuando acabó de ponerse la katana, miró a Kaza y le respondió en su tono usual. -Es un placer saber tu nombre, Kaza-. Luego miró al chico, dandole exactamente el mismo trato, o al menos pretendiéndolo. -Y el tuyo también, Ejiro Yotsuki-. Se acomodó el trapo y acomodó el antebrazo en la katana, quedándose en su posición, pues cuando la conversación se acabase, pretendía darse la vuelta y marcharse con el atardecer. -La verdad es que llevo un tiempo queriendo saber que significa el desierto-. Su nuevo comportamiento era una demostración indirecta de que había aprendido algo. Yoshio siempre escuchaba, se enfadase, se quedase impasible, o ignorase a alguien. Casi que era su única cualidad, escuchar y aprender.
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Eijiro Yotsuki
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Eijiro Yotsuki el Dom Jun 24, 2018 10:47 am

Chico tonto
Eijiro Yotsuki
Pais del FuegoDesiertoPasado
Apretó los labios, sintió una descarga, un impulso ahogado antes de conocer la luz de la existencia, una descarga eléctrica que pugnaba por transmitir un sentido: afrenta.

Y con Kazashi pidiéndole silencio, Eijiro no pudo hacer otra cosa que mantener la mandíbula compacta, cerrada como las fauces de un león contrariado ante la situación. Porque lo que en un momento pudo parecer algo tan simple como una conversación fuera de los estándares, ahora estaba convencido de sus efectos adversos sobre su chica. Sobre Kaza, sobre la chica a la que no había visto languidecer ni tan siquiera por el mas adverso de los momentos. Siempre una palabra absurda, quizás un gesto ridículo y exagerado ¿Pero demandar silencio, decoro y prudencia? Calló por ella, no por respeto ni miedo a la confrontación. Porque faltaban tumbas en el mundo, epitafios fúnebres y llantos desconsolados que le hicieran detenerse en defensa de Kazashi, de su tierra o su estirpe ¿Y por ella de forma específica? Ni la sangre le arrastraría tanto.
Al primer golpe Eijiro no pareció excesivamente convencido. A cada exclamación anunciando cuanta normalidad rebosaba la conversación le hacía pensar justamente lo contrario. Porque si el leonino Yotsuki no era precisamente un genio intelectual, era astuto y bien conocía a los suyos. Y en Kazashi pocas cosas había tan evidentes que un corazoncito cálido dañado, que era precisamente lo que parecía hacer entender a cada golpe.

- Opiniones enfrentadas, seguramente. - Respondía con el gesto adusto, con aquella sonrisa ya olvidada en el recuerdo y el gesto marcado por una seriedad inaudita. Muy pronto el león de Kumogakure había olvidado como se comportaba ante aquellas situaciones, más cuando su Kazashi le exhortaba a calmarse. - Una que tu tienes en exceso, Kazashi. - Nueva descarga, y a duras penas, Eijiro sostenía la situación con una entereza tan solo impuesta con el fin de hacer saber a Kazashi lo consciente que era de aquella situación. Gruñó por lo bajo, visiblemente molesto. Quizás por aquel asalto sucesivo de golpes contra su hombro, que eran amortiguados por aquel abrigo de pieles negras como un abismo inalcanzable. En uno de ellos, se giró de repente, detuvo su mano con la diestra y quedó unos instantes intercambiando miradas. Todo un universo conformando aquella orquesta de cientos de rojos y pardos enfrentados. Una simbiosis inaudita, era la mirada de Kazashi, enfrentada de pronto al cobalto intenso de los ojos de Eijiro, y bastó tan solo ello para hacerle comprender algo muy simple. - Es necesario. - Sentenciaba, tan serio como nunca, tan decidido como siempre debía serlo. Porque Eijiro podía ser un imbécil, ello lo reconocía, un bocazas, un impresentable y quizás un acosador en palabras ajenas. Pero en el peor de los días quien le conociera sabría que Eijiro de la estirpe Yotsuki no tiembla al dar un paso al frente. Que por ella sembraría secuoyas en el desierto, esparciría flores por las nieblas del País del Agua y enfrentaría sus relámpagos a los descendientes del cielo.

Habiéndola soltado, dispuesto aún de forma severa y recta, permitió que Kazashi continuara con el resto de su charla, haciendo caso omiso a aquella petición desorbitada de hacerla llamar reina, claro, pero también zarpitas de arena, por supuesto. Cuando el indeseable ni siquiera se hubo presentado, tuvo que enterarse de su nombre por ella, y tan recto protector como quizás innecesario, alzó la voz de pronto antes de que pudiera pronunciar su nombre. No lo merecía.

- Entiendo muy bien cuanto ha pasado, y por suerte para ti ella es un alma bondadosa que me impediría partirte los dientes contra esa piedra y luego hacer que te encierren. Apenas sería un instante y te doblegarías como te he ordenado y no has hecho; no se me olvida, “Yoshio”. - Dejó que el viento del desierto cantara las alabanzas fúnebres de una tensión interpuesta, se aclaró la garganta, mirada ensombrecida, cobalto tornado en un azul severo. - Por ella y no por tu vida miserable no te va a pasar nada, pero solo por ella. Porque entiendo bien cuanto le has hecho cuando no he estado y cuanto has tardado en echarte atrás en cuanto las consecuencias te sobrevenían. No me importa cuanto tengas que decirme; solo voy a escucharla a ella. Y pienso dejarte muy claro, “Yoshio”... - A cada pronunciación de su nombre, parecieron destiladas inquinas perturbadoras, desprecio sin tapujos ni disfraces. - … que no eres nada, menos que un labrador miserable. - Apenas girándose unos grados hacia un lado, quiso dirigirse a Kazashi a continuación, en un tono mucho mas comedido pero igualmente, áspero. - No diré nada, aunque sabes que puedo hacerlo. Respeto tu opinión, lo sabes, pero no pienso permitir que se te falte el respeto ni una sola vez. Ni ahora ni nunca, por nada ni nadie. - Dichas las palabras, Eijiro se decidió a compartir una de aquellas sonrisas radiantes, quizás algo forzadas, de seguro lo estaba, pero finalmente presente. Su gesto pareció todavía afectado por las palabras interpuestas, no obstante se percibía un esfuerzo. Por ella, tuvo que confesarlo, se atragantó con sus pretensiones, contuvo sus impulsos iniciales e hizo callar cuanto tenía que decir en realidad.

Ella lo merecía. Sin lugar a dudas.
Estadísticas:
  • Fuerza : 12
  • Resistencia : 7
  • Agilidad : 12
  • Espíritu : 12
  • Concentración : 7
  • Voluntad : 7
Chakra : 74
Inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato - Prendida en el cinturón.
Daikiri - En el cinto, lateral izquierdo.
Estuche pequeño - Muslo derecho - 2 Kunai, 3 Shuriken.
Estuche pequeño - Muslo izquierdo - 1 Kunai, 3 Shuriken
Estuche mediano - Zona lumbar - Alambres ninja x05, Bombas de humo x02, Píldoras de soldado x02
Comunicador - Oído derecho
Puños americanos - Enfundados en el cinto, lado derecho

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Kazashi Furukawa
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Kazashi Furukawa el Dom Jun 24, 2018 3:19 pm

Chico tonto.
Kazashi Furukawa
País del FuegoDesiertoPasado
La guerra de miradas desatada le dolió en el corazón, a la altura de la tan mencionada y poco respetada empatía. Eléctrico cobalto restallando contra incendiado rubí, impactando contra lo que, en un principio, quería proteger. O, más bien, resguardar de todo mal. Ni el azul prendía, ni el rojo conducía; un punto muerto, un impasse insalvable en la insurrecta situación que vivían. Kazashi contuvo el aliento, la asoladora energía que irradiaba a cada inconstante arrebato, y  apretó los labios con un vigor desconocido hasta el momento. Le enfrentó porque, después de todo, proteger nunca sería lo mismo que apoyar. No quería un escudo, mucho menos una lanza. Anhelaba un compañero, alguien con el que librar batallas; no quería, ni consentiría, refugiarse tras una muralla. Apreciaba el gesto, pero no podía aceptarlo. Una barrera te hacía sentirte sola, aislada; y Kazashi, por más que le pesara admitirlo, ya estaba cansada de sentirse siempre así. Inútil, lejos de todo. Desierta, tal vez. Le sostuvo la mirada,y en el incontestable choque, le pareció que la turbulencia de duna que pisaban se removía, que el aire los azotaba y la intensidad de la inesperada escena se doblaba.—No, no es necesario.—la voz no le tembló, la voluntad no le cedió. Firme, doliéndole, quizás, el haber perdido contacto directo con Yotsuki Eijiro, devolvió la extremidad anteriormente atrapada a un lado del cuerpo. Fingió... no, se obligó a creer que no le importaba, que le tenía que dar igual si él la tocaba o, por el contrario, la dejaba ir; a fin de cuentas, Yotsuki Eijiro nunca sería sinónimo de nada.

El tan radiante como ominoso león de Kumogakure rugía por ella. Por mí. Pero Kazashi no quería guerreros que abanderaran su causa mientras ella se escondía tras un imperio en ruinas: no  buscaba, ni toleraría jamás, que una batalla fuera librada en su nombre. No merecía la pena. Entrecerró los párpados, desviando la displicencia que rezumaba prendida a sus incandescentes iris hacia el levemente ignorado Yoshio Shita; recondujo las llamas atrapadas en la corriente eléctrica que eran los oscilantes ojos de Yotsuki Eijiro hacia el terremoto acallado del militar vagabundo de Konoha por puro instinto de supervivencia. Trató de hallar alguna chispa de estabilidad adherida a las rígidas expresiones y adustos ademanes de Yoshio Shita, pero tan sólo supo encontrar autoimpuesta disciplina. Tal vez, después de todo, ni siquiera se le daba tan bien como creía mirar. Entender. Empatizar. Irredimible en la posición que le había tocado ocupar en medio del conflicto iniciado entre ambos elementos, no le quedó más remedio que aceptar que, después de todo, no podía contentar a todo el mundo. Le tocó, como de costumbre, sentirse culpable del irreconciliable malhumor del abigarrado militar y el monocromático labrador. Al igual que no todos los colores combinaban, no todas las personas encajaban; ensombrecida, Kazashi se mordió la cara interna de la mejilla, concentrada en no perder la sonrisa. Porque la mirada podría caer, y las palabras derrumbarse... pero, costara lo que costase, la sonrisa sobreviviría y sobrevendría a la situación. Ese, por suerte, era un precio que estaba en su mano pagar.—Eres muy exagerado, Saburo.—musitó, en apenas un hilillo ininteligible de voz, mientras se pasaba la mano por alguno de sus achocolatados mechones y se lo colocaba tras la oreja, avergonzada.—No vale la pena que te tomes tantas molestias por defender mi honor.—inesperadamente seria e insospechadamente decaída, con la mentirosa curvatura todavía asomada al principio de los labios, sacudió el rostro. Una, dos, tres veces. ¿Y entonces? ensanchó la sonrisa sin dientes, la blanqueó de malos pensamientos y se la devolvió a la centelleante fiera, tan grande como la que él mismo le había ofrecido apenas medio minuto atrás.—Después de todo, ¡eres tú quien lo mancillas constantemente! ¡vas por ahí difamándome!—volvió a cruzar los brazos bajo el pecho, rotunda.

Elevó la barbilla, le perforó con una mirada desentumecida de congojas y renovaba en incontrolables energías. La marea roja prendida a sus ojos no cedería, no se resignaría a la posición de mártir.—Y no quiero ni tu silencio, ni el de nadie.—apuntó, ligera, al percatarse de la boca cerrada que Eijiro había optado por esgrimir en lugar de afiladas palabras.—Habla y grita cuanto quieras, pero no lo hagas por mí. Hazlo conmigo, si eres tan amable.—en un ademán comedido, entrelazó las extremidades tras la espalda, por debajo de la calabaza, y se balanceó hacia un lado, golpeando ligeramente, con camaradería el hombro del aludido rey de la sabana. ¿No se daba cuenta del derecho concedido en su intervención anterior? siendo él el león, monarca absoluto de la llanura, ella le dejaba llamarla reina. Tal vez, el Yotsuki todavía no estaba preparado para alianzas, mucho menos para anexiones. Se encogió de hombros: qué se le iba a hacer.—Mira que eres lento.—susurró, de manera casi ininteligible, mientras reconducía la sombra de sus iris hacia Yoshio Shita.—Te estamos perdonando la vida, soldado de Konoha.—reconoció lentamente, falsamente solemne.—Espero que entiendas que, a cambio de esto, nos debes una.—sonrisa a bordo, se inclinó, ahora, hacia delante.—Si no entiendes la empatía, supongo que eres más un hombre de deber; entonces, comprendes lo que es una deuda a saldar, ¿no?—se echó hacia atrás, hasta notar la adusta calabaza cargada rozar la piedra que los cobijaba.—¿Qué crees que es el desierto, Yoshio?
Estadísticas:
  • Fuerza : 01
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 03
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 03
  • Voluntad : 03
Chakra : 73
Cosas:

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[/b][/color]
Estado de Kazashi
Chakra al 100%: Descansada y en perfectas condiciones. Puede pelear con todas sus facultades físicas.
inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato — Colgando en su cintura.
2 píldoras de soldado — Bolsillo del pantalón.
Daikiri - En la cadera.
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Yoshio Shita
Konoha Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Yoshio Shita el Lun Jun 25, 2018 10:48 pm

Curioso, estúpido, hipócrita y, desde luego, sin sentido. Así era como el joven Yoshio miraba a sus acompañantes por sus palabras, sin sentido ninguno con lo que le trataba de inculcar hace un rato o con cualquier muestra de amabilidad que procediese de la boca de, al menos, la chica. Le hablaba con el conocimiento de un sabio, cuando a la mínima se regodeaba en "salvarle" la vida, sin darse cuenta que la vida de Yoshio no era de nadie para empezar. ¿Así era como tenía que empatizar con ellos? La falta de miras y de empatía era más notable ahora que en ningún otro momento, su novio era un abusón, un bocazas y cruel, para decirle mientras a otra persona que tendría que tener esa amabilidad con los demás y confiar. Rápidamente todas las palabras y, aquello que el joven castaño si aprendió de las palabras que decía Kaza, se transformó en asco y odio rotundos, negando cualquier aprendizaje y reafirmándose. Vaya chica estúpida, si no iba a mantener sus ideales por una discusión tonta, ¿para qué hablaba de nada?
Todo aquello no se reflejaba en su semblante serio y su mirada fija y vacía, que normal resultaba aquello, que familiar, y sin saber porque, le resultaba igual de odioso por mas años que pasase viéndolo y viviéndolo. Al menos el rubio idiota tenía razón, venía de una nación de mierda y de falta de autorrespeto, estuviese donde estuviese el real antiguo Hokage, esperaba que se ahogase entre gritos de dolor.

El joven dio un paso con la espalda apoyada y firme sobre el terreno de la gran roca para acomodarse, pues parecía que aún querían hablar y no le iban a dejar irse tan fácilmente. Le hablaban, desde luego que lo hacían, envueltos en un aura de amor e hipocresía, de un valor inmerecido y con la injusticia por estandarte. -Me salváis la vida. Sois muy empáticos-. Respondió con un tono monótono, sin la más mínima arrogancia o muestra de sarcasmo, a pesar de que si lo era. Palabras sarcásticas como aquella son las que evitó decir durante toda su vida, así se evitó problemas en su tierra, pero ese día parecía otra persona. Era una referencia directa a lo que hablaron antes, es evidente, dando a entender la hipocresía al pretender que la vida del joven pertenecía, por nacimiento, a nadie.

Desde su posición firme y cómoda, Yoshio se veía a sí mismo como un adalid de la verdad. En ningún momento se pensaba que era mas que nadie por defender su realidad, solo se sentía bien, era prácticamente lo único por lo que se sentía bien. Quizás el único dedo que salvaba a su orgullo de caer en el abismo del olvido y la inexistencia. Sus brazos estaban cruzados, su espalda contra el monumento, la katana en la cadera y la cantimplora, la que curiosamente había ofrecido en muestra de solidaridad frente a sus no semejantes, guardada entre sus ropas. Listo para marcharse en cuanto se lo permitieran.

Una deuda. Yoshio era un hombre de deber, uno tan firme como se creía. Aunque su deber era algo mas retorcido y tenía mas "peros" de los que tendrían aquella pareja, seguramente. El joven no se dignó a responder a aquello, era una pregunta evidente. El deber es lo poco que mantiene el orgullo de un hombre pobre y solo, el deber para bien, y el deber para mal. El joven se preguntaba su realmente entendía exactamente lo que significaba aquella palabra, o si significaría lo mismo para ambos. De todas formas, ¿qué le importaba a él la opinión de aquellas dos personas? Poco, a decir verdad.

El joven se empezaba a sentir agobiado frente a aquellas dos personas. Cada una le había demostrado mas mal que bien, y no quería seguir en su compañía, normalmente tendría mas paciencia, pero ese día no. Cuando le lanzó la pregunta de forma directa, Yoshio respondió sin más y de forma apresurada. -El desierto no es nada más que un lugar-. La respuesta fue rápida y repentina. Después de aquello se paró un momento para definir mejor su respuesta. En aquel gesto se podía ver la falta de paciencia que el joven tenía, algo que ni él había sentido, pues acostumbraba a hacer caso omiso a sus propias sensaciones. -La gente tiende a cogerle aprecio y amor a lugares especiales-. Se puso a pensar las cosas a las que la gente le podía tener cariño, cosas por las que luchaban o valoraban. -Hogar. Familia. El mar. El desierto. Una tumba en el cementerio. Un descampado. Quizás hasta un objeto. Todo son cosas sin valor importante solo para uno-. Se dio cuenta de que había enumerado varias cosas y que él no tenía ninguna de ellas, así que, para mantener su sinceridad, especificó aún más. -Al menos las personas que se lo pueden permitir. Hay otros que no sienten amor por cosas así, que no tienen familia o que pertenecen a "nación actualmente reconocida oficialmente como el culo afeitado de una rata moribunda". Esas personas no entienden porque alguien le tendría apreció a un montón de arena olvidado-. Dicho esto pasó a callarse de nuevo. No esperaba respuesta positiva ni negativa de sus palabras, simplemente esperaba. Curiosamente se dio cuenta de que si había por lo que el castaño había tomado aprecio: Su katana.
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Eijiro Yotsuki
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Eijiro Yotsuki el Mar Jun 26, 2018 9:36 am

Chico tonto
Eijiro Yotsuki
Pais del FuegoDesiertoPasado
Un campo de muertos sin nombre alguno, donde eras caían, donde leyendas morian sepultadas bajo las arenas. Un reloj estático, un sol ardiente y sincero. Sobre aquellos elemento Eijiro parecía debatirse, entre su amada de cabellos pardos, el irresponsable oriundo de los helechos y su voluntad de salvaguarda. Porque en él cabía bien poco más que todo aquello, y ante los intentos de Kazashi por calmar su voluntad o restarle importancia a la situación; Eijiro se sentía estúpido.

Bajó la vista de forma tan imperceptible como aquel hilillo de voz con la que ella había inaugurado una ordalía tan severa para su espíritu como necesaria a ojos de ella. Respaldando el sentido de todo cuanto debe ser respetado, quizás dolida, probablemente incomprendida, para Eijiro todo aquello estaba fuera de su alcance. En cuanto hubo pronunciado las palabras, trastabilló en el sitio, algo profundo y grande, descomunal, pareció revolverse en ofensa.

- ¿Qué? - Pareció querer preguntar, porque resultaba inaudito. El que no defendiera, que no interpusiera su cuerpo frente al mundo y ante ella. Que no diera un paso al frente y soportara la plomiza y sentenciosa carga que otros no podian soportar. En ello Eijiro pareció dudar, sentirse dolido, apaleado como un perro que pugnaba por defender el objeto de su devoción y fue respondido con traición inesperada. Torció la mandíbula y le devolvió la mirada al miserable. Serio, adusto. No podía permitirse temblar en circunstancias como aquella, y aunque habría huido a paso parsimonioso y desolado, no era el momento.
Pronto su cobalto restallante pareció enfrentado a su carmesí incontrolable. Ella pareció querer explicar algo muy distinto con ella que con sus palabras. En un proceder aún inconexo para Eijiro, quiso creer en lo imposible, tener fe sobre lo que no debería y considerar que sus pretensiones nunca nacieron sobre la sombra de una causa ahorcada sobre las ramas recias de un castaño conocido. En sus palabras halló cobijo, halló refugio por cuanto se creía culpable y avergonzado con razón. Permaneció unos instantes intercambiando miradas con ella, en un silencio sin orquestar pero tan necesario como sentido el momento. En su mirada pronto entregada a los asuntos de la conversación, los que a todos atañen en aquel momento, Eijiro pareció haber deseado tan solo un segundo más. Un instante con ella, donde su rojo lo envolviera, su castaño le entendiera, donde su dorado se tornara plata. Sincero, pareció callar un destello desenvuelto.

- Mi reina - Susurró en un tono imperceptible, donde apenas sus labios parecieron corresponder al intento de palabra, donde su corazón quiso encogerse en una reverencial muestra de anhelo. Eijiro terminó por girarse, aceptar ese último insulto... no. Porque de ella no debería recibir tales cosas. Quizás algo distinto, algo imperceptible por ahora. Pero algún día, apreciado como debiera. - Dijo la que apenas sabía saltar en la academia... - Chasqueó la lengua tras ello, como si fuera una situación realmente molesta, quizás enunciada de una novela mal escrita. Poco despues, con una sonrisa algo mas alejada de los cauces apesadumbrados de un principio, Eijiro quiso centrarse en aquel helecho desatado y lleno de mierda. Por partes, debía ser.

Sus palabras destilaban un nihilismo severo, y si Eijiro hubiera sabido qué demonios significaba aquel concepto leido en ocasiones en libros tan grandes como su cabeza, habría reaccionado de forma distinta. A lo sumo, entendió cierto desprecio por los afectos que sentía su "Alta Reina Zarpitas de Arena" por cuanto tenian a su alrededor. Eijiro entendía sus orígenes, sus recuerdos inconclusos de una herencia difuminada por los aires. Dió un paso, apretó los puños y creyó por un instante estar a punto de abalanzarse clamando aquella humillación exigida y obviada. Redoblando esfuerzos, recordando y tratando de comprender cuanto no sabía identificar, exhaló una bocanada de aire pesado. Con ella, no por ella, resonaba en su consciencia.

- Creo que su significado... - Dudó por que nadie le preguntó, y al mismo tiempo porque no cabía la duda o la ignorancia en él. Más que por orgullo, fue por representar cuanto creía y debía ser. Por su estirpe, Eijiro Yotsuki, Saburo para Kazashi en ocasiones contadas, no debia fracasar. Pero sintiéndose inusualmente receptivo y, porqué no decirlo, "ella" quiso intentarlo. - ... es simbólico, claro. El desierto es un corazón ajado, un recuerdo a punto de olvidarse. Un nombre conocido que comienza a presentarse ausente y extraño. Creo que el desierto... no representa la muerte. Es pasado, olvido, rigor y despiadada realidad. - Dejó que unos momentos sobrevinieran a su pensar. Volvió a sonreir ampliamente, con aquellas fauces de león expuesto. Se sintió imbécil por haber dicho todo aquello y quiso atragantarse con ello, pero fue tarde y el desierto con sus vientos, pareció atrapar sus palabras antes que sí mismo.
Estadísticas:
  • Fuerza : 12
  • Resistencia : 7
  • Agilidad : 12
  • Espíritu : 12
  • Concentración : 7
  • Voluntad : 7
Chakra : 74
Inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato - Prendida en el cinturón.
Daikiri - En el cinto, lateral izquierdo.
Estuche pequeño - Muslo derecho - 2 Kunai, 3 Shuriken.
Estuche pequeño - Muslo izquierdo - 1 Kunai, 3 Shuriken
Estuche mediano - Zona lumbar - Alambres ninja x05, Bombas de humo x02, Píldoras de soldado x02
Comunicador - Oído derecho
Puños americanos - Enfundados en el cinto, lado derecho

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Kazashi Furukawa
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Kazashi Furukawa el Mar Jun 26, 2018 6:17 pm

Chico tonto.
Kazashi Furukawa
País del FuegoDesiertoPasado
Nuevamente, opuestas realidades que se enfrentaban, discordantes sinfonías que crepitaban, intentando devorarse entre sí, y palpitantes perspectivas que, presas en corazones aparte, se provocaban, se mordían y, por encima de todas las cosas, se contradecían. A pesar de lo paradójico del momento, Kazashi sonreía; levísimamente sí, pero sonreía. Se le derramaba un sentimiento intenso desde lo más hondo de la mirada que, tal vez, pugnaba por llegar a transmitir un mensaje algo olvidado, algo partido y, a lo mejor, algo perdido. Las versiones dispares de ambos mundos no coincidían, ¿y qué? así era la vida, así eran las personas, así eran los puntos de vista. De una existencia a otra, indefectiblemente, cambiaban planos, ángulos, panoramas, circunstancias y, ante todo, sentidos. Tomó cuanto desvencijado aire le permitieron sus agostados pulmones: respiró hondo porque, después del caos desatado, una bocanada de arena punzante siempre le sentaba bien a un corazón acelerado.

Carraspeó levemente, tratando de no perturbar la delicada atmósfera que se había tejido entre el momento y el tiempo; durante un brevísimo instante, Kazashi guardó silencio. Se recordó pequeña, frágil. Influenciable. Y lo sigo siendo, ¿verdad? Había estado a punto de darle la razón a un imprevisible Eijiro Yotsuki, sí. Pero no podía, porque aquello habría significado pasar por alto su propia perspectiva, su propia alternativa.—Vaya, Saburo.—murmuró, animada, mientras alzaba levemente la mano, tal vez, queriendo darle una nueva palmadita en el hombro. Si no lo hizo, fue por miedo a un nuevo rechazo. En el aire, cerró las descoloridas falanges que la coronaban; improvisar, a veces, no se le daba tan mal.—Casi me convences.—reconoció lentamente, ávida de regalar alabanzas. Se las debía, se las merecía.—Pero... el desierto no puede ser un recuerdo a medio olvidar.—murmuró, un tanto ausente, al tiempo que le propinaba un diminuto puntapié a un montículo de arena dispuesta a sus pies.—El desierto no tiene ni lugar, ni tiempo. No puede. No sabe tenerlo.—se pasó la lengua por los labios, incapaz de explicarse.—Ni yo lo entiendo.—lanzó una carcajada al aire, falsa.—Probablemente, tengas razón, y ha pasado tanto tiempo que he olvidado lo que realmente es.—se pasó la mano por la cara, apartando un mechón castaño de delante del rostro; le dolía la cabeza, para variar.—Mi padre decía que no importaba cómo uno moría, o cómo uno vivía... que, al final, tan sólo quedaba el desierto. Imperecedero. Inamovible. Inabarcable.—frunció el ceño, corroída por el pasado mencionado por Eijiro Yotsuki.—Pero, pero, pero, pero, ¡pienso que el desierto no se trata ni de un recuerdo, ni un nombre a medio borrar, ni de un lugar al que se le guarda un cariño especial! es algo... diferente. Algo.. .que no puede ser una cosa individual, un sentimiento o un concepto aislado de todos los demás.—manos a las caderas, espalda recta. Porque, algunas cosas, no podía permitir que cayeran en un saco roto de olvido y terminaran desvanecidas en el lento devenir del poco misericordioso tiempo. Arrugó la naricilla, con gracia.—¡Y Yoshio Shita! ¡tienes que abrirte!—exclamó de pronto, dirigiéndole una mirada lenta, asoladora y ardiente, al cerrado militar foráneo.—Un mundo sin simbolismos es un mundo en ruinas: te lo dice alguien que entiende del tema.—paso adelante, dedo índice acusador señalando al moderado aludido.—Todos necesitamos un símbolo al que acudir: ya sea un lugar, una emoción, un recuerdo o... una persona.—retuvo el aire entre los dientes, expectante.—Si tienes algo así, da igual donde y cómo estés; pensar en ello será como si eso mismo te lloviera por encima y te refrescara. Te salvara.—aferrada al pensamiento, volvió a su postura anterior. Espontánea, cambiaba de entonación y de humor como si la vida le fuera en ello; de pronto, se le iluminó un recuerdo.

Acabo... de recordar una historia que me contó mi padre cuando era pequeña. A lo mejor, os ayuda a entenderlo.—se mordió la cara interna de la mejilla, dubitativa.—Me dijo que una vez, cuando era muy joven, abandonó la capital para irse al desierto a encontrar su propia alma. Allí, al cabo de un tiempo, descubrió que no tenía un alma que fuese suya, sino un pedacito de un alma enorme. Decía que, solo, el desierto no servía de nada porque su pedacito de alma no valía a menos que estuviera con el resto... entera.—el roce de la calabaza contra la adusta piedra la sacó de la ensoñación, alerta.—Es curioso, porque no me había dado cuenta de que aquel día le hubiera prestado tanta atención. Sólo sé, que ahí aprendí que un hombre no es nada si está solo.—y, de pronto, creyó entender por qué el funerario homenaje no había significado nada. Un pedazo de alma llorando no tenía peso, no tenía agua que regalar; estaba seco.

Deslizó una mirada silente hacia el brillante león que, allá a dónde fuera, la acompañaba; a veces, parecía un acto instintivo, una reacción inevitable e incondicional. Aguantó la respiración, empezando a entender que, tal vez, formaban parte de un mismo todo. Y había visto algo en el desierto, algo que Yoshio Shita, por el contrario, no se había molestado ni en intentar comprender. Ni siquiera en respetar. Apretó la mandíbula, solemne.—¡Yotsuki Eijiro!—llamándole, para variar, por su nombre real, le pidió firmeza a golpe de voz. Rauda, se alejó varios metros hacia atrás, falsamente digna. Elevó una mano, provocando que, con el serpentino acto, una fina tela de arena se alzara frente a ella, obediente.—Acércate.—ordenó, rígida, adusta y a duras penas conteniendo la sonrisa, mientras le instaba a acortar distancias a propósito. Cuando apenas treinta centímetros los separaran, dejaría caer la innavegable corriente árida por encima de su cabeza, bañando el rayo con inalienable turbulencia de duna. De alguna manera, pensaba que, así, lo bautizaría de nuevo, nombrándolo, al igual que sus padres habían hecho con ella, hijo del desierto. Le daría un trozo de alma que proteger, que salvaguardar; que cuidar.
Estadísticas:
  • Fuerza : 01
  • Resistencia : 10
  • Agilidad : 03
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 03
  • Voluntad : 03
Chakra : 73 – 15 = 68
Cosas:

Estado de Kazashi
Chakra al 100%: Descansada y en perfectas condiciones. Puede pelear con todas sus facultades físicas.
inventario:
Bandana de Kumogakure no Sato — Colgando en su cintura.
2 píldoras de soldado — Bolsillo del pantalón.
Daikiri - En la cadera.
Calabaza - En la espalda.
Técnica:
Control de Arena (Básico)
Por medio del chakra, un Sabaku puede mover su arena libremente, dándole formas y usos simples. Dado que éste nivel de manejo es básico, tiene poco poder ofensivo/defensivo, pero cuenta con numerosos usos:
Efectos:
— Puede movilizar la arena hasta una distancia de 12 metros.
— Crear con ellas figuras pequeñas de medio metro (resistencia igual el 50% del espíritu del usuario).
— Lanzar pequeños y débiles proyectiles (Potencial igual el 50% del espíritu del usuario).
— Hacer agarres con la arena, atrapando alguna extremidad o demás con una equivalencia de fuerza igual al 50% del espíritu del usuario.
Consumo: 15CK por turno.
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Yoshio Shita
Konoha Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Yoshio Shita el Sáb Jun 30, 2018 1:32 am

Cerrando una etapa.
Renaciendo.
KonohaHi No IshiNoche
Saco roto y unas palabras que se las llevaba el viendo, la notoriedad de Yoshio había decaído, ya que la pareja prefería prestarse atención unos a otros. El joven castaño estaba esperando justo ese momento. El tener a la chica llamada kaza involucrada en un tema personal le era muy molesto, y aún así la intromisión del chico empeoró las cosas de una forma muy considerable. Aquella demostración de ignorancia referente a él le supuso un gran alivio, y con esto se dio el lujo de dar un pequeño suspiro mientras apartaba la vista para mirar al desierto, ya que le incomodaba en medida las demostraciones de cariño que podía percibir.
En cierto modo, las arenas de color cálido y agradable tenía el mismo efecto que las nubes. Yoshio no sabía porque le agradaba tanto esas imágenes de entornos apacibles y gigantes al moverse de forma lenta. Ya fuese el cielo con sus nubes o el desierto con sus arenas, el movimiento lento de estas hacía que sus ojos al contemplarlos pudiese olvidarse del tiempo, casi como una puerta que daba salida a su malestar por el simple hecho de ser él mismo. Mientras miraba aquel desierto y su percepción del tiempo y la identidad se desvanecían, se atrevía a soñar con el día en el que fuese un igual a las demás personas con las que se cruzase, fuese quien fuese, sin tener que arrodillarse ante nadie.

Las palabras de Kaza le sacaron de mala manera de su abstracción, en la que pudo olvidar durante un segundo que no estaba solo, aunque lo que dijo en sus palabras le agradó bastante a pesar de que confrontase directamente sus pensamientos, de nuevo. Negaba su creencia, de la cual Yoshio no veía ninguna otra opción mas que la que pudiese nacer de una cabeza obsesionada con mantener su impresión de algo a lo que guardaba mucho cariño, negándose de alguna forma a lo que fuese lo que realmente era; un lugar sin importancia, uno al que solo tenía un valor frágil y sentimental, inexistente fuera de la propia comprensión de un niño. Aunque, claro, esta respuesta era tan ambigua que no se podía empezar a entender ni acabar de contradecir, una respuesta perfecta. Después de eso, se dirigió directamente a él. Su consejo era simple y directo, uno que aceptaría como cualquier otro, aunque no respetase el mensaje de alguien que se contradecía en sus acciones. Las palabras en si sería algo que meditaría quisiese o no, dado que la voz que mas escuchaba era la de su propio eco. Frente a ese mensaje tendría una respuesta simple y directa, una sincera y, de nuevo, una incontestable. -Si tú lo crees así, puede que tengas razón y yo me equivoque. Aunque no lo creo. Gracias por tu consejo-. Dijo de forma seca y lejana, con una seriedad formal y conclusa, casi alejando la atención con sus palabras sentenciando un tema que podría seguir, pero no quería.

Con esas palabras esperó no ofender, ni que volviese nadie a preguntarle nada. Quizás si sonaba arisco, incluso algo agresivo, seguro que sin simpatía y con un esfuerzo para que no volviese a hablarle, una declaración de no comunicación y de falta de interés en continuar aquella cita improvisada. Los ojos y el rosto del joven volvieron a fijarse en el desierto, con la mirada un poco baja, divagando mientras aquella pareja parecía sumirse en su propia atención. Era el momento perfecto para concluir aquello.

-Yo vuelvo a casa, lamento interrumpiros. Adiós-. Comentó en mitad de las palabras de aquellos dos jóvenes, sin importarle que estuviese hablando o interrumpirles, emprendiendo la marca en el momento exacto que dijo su última palabra. Paso a paso, raudo comenzó el viaje de vuelta, guiado por un sol que comenzaba a ocultarse y, después de ello, las estrellas como guía. Realmente esperaba no encontrarse con alguno de aquellos dos chicos, pero lo dudaba. Los problemas eran lo único que parecían volver en su vida.
Estadísticas:
  • Fuerza : 12
  • Resistencia : 12
  • Agilidad : 11
  • Espíritu : 2
  • Concentración : 4
  • Voluntad : 4
Chakra : 68
Estado:
Chakra al 100%
Inventario:

Banda de Konoha. (En el brazo derecho)
6 Shurikens. (En el estuche pequeño del muslo izquierdo)
6 Kunais. (En el estuche pequeño del muslo derecho)
Mecanismo de Kunai oculto. (Muñeca derecha)
Kinzoku Ishi (Debajo del abrigo, en la cadera por la espalda)
Katana. (Entre sus manos o su cadera)
2 Mômoku. (Oculto bajo las protecciones de sus antebrazos. Uno en el derecho y otro en el izquierdo)
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Eijiro Yotsuki
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Eijiro Yotsuki el Dom Jul 01, 2018 9:53 am

En el anhelo de comprender hizo lo impensable; trató de caminar a ciegas, de entender cuanto no podía entenderse del todo. Quiso extender el brazo, tomar el de ella y quizás, formar parte de aquel mundo. Con palabras funestas pero muy sinceras, Eijiro pugnaba por comprender todo aquello que la rodeaba. Entender el lenguaje silente de las arenas de un tiempo ya extinto, el epitafio sin tumba del pueblo de un desierto yermo. Su sonrisa quedó entonces perturbada por la vergüenza de saberse equivocado. Por aquellas palabras de Kazashi, llegó a sentir el peso de sus errores y la evidencia mas incisiva, y muy lejos siquiera de prestar atención a aquel indeseable de Konoha, prefirió entregar sus atenciones donde debían permanecer. Siempre con ella, nunca distantes.

- Lo he intentado... - Añadía con un hilo de voz sepultado entre las respuesta de una Kazashi, que lanzada a desentrañar su sabiduría desértica, parecía tan vivaracha como la recordaba. Y aún sabiéndose en ridículo, ciertamente, se alegró por ella. Sonrió, no de aquella forma amplia como todos conocían. Algo suave, melifluo, acertado y que emergía del pecho. Incontrolable, sincero, incauto y entregado. Tanto como ella se merecía, Eijiro procuró hacerle saber que la escuchaba con atención. Asentía cuando debía, se sorprendía de sus reflexiones e incluso... quiso aprender. Comprender cuanto ella consideraba primordial, ser uno, y quizás hallarse un poco más cerca de ella. Ya fuera por dotar de un acto físico aquel simple concepto, dio un paso hacia ella, algo tímido, algo dubitativo.

Cuando hubo terminado, fue como ver a una flor abrirse por fin. Pudo ver en el carmesí de sus ojos una seriedad sorprendente, la voz de quien expresa lo que verdaderamente siente y finalmente, a ella. No como uno podía contemplar a una chica guapa de cuerpo esbelto, atlético y melena tan castaña que querrías ahogarte en ella. Pudo ver a una persona profunda, compleja y por encima de todo, más que digna de todas sus atenciones. - Eres tan fantástica como te recuerdo... - Y aunque supo que nadie lo oiría, justo como aquella sonrisa prendida y quizás sobre un punto de estúpida, Eijiro no pudo contenerlo. Respiró hondo, dejando que fuera Kazashi la que ahora se dirigiera a aquel impresentable que por nombre al menos, tenía Yoshio y poco más ¿Que era? Shota, supuso, o más bien se conformó con aquello, muy lejos de interesarle realmente. Pero no quiso permitir que su presencia o la situación lo arrastrase de aquel vínculo que trataba de conformar con Kazashi. Apenas le dirigió una mirada de soslayo, una ladeada y nunca directa. Pudo advertirse desprecio, la suficiencia de quien se sabe por encima de todo aquello. Debió haberle obligado a inclinarse, a besar la arena sobre la que tanta estima tiene Kazashi y quizás haberle inculcado el respeto que se esperaba de él a golpes. Por ella y solo por esa única razón se contuvo, aún expectante de que cometiera algún fallo ¿Y si lo hacía? Callaría, justo como hizo al escuchar su respuesta ante las buenas intenciones de su chica.

Chasqueó la lengua de forma casi imperceptible, visiblemente molesto y enardecido por aquello. Nuevamente se planteaba la posibilidad de acudir al arrojo de la violencia, pero nuevamente, una palpitación distinta a las demás le hizo contener su pulso y pretensiones. Kazashi, tan fragante como siempre, lo llamaba. Dedicó un último vistazo aún inmóvil, comprobando que aquel Yoshio partiera finalmente y justo cuando lo hizo, no dejó escapar mas tiempo. Se dirigió a ella a paso temeroso, o más bien solemne y contemplativo. Se fingió azaroso cuando lo que realmente ocurría era algo muy distinto. Quiso perderse en aquellos momentos, en los que su camino conducía a ella, a sus arenas de cálido abrazo. Enterrarse en sus ojos carmesí y ahora sabiéndose verdaderamente solos, sintiendo un impulso esta vez auspiciado por todo cuanto él era, no se detuvo a verse ungido por las arenas de Kazashi.

En su lugar un par de pasos mas se dieron cuando no debieron, un pecho vacilante cuyo corazón se estremecía de igual modo entre un miedo y un anhelo. El saberla contenta, radiante como siempre debía serlo, tan cerca de ella y tan sincera; tuvo que expresarlo. Visiblemente emocionado, con su cobalto restallante y aprovechando aquella ceremoniosa escena, Eijiro le dio un beso en la comisura de los labios. Un acto fugaz, directo, fulgurante como un rayo que rompe el cielo de una mañana. Tan pronto como lo hizo se sintió culpable, quizás se había propasado. Se enrojeció de inmediato, sintiendo ya los golpes de Kazashi tan cerca que incluso se encogió en el sitio, cerrando los ojos y apartando un poco la vista, incluso replegando los brazos alrededor de su cuerpo. Apenas unos instantes, con visible esfuerzo... quiso decir algo.

- Tenía que hacerlo... -

.

Inventario Bélico:
Bandana de Kumogakure no Sato - Prendida en el cinturón.
Daikiri - En el cinto, lateral izquierdo.
Estuche pequeño - Muslo derecho - 2 Kunai, 3 Shuriken.
Estuche pequeño - Muslo izquierdo - 1 Kunai, 3 Shuriken
Estuche mediano - Zona lumbar - Alambres ninja x05, Bombas de humo x02, Píldoras de soldado x02
Comunicador - Oído derecho
Puños americanos - Enfundados en el cinto, lado derecho
  • Fuerza : 12
  • Resistencia : 7
  • Agilidad : 12
  • Espíritu : 12
  • Concentración : 7
  • Voluntad : 7
  • Chakra : 74
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Kazashi Furukawa
Kumo Genin

Re: Chico tonto. (Social pasado)

Mensaje por Kazashi Furukawa el Dom Jul 01, 2018 11:29 am

Y así, de pronto, sólo porque Yotsuki Eijiro tenía que hacerlo, el mundo cambió de color. No se tiñó, no se pintó, no se maquilló; sencillamente eso, cambió. Mutó. ¿Evolucionó? más bien, mudó de piel. De capa. De traje. De perspectiva. Tal vez, porque la repentina desaparición del monocromático y plano punto de vista de Yoshio Shita había permitido que entrara de nuevo la luz en la escena; o a lo mejor, porque, como solía decir su madre, los hechos eran siempre vacíos, recipientes que tenían que tomar la forma exacta del sentimiento que los llenara. Aunque Kazashi quiso huir, cuando el siempre descarado Yotsuki Eijiro, haciendo honor como nunca antes del flamante título de relámpago avasallador que le acompañaba allá a dónde iba, se pasó de largo y restalló contra algo en lo que nunca antes había impactado, no se movió ni un solo centímetro del sitio. La descarga que aquel casi tierno contacto de comisuras le produjo a la altura de las sienes le recorrió el cuerpo con una ligereza inaudita, incauta. El trémulo nexo de unión, contra todo pronóstico, la inquietó, la estremeció y, por encima de todas las cosas, la conmovió. Incapaz de cortar las cuerdas que sostenían aquel tambaleante puente de beso, la que se hacía llamar a sí misma avatar del desierto, de la aridez más asoladora, tembló.

De los pies a la cabeza, sí; y pasando, por supuesto, por el corazón. Taquicardia: una bacanal de indomables sentimientos desbordados le agitaba el pulso a cada instante transcurrido. Al cabo de un trémulo momento, Kazashi comprendió que, efectivamente, el corazón se le había revolucionado; desgobernado, sí. ¿Y qué podía hacer ella para remediarlo? era, después de todo, su primer beso. Y se lo estaba dando Eijiro. Yotsuki Eijiro. El león rubio que la sacaba de quicio a cada impulso incontrolado, sí, pero también el brillante soldado de coraza y melena amarillas que le arrancaba las lágrimas a golpe de vehemente mirada. Incapaz de atinar a descifrar el temblor que le surcaba las extremidades, Kazashi, casi al mismo tiempo que el propio Eijiro, dio un paso hacia atrás. Con la arena cayendo todavía por encima de sus cabezas, se llevó las manos a la altura de los labios; turbada, indignada, emocionada, enfadada, ilusionada, nerviosa, acelerada, desconcertada, excitada, conmocionada y, en resumidas cuentas, afectada, no supo cómo reaccionar. Aquel sentimiento que la embargaba, aquella emoción que la hacía esconderse de los ojos que la miraban, le parecía algo condenadamente indescifrable; tal vez, una cosa buena, dentro del límite de lo malo. O, quizás, algo tan maravilloso y desconocido que se afanaba en ponerle etiquetas negativas por no enfrentarse a lo evidente.

¿Por qué?—acertó a murmurar, temblorosa, mientras sentía la mirada encharcada de aquel sentimiento extraño, tan embotador de los sentidos como embriagador. ¿Estaba, acaso, a punto de llorar de emoción? confundida, volvió a enterrar el rostro entre las manos, negándose a enfrentar aquella situación con las defensas bajas y las murallas traspasadas. Roja, lívida y absolutamente nerviosa, se entregó a la tarea de sacudir la cabeza de un lado a otro; ¿negaba? ¿repudiaba? ¿o, tal vez, pugnaba por agitar los conceptos que por su oscura cabecita pululaban hasta que alcanzaran un lugar correcto o, al menos, comprensible para alguien como ella? nunca se le había dado bien aclararse. Entenderse. No estaba hecha para enfrentar contradicciones propias, sino ajenas. Así lo creía, así lo sentía. Y, sin embargo, allí se encontraba; estremecida, aterida y exaltada ante algo que, en el fondo, no quería descifrar.—¿Por qué tenías que hacerlo?—con la voz quebrada, se mordió la comisura inferior con inverosímil saña. Su primer beso, robado. Y, en lugar de enfadarse, le salía llorar. Emocionarse. Conmoverse. Y es que, como por arte de magia, el ahora avergonzado Eijiro había logrado dejarle la mente ciertamente en blanco; salvo por una cosa, claro... sí, esa vaga sensación, alojado en algún rincón remoto de su conciencia, de que jamás volvería a sentirse como antes en compañía del centelleante león. De que nunca sería capaz de olvidar aquel roce apenas perceptible, aquella descarga que la había sacudido de arriba abajo sin piedad, pero también con una delicadeza incognoscible, indescriptible e insondable. ¿Quién iba a decir que un beso pudiese ser así, capaz de alterar el paisaje interior hasta tal punto de desbordar los mares, de empujar los ríos montaña -o, en este caso, desierto- arriba, de devolver la lluvia a las nubes? perdida ya en un recuerdo que había sido realidad apenas unos instantes atrás, retrocedió otro paso hacia lo que quería que fuera un océano de distancia insuperable. ¿Se podía añorar algo que acababa de pasar? no, ¿verdad? pero le lloraba el corazón al recordarlo, y Kazashi, presa de un pánico y un galimatías sentimental que no estaba segura de querer entender, optó por sembrar distancias y, con suerte, recolectar templanza. Pero no fue así, y las rodillas amenazaron con cederle.—V-Vámanos a casa.—anunció finalmente, todavía con las manos ocultando lo que, en realidad, era una sonrisa encantadora. Apretó los párpados, pegó las palmas aún más contra aquella curvatura turbada.—¡N-No querías hacer eso! Es el calor, ¡sí! ¡el calor, el calor! estás delirando. Cuando lleguemos a Kumo, te prepararé un té blanco de ciruela con hojas de jazmín y enseguida volverás a ser tú.—porque sí, estaba segura de que nadie en su sano juicio habría querido besarla a ella. Desvió la mirada hacia un lado, cohibida, avergonzada y tan sonrojada que se le salían los colores de las sonrosadas mejillas.—Sólo... te has despistado.—y decirlo en voz alta le dolió más que pensarlo, que creerlo y que sentirlo. Apretó los párpados, dio media vuelta y, sin saber hacia dónde se dirigía, echó a andar esperando que el incontrolable león le indicara el camino. Aunque todavía no lo sabía, acababa de sellarse un destino y de recibir el autógrafo más auténtico de Yotsuji Eijiro.

Inventario Bélico:
Bandana de Kumogakure no Sato — Colgando en su cintura.
2 píldoras de soldado — Bolsillo del pantalón.
Daikiri - En la cadera.
Calabaza - En la espalda.
  • Fuerza : 01
  • Resistencia : 12
  • Agilidad : 04
  • Espíritu : 10
  • Concentración : 07
  • Voluntad : 07
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