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Hozen 保全 | Misión C.

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Haruka Shoganai
Ame genin

Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Haruka Shoganai el Vie Ago 03, 2018 1:02 pm

Lo sabía. Sabía lo rápido que podían romperse las cosas. Hacías todo lo que podías. Te ocupabas del mundo. Confiabas en que todo estuviera en su sitio, a salvo. Pero aún así, nada salía como querías que saliera; nada se comportaba como querías que se comportara. Igual que no podías atrapar el viento entre las manos, tampoco podías aspirar a controlar las mareas del tiempo. La forma en la que tenían que responder las cosas ante lo que pasara. Pálida y desvaída como de costumbre, estática frente a la importante estatua de piedra que estaba ya destinada a escoltar, Haruka respiraba entrecortadamente. El corazón le martilleaba en el pecho, incesante. No era la primera vez que lo sentía así, como si no le funcionase del todo bien. Algo la ponía nerviosa, le daba miedo. Miró alrededor. El viento pasaba resoplando y le alborotada el pelo por delante de la cara. Bueno, de la máscara de búho que llevaba sobre la misma. Se lo apartó y arrugó la frente, intranquila. Él todavía no estaba allí. Claro que no estaba. No llegaría hasta que fuera el momento adecuado.

Ella lo sabía. Sabía cómo funcionaban las cosas. Se quedó allí plantada, inmóvil, con las manos cerca del pecho y los iris instalados sempiternamente sobre la ruta que tendrían que seguir sus compañeros para encontrarla. Sujetaba un tarro de bayas a medio terminar, consciente de que, muy pronto, tendría que dejarlo atrás un tiempo. De vez en cuando, recorría con la mirada los tejados tenuemente bañados por la luz del sol. Le hubiera gustado que fuera ya de noche, que la luna estuviera en lo alto, dudando sobre si bajar a charlar. Pero no, igual que sabía todo lo anterior y más, Haruka entendía que las cosas tenían que ser así y no de ninguna otra manera.

Al menos, la gigantesca figura le ofrecía algo de sombra. O de negrura. En aquel mundo de tejas grises, Haruka prefirió descender la mirada hacia el tarro que sostenía. Quedaban cerca de una decena de bayas de acebo: no porque se las hubiera comido, sino porque, como siempre, cada una había decidido irse quedando en algún tramo del camino. Eran viajeras, no compañeras.

Y aún así, Haruka no había podido evitar acercarse el recipiente que las contenía a la altura del corazón, por si acaso. Sentirse solo era terrible. Lo sabía. Entrecerró los párpados, somnolienta por la hora del día y por el tiempo que ya llevaba allí, aguardando incansablemente por el criador de relojes y otras dos personas demasiado desconocidas como para ponerles un nombre. De pronto, se sintió un poco mal por no haberles preparado ninguna sorpresa de bienvenida. Después de todo, al ser la primera en llegar, de alguna manera, le correspondía hacer de anfitriona, ¿no? Parpadeó, confundida, e intercambió un par de miraditas cómplices tanto con la charlatana escultura como con la miríada de bayas venenosas. Las más listas lo entendieron a la primera: las más lentas, a la segunda. Curvando los labios en una diminuta sonrisilla desvencijada, Haruka asintió. ¿A qué? Nadie podría saberlo. Sólo ella. O el reverente, pero arrogante, Byakko. O las bayas de acebo, que tan largamente la miraban desde el bote translúcido que las transportaba. Finalmente, se sentó con las piernas cruzadas ante la estatua.

Miró alrededor y esperó.


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Mochizuki Izanami
Renegado A

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Mochizuki Izanami el Vie Ago 03, 2018 3:15 pm

El silencio creaba comunión con la dulce apariencia de aquella que hasta el momento, había permanecido entre las sombras. Postrada, con sus piernas acariciando la suave lona del gran templo de aquel dios al cual había sido destinada a rendir culto, pero sobre todo, viviendo aquella digna ceremonia de iniciación que ella misma había aceptado a la hora de abandonar los terrenos de las nieves, y adentrarse en un mundo de mortales y es que, la tan conocida como Mochizuki Izanami entre los terrenos de la muerte, o las brillantes montañas de la nube, parecía tener una misión, ¿pero que tipo de evento provocaría que la princesa de las espadas terminase formando parte de aquel caos? Algunos podrían verla como una joven más entre la multitud, como una mujer que, llevada por la curiosidad había acabado entre las tierras del país de las aguas termales. ¿Pero cual era la realidad?

Ni el ardiente astro rey, ni su prometida habían tomado protagonismo en su accionar, donde la paz, era la única invitada, pero si lo serían aquellos pergamino que tendidos ante sus orbes, parecían guardar significados infinitos para aquellas delicadas manos que terminarían domando su superficie, y tras ello, decorando porciones de aquel ostentoso y a su vez hermoso kimono azulado y con decoraciones rojizas, como la misma sangre que posiblemente, ya había bañado su delicada piel el inumerables ocasiones.

Hacía ya mucho tiempo que se había convertido en una con las desgracias, que formaba parte de las hermosas dunas heladas del hierro, algo que la había hecho actuar de maneras horribles y dejarse así guiar por el dehonor, una marca sangrienta en el expediente de aquella que había nacido para servir a nada más y nada menos que una causa honorifica, pero eso mismo la había llevado hasta el punto de alzarse, provocando que sus delicadas sandalias tradicionales resonasen sobre el terreno del lugar, y tras haber hecho uso de sus más hermosos grabados, colocarlos con sumo cuidado entre cada rincón de sus prendas, quedando tanto a la vista en sus caderas, como ocultas donde nadie pudiese ser consciente de aquella presencia enclaustrada.

Tras sus graciles movimientos a la hora de ponerse en pié, aprovecharía un delicado movimiento de su diestra para continuar con aquella farsa. Una mascará blanquecina se encargaría de ocultar así su rostro, dejando nada más que su hermosa y delicada figura siendo decorada por tal detalle y finalmente, su hermosa melena obsidiana cayendo en una larga coleta hasta más abajo de sus delineadas caderas.

Llevada por nada más y menos que sus pasos hacia el punto de encuentro, la joven samurai llegaría hasta los hermosos tejados que yacían en la lejanía, buscando así a quienes, bajo sus nombres perdidos en simples grabados, se convertirían en sus acompañantes para la misión.

No tardaría mucho en detectar a la joven perdida entre las sombras de tal escultura, la misma que mantenía entre sus brazos lo que aparentaba ser un curioso tarro, desconocido desde la distancia, pero claro ante sus acciones.

Incluso ante su grandeza algunos prefieren ocultarse de los instigadores brazos del astro rey. — clara, concisa pero también delicada. Cual melodía la joven samurai regalaría tales vocablos a la albina, quien a varios metros de distancia podía observar como la figura de la joven Mochizuki se alzaba en los amplios tejados y fijaba su delicada mascara sobre la joven, como si de una simple fabula se tratase.


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Hisashi Nakahara
Ame genin

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Hisashi Nakahara el Vie Ago 03, 2018 5:18 pm

Un impulso galopaba entre sus hombros, hacía que sus dedos trastabillasen a cada paso y su máscara tintinease en el sitio como si preso estuviera de alguna suerte de mal augurio. En Hisashi se pugnaba el deseo de determinar, el motivo de su concepción y la necesidad de comprender. Ningún sentencioso “click” hubo resonado desde aquel entonces. Absorto en cuanto tenía e incapaz de discernir mas allá de ello, Hisashi quedó roto por la duda. Y cual altivo artesano, su reloj era sostenido por la diestra y un pulgar infausto que amenazaba por romper todo aquel silencio apenas entrecortado por el habitual devenir de las manecillas. Chasqueaban, cantaban y bailaban a su manera, claro. No igual que el cronómetro, que hacía que su corazón se acompasara a sus movimientos, sus ojos brillaran con mayor intensidad y el mundo cobrara sentido durante los instantes de maravillosa expectación. Es la pregunta la que inspira al hombre y no la respuesta, argumentaría en silencio, incluso extendiendo el índice de la zurda ante un interlocutor invisible.

No fueron pocos los momentos en los que su mente atribulada deseaba con brío darse prisa para dar comienzo de nuevo al experimento inacabado. A la pieza inconclusa que fue el encuentro con Ukiyo que desde entonces, corroía su semblante como prueba de su ineptitud. Nada quedó como cierto, tan siquiera aquella mirada que compartieron y mucho menos aquel sentir del que ella hacía gala con tanta naturalidad. Suspiró pesadamente. Trato de tranquilizarse y su diestra emergió de entre sus bolsillos dedicándole una mirada sostenida y apesadumbrada a su augusto compañero. Sin comprenderlo del todo, hubo dudado. Como siempre había hecho, realmente. Pero entonces fue algo muy distinto. Nada tenía que ver con aquellas preguntas existenciales que el mundo abarcan y nada que se encontrase en el mismo podría responderlas. Esto era tarea del sentir y no el pensar. El comprender algo mas allá de la simple lógica y con su reloj entre los dedos, aquel brillo desvencijado y antiguo de su hojalata bien perfilada; “Mukei” no logró darle sentido.

Si, efectivamente había vuelto a plasmar las comillas con sus propios dedos. Suspiró nuevamente, esta vez del alivio de siquiera acordarse de su nuevo alias. Despuntando mas allá del sendero, finalmente, la antorcha de lenguas pálidas. Ukiyo, el objeto de su inconstante pensar. Apretó los labios tras la máscara, aceleró el paso sin darse siquiera cuenta y según iba preparando el pulgar sobre su reloj a punto de acusar a la alborotadora intelectual; divisó aquella silueta sobre los tejados. Silente, y completamente fuera de escena, fue aminorando hasta quedar apenas a unos metros de Ukiyo y a saber cuantos de aquella figura espectral sobre los tejados.

- Yo... ¿Hola? - Señaló la estatua, luego a sí mismo, dudó un poco tras ello y finalmente a su propio reloj. No supo porque hizo aquello.


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Shizuka Ito
Ame genin

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Shizuka Ito el Sáb Ago 04, 2018 5:45 pm

¡Bien, hora de la primera misión para el dios Byakko! Estaba emocionada, a pesar de que no debía llevar ningún tipo de armas, tenía que seguir comportándose como la kunoichi que era, nada parecido a las vacaciones que se había imaginado tendría, pero bueno, los dioses no se iban a satisfacer solos, al menos no tenía que hacer nada raro como ofrecer sacrificios en la cima de la montaña bajo la luna de media noche. Aunque todo lo demás seguía siendo... desconocido para ella. Se llevó una sorpresa cuando notó que sus compañeros de misión se habían marchado, individualmente al parecer. Imaginaba que todos partirían juntos al lugar de su misión, pero parecía que las líneas que los separaban no serían borradas tan fácilmente, a pesar de que eso era uno de los objetivos del festival.

Soltó un suspiro, ahogado por la misma máscara que llevaba, asimilando a un conejo, resaltando por el enorme par de orejas que sobresalían de la misma y que tal vez le daban una apariencia más alta, la había pintado con detalles negros al rededor de los ojos, para ayudarla a ver mejor, aún no terminaba de acostumbrarse a la luz que aquél país le permitía absorber, después de todo, había pasado toda su vida bajo tierra y ahora se sentía cegada por la luz de aquél lugar. Salió sin más retardo, entre abrumada y sorprendida por la tranquilidad del lugar. Aún le parecía raro que su piel no se encontrara mojada cada que decía abandonar la seguridad de algún refugio, pero lo que definitivamente le encantaba era tener el cabello seco, había llegado el momento en el que al fin podría peinarse, aunque bueno, ¡eso era lo de menos!

Apresuró el paso por el sendero que los llevaría hasta sus compañeros, no tardó en ver la escultura, enorme e imponente con una pose fiera pero sin llegar a perder su divinidad, se sintió orgullosa de haber sido elegida por Byakko, el primigenio del viento. También pudo ver a sus compañeros, mientras las dos aparentes chicas parecían haber hecho contacto temprano, había un tercero que parecía algo perdido. Dos de sus compañeros eran peliblancos, mientras que ella y una restante, morenas. Como si se tratara del mismo pelaje del dios. Shizuka, emocionada, corrió hasta la estatua y por consecuente, aquellos elegidos por el viento.

¡Hola! —fue lo primero que dijo con un animado tono—. Lamento llegar tarde, creí que partiríamos todos juntos —confesó honestamente, poniendo ambas manos sobre su zona lumbar al mismo tiempo que se balanceaba suavemente hacia delante y atrás con sus inquietos pies—. Pero será mejor que nos demos prisa —agregó para terminar, era indudable que la chica tenía mucha energía, o al menos, que estaba realmente entusiasmada.

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Haruka Shoganai
Ame genin

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Haruka Shoganai el Sáb Ago 04, 2018 8:58 pm

Relumbrantes y animados, los rayos de sol penetraban como lanzas en la piel de aquella exhuberante figura que allá en lo alto, sobre los tejados, la atención de una ensimismada Haruka reclamaba. La luz se clavaba en el ónix brillante que la desconodida llevaba por negra corona: cambiante, el viento elevaba algunas briznas de su cabello a cada palabra articulada. Como dos lunas llenas atónitas, Haruka abrió mucho los ojos. Atrapada por todo lo que aquella ingrávida chica representaba, se puso en pie con cuidado de no importunar el semiletargo en el que se habían sumido las codiciosas bayas de acebo y clavó el cobalto desvaído de sus iris en aquella silueta de ensueño. Pestañeó una vez, dos, tres, cuatro y las que hicieron falta hasta que se convenció de que era ciertamente real. O bueno, todo lo real que podía llegar a ser una mensajera del sol. Era la primera vez en toda su vida que veía a una con sus propios ojos, y Haruka apenas alcanzaba a controlar el impulso de acosarla en ese mismo momento a toda clase de preguntas que se le pasaran por su fantasiosa cabecita.—Incluso aunque la sombra no haga más que regalar abrazos, algunos prefieren rechazarla y dejarla sola y abandonada.—devolvió meticulosamente, poniendo especial énfasis en que el modesto hilo de voz con el que solía hablar pudiera alcanzar a la desconocida de cuento de hadas.

Te he traído una cosa.—prosiguió dócilmente, al cabo de un retraído pestañeo, mientras a sus pequeños oídos llegaba el eco arrastrado de unos pasos que finalmente los alcanzaban. Lo reconoció enseguida. Mukei.—A ti también te he traído una cosa.—apretando el amodorrado tarro contra el pecho, se regodeó un instante en el sabor de aquel poco convencido yo. Le hacía gracia el cómo alguien podía llegar a pronunciar de manera tan insegura un pronombre como aquel.—Tú.—repitió bajito, muy bajito, no dándole mayor importancia a la duda. Reunidos el gris, el blanco y el negro en aquella peculiar sinfonía de desgastados degradados, Haruka ya no esperaba a nadie más. El número tres era sencillamente perfecto: tres eran los pilares de la alquimia (azufre, sal y mercurio), tres eran las fuerzas de la materia (acción, reacción e inercia) y tres cosas tenía todo (principio, medio y fin). Sin embargo, eran cuatro los huecos que tenía incrustados aquella altiva plataforma con ruedas sobre la que se alzaba la solemne estatua del tigre para que tiraran de ella. En Haruka se enfrentaban sus principios de lo que estaba bien contra la forma en la que debían ser hechas las cosas. Contuvo el aliento, una vendaval le inundó la boca. Se sobresaltó ante las vigorosas reacciones de la última chica que apareció: cerró los ojos.

Estuvo a punto de quedarse allí, sin fuerzas y con el pelo flotando a su alrededor como una nube entristecida. Pero todos estaban ahí: tan dulces, tan valientes, tan desgarrados y tan buenos. A las demás no las conocía demasiado, pero sabía que Mukei había llegado bien equipado con sus astutos dedos, ignorante por completo de tantísimas cosas... la mensajera del sol, en cambio, parecía dura y resistente; no despertaba al moverse ningún eco que no quisiera que fuera movido. ¿Y la recién llegada? Sus palabras sabían a sal y de las rendijas que tenía por ojos velocidad. Eran un buen grupo, de esos que podían salir a buscar reyes agónicos a los que robarles princesas encerradas. Sí, podían hacerlo, así que Haruka se recompuso, olvidó un poquito el número tres y, tras destapar con cierta dificultad el tarro que cargaba, sacó, primero, una baya del principio; la número uno. Esférica, perfecta y un poco lunática; la compañera idónea para despegar y no parar nunca.

Toma.—se la ofreció a Mukei, por supuesto. Luego rebuscó nuevamente en las entrañas del recipiente hasta dar con la quinta. Libertina, de nombre cambiante y de evoluciones constantes. Ayudaba a mantener el vuelo.—Toma.—una vez tendida a la última integrante del grupo, volvió a hundir la mano en el tarro y se hizo con una postrera baya de acebo. La cuarta, como no podía ser de otra manera. Espiritual, pero también un poco material y deshonesta consigo misma. Con esa había que tener algo más de paciencia, pero merecía la pena de cuidar. La extendió a las alturas, en dirección al alma errante de los tejados.—Para ti, pero no la acerques demasiado al sol. Tiene una cuenta pendiente con él.—y entonces, cuando el espejismo iridiscente hubiera aceptado el presente, volvería a tapar el tarro, lo dejaría refugiado en un hueco entre las piedras de uno de los edificios que los rodeaban y se posicionaría en una de las manibelas de madera delanteras. La derecha, porque aquella tarde tenía que ser un poco más búho que nunca.


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Mochizuki Izanami
Renegado A

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Mochizuki Izanami el Lun Ago 06, 2018 11:48 pm

Silencio... una sinfonía tan clara como perturbante.

Sus vocablos habían sido enviado cual puñales, como si de la misma mensajera de los dioses se tratase ante su delicada silueta mientras, su hermosa y larga melena acomodada en lo alto, danzaba sin fin por los sonidos de la brisa que golpeaba contra su cuerpo y la mantenía como si de una eterna estatua se tratase.

No hubieron movimientos, no más que el simple mecer de su cabeza ante la llegada de los demás integrantes de aquella misión. A diferencia de lo que serían bruscos y esclarecedores actos, no habría más que el ligero inclinar, aquel que provocaba que su mecer no fuese más que una delicada obra de arte plasmada en el horizonte, dispuesto a extenuar a los viajeros que cruzasen junto a su porte que, en las alturas, domaba el mismo cielo.

Ardiente como el mismo astro rey que se encontraba ante sus espaldas y tan elegante como la misma kunoichi que con suma gracia, finalmente, comenzaba a caminar en la extensión del tejado. Con nada más que el mecer de sus prendas y un último paso, la joven se dejaría caer al abismo, cayendo así en pie una vez sus delicados y tradicionales zapatos tocasen la superficie que yacía bajo estos. No habría más que un delicado sonriso y tras ello, un ligero flexionar de sus rodillas antes de que, en silencio, esta comenzase a caminar hacia la situación de aquel trio que se había convertido en su nuevo hogar aquel día.

La delicada superficie de su mascara, se convertiría en un castigo para quienes se encontraba ante ella, pero no serían más que meros espectadores de aquella gracia que la joven portaba. Sus pasos, a diferencia de la brisa independiente y fría que la rodeaba, la llevarían hasta aquella pequeña reunión, cayendo presa de los actos de la albina que, a diferencia de los demás, parecía portar algo entre sus manos. Menos vitalidad quizás y es que, todos y cada uno de quienes se encontraban en el lugar habían llamado la atención de la enmascarada, pero quizás, no su favor.

El silencio domaría sus labios, pero ante tales presentes, la propia desconfianza de quien era bañada por los terroríficos rasgos de la nieve, saldría a flote, no rechazando, pero si alejando el presente con nada más y nada menos que las orbes que se escondían tras su hermosa mascara. — Mis manos solo serán un castigo para ella. — finalizada tal aportación la joven se encaminaría hasta la parte trasera de lo que se convertiría en un evento único. Pero solo habrían caricias sobre la madera...anhelo. Debía esperar a sus acompañantes, después de todo, para ella, los espíritus tenían más significados que la propia vida y las costumbres, debían de ser respetadas.


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Hisashi Nakahara
Ame genin

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Hisashi Nakahara el Mar Ago 07, 2018 11:06 am

Como un inclemente vendaval, el último engranaje de aquella orquesta sin viento, cuerda o percusión hizo acto de presencia como solo las tempestades sabían hacerlo; siempre ascendiendo, nunca aminorando su marcha inexorable ¿Y de hacerlo? Significaría muerte, aseguraría Hisashi. Y ante aquella muestra de vigorosa presentación, la encantadora visión de Uki y la intimidante posición de aquella mujer indómita, Hisashi estuvo muy cerca de perder el control. Cuanto no sabía era matería de cifras mayores, cuanto debía ser corroborado algo imposible en el mísero transcurso de una vida y si bien el hijo de relojeros era obstinado en aquella empresa, conocía de sus desventajas.

Respiró profundamente, dejó caer sus párpados durante su transcurso, tratando de halar la calma del raciocinio. Concentración, claridad, apartar el espejismo de lo veraz. Apegado a las realidades e inquisidor sobre todas las cosas, abrió los ojos dispuesto a formar parte de aquello. Saludó a la recien llegada con la dietra, apenas un tenue batir de su diestra.

- "Mukei" - Añadía, para terminar posando la mano que su reloj sostenía sobre el pecho y su zurda interpretando aquellas comillas irresistibles. Aunque solo fueron unos instantes, sintió el cantar de sus manecillas y el mecer de sus engranajes. Le tranquilizó, le arranco parte de la angustia y no pudo evitar dirigirle una mirada a su antigua compañera. Unos instantes que le sirvieron para recordar una pregunta que quedó sin respuesta. Algo frecuente en su vida, pero no en la de tantos otros. Bajó la vista entonces, encarando a su compañero de hojalata lustrada y pensó en un buen nombre. Uno que hiciera honor a sus servicios, que le hiciera sentirse tan vivo como lo hacía sentirse a él. Apremiado por el momento, se prometió dedicarle de cuanto tiempo dispusiera. Alzó la mirada, ataviado con su máscara de oleajes antiguos y cuando quiso acercarse a la misma estatua, Uki se encargó de hacerle entrar en su mundo.

- ¿A mí? Supongo que será un compañero para... - Entornó la mirada, enterró su zurda en el bolsillo del mismo lado y luchando contra las pelusas y los irredentos cachivaches que portaba consigo en pos de la verdad, emergió el botón de hueso. Lo sostuvo con cuidado, sobre la punta de sus dedos pálidos y dándose cuenta de una pelusa que bien le pudo hacer de improvisada melena, le sopló encima y esta salió despedida sin más. - Aún lo guardo. He... intentado hablar con él como tu lo haces pero supongo que soy un maleducado. Y eso que le serví agua que no probó y le presenté a los botones de mi manto. - Blandiendo el reloj con la otra mano, señaló los botones negros que flanqueaban su manto impermeable. No sabía de aquellos mundos de luces, espíritus y sonrisas invisibles. Se sentía engañado en cierto sentido, propulsado en un universo incomprensible e inexistnete. Pero creia, quería creer en realidad. Porque veía a Uki entregada a aquellas esferas para él inalcanzables, la veía entonar palabras que cualquiera tildaría de locuras sin pensarlo dos veces. Aún así; las cantaba a quien quisiera escucharlas. Recibió el acebo con gusto, lo dispuso junto al botón de hueso y bajo aquella máscara no hubo más sonrisas que unos labios plegados que parecieron un puntito minúsculo.
No supo si guardarlas juntas, separadas o lo que fuera. Si se llevarían bien, si charlarían sobre vivencias a las que él nunca accedería o si estaba demasiado sugestionado por todo aquello. Carraspeó y las dispuso en el bolsillo frontal izquierdo de su manto. No sabía si tendría el mismo efecto que su innombrable reloj o tan siquiera produciría algo. Se mantuvo en silencio, sintió el palpitar en su pecho y le pareció notar un traqueteó algo especial. Negó, sostuvo su reloj con algo más de fuerza y pensó en medirlo despues.

Ante la nerviosa tempestad, Hisashi volvió a saludarla. No nervioso, nada deslutrado su gesto. Ella parecía amigable, su máscara respetable y su temple admirable. Era de aquella clase de personas que deseas tener en tu vida de vez en cuando. Alguien que dedica un par de palabras vigorosas seguidas de un gesto temerario. Arrancan sonrisas, llenan el espíritu de emoción y te hacen sentir verdaderamente vivo. Pues si ellos son así... ¿Uno tambien podría intentarlo? Hisashi las llamaba "Auroras" por el deseo que implementaban, por la certeza despierta que inculcaban. Señaló la estatua y entrecerró los ojos tras la máscara de forma agradable; no podría saberse, pero sonreía.

Dispuesto frente a la mujer en apenas unos pasos, bien escuchó cuanto tuvo que decirle a Uki. No supo de que hablaban, y el desconcierto se hizo carne en la suya propia. Era algo tan mundano que ni siquiera se lo preguntó una vez tan solo. Guardó silencio por el respeto saludable que ella exhudaba. A cada movimiento aquella adalid hacía que Hisashi se sintiera intrigado, y dispuesto sobre la manivela frontal izquierda, aguardó el movimiento del resto.

- Así que... ¿Lo llevaremos juntos? - Guardó su reloj en el bolsillo frontal derecho. Dudó sobre dejarlo junto a la baya recien llegada y el botón de hueso apreciado. No lo hizo aunque temía de la soledad de su reloj. Se descubrió divagando justo como Uki. Negó, negó y volvió a hacerlo a pesar de que su cabeza no se movió un milímetro y el añil de sus ojos parecía perdido entre las brumas pétras de la estatua. Allí permanecería en solitario. - Este es el momento de decir unas palabras agradables, quizás algo motivadoras y llenas de significado. Pero como no sé hablar muy bien fingiré haberlas pronunciado... - Apartó al mirada incluso incapaz de devolvérsela a la estatua sin vida. O con ella. No supo que tendría que decir Uki sobre ello. - "Mukei" me llamo en este país. Lo recuerdo solo para mí, lo siento. Se me olvida. - Eso último lo dijo muy por lo bajo al tiempo que gesticulaba las comillas con los dedos. Y si bien lo había aclarado, volvió a recordarlo; no era muy bueno con las palabras.


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Shizuka Ito
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Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Shizuka Ito el Vie Ago 10, 2018 1:25 am

Una de las chicas no tardó en ofrecerle algo; Shizuka sin dudar extendió la mano para tomarlo—¿Uhm? —murmuró mientras sostenía a la rojiza entre su dedo pulgar e índice, le dedicó toda su atención por un instante; era extraño, puesto que estaba acostumbrada a comer poco más que lagartos y uno que otra rana desprevenida, pero se había preparado justo para eso en este viaje, no quería morir por ignorancia comiendo algo que no debería; era un acebo, estaba casi segura, aunque no lo estuviera se guiaría por el color, que resultaba igual a un anfibio, los tonos brillantes en la comida sólo podían significar una cosa: veneno—. Lo guardaré para acabar con mis enemigos, ¡gracias! —anunció mientras guardaba la pequeña arma.

Parecía que los dos blancuzcos se conocían, una sensación de incomodidad comenzó a invadir su cuerpo cuando no tuvo nada para decir mientras el chico hablaba sobre algo que sería imposible de entender para la morena; en un intento de escapar de ese sentimiento, dirigió su mirada a la otra chica; era más alta, probablemente mayor e imponente, Shizuka sintió la necesidad de admirarla y sintió una enorme curiosidad por el rostro que se escondía debajo de aquella máscara con apariencia oveja, sin embargo no hizo nada más que levantar su diestra, sacudirla de izquierda a derecha sin quitar su mirada ni por un instante.

Al menos hasta que el chico le saludó, Shizuka no tardó en responder antes de colocarse en el único lugar que no tenía guardián, sonrió debajo de aquella máscara, aunque sus labios no fueran visibles, el brillo de la alegría no se ocultaría en su mirada—. Está bien, me siento motivada ahora —soltó en un tono burlón, aunque lo suficientemente agradable como para ser tomado a la ligera. Parpadeó un par de veces, buscando sentirse un poco más cómoda bajo la luz del poderoso sol—. A mí me puden llamar Shira, si es necesario —se presentó, o hizo un pobre intento, aunque imaginaba sería suficiente, no iba a retrasar más la misión con detalles como esos, bastaba con que los dioses lo supieran.

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Haruka Shoganai
Ame genin

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Haruka Shoganai el Vie Ago 10, 2018 4:15 pm

Perpleja, Haruka observó a Mukei hundir una de sus astutas manos en el dócil bolsillo de la capa en busca de aquel puntito de hueso regalado ya días atrás. La maravilló descubrir que, después de todo, el chico de cabellera ceniza sí que sabía cómo tratar a un compañero; por otro lado, también la sorprendió de sobremanera darse cuenta de que, contra todo pronóstico vaticinable, Mukei aún no tenía ningún secreto que confesar y guardar dentro del sedoso corazón del botón. Parpadeó, desenvuelta, y dio un pasito adelante para mirar más de cerca al pequeño confidente de alabastro. Le dio un toquecito con la misma mano que sostenía la baya de acebo, atenta a cualquier alarma que pudiera despertarse en el minúsculo objeto; por suerte, se mantuvo alegremente impertérrito. Eso era buena señal: un botón que se quejaba o se revolvía habría sido un claro síntoma de infelicidad. Asintió para sí, algo más tranquila y confiada, y miró largamento al desconcertado relojero.

Los botones no beben.—constató, antes de plegar la comisura de los labios en una aterida línea recta de incredulidad.—Y a ese no le gusta la compañía: por algo se descosió del abrigo y quiso irse a vivir debajo de una puerta.—sin nada más que decir, entregado el pequeño fruto homicida, a la chica con la cabeza llena de tinta negra le devolvería la tenue sonrisa con delicadeza. Sabía que a su baya de acebo le encantaría poder acabar con algún enemigo desalmado y pasar a ser toda una leyenda. Y aunque cualquiera podría haber esperado justamente lo contrario, la negativa de la emisaria del sol no le dolió, no la entristeció y no le enturbió ni un pálido pelillo de la coronilla. Tan sólo le arrancó un levísimo ladeo de cabeza, un pensamiento meticuloso de árbol sin sombra y un concienzudo suspiro de comprensión. La deslumbradora mensajera tenía razón: un trozo de sol no era el lugar más adecuado para una baya como aquella.

Pero... la notaba hervir sobre la palma de la mano, rogando por acompañar al rayo enviado a donde quiera que la luz la arrastrara. Incómoda ante la negativa a rendirse, Haruka la  dejaría un rato en el bolsillo, a ver si se le pasaba el capricho. Instalada, pues, ya en la manibela delantera de la rudimentaria estructura que les serviría para arrastrar la estatua hasta el templo central del país, agudizó una de sus orejillas y escuchó las últimas palabras que Mukei y la recién presentada como Shira tuvieran que decir. Le pareció un nombre muy bonito, muy adecuado y muy auténtico para la chica que rezumaba celeridad a cada respiración y exhalación liberadas; le dio un poco de envidia, pero no quería sonar maleducada, así que apretó la boquita y se mantuvo calladísima un único instante antes de decidirse a iniciar el empuje.—Ukiyo.—susurró en aquel hilillo bajo de voz que siempre la acompañaba, para apenas un momento más tarde apretar las manos contra la barra y hacer acopio de toda su escasa fuerza e ímpetu para desplazar el tozudo carruaje de la estatua.

Así, si el resto del legendario grupo cooperaba, las ruedas de madera gruñirían débilmente antes de comenzar a girar y a avanzar hacia delante; el sendero, limpio, amplio y educado no se opondría a su paso. Cederían las piedrecitas bajo la estructura sin astillar las añejas ruedas, les mirarían los curiosos tejados sin entrometerse en la marcha y cantarían las hierbecitas a ambos lados del camino cada vez que una brizna de aire las acariciara al pasar. Sería una primera mitad de viaje entrañable, dócil y sincera como una de esas niñas que las hadas secuestraban a veces en las historias; destellaría el sol en lo alto como la lámpara del día que era y alguna que otra mosca se acercaría de cuando en cuando a los viajeros para ver más de cerca al íntegro tigre que tan trabajosamente transportaban. Haruka sonreiría al aspirar los aromas enternecidos del terroso sendero, maravillada de la vida que tenía que ofrecer el mundo de arriba. Y, entonces, a mitad de la ruta, elevaría levemente la barbilla y, tenaz y persistente, haría restallar la mirada contra el cielo.

¿En el Sol se cantan canciones?—cuestionaría, asombrosamente intrigada ante la idea de conocer cosas sobre un mundo que estaba incluso más arriba que el propio Arriba que ahora pisaba. Haruka casi silbaba de alegría.


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Hisashi Nakahara
Ame genin

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Hisashi Nakahara el Lun Ago 13, 2018 12:55 pm

Con incesante insistencia, Hisashi parecía errar cada paso y cada buen gesto. Ahora que resultaba que los botones no bebian agua se preguntaba cuanto tiempo había permanecido intentando que probase tan solo un sorbo. Unos veintidós minutos, aseveraba con silencioso abatimiento, a sabiendas de cuanto esfuerzo hubo invertido en ello. Se sintió algo estúpido, incómodo y rezó para que nadie más lo hubiera oído o siquiera hubiera sabido de qué demonios hablaban. Con Shira en aquel grupo, Hisashi se percató entonces de algo mucho más portentoso; era el unico varón.

Rodeado de chicas, Hisashi se sentía absolutamente cohibido. Cada paso le resultaba algo más torpe que el anterior, cada intento de articualr palabra dejaba de serlo para convertirse en apenas un murmullo mas propio de las alimañas que de un chico de quince años. Y carraspeo durante todo el camino, impaciente de pronunciar alguna frase elocuente y acertada que le hiciera quedar bien ante el grupo ¿Por alguna razón en especifico? Era algo que se preguntaba a menudo entre gruñidos, porque realmente desconocía por completo esa necesidad de no pasar desapercibido delante de todas. Quizás era la necesidad de saberse inmerso en aquel grupo, puede que resultara que Hisashi era tan efeverscente como todos los chicos de su edad... pero esa hipótesis murió de inmediato. Entornó el añil de su mirada al tiempo que enarcaba el cuerpo empujando aquel carromato y decidido, se negó en rotundo. Agitó la cabeza y agradeció el oír la tenue voz de Uki entonando una pregunta de lo más fantástica. Propio en ella, y al fin pudo respirar sintiendo que sin saberlo, le condecía algo bien distinto en el que enredarse.

- Si lo hacen, no pueden ser iguales a las que conocemos ¿No? - Lo dudaba, y tan pronto como se pronunciaba al respecto el íntimo dudar tan particular que en él residía hacia acto de presencia. - Quiero decir... en un mundo donde no hay noche ni descanso, donde la tierra es fuego y el cielo distante e insignificante ¿Que puede cantarse? ¿Se usa la voz para ello? Serian... - Hizo descender la mirada, abstraído en aquel enigma sin destinatario. Se imaginó un universo de incandescencia inalterable, de seres recios y efusivos. Donde solo había extremos y un despiadado conflicto que sirviera tan solo para mantener sus vidas ocupadas. Amigos que luchaban entre sí, hermanos que se daban muerte con saludos afectuosos y sonrisas complacidas. Le pareció un mundo tan descabellado como desalmado y aun así, tuvo todo el sentido recordando la altura y la imponente figura de aquella a la que iba dirigida la pregunta. Carraspeó, decidido a poner un final a su reflexión aun incluso de que resultara ser otra pregunta más que una respuesta. - ¿Armas? Podría ser. Quizás allí arriba una canción es la buena cadencia de un millar de estallidos. O un tambor muy grande. - Se encogió de hombros, sin saber muy bien como zanjar aquel asunto. Lo hubo pronunciado con tal ligereza como si hablara de un pueblo dos hectáreas mas allá. Algo se le había transmitido de aquel pensar tan excéntrico de Uki, estaba muy seguro. Y con miedo a convertirse en un lunático que no supiera distinguir entre la realidad impuesta, la ilusión o siquiera su imaginación desbocada, quiso volver a incidir.  
Se giró en el sitio, apoyando tan solo la diestra y sin aminorar la marcha de continuar esta pendiente. - ¿Que pienas tú, Shira? ¿Cantan en el Sol o no? - Sorprendentemente, ya no había ni una pizca de aquel pudor que antes le hubo embriagado. Sin saber muy bien el porqué, sencillamente se sonorjó sin remedio y agradeció que su máscara con motivos marítimos le hiciera de escudo ante las evidentes preguntas.

"¿Porqué estas tan rojo?" "¿Que te pasa? ¿Te estas muriendo?" Demonios, cuanto odiaba que le preguntaban eso. Era tímido y punto... no tenía porque excusarse.


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Mochizuki Izanami
Renegado A

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Mochizuki Izanami el Miér Ago 15, 2018 12:04 am

¿De cuanta majestuosidad y libertad puede vivir el astro rey si sus más candentes secretos cayesen en manos de los mortales? — cortante pero decidida. Quizás su aparición en un trabajo tan mundano como aquel cuando comúnmente sus manos se bañaban en sangre podía ser algo inexplicable para quienes conocían el afán de la samurai por sellar los labios de los más sucios traidores, pero, en aquella ocasión, todo era muy distinto; no habían tonos fríos quebrando el glaciar, ni siquiera el color metálico de la sangre podía llegar a vislumbrarse... simplemente, no había una mínima tonalidad fuera de lugar, no más que el ardor de la tarde asomándose cuando el astro rey yacía en la cima, y la viva imagen de la felicidad, aquella que si bien no formaba parte de su vida, tampoco lo era de sus deseos y tampoco lo había sido.

Nacida para nada más que servir, escuchar a los jóvenes que encandilados por el festival se encargaban de liderar la marcha, parecía ser un mundo completamente distinto, después de todo, si bien en otra ocasión su frialdad se hubiese manchado por el orgullo de convertirse en una enviada de los dioses, ahora solo la hacía sentir tan sucia como se encontraban sus manos tras haber sido privadas del tacto de sus armas. Sobretodo de Onimaru.

¿Comoda? A decir verdad no le importaba absolutamente nada de lo que la rodease, cual simple titere que estaba dispuesto a cumplir con su función en su obra de teatro y, finalmente, ser enviada a aquella pequeña cajita de roble de la que había escapado, pero tampoco se podía citar como un detonante claro de su molestia el hecho de que no acostumbraba a ser acompañada por almas tan candidas como aquellas.

Escuchar sus nombres, ser conscientes de sus más delicados saludos e incluso recordar como la joven más viva se había encargado de regalarle un animado saludo, parecía todo un mundo distinto al que acostumbraba, pero para su desgracia, la frialdad y la inconsciencia de lo que realmente era ser cercano a alguien, tan solo la habían llevado a mantener el protocolo con el cual había sido educada, o más bien...pisotearlo. Fue así, en ese mismo instante cuando sin poder evitarlo, y aún a pesar de estar domando la madera con sus delicados dedos, su rostro se giraría ligeramente, observando lentamente a quienes la acompañaban.

Fuji Raikomaru. — terminaría, recapitulando así a tiempo atrás, como queriendo limpiar sus penosos modales. Había olvidado quien era por culpa de su perdida alma congelada, pero si había un bonito recuerdo que aún la hacía acercarse al sol que la desconocida le había regalado, era a través de aquel nombre que aún palpitaba en su corazón. Desgraciadamente, un recuerdo enterrado bajo la pálida nieve del olvido. Posiblemente su piadosa mentira fuese demasiado descarada ante el nombre masculino que había sido brindado ¿Pero acaso alguien era sincero en aquellos terrenos? No eran más que mascaras... estúpidos decorativos que perdían la humanidad para ser llevados por una obra de teatro donde su aparición era tan irreal como inconclusa para los más curiosos.


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Shizuka Ito
Ame genin

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Shizuka Ito el Dom Ago 19, 2018 5:54 am

Shira se sintió… extrañamente relajada en medio de esos desconocidos, incluso de repente encontró comodidad en medio de una conversación entre los peliblancos que no terminó de comprender; pero sin más, avanzó de la mano con la maravillosa estatua y el equipo. La azabache trató de admirar el terreno con cada paso que daba, pero todo era tan bonito que le dolía, literalmente, no terminaba de acostumbrarse al brillo que el sol les ofrecía, el cual parecía haberse convertido en el protagonista de su conversación. ¿Canciones en el mismo rey de los astros? Quizá, nunca había estado en él, jamás se había puesto a pensar en que clase de sonido emitiría su único enemigo del País de las Aguas Termales.

Por otro lado, ¿armas? Sí, sonaba más lógico sobre todo porque ya le había hecho sufrir, pero por otro lado… también era vida, estaba muy consciente de eso al observar todas las criaturas que habitaban este país, además de la gran variedad de flores y frutos que le ofrecía, casi como si de un falso paraíso se tratara, mientras que su hogar, la villa en donde había nacido y crecido, tenido todo pero también lo había perdido, era quizá el infierno, porque el sol ni siquiera el sol se atrevía a poner uno de sus intimidantes rayos por su tierra. ¿Por qué alguien querría ocultarse del rey que ahora calentaba su piel? No pudo responder a su propia pregunta, porque otra emergió. Mukei le había llamado por su falso nombre, se alegró de que quisiera incluirla en la conversación buscó clavar su mirada en la del chico para responder, pero por primera vez, no actúo con la fuerza del vendaval que la caracterizaba.

La mayor del equipo decidió hablar, con una frase tan imponente como ella misma lo era, como si no quisiera que esos secretos fueran descubiertos por la banda de niños que le rodeaba, se sintió inferior, cómo si estuviera presente a algún jonin de su propia aldea, o quizá a algo más allá de todo eso. Estaba en un lugar maravilloso, pisaba las mismas tierras en donde habían caminado los dioses, tenía al mismísimo Byakko a su lado, no sería extraño que quizá aquella desconocida no fuera humana y sin embargo, se atrevió a responder—Quizá no cante, tal vez es él quien dirige la orquesta, después de todo, es un rey —fue su único y fugaz comentario antes de buscar a la morena con la mirada—. Pero Fuji, ¿eres una mortal? —cuestionó, con sutil curiosidad.

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Haruka Shoganai
Ame genin

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Haruka Shoganai el Mar Ago 21, 2018 11:43 am

Aunque a Haruka le divertía la idea de ver a Mukei ensimismado en un sinfín de imaginativas suposiciones, no podía permitir que considerara mínimamente lógico asociar a un Sol radiante y desbordado con algo tan afilado y oscilante como un arma. O con centenares de ellas, más bien. No, no habría estado bien dejarle continuar equivocado; insultar a una cosa tan grande y penetrante que se pasaba los días rezumando rayos y guiando rebaños de sombras no era sabio. O, como mínimo, correcto. Levemente aturdida por el traqueteo de las ruedas del improvisado transporte al dar contra el polvillo disperso del camino y por el trastabillar de la voz del chico mientras trataba de poner orden a sus ideas, Haruka parpadeó numerosas y repetidas veces buscándose un pensamiento adecuado en el que asentarse ella misma. Era difícil, porque perderse en la idea de otro siempre era tentador; pero no, sencillamente no podía dejar que Mukei fuera difamando al Sol. ¡Mucho menos cuando él estaba delante! o arriba, en este caso.

Cabeceó durante un tintineo de avispa, apretó los labios hasta que conformaron una pálida y uniforme línea recta y, lívida, se decidió a pronunciar un veredicto.—No hay tambores.—replicó muy pero que muy bajito, compungida ante la posibilidad de que algún que otro rayo pudiera terminar fulminando al hijo de relojeros allí mismo en un momento de enajenación solar por parte de la centelleante estrella nombrada.—Tampoco estallidos...—refunfuñó una vez más, convencidísima en sus trece de que el chico se equivocaba. De que, igual que con el botón de hueso, erraba. La respuesta de la emisaria del mencionado sol no le sacó muchas dudas de encima: le daba rabia no poder ponerle un remedio a su intransigente curiosidad, pero entendía de sobra la importancia de los secretos. Haruka sabía muy bien lo pesados y difíciles de contener que podían volverse algunos de ellos, así que no dijo nada y mantuvo la boquita cerrada gran parte del trayecto; a lo mejor, a cada onda de luz enviada, al Sol se le derramaba un secreto. A veces, a ella misma le pasaba; caminaba de puntillas, poniendo mucho cuidado de no despertar nada que no quisiera ser despertado y de no molestar a nada que no quisiera ser molestado, pero, de pronto, pisaba sin querer con la planta del pie y se le escapaba un gritito lleno de pequeñas confesiones que habría querido no pronunciar jamás. Sí, comprendía muy bien la postura de la chica, y no insistiría.—Raiko.—repitió en voz baja, paladeando la zigzagueante sensación que aquel segmento del nombre articulado le dejaba en la sombra de la lengua. Era como sostener un trueno entre los dientes: cegados los molares e impresionados los incisivos, Haruka asintió lentamente, con cuidado de no parecerle a la máscara demasiado impetuosa con el movimiento. Entonces, Shira, la chica que tenía que ser consciente de muchas más cosas de las que parecía, lanzó al aire la palabra clave. Diligente, Haruka llevaba consigo el deber de recuperarla, acunarla y traspasarla.—Rey.—masticó con calma y concierto, no queriendo apresurarse al digerir todas las cosas que aquella cortísima palabra podía significar.

Afiló la mirada, divisando ya el grisáceo final del camino en la lejanía del sendero que estaban transitando; la aventura de aquel legendario cuarteto estaba llegando a su último momento, sí.—El Sol, ¿un rey?—meneó su volátil cabecita con gracia, difusa como una nube en el cielo sin ruta ni estela aparentes que seguir.—Un padre.—y como tampoco quería que la postrera pregunta de la chica sabionda lamiera el corazón de la refulgente emisaria, la propia Haruka se apresuró a responder en su lugar.—No creo que vaya a responder.—tanteó, desvaída, en aquel tonillo deshilachado de voz que atenazaba normalmente su garganta. Tragó saliva, algo extenuada por la travesía.—Domina su oficio: conoce los caminos ocultos del mundo y sus secretos, pero no nos los dirá, ¿verdad?—concluyó, asintiendo con gesto de gravedad a medida que avanzaba en sus pálidas elucubraciones. Cerró los ojos, cuadró los hombros. Inspiró hondo y despacio. Habían llegado.


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Hisashi Nakahara
Ame genin

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Hisashi Nakahara el Sáb Sep 01, 2018 8:49 pm

Y tendría razón supuso, porque él concretamente nada daba por comprendido. Abrió sus ojos añiles con vívida comprensión y fingió entender aquella metáfora ofrecida por Shira. Claro, una orquesta, pensaba aún pendiente de sus gestos y devenires. Siendo el rey debía serlo, siendo el monarca de un escenario arrebatadoramente descomunal no cabía otra posibilidad. Hisashi se sintió de pronto insignificante, minúsculo, no más que una mota de polvo arrastrada por un viento de primavera. Volvió la vista al frente y trató de empujar con más brío, hundiendo aquel sentimiento en entereza y considerando que se quedaba atrás, por mucho que así no fuera.

Claro, se equivocaba como de costumbre, pues no tardó mucho Uki en sacarle de su más que evidente error. Sería ciego, se aseguraba a cada frase que ella soltaba sobre una realidad tan solo percibida por sus ojos. En cualquier otra persona, aquellas palabras habrían sido sandeces sin ningun fundamento, banalidades sin destino ni contexto, pero en el dulce susurrar de Uki, en el balanceo de su melena a cada frase y en aquellos ojos delimitados por la máscara aviar... arrastraban una verdad incuestionable. Cada sílaba pronunciada por aquella vocecilla, en aquellas frases tan cortas y al parecer tan meditadas; destilaba una tenue luz de fría veracidad. Algo que Hisashi llevaba buscando una vida; verdad. Algo que irónicamente, percicía en otra persona y precisamente, en aquellos menesteres tan inalcanzables. Y tuvo que decirlo, ya pudiendo contemplar a lo lejos el destino de aquella estatua divina.

— Padre, rey, estrella caída... nunca sabremos la verdad, creo. Y me gustaría poder comprender cuanto dice la venerable Fuji — Hisashi tragó saliva, sintiendo la voz trémula por el atrevimiento a dirigirse a la presunta estirpe de los cielos. Aún empujando y cautivo del impulso, decidió que no era todo cuanto tenía que decir. Y eso era un logro, una gesta resuelta y asombrosa; decidir algo. Saber, estar bien seguro. Sonrió bajo la máscara sin remedio. Porque incluso sin tener nada bien claro, al menos tenía claro que debía expresarlo. Algo nimio, algo tonto, algo gris y sin importancia. — Entender cuanto asegura Uki, de alguna forma que no logro siquiera imaginar. Quizás Shira tenga la razón esta vez, que sea el Sol el director de una orquesta magnífica, con la luz como música, el cielo como escenario, nosotros como el público de una canción que nunca vimos comenzar, y tampoco veremos terminar. — Sin evitarlo, Hisashi se encogió de hombros. Aún seguro de nada, lejos de comprender. Pero agradeció aquella oportunidad. Charlar con personas tan distintas, tan complejas y tan profundas sin que ninguno pudiera ser pleno testigo de ello. Aquella sonrisa se convirtió en un lucero sin que nadie pudiera contemplarlo tras el añil del oleaje que componía su máscara. Avistando su punto de llegada, Hisashi recorrería el camino junto a ellas, y callaría por que nada más tendría que compartir. Escucharía y disfrutaría, pensando en cuanta dicha había en conocer el mundo y a la gente que lo habitaba.

Porque él era tímido, esquivo en su trato, lejano en su tacto. Sonríe por gusto, sonríe por el resto. Él no conoce la respuesta, quizás el resto sí. Solo sonríe, disfruta y quizás, sin saberlo entre su océano de preguntas sin responder y sus días atormentados; vive.


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Farahan
Getsu Genin

Re: Hozen 保全 | Misión C.

Mensaje por Farahan el Mar Oct 23, 2018 9:50 pm

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