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|Entrenamiento Semanal| Vela desangrada.

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Reika Oshiro
Renegado C

|Entrenamiento Semanal| Vela desangrada.

Mensaje por Reika Oshiro el Dom Jun 10, 2018 7:11 pm

Vela desangrada.
Oshiro Reika
País del HierroAfueras de la AldeaPasado
Envenenada de sangre, vísceras y cianuro, emponzoñada hasta los mismos límites que marcaban la diferencia entre la locura y la vesania; tóxica y contagiosa a cada palabra clavada a la fuerza en lo más hondo de tu piel, a cada roce de sus dientes contra tus huesos, a cada entraña tuya volada por simple, genuino y llano placer. Así era Reika, así era la zorra feroz que había decidido, tanto tiempo atrás, que, como no le daba la gana de aceptar reinos celestiales hechos en la tierra, convertiría cualquier senda a recorrer en un camino construido a base de cenizas, rodeado por llamas y, por supuesto, coronado en explosiones. Y no, precisamente, de las que estallaban en el firmamento y despertaban las pasiones de los más pequeños, sino de las otras, de las que hacían que esos mismos renacuajos descubrieran, un día, que sus propias piernas yacían a metros de distancia de su torso. Retorcida, maniática y poseída por un hambre animal que poco tenía que ver con alimentos materiales, Reika Oshiro perforaba las calles enlodadas con la sombra que se extendía, a su paso, como un puñal homicida hendido en la tierra; la nieve callaba bajo la sula de sus gruesas botas. La miradas morían en su espalda a golpe de rugido hervido, de arañazo bien merecido; quien reparaba en ella, quien se interponía en su camino, quien entorpecía su marcha, era apartado de su rango de visión de una -siempre despiadada- manera u otra.

A veces, bastaba un gruñido; otras, tocaba sacar la artillería pesada y bombardear sus enmohecidas realidades de empujones, empellones y, por qué no, atropellos ganados a pulso. Chasqueó la lengua, cegada por la rabia que se le retorcía a la altura del pecho al recordar la otra sombra... no, el puñal que le faltaba. Desaparecido, escabullido y ausente, Shinso la había dejado sola sin ni siquiera pedirle permiso para ello; fugado de su área de influencia, la gasolina no era capaz de alimentarla, de sofocar sus irracionales deseos. ¿Y ahora, quién la llenaría de instinto animal, de bestiales arrebatos inhumanos? ¿quién, maldita sea, velaría porque la fúnebre llama encendida a una altura central de su pecho se mantuviera viva, corrosiva y, por encima de todas las cosas, letal? necesitaba un objetivo, una víctima. Sí, una presa fácil.

Y, en esta ocasión, no buscaría un chivo expiatorio para su mala hostia; sabía quién tenía la culpa de la privación de oxígeno, de la intolerable ausencia del nervioso tuerto. Plegó la diestra, conformando un puño; un arma, una demacrada intención hecha carne.—Tú.—y antes siquiera de que el hombre por cuya atención apelaba pudiera darse la vuelta a las puertas de una taberna muy frecuentada normalmente por el dúo, un impacto le dio en medio del plexo solar y le dejó sin respiración. Sin aliento, sin exhalaciones que escupirle al viento a cada infecto instante de su intrascendente vida. Que supiera, el puñetero traficante, lo que era quedarse sin combustible que te alimentara, que te completara, que te impulsara. Patada a la entrepierna del susodicho, ahora sí, porque le daba la puta gana de verle sufrir. El hombre cayó de rodillas sobre la tierra, y Reika, dominada por una furia animal, superior a la de cualquier persona mundana que pudiera pisar la misma tierra sucia que ella, aprisionó su robusta garganta con la zurda, libre de tapujos, de restricciones y, por supuesto, de banales moralidades. Apretó un punto intermedio del cuello, buscando asfixiarlo. Ahorcarlo usando como inefable soga sus propias falanges descoloridas por el guante de tela blanco que las ocultaba.—La espada.—masculló entre dientes, cizañera, mientras aumentaba la presión ejercida y acercaba su cuerpo apenas unos centímetros hacia el acojonado comerciante.—¿Q-Qué?—acertó a articular el sofocado hombre de negocios, que, incapaz de focalizar las fuerzas entre sus bajos y su cuello, se limitaba ahora a mirar fijamente a su atacante como si fuera la primera vez que la tenía ante sí. Pero no, no era así.—La espada que le dijiste a mi fósforo que le darías a mitad de precio: dámela.—chasqueó la lengua, perdiendo los estribos.

Ahora, joder.—el hombre, lleno de meado rancio en los pantalones, sobrio de impresión, imploró con gesto que le soltara, que le permitiera obrar. Así lo hizo Reika, segura en sus motivaciones; firme en su inquina. Cuando parecía que el llamado Daoki cedería a sus demandas, la posibilidad de un negocio rentable perdido le cegó, y, aprovechando el momento de libertad, agarró el arma blanca del carro que arrastraba por las calles y echó a correr hacia los exteriores de la repugnante aldea. La zorra escupió en el suelo, timada, y liberó una de sus manos aprisionadas para concederle autoridad y opinión a aquello que habitaba su macabra palma. Comió el blanco acumulado en su bandolera y, negándose a aceptar la derrota, otorgó vida a un pájaro de arcilla en el que montó, rauda, queriendo poner las cosas en su sitio cuanto antes. Desde las alturas, viendo al objetivo abandonar el poblado y dirigirse a una fábrica abandonada de las afueras de la misma -la cual, prácticamente, se caía a trozos-, la perfidia se extendió a lo largo de sus labios en forma de deformada sonrisa abisal. Sin restricciones, sin limitaciones, obtendría todo aquello que deseaba. Que merecía, y punto.

A lomos de la alada montura, ensombrecida y jodida por el desplante insolente del puñetero traficante de armas defectuosas, recorrió la distancia que la separaba de la presa, dejando atrás el poblado, y adentrándose en la estepa helada que marcaba, sin duda, la delgada línea que separaba el requisito de la vida y la permisión de la muerte. Una vez ante el almacén olvidado, todavía gozando de su aérea posición, concibió un sello entre sus manos cristalinas y rastreó la esencia putrefacta del indeseable captador de llamas ajenas; lo logró y, localizando exactamente su posición dentro del derruido edificio, decidió que, en lugar de moderación, elegiría la destrucción. Tocó suelo, hundió ambas palmas en la bolsa de muerte blanca que cargaba a la altura de la cadera; creó, creó y creó. ¿Y luego? dirigió dos a la planta baja, otra pareja a la intermedia y, la última, al piso superior. El pájaro, en cambio, lo envió a la estancia exacta que el jodido comerciante ocupaba, follándose, seguramente, a su tan querida espada. Cuando las posiciones estuvieron afianzadas, un símbolo a una mano cortó el silencio; las sucesivas explosiones que se produjeron, como era de esperarse, terminaron por hacer que la poca estabilidad que le quedaba a la demacrada y pérfida construcción se viniera abajo.

Creyó, o quiso ver, sangre bañando los huecos en blanco. Extasiada, y también agotada y desavenida por el esfuerzo realizado, se aproximó a la zona cero que había quedado del derrumbamiento gratuito y, entre los escombros, junto a una mano todavía cerrada en un puño, encontró una espada envuelta por un trapo blanco. Se acuclilló, cortó los dedos con una de las dagas que los suyos llevaban y, arrullando como a un hijo la katana entre sus brazos, regresó al poblado. Ahora, Shinso ya no tendría que hacer de perro recadero para gánarsela; volvía a respirar, a gusto.

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Nakurusaki Metsumi
Getsu Genin

Re: |Entrenamiento Semanal| Vela desangrada.

Mensaje por Nakurusaki Metsumi el Dom Jun 10, 2018 8:00 pm

Entrenamiento semanal aceptadoPuntos otorgados a Reika:
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Reika loquilla <3

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